Algo cambió la noche que conocí a Paco. Hasta aquella noche, mi vida había sido un mosaico de decisiones impulsivas y deseos inconfesables, pero nada me había preparado para el torbellino que supuso conocer a Paco. Es propietario de un bar de copas con terraza de verano. Su reservado, un rincón discreto y cómplice, fue el escenario de mi caída.
Las circunstancias me empujaron a un encuentro que no busqué pero que tampoco evité. Paco, con su mirada afilada y su sonrisa de lobo, tenía una obsesión: mi culo. Aquella primera noche, en la intimidad del reservado, me dio por el culo con una furia animal, un frenesí que me dejó exhausta y, para mi sorpresa, profundamente satisfecha. Mientras me recomponía, con el cuerpo todavía temblando, él me miró con aire triunfal y soltó una profecía: “Volverás más pronto que tarde”. Me reí por dentro, pensando que era un fanfarrón, un tipo engreído que se creía el rey del mundo. Pero el muy cabrón sabía de qué hablaba.
Dos noches después, regresé como si una fuerza invisible tirara de mí. Eran las dos de la madrugada y el bar estaba a reventar. Me acerqué a la barra, pedí un combinado y esperé, con el corazón pugnando por salirse del pecho. No tardó en verme. Su sonrisa, esa mezcla de burla y deseo, me atravesó.
—¿Has vuelto a por más? —preguntó, acercándose. Asentí tímidamente, y ese gesto fue mi sentencia. Me tomó del brazo con una autoridad que no admitía réplica y me llevó al reservado, como quien lleva a una presa a su guarida.
Allí, con la solemnidad de un juez dictando un veredicto, me exigió algo que me heló la sangre: no bastaba con haber regresado, tenía que suplicarle. “Pídeme que te dé por el culo”, dijo, con una voz que cortaba como un cuchillo. Vacilé, atrapada entre la humillación y el deseo que me quemaba por dentro. Sabía que ceder me convertiría en su zorra. Y aun así lo hice. Susurré las palabras, agachando la cabeza en un gesto de sumisión que selló mi destino.
Me ordenó desnudarme y ponerme a cuatro patas, no en el sofá mullido del reservado, sino en el suelo frío y duro. Entendí que era una prueba, una demostración de poder. Obedecí, y él se colocó detrás de mí, sus manos firmes, su presencia avasalladora. Me sodomizó con una intensidad que me arrancó jadeos y gritos desesperados, sus movimientos brutales pero precisos, hasta que el sonido de su cuerpo contra el mío llenó el aire.
—Esto es solo un aperitivo —gruñó mientras se detenía, dejándome al borde del abismo, con el orgasmo a punto de estallar—. Quiero encontrarte desnuda y en esta postura cuando vuelva. —Se marchó dejándome sola y frustrada, y busqué alivio con la mano en el clítoris.
Esperé más de una hora, atrapada en un torbellino de ansiedad y deseo. Llegué a plantearme huir, abandonar aquel juego enfermizo y no volver jamás. Pero entonces escuché pasos en el pasillo. No sabía si era Paco, pero me puse a cuatro por si acaso. Era él y volvió a encularme en idénticas circunstancias, jugando conmigo, probando mi resistencia y voluntad. Cada encuentro era un desafío, una danza de poder y sumisión que duró hasta las seis de la madrugada, cuando el bar cerró y él, por fin, se quedó. Me poseyó entonces sin pausas, alternando entre el coño y el culo con una intensidad que me dejó sin fuerzas, y con una sonrisa que no podía disimular. Había merecido la pena.
Salí de allí exhausta, satisfecha, pero con una sombra de duda en el pecho. Paco había impuesto sus reglas: cada vez que regresara, debía suplicarle al oído, llegar a la misma hora y someterme al mismo ritual. Era humillante, pero nadie, ni mi novio, ni mis amantes, ni siquiera mi hermano en esos encuentros furtivos, me había hecho sentir lo que él. A mis 22 años, Paco, con el doble de mi edad, con su experiencia y su autoridad, tenía un magnetismo que me atrapaba, un morbo que me hacía volver. Y volví, siete veces en dos semanas, cada una más intensa y adictiva.
Pero algo cambió hace dos noches. Tras una sesión de sexo que me dejó temblando, Paco me citó para el día siguiente a las cinco de la tarde. Me sorprendió, porque el bar estaría cerrado, y entendí que solo lo tendría para mí. Llegué puntual y golpeé la puerta con el puño, el corazón en la garganta. Él abrió, me tomó del brazo y me llevó al reservado con una urgencia que me hizo sonreír. Me desnudé sin que me lo pidiera y me puse a cuatro patas sobre el sofá, ansiosa por sentirlo. Pero entonces, golpes en la puerta del local rompieron el momento, y Paco salió disparado sin dar explicaciones. Cuando regresó apenas un par de minutos después, su rostro había cambiado. La sonrisa socarrona había desaparecido, reemplazada por una seriedad que me puso en guardia.
—Esta tarde tengo otros planes para ti —dijo, y su tono me hizo estremecer—. El futuro depende de lo que decidas.
Me cubrí los pechos instintivamente, encogida en el sofá, como si de repente mi desnudez me avergonzara. No dije nada, esperando a que se explicara.
—Tengo dos socios y les he hablado de ti —continuó, clavándome la mirada—. Especialmente de tu culo, de cómo te gusta que te lo jodan. Están obsesionados con probarlo, y han venido por eso. Están esperando en el bar.
El mundo se detuvo. Sus palabras eran un mazazo, una bofetada de realidad.
—Una cosa es aceptar tus manías y caprichos —dije, poniéndome la ropa interior con dedos temblorosos—, y otra que me tomes por una puta.
Pero él me detuvo, tirando de mi brazo, obligándome a sentarme a su lado. Su mano tomó mi rostro, forzándome a mirarlo.
—Tú eres quien viene a mí —dijo, con una frialdad que me heló—. Tú eres la que viene a suplicarme que te folle, pero puedo tener a quien quiera, una zorra más o menos me da igual. En cierto modo, eres tú quien se aprovecha de mí.
Sus palabras me golpearon como un látigo. Hablaba en serio, y una verdad incómoda se asentó en mi pecho. Perderlo sería perder una parte de mí que no sabía si podría recuperar. Confusa, pregunté si sería solo esa vez. Él asintió. Luego pregunté si él participaría, y negó con la cabeza, afirmando que yo sería un regalo para los otros. Me quedé en silencio, atrapada entre el deseo, la humillación y el miedo a perderlo. El reservado, testigo de mis deseos satisfechos, ahora parecía un tribunal donde mi futuro pendía de un hilo. Finalmente, autoconvencida de que solo sería sexo, acepté con la condición de que usaran condones.
—No te preocupes por eso, pequeña —dijo Paco con una risa ronca que reverberó en el reservado como un eco de mi propia rendición—. Mis socios están acostumbrados a follar con fulanas y siempre los usan. Son casados y no asumen riesgos, tampoco con la identidad. Por eso vendrán con antifaces, por si acaso. También tengo uno para ti, si lo quieres.
Me quedé allí, desnuda y vulnerable, debatiendo en silencio. Pero el deseo, ese fuego que Paco había encendido en mí desde la primera noche, ganó la batalla. Asentí, y él me dio un antifaz negro, suave como la seda del pecado. Me lo coloqué con manos temblorosas, el mundo se redujo a sombras y siluetas, mi rostro oculto tras una máscara que no podía esconder el pulso acelerado de mi corazón. Temblaba como un flan y esperé en silencio con la respiración entrecortada.
No pasó mucho antes de que la puerta se abriera con un chasquido. Paco entró primero, seguido de ellos: dos figuras imponentes envueltas en trajes ejecutivos impecables, el aroma a colonia cara invadiendo el espacio. Llevaban puestos los antifaces y calculé que tendrían unos cuarenta y tantos. Sus cuerpos, al desnudarse, eran sólidos, no perfectos, pero con una virilidad que me erizaba la piel. Sus miembros colgaban pesados, morcillones a media erección, como promesas que provocaron que me mojara sin remedio.
Me devoraban con la mirada, de pies a cabeza, un escrutinio hambriento que me hizo sonrojar bajo el antifaz. ¿Querrían que se las chupara primero? ¿O irían directos al grano, reclamando mi culo como trofeo? La incertidumbre me atenazaba, un nudo de nervios y excitación que me paralizaba.
Paco, siempre el director de esta orquesta perversa, disipó la duda con una orden tajante: “Arrodíllate en el sofá y apoya los antebrazos en el respaldo”. Obedecí al instante, el cuero del sofá crujiendo bajo mi peso, mi culo expuesto como una ofrenda. Uno de ellos se colocó detrás, sus manos firmes forzando mis rodillas a separarse, abriéndome como un libro prohibido, y lo vi de reojo enfundándose el preservativo.
—Veo que no mentías —gruñó dirigiéndose a Paco, su voz grave y satisfecha—. La zorra tiene un culo de infarto. —Y sin más preámbulos, se abrió camino en mi ano con su verga dura y erecta, un empuje lento pero inexorable que me arrancó un quejido leve, los labios entreabiertos en un gemido ahogado.
En ese instante, el otro aprovechó mi boca abierta para meterme su polla desnuda, cálida y pulsante, llenándome hasta la garganta. Me esforzaba por chuparla, la lengua danzando alrededor del glande, succionando con una entrega que era mitad instinto, mitad desesperación por adaptarme. Uno me taladraba por detrás con embestidas rítmicas, el otro me follaba la boca como si fuera su derecho divino. Se jactaban entre risas, alabando mi predisposición, mi sumisión voluntaria. “Mira cómo se entrega la putita”, decían, pero mi cuerpo aún temblaba atenazado por los nervios. Tomé la iniciativa, moviendo las caderas para acoger mejor al de atrás, succionando con más fuerza al de delante, un baile frenético para domar el pánico y abrazar el placer.
Paco observaba desde mi derecha, sus ojos clavados en mí como dagas de deseo contenido. “Si se porta bien”, prometió con esa voz que me hacía estremecer, “esta noche le partiré el culo como a ella le gusta”. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, un torrente de anticipación que me hizo alzar la vista hacia él, fija en sus ojos a través del antifaz. Alargué el brazo, suplicante, queriendo sacar su juguete y arrastrarlo a este festín. Pero él reculó confirmando su intención de no participar.
Diez minutos se estiraron como una eternidad. El de atrás me sodomizaba como un poseso, sus pelotas golpeando mi piel con un ritmo hipnótico, incansable. Me asombraba su aguante; en mis experiencias pasadas, los turnos eran breves, un relevo constante. Aquí, no. Él no cedía, y el otro no protestaba, disfrutando de mi boca con una paciencia que rayaba en la crueldad. No dije nada, pero el asombro se mezclaba con el fuego que crecía en mi vientre.
Entonces, como una ola inevitable, el orgasmo me alcanzó. Bajé la mano derecha al clítoris, frotándolo con dedos desesperados, círculos furiosos que me catapultaron a la locura. Solté la polla de mi boca para gemir un grito animal, como la guarra que en ese momento era, percibiendo olas de placer estrellándose contra mí. Los tres rieron, un coro grave y triunfal, como si hubieran presenciado un milagro, un espectáculo insólito que sellaba mi transformación.
El reservado, testigo mudo de mi caída más profunda, olía ahora a sexo crudo, a sudor y rendición. Bajo el antifaz, lágrimas de éxtasis humedecían mis mejillas. Paco me había llevado al límite, y yo, adicta a su juego, solo ansiaba más porque sabía que no me arrepentía.
—Me gusta cuando se corre una zorra —gruñó el que tenía delante, su voz ronca y cargada de lujuria, mientras retiraba la polla de mi boca—. La voy a dar por el culo para que lo repita para mí.
Sus palabras, crudas y directas como un latigazo, me arrancaron una risa inesperada, un sonido burbujeante que rompió la tensión en mi pecho. Eran brutos al hablar, con esa jerga de hombres que toman lo que quieren sin filtros, pero no muy distintos a Paco en sus momentos de frenesí. Había algo liberador en su franqueza, un eco del juego que yo misma había abrazado.
No quise ser solo un objeto en sus manos, un trofeo pasivo para su deleite. Tomé la palabra, alzando la voz con una audacia que me sorprendió incluso a mí:
—Me gusta que me den por el culo —declaré, mirándolos con picardía—, pero me corro mucho antes cuando me follan por el coño.fin del primer capitulo, parte 2 en la red social del autor original https://x.com/memestodoslos24/status/2113223386826719582
Las circunstancias me empujaron a un encuentro que no busqué pero que tampoco evité. Paco, con su mirada afilada y su sonrisa de lobo, tenía una obsesión: mi culo. Aquella primera noche, en la intimidad del reservado, me dio por el culo con una furia animal, un frenesí que me dejó exhausta y, para mi sorpresa, profundamente satisfecha. Mientras me recomponía, con el cuerpo todavía temblando, él me miró con aire triunfal y soltó una profecía: “Volverás más pronto que tarde”. Me reí por dentro, pensando que era un fanfarrón, un tipo engreído que se creía el rey del mundo. Pero el muy cabrón sabía de qué hablaba.
Dos noches después, regresé como si una fuerza invisible tirara de mí. Eran las dos de la madrugada y el bar estaba a reventar. Me acerqué a la barra, pedí un combinado y esperé, con el corazón pugnando por salirse del pecho. No tardó en verme. Su sonrisa, esa mezcla de burla y deseo, me atravesó.
—¿Has vuelto a por más? —preguntó, acercándose. Asentí tímidamente, y ese gesto fue mi sentencia. Me tomó del brazo con una autoridad que no admitía réplica y me llevó al reservado, como quien lleva a una presa a su guarida.
Allí, con la solemnidad de un juez dictando un veredicto, me exigió algo que me heló la sangre: no bastaba con haber regresado, tenía que suplicarle. “Pídeme que te dé por el culo”, dijo, con una voz que cortaba como un cuchillo. Vacilé, atrapada entre la humillación y el deseo que me quemaba por dentro. Sabía que ceder me convertiría en su zorra. Y aun así lo hice. Susurré las palabras, agachando la cabeza en un gesto de sumisión que selló mi destino.
Me ordenó desnudarme y ponerme a cuatro patas, no en el sofá mullido del reservado, sino en el suelo frío y duro. Entendí que era una prueba, una demostración de poder. Obedecí, y él se colocó detrás de mí, sus manos firmes, su presencia avasalladora. Me sodomizó con una intensidad que me arrancó jadeos y gritos desesperados, sus movimientos brutales pero precisos, hasta que el sonido de su cuerpo contra el mío llenó el aire.
—Esto es solo un aperitivo —gruñó mientras se detenía, dejándome al borde del abismo, con el orgasmo a punto de estallar—. Quiero encontrarte desnuda y en esta postura cuando vuelva. —Se marchó dejándome sola y frustrada, y busqué alivio con la mano en el clítoris.
Esperé más de una hora, atrapada en un torbellino de ansiedad y deseo. Llegué a plantearme huir, abandonar aquel juego enfermizo y no volver jamás. Pero entonces escuché pasos en el pasillo. No sabía si era Paco, pero me puse a cuatro por si acaso. Era él y volvió a encularme en idénticas circunstancias, jugando conmigo, probando mi resistencia y voluntad. Cada encuentro era un desafío, una danza de poder y sumisión que duró hasta las seis de la madrugada, cuando el bar cerró y él, por fin, se quedó. Me poseyó entonces sin pausas, alternando entre el coño y el culo con una intensidad que me dejó sin fuerzas, y con una sonrisa que no podía disimular. Había merecido la pena.
Salí de allí exhausta, satisfecha, pero con una sombra de duda en el pecho. Paco había impuesto sus reglas: cada vez que regresara, debía suplicarle al oído, llegar a la misma hora y someterme al mismo ritual. Era humillante, pero nadie, ni mi novio, ni mis amantes, ni siquiera mi hermano en esos encuentros furtivos, me había hecho sentir lo que él. A mis 22 años, Paco, con el doble de mi edad, con su experiencia y su autoridad, tenía un magnetismo que me atrapaba, un morbo que me hacía volver. Y volví, siete veces en dos semanas, cada una más intensa y adictiva.
Pero algo cambió hace dos noches. Tras una sesión de sexo que me dejó temblando, Paco me citó para el día siguiente a las cinco de la tarde. Me sorprendió, porque el bar estaría cerrado, y entendí que solo lo tendría para mí. Llegué puntual y golpeé la puerta con el puño, el corazón en la garganta. Él abrió, me tomó del brazo y me llevó al reservado con una urgencia que me hizo sonreír. Me desnudé sin que me lo pidiera y me puse a cuatro patas sobre el sofá, ansiosa por sentirlo. Pero entonces, golpes en la puerta del local rompieron el momento, y Paco salió disparado sin dar explicaciones. Cuando regresó apenas un par de minutos después, su rostro había cambiado. La sonrisa socarrona había desaparecido, reemplazada por una seriedad que me puso en guardia.
—Esta tarde tengo otros planes para ti —dijo, y su tono me hizo estremecer—. El futuro depende de lo que decidas.
Me cubrí los pechos instintivamente, encogida en el sofá, como si de repente mi desnudez me avergonzara. No dije nada, esperando a que se explicara.
—Tengo dos socios y les he hablado de ti —continuó, clavándome la mirada—. Especialmente de tu culo, de cómo te gusta que te lo jodan. Están obsesionados con probarlo, y han venido por eso. Están esperando en el bar.
El mundo se detuvo. Sus palabras eran un mazazo, una bofetada de realidad.
—Una cosa es aceptar tus manías y caprichos —dije, poniéndome la ropa interior con dedos temblorosos—, y otra que me tomes por una puta.
Pero él me detuvo, tirando de mi brazo, obligándome a sentarme a su lado. Su mano tomó mi rostro, forzándome a mirarlo.
—Tú eres quien viene a mí —dijo, con una frialdad que me heló—. Tú eres la que viene a suplicarme que te folle, pero puedo tener a quien quiera, una zorra más o menos me da igual. En cierto modo, eres tú quien se aprovecha de mí.
Sus palabras me golpearon como un látigo. Hablaba en serio, y una verdad incómoda se asentó en mi pecho. Perderlo sería perder una parte de mí que no sabía si podría recuperar. Confusa, pregunté si sería solo esa vez. Él asintió. Luego pregunté si él participaría, y negó con la cabeza, afirmando que yo sería un regalo para los otros. Me quedé en silencio, atrapada entre el deseo, la humillación y el miedo a perderlo. El reservado, testigo de mis deseos satisfechos, ahora parecía un tribunal donde mi futuro pendía de un hilo. Finalmente, autoconvencida de que solo sería sexo, acepté con la condición de que usaran condones.
—No te preocupes por eso, pequeña —dijo Paco con una risa ronca que reverberó en el reservado como un eco de mi propia rendición—. Mis socios están acostumbrados a follar con fulanas y siempre los usan. Son casados y no asumen riesgos, tampoco con la identidad. Por eso vendrán con antifaces, por si acaso. También tengo uno para ti, si lo quieres.
Me quedé allí, desnuda y vulnerable, debatiendo en silencio. Pero el deseo, ese fuego que Paco había encendido en mí desde la primera noche, ganó la batalla. Asentí, y él me dio un antifaz negro, suave como la seda del pecado. Me lo coloqué con manos temblorosas, el mundo se redujo a sombras y siluetas, mi rostro oculto tras una máscara que no podía esconder el pulso acelerado de mi corazón. Temblaba como un flan y esperé en silencio con la respiración entrecortada.
No pasó mucho antes de que la puerta se abriera con un chasquido. Paco entró primero, seguido de ellos: dos figuras imponentes envueltas en trajes ejecutivos impecables, el aroma a colonia cara invadiendo el espacio. Llevaban puestos los antifaces y calculé que tendrían unos cuarenta y tantos. Sus cuerpos, al desnudarse, eran sólidos, no perfectos, pero con una virilidad que me erizaba la piel. Sus miembros colgaban pesados, morcillones a media erección, como promesas que provocaron que me mojara sin remedio.
Me devoraban con la mirada, de pies a cabeza, un escrutinio hambriento que me hizo sonrojar bajo el antifaz. ¿Querrían que se las chupara primero? ¿O irían directos al grano, reclamando mi culo como trofeo? La incertidumbre me atenazaba, un nudo de nervios y excitación que me paralizaba.
Paco, siempre el director de esta orquesta perversa, disipó la duda con una orden tajante: “Arrodíllate en el sofá y apoya los antebrazos en el respaldo”. Obedecí al instante, el cuero del sofá crujiendo bajo mi peso, mi culo expuesto como una ofrenda. Uno de ellos se colocó detrás, sus manos firmes forzando mis rodillas a separarse, abriéndome como un libro prohibido, y lo vi de reojo enfundándose el preservativo.
—Veo que no mentías —gruñó dirigiéndose a Paco, su voz grave y satisfecha—. La zorra tiene un culo de infarto. —Y sin más preámbulos, se abrió camino en mi ano con su verga dura y erecta, un empuje lento pero inexorable que me arrancó un quejido leve, los labios entreabiertos en un gemido ahogado.
En ese instante, el otro aprovechó mi boca abierta para meterme su polla desnuda, cálida y pulsante, llenándome hasta la garganta. Me esforzaba por chuparla, la lengua danzando alrededor del glande, succionando con una entrega que era mitad instinto, mitad desesperación por adaptarme. Uno me taladraba por detrás con embestidas rítmicas, el otro me follaba la boca como si fuera su derecho divino. Se jactaban entre risas, alabando mi predisposición, mi sumisión voluntaria. “Mira cómo se entrega la putita”, decían, pero mi cuerpo aún temblaba atenazado por los nervios. Tomé la iniciativa, moviendo las caderas para acoger mejor al de atrás, succionando con más fuerza al de delante, un baile frenético para domar el pánico y abrazar el placer.
Paco observaba desde mi derecha, sus ojos clavados en mí como dagas de deseo contenido. “Si se porta bien”, prometió con esa voz que me hacía estremecer, “esta noche le partiré el culo como a ella le gusta”. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, un torrente de anticipación que me hizo alzar la vista hacia él, fija en sus ojos a través del antifaz. Alargué el brazo, suplicante, queriendo sacar su juguete y arrastrarlo a este festín. Pero él reculó confirmando su intención de no participar.
Diez minutos se estiraron como una eternidad. El de atrás me sodomizaba como un poseso, sus pelotas golpeando mi piel con un ritmo hipnótico, incansable. Me asombraba su aguante; en mis experiencias pasadas, los turnos eran breves, un relevo constante. Aquí, no. Él no cedía, y el otro no protestaba, disfrutando de mi boca con una paciencia que rayaba en la crueldad. No dije nada, pero el asombro se mezclaba con el fuego que crecía en mi vientre.
Entonces, como una ola inevitable, el orgasmo me alcanzó. Bajé la mano derecha al clítoris, frotándolo con dedos desesperados, círculos furiosos que me catapultaron a la locura. Solté la polla de mi boca para gemir un grito animal, como la guarra que en ese momento era, percibiendo olas de placer estrellándose contra mí. Los tres rieron, un coro grave y triunfal, como si hubieran presenciado un milagro, un espectáculo insólito que sellaba mi transformación.
El reservado, testigo mudo de mi caída más profunda, olía ahora a sexo crudo, a sudor y rendición. Bajo el antifaz, lágrimas de éxtasis humedecían mis mejillas. Paco me había llevado al límite, y yo, adicta a su juego, solo ansiaba más porque sabía que no me arrepentía.
—Me gusta cuando se corre una zorra —gruñó el que tenía delante, su voz ronca y cargada de lujuria, mientras retiraba la polla de mi boca—. La voy a dar por el culo para que lo repita para mí.
Sus palabras, crudas y directas como un latigazo, me arrancaron una risa inesperada, un sonido burbujeante que rompió la tensión en mi pecho. Eran brutos al hablar, con esa jerga de hombres que toman lo que quieren sin filtros, pero no muy distintos a Paco en sus momentos de frenesí. Había algo liberador en su franqueza, un eco del juego que yo misma había abrazado.
No quise ser solo un objeto en sus manos, un trofeo pasivo para su deleite. Tomé la palabra, alzando la voz con una audacia que me sorprendió incluso a mí:
—Me gusta que me den por el culo —declaré, mirándolos con picardía—, pero me corro mucho antes cuando me follan por el coño.fin del primer capitulo, parte 2 en la red social del autor original https://x.com/memestodoslos24/status/2113223386826719582
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