Me llamo Hanna. Tengo veintidós años, aunque todo el mundo me echa menos, y no por cómo me visto sino por la cara. Esa cara de niña buena que heredé de mi mamá y que me ha acompañado desde que tengo memoria: mejillas suaves, labios de un rosa natural, ojos cafés grandes y expresivos que parecen no haber visto nunca nada malo, y una nariz pequeña que me da un aire de inocencia que a los hombres les vuelve loco cuando descubren lo que hay debajo de la ropa. Porque debajo de la ropa, y esto lo digo sin falsa modestia, hay otra cosa. Mi cabello es negro, lacio, largo hasta media espalda, y lo uso casi siempre suelto porque me encanta cómo cae y cómo roza mis hombros cuando me muevo. Mi piel es clara, muy clara, de esas que se sonrojan fácil en el pecho y en las mejillas cuando algo me da pena o cuando algo me excita, y esa es una de mis pequeñas tragedias porque mi cuerpo delata todo lo que siento antes de que yo abra la boca. Y mi cuerpo, bueno, mi cuerpo es lo que la cara esconde. Cintura estrecha, caderas anchas y redondas, un trasero que se me nota hasta con jeans holgados, piernas largas y torneadas que me quedan de bailar desde los diez años, y unos senos que fueron creciendo hasta quedarse en un tamaño perfecto para llenar una mano, con pezones que se endurecen al primer roce y que se me marcan a través de la tela cuando hace frío o cuando me pongo nerviosa. En resumen: cara de ángel, cuerpo de pecado. Y esa combinación, que al principio me daba un poco de inseguridad, terminó convirtiéndose en mi mejor arma.

Vivía con mi mamá, Mariana, y con Gustavo, mi padrastro, desde que yo tenía quince años. Gustavo entró a nuestras vidas cuando mi papá biológico ya era solo una foto y una pensión alimenticia que llegaba tarde, y aunque al principio lo miré con desconfianza, como se mira a cualquier hombre que pretende ocupar un lugar que uno cree reservado, con el tiempo terminé queriéndolo de verdad. Tenía cuarenta y dos años, era alto, de espaldas anchas, con el pelo negro ya salpicado de canas en las sienes y una barba corta que le daba un aire de hombre serio y tranquilo. Trabajaba en construcción, así que tenía esas manos grandes y duras de quien carga cosas todo el día, y esos brazos que se le marcaban bajo las camisas sin que él hiciera nada por presumirlo. No era el típico padrastro distante. Cocía mejor que mi mamá, me llevaba al colegio cuando llovía, me ayudaba con las tareas de matemáticas y, sobre todo, tenía una manera de mirarme que, sin que yo lo supiera al principio, me fue despertando cosas.
La primera vez que me di cuenta de que lo miraba distinto fue un verano, cuando él salió del baño con una toalla en la cintura y yo me quedé pegada al marco de la puerta como una idiota. Vi la línea de vello que le bajaba por el vientre, vi las gotas de agua resbalándole por el pecho, y sentí un calor raro en la parte baja del estómago que no supe explicar. A partir de ahí empecé a fijarme más. En cómo se le tensaban los músculos de la espalda cuando levantaba las bolsas del mandado. En el bulto que se le insinuaba bajo el pantalón de mezclilla. En la forma en que se pasaba la mano por la barba cuando estaba pensando. Y él, por su parte, también empezó a fijarse en mí. Yo lo notaba en las miradas que me duraban un segundo de más, en la forma en que me decía "qué guapa vas" cuando salía arreglada, en el modo en que se acercaba a mi espalda cuando veía algo en mi computadora y me dejaba sentir el calor de su cuerpo antes de apartarse.
Nunca pasó nada mientras mi mamá estaba presente, porque los dos éramos de esas personas que necesitan certeza y permiso para moverse, y ninguna certeza era más importante que la de que Mariana estaba allí, en el centro de todo, siendo esposa y madre. Pero mi mamá viajaba. Trabajaba en una empresa de ventas y de vez en cuando tenía que irse tres, cuatro días a otra ciudad por convenciones y capacitaciones. Y esas ausencias, que antes me daban igual, empezaron a significar otra cosa. Empecé a esperarlas. Empecé a contar los días que faltaban para la próxima.
Mi mejor amiga se llama Valentina, pero todo el mundo le dice Vale. Tiene veintitrés años, es un año mayor que yo, y es mi opuesto exacto en todo. Alta, con el pelo castaño ondulado y corto a la altura de los hombros, piel más morena que la mía por sus genes y por el sol, y un cuerpo de esos que llaman la atención en la calle sin pedir permiso: senos grandes, cintura, caderas, todo en proporción generosa. Ella es la extrovertida, la que habla con todo el mundo, la que se ríe fuerte, la que se pone vestidos cortos y no le importa. Yo soy la callada, la que observa, la que se sonroja. Y por eso mismo nos complementamos desde la secundaria. Ella me saca de mi cascarón, yo la aterrizo cuando se le va la mano. Nos contábamos todo. Absolutamente todo. Y cuando yo empecé a sospechar que algo se cocía entre Gustavo y yo, ella fue la primera en saberlo, porque se lo conté una noche por teléfono, con la voz baja y la luz apagada, como quien confiesa un pecado.
"¿Tu padrastro?" me dijo, y pude escuchar la sonrisa en su voz. "Hanna, eso es lo más caliente que hay. El padrastro. El clásico. Es que está escrito en las estrellas."
"Pero mi mamá", le dije.
"Tu mamá no está aquí, tonta. Tu mamá está en Monterrey. ¿O me vas a decir que en todo este tiempo nunca, ni una vez, te has quedado a solas con él pensando cosas?"
Y me quedé callada, porque sí, sí me había quedado pensando cosas. Muchas.
Lo que no sabía, y lo que descubrí después, es que Gustavo ya había notado todo esto mucho antes que yo. Ya había notado cómo se me erizaba la piel cuando él se acercaba, cómo se me endurecían los pezones bajo la blusa cuando me hablaba bajito, cómo se me ponía la cara roja cuando él salía de la regadera. Y también había notado, porque era un hombre observador, que Vale lo miraba con un interés que no era del todo fraternal. Cuando Vale venía a la casa, cosa que hacía seguido, Gustavo se quedaba más tiempo en la sala, reía más, se ponía más atento. Y yo, con mi cara de niña buena y mis celos que apenas empezaba a reconocer, sentía una punzada cada vez que los veía cruzar palabra. No era celos de que él le gustara a ella, porque eso me parecía normal. Era celos de que a él le gustara ella. De que yo dejara de ser la única.
Todo esto lo pienso ahora, con calma, pero en ese momento era un enredo. Un enredo delicioso, eso sí, de esos que te quitan el sueño y te hacen tocar la almohada pensando en otra cosa.
El fin de semana en que todo estalló empezó como cualquier otro. Era viernes, mi mamá se había ido el jueves por la tarde a un congreso de tres días en Guadalajara, y nos había dejado solos a Gustavo y a mí, con las instrucciones de siempre: que no dejáramos la puerta abierta, que le marcáramos cuando llegáramos, que comiéramos algo que no fuera solo pizza. Y Gustavo, que sabía perfectamente cómo funcionaban esas cosas, había invitado a Vale a pasar el fin de semana, con la excusa de que así yo no estaría sola y podríamos hacer una noche de películas. Vale dijo que sí antes de que él terminara la frase.
"¿Vale viene?" me preguntó él esa mañana, mientras desayunábamos los dos en la cocina, ella todavía en su casa.
"Sí, ya dijo", le contesté, y me di cuenta de que se le iluminó la cara de una manera que no era solo hospitalidad.
"Qué bueno", dijo, y dio un trago a su café. "Así no te aburres."
Y yo lo miré, y él me miró, y por un instante el aire entre los dos se puso espeso. Luego los dos desviamos la mirada, como dos cobardes, y seguimos comiendo como si nada.
Vale llegó por la tarde, con una maleta pequeña y una botella de tequila que escondía en la bolsa como si fuera contrabando. Traía un short de mezclilla tan corto que le dejaba ver la mitad del muslo y una blusa de tirantes que le marcaba el escote de una manera que, para ser honesta, hacía que hasta yo me girara a verla. Cuando abrí la puerta y la vi, sentí una mezcla rara de felicidad y de nervios. Ella me abrazó, me llenó la cara de besos como siempre hacía, y entró a la casa como si fuera suya, gritándole a Gustavo un "hola, señor" que él respondió desde la cocina con una sonrisa.
"Señor me hace viejo", dijo él, saliendo a recibirla con un trapo en las manos. "Dime Gustavo."
"Ok, Gustavo", dijo ella, y le dio un abrazo que a mí me pareció durar un poco más de lo necesario. Vi la mano de él apoyarse en la espalda de ella, vi cómo bajaba un centímetro, vi cómo Vale no se apartaba. Y sentí la primera punzada de la tarde.
Preparamos la noche con una eficiencia de equipo: ella puso la música, yo saqué las cobijas al sillón, él hizo palomitas y trajo refrescos y, cuando ya estaba oscureciendo, sacó la botella de tequila que Vale había traído y unos vasos. "Para los que no van a manejar", dijo, y nos sirvió a las dos, y se sirvió él. Nos sentamos los tres en el sillón, Vale en medio, yo a su lado, Gustavo en el otro extremo, y empezamos a ver una película de terror que a los diez minutos ya habíamos dejado de seguir porque las tres estábamos más atentas a otra cosa.
Las primeras dos copas las tomamos rápido, riéndonos de tonterías, contando historias del colegio, poniéndonos al día. Para la tercera, la conversación ya había bajado de tono, como pasa siempre, y nos habíamos acomodado de manera distinta en el sillón: Vale se había recostado contra el brazo del asiento, con las piernas dobladas y los pies casi sobre las piernas de Gustavo, y yo me había recargado en el respaldo, sintiendo el calor que venía del cuerpo de mi amiga. El tequila me tenía la piel tibia y la cabeza ligera, y me daba cuenta de que estaba mirando las cosas con una claridad distinta, como si el alcohol me hubiera quitado un filtro. Miraba la boca de Gustavo cuando hablaba. Miraba el modo en que Vale se mordía el labio cuando reía. Miraba el modo en que los dos se buscaban con la mirada por encima de mí, o creía que por encima de mí, y sentía que estaba sentada en el medio de algo que respiraba.
"¿Y tú, Vale, tienes novio?" preguntó Gustavo en un momento, con esa naturalidad de quien pregunta por preguntar pero ya sabe que la respuesta le conviene.
"Eh, más o menos", dijo ella, estirándose como una gata y dejando ver el vientre cuando la blusa se le subió. "Más menos que más. Estoy en una etapa de... explorar."
"Explorar está bien", dijo él, y bebió. "A tu edad hay que explorar."
"¿Y tú exploraste mucho?" le preguntó ella, y le sonrió de una manera que a mí me pareció descarada.
"Bastante", dijo él, y me miró a mí por un segundo. "Aunque nunca es tarde."
Y yo me sonrojé, y lo supe porque sentí el calor subirme a las orejas, y las dos se dieron cuenta, porque Vale se rió y me pasó el brazo por los hombros, y Gustavo me miró con una ternura que me deshizo por dentro.
Ya para entonces la película era un ruido de fondo. La casa estaba en silencio salvo por la música baja que Vale había dejado puesta, una lista de esas lentas, con bajo y voz de mujer, que parecen hechas para otra cosa. Nos quedamos callados un rato, los tres, respirando, y yo sentía el corazón en la garganta sin saber bien por qué. Vale fue la primera en moverse. Giró la cabeza hacia mí y me miró desde muy cerca, con esos ojos oscuros que tenía, y me dijo, casi en un susurro, con la voz un poco ronca por el tequila:
"Hanna, ¿te puedo decir una cosa?"
"Claro", le dije.
"Gustavo está bien guapo", dijo, y se rió, y él desde el otro lado soltó una carcajada baja.
"Gracias", dijo él. "Pero no me dejes con la duda de qué es lo que hizo que te dieras cuenta."
"Las manos", dijo ella, sin pensarlo. "Y los brazos. Y la barba." Y luego, mirándome a mí de nuevo, bajó la voz: "Y la forma en que te mira a ti cuando no te das cuenta."
Yo abrí la boca para decir algo, para defenderme, para mentir, y no me salió nada. Y Gustavo, aprovechando mi silencio, dijo:
"¿Y cómo la miro?"
"Cómo si le tuvieras ganas", dijo Vale, directa, sin rodeos. "Perdón si me meto."
"No te metas", dijo él, y la miró a ella con una intensidad que me erizó. "Más bien sigue."
Y Vale, que nunca en su vida se había quedado callada, se sentó derecha en el sillón, con las piernas cruzadas y una sonrisa de quien ya sabe el final de la película, y dijo:
"¿Quieren que les diga lo que yo creo que va a pasar aquí esta noche?"
Los dos la miramos. Nadie dijo que no.
"Yo creo", dijo ella, alargando las palabras, "que los dos se mueren de ganas de tocarse y que ninguno se atreve por miedo a que la otra persona no quiera. Y yo creo que a lo mejor, si alguien se atreve primero, todo se acomoda."
Gustavo dejó el vaso en la mesita, despacio, y se recargó en el sillón mirándonos a las dos como si nos estuviera viendo por primera vez. Yo sentía las palmas húmedas y la boca seca. Vale, en cambio, estaba radiante, cómoda, como pez en el agua.
"¿Y tú qué propones?" le preguntó él.
"Proponer es mucho", dijo ella. "Yo digo que probemos."
Y dicho eso, se inclinó hacia mí y me besó. Así, sin más, con la naturalidad de quien se ha estado aguantando toda la noche. Fue un beso suave al principio, de labios cerrados, de esos que se dan para probar. Pero cuando yo, después del primer segundo de sorpresa, le respondí, ella abrió un poco la boca y me pasó la lengua por el labio, y yo abrí la mía también, y nos quedamos así un rato, besándonos en el sillón de mi casa, con mi padrastro mirándonos desde el otro lado, a un metro de distancia, sin decir nada. El sabor del tequila estaba en su boca y en la mía, y la mezcla con el calor de su lengua me puso el estómago a dar vueltas. Nunca había besado a una mujer. Nunca. Y me di cuenta en ese instante de por qué Vale decía siempre que "hay que probar", porque la sensación era distinta, más suave, más paciente, como si el otro cuerpo te esperara en lugar de arrollarte.

Cuando nos separamos, las dos estábamos sin aliento y sonriendo como tontas. Vale me limpió un poco el labio con el pulgar y luego giró la cabeza hacia Gustavo, que seguía en su lugar, mirándonos con los ojos brillantes.
"¿Y tú?" le dijo ella. "¿Te quedas viendo o participas?"
Gustavo se rió, esa risa grave que tenía, y se movió. Se acercó a nosotros con una lentitud de quien no quiere romper el hechizo, y en lugar de besar a Vale, que era lo que yo esperaba, me buscó a mí primero. Su mano grande me tomó la nuca, con esa firmeza que solo tienen los hombres que han trabajado toda la vida con las manos, y me acercó a él. Y me besó. Y ese beso no tuvo nada que ver con el de Vale. Fue más profundo, más decidido, con la barba raspándome la piel y el olor a él, a su perfume y a su piel, metiéndoseme por la nariz. Sentí que se me aflojaban las piernas y que si él no me sostenía con esa mano me caía. Besaba como si tuviera derecho, como si yo fuera suya desde hacía años y apenas ahora se lo estuviera permitiendo. Y yo, con mi cara de niña buena y mi cuerpo temblando, le respondí como una mujer, abriéndole la boca, pasándole la lengua, dejándolo entrar.
Cuando se separó, me miró desde muy cerca y me dijo, bajito, solo para mí:
"Llevo mucho tiempo esperando esto, Hanna."
Y yo, que tenía la garganta cerrada, apenas pude decir: "Yo también."
Vale, mientras tanto, no se había quedado quieta. Se había movido hacia el lado de él y le estaba pasando la mano por el pecho, por encima de la camisa, sintiendo los músculos bajo la tela. Él giró y la besó a ella también, y yo los vi besarse a los dos, verlo a él tomarle la cara a mi amiga con esa misma mano que me había tomado a mí hacía un segundo, y sentí una punzada de celos que duró menos que un suspiro, porque Vale estiró el brazo y me tomó de la mano, y me jaló hacia ellos, y de pronto éramos tres, los tres de pie en medio de la sala, con la música sonando y las cobijas caídas al piso, y las manos empezaron a moverse por todos lados.
Gustavo se puso en medio, como un punto de equilibrio, y nosotros dos a sus lados. Empezó a besarnos alternadamente, a una y a la otra, y nosotras empezamos a besarnos entre nosotras también, y en un momento ya no supe quién besaba a quién. Sus manos nos recorrían a las dos por igual, con esa eficiencia de hombre que sabe lo que hace. Sentí su mano subirme por la cintura, por encima de la blusa, hasta llegar al borde del sostén, y luego bajar, y luego subir de nuevo, hasta que me tomó uno de los senos por encima de la tela y me apretó con suavidad, y yo dejé escapar un sonido que no reconocí como mío. Vale, al mismo tiempo, le estaba desabrochando los botones de la camisa a él con una paciencia que no le conocía, y le besaba el cuello, y le mordía la oreja, y él soltaba esos suspiros bajos que me llegaban directo al centro del cuerpo.
"¿Nos vamos a la cama?" dijo Vale, en algún momento, con la voz más ronca de lo normal. "Porque aquí el sillón se nos va a quedar chico."
Gustavo se rió y dijo que sí. Tomó la botella de tequila con una mano y con la otra me tomó a mí de la cintura, y Vale nos siguió, y los tres caminamos por el pasillo hasta su habitación, la habitación que compartía con mi mamá, lo cual, dicho sea de paso, le daba un toque aún más prohibido a todo. La cama era grande, de matrimonio, y apenas entramos, Gustavo encendió la lámpara de la mesita, esa luz cálida y amarilla que hace que todo se vea más suave y más íntimo, y luego se sentó en el borde de la cama, y nos miró a las dos, de pie frente a él.
"Muéstrenme", dijo. "Quiero verlas."
Y yo, que siempre había sido la tímida, me sorprendí a mí misma quitándome la blusa sin que nadie me lo pidiera, dejándola caer al suelo, quedándome en sostén y en el short de pijama que traía. Vale hizo lo mismo, con más estilo, girando un poco para que él viera cómo se le movía el cuerpo, y luego se acercó a mí y me abrazó por detrás, con el pecho pegado a mi espalda, y me desabrochó el sostén con una habilidad que me hizo reír.
"Tú has hecho esto antes", le dije.
"Con hombres, sí", dijo ella en mi oído. "Contigo es la primera vez. Y me encanta."
Me bajó los tirantes de los hombros y el sostén cayó. Sentí el aire fresco de la habitación en los pezones, y sentí la mirada de Gustavo sobre ellos, y me encogí un poco por instinto, pero Vale me sostuvo, con las manos en mi cintura, y me dijo que no me tapara, que estaba hermosa, y que él se estaba muriendo por verme. Y era verdad, porque cuando levanté la vista, Gustavo estaba inclinado hacia adelante, con los codos en las rodillas y los ojos fijos en mi pecho, respirando más fuerte de lo normal.
Vale me giró entonces, para que él me viera de frente, y empezó a besarme el cuello mientras sus manos bajaban por mi vientre y me desabrochaban el short, y luego el elástico de la pantaleta, y me los bajaba despacio, agachándose, hasta que yo quedé completamente desnuda frente a los dos. Me quedé con las manos a los lados, sin saber qué hacer con ellas, y Gustavo se levantó de la cama y vino hacia mí, y se arrodilló frente a mí, cosa que no esperaba, y me miró desde abajo con una expresión de asombro genuino, como si estuviera viendo algo que llevaba años queriendo ver.
"Eres preciosa", dijo, y me pasó las manos por los muslos, subiendo y bajando, y luego me separó un poco las piernas con las rodillas y me miró ahí, en el centro, y yo sentí que me subía el calor a la cara. "Y esto", dijo, pasándome un dedo por encima, apenas rozando, "esto es lo que llevaba tanto tiempo queriendo probar."
Y bajó la cabeza y me lamió. Ahí mismo, de pie, con Vale a mi lado mirándonos y pasándome la mano por el pelo, Gustavo me lamió despacio, de abajo hacia arriba, con la lengua plana, y yo tuve que agarrarme de sus hombros para no caerme. Lo hizo una vez, y otra, y otra, cada vez más adentro, hasta que encontró el punto exacto y se quedó ahí, dándome vueltas con la lengua mientras con los labios me succionaba suavemente, y con un dedo, uno solo, me abría un poco y me acariciaba la entrada sin entrar. Nunca nadie me había hecho eso así. Los pocos novios que había tenido lo hacían como una obligación, rápido, para pasar a lo otro. Gustavo lo hacía como si fuera el plato principal. Como si pudiera quedarse ahí toda la noche. Y yo, con mi cara de niña buena, empecé a moverme contra su boca, a agarrarlo del pelo, a gemir sin importarme que Vale estuviera ahí escuchándome.
Vale, mientras tanto, se había quitado el resto de su ropa y se había recostado en la cama, y desde ahí nos miraba, con una mano entre sus propias piernas, tocándose mientras nos veía, y ese detalle, el de que mi amiga se estuviera masturbando viéndome a mí, me puso todavía más. Sentí que me acercaba al borde y le avisé a Gustavo con un tirón de pelo, y él entendió, porque aceleró, y metió ahora dos dedos, curvándolos hacia arriba, mientras seguía con la lengua, y yo me vine en su boca con las piernas temblando y un gemido largo que se me escapó desde muy adentro. Él no se apartó hasta que terminé, y luego se levantó, con la boca brillante, y me besó, y yo me probé a mí misma en sus labios, y me gustó.
Después de eso ya no hubo vuelta atrás. Nos fuimos a la cama los tres, y todo se volvió un enredo de brazos y piernas y bocas. Gustavo se terminó de desnudar, y cuando se bajó el pantalón y el bóxer, lo vi, y tuve que tragar saliva, porque era grande, más grande de lo que estaba acostumbrada, grueso, con la piel tensa y brillante en la punta, y me quedé mirándolo hasta que Vale me codeó y se rió.
"¿Ves?" me dijo. "Por eso yo dije que probáramos."
Vale fue la primera en tomarlo en la boca. Se puso de rodillas entre sus piernas y lo lamió desde la base hasta la punta, y luego se lo metió despacio, y lo chupó con una técnica que me dejó fascinada, con la mano en la base y la boca trabajando, mirándolo a los ojos mientras lo hacía. Gustavo cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, y le puso una mano en el pelo, sin apretar, solo acompañándola. Yo me acerqué por el otro lado y le besé el pecho, el vientre, la línea de vello, y le lamí los testículos mientras Vale seguía con el resto, y él soltó un gemido grave que vibró en todo su cuerpo. Estuvimos así un rato, las dos compartiéndolo, turnándonos, hasta que él dijo que se iba a venir si seguíamos, y que quería estar adentro cuando pasara.


Me acostó a mí primero. Me puso boca arriba, me abrió las piernas con las manos en la parte interna de los muslos, y se quedó un momento mirándome, con la punta apoyada en mi entrada, sin entrar. Me miró a los ojos, me preguntó si estaba segura, y yo le dije que sí con la cabeza y con la voz, y él empujó. Entró despacio, centímetro a centímetro, y yo sentí cómo me abría, cómo me llenaba, cómo cada nervio de adentro se estiraba para recibirlo, y cuando ya estuvo todo adentro, los dos nos quedamos quietos un segundo, respirando, sintiéndonos. Y luego empezó a moverse. Despacio al principio, con un ritmo largo y profundo, saliendo casi hasta la punta y volviendo a entrar hasta el fondo, y cada embestida me sacaba un gemido distinto. Vale se había acomodado a mi lado y me besaba el cuello y los senos mientras él me cogía, y me lamía los pezones, y me decía cosas al oído, cosas como "mira qué linda te ves", "así, aguanta", "te está gustando, ¿verdad?", y yo le decía que sí, que sí, que sí, mientras él me tomaba de las caderas y me jalaba hacia él con cada movimiento, y la cama crujía, y las sábanas se nos enredaban en los pies.

Gustavo me cogió así un buen rato, cambiando el ritmo, a veces lento y profundo, a veces rápido y corto, buscándome el punto, y yo sentí que me acercaba otra vez, y se lo dije, y él aceleró y me llevó hasta el final con una mano en mi clítoris y la otra en mi cadera, y yo me vine apretándolo por dentro, con las uñas clavadas en su espalda, gimiendo su nombre, gimiendo el nombre de mi padrastro en la cama de mi mamá, que era una de las cosas más raras y más ricas que me habían pasado en la vida.
Después de eso él todavía no había terminado, así que salió de mí y se giró hacia Vale, que ya estaba esperándolo con las piernas abiertas y una sonrisa de oreja a oreja. La penetró de una sola embestida, porque ella estaba más que lista, y ella soltó un gemido alto y largo y lo recibió con las piernas en su cintura, apretándolo, buscándolo, mordiéndole el hombro. Yo me quedé a un lado mirándolos, tocándome todavía, sintiendo cómo me palpitaba todo por dentro, y verlos fue como ver una película de la que yo también formaba parte. Vale cogía distinto que yo, más agresiva, más entregada, moviéndose contra él, jalándolo, diciéndole cosas al oído, cosas que yo no me atrevía a decir. Gustavo la tomó de las caderas y la levantó un poco, y le dio desde otro ángulo, y ella gritó, y él la tapó con la mano para que no despertara a los vecinos, y ella le chupó los dedos, y yo casi me vengo solo de verlos.
Cuando él estuvo a punto, salió de Vale y nos puso a las dos juntas, de lado, una frente a la otra, y se metió en medio, alternando, un rato en una, un rato en la otra, sin sacarlo del todo, pasando de un cuerpo al otro con una facilidad que solo puede tener un hombre que sabe exactamente lo que está haciendo. Vale y yo nos besábamos mientras tanto, nos acariciábamos, nos mirábamos, y yo sentí por primera vez lo que era estar con otra mujer, y me gustó más de lo que esperaba. No era competencia, como yo temía. Era complicidad. Éramos dos cuerpos dándole placer a un tercero y recibiéndolo de él y de nosotras mismas, y en ese momento entendí por qué la gente hablaba de los tríos con esa devoción. No era solo el sexo. Era la sensación de estar rodeada, de tener manos por todos lados, de que no hubiera un solo punto de mi cuerpo que no estuviera siendo tocado, besado, deseado.

Gustavo se vino al final dentro de Vale, con un gemido largo que le salió desde el pecho, y se quedó un momento apoyado sobre ella, con la frente pegada a su hombro, respirando fuerte. Y luego se giró hacia mí y me abrazó también, y quedamos los tres acostados, enredados, sudados, con las piernas cruzadas y los brazos por encima, sin hablar durante un rato largo, solo respirando. La lámpara seguía encendida y la música seguía sonando en la sala, muy bajita, y afuera se escuchaba un perro ladrando en algún patio. Todo era absolutamente normal y absolutamente distinto al mismo tiempo.
"¿Están bien?" preguntó Gustavo al rato, con la voz todavía ronca.
"Sí", dijo Vale, y se estiró como una gata satisfecha.
"Sí", dije yo, y me acurruqué contra su pecho, y él me pasó el brazo por encima y me apretó, y yo sentí que algo en mí se acomodaba, como si una pieza que llevaba años suelta por fin hubiera encontrado su lugar.
No dormimos todavía. Nos quedamos hablando bajito, contando cosas que nunca nos habíamos contado, riéndonos, tomando tequila directamente de la botella porque nos daba flojera levantarnos por los vasos. Vale contó lo que había pensado la primera vez que vino a la casa y vio a Gustavo sin camisa, y él confesó que ya la había visto a ella mirarlo, y los dos se rieron, y yo los miré y me di cuenta de que no sentía celos, que sentía más bien una gratitud enorme, hacia ella por haber sido el empujón que nos faltaba, y hacia él por habernos querido así, a las dos, sin hacer a ninguna sentir menos. Y luego, porque éramos jóvenes y porque la noche no se había acabado, Vale dijo que ya estaba lista otra vez, y me miró con esa cara de traviesa que le conocía de toda la vida, y yo me reí y le dije que sí, y Gustavo, que ya tenía cuarenta y dos años y acababa de estar con dos mujeres, nos miró como si le hubieran regalado el mundo y dijo que estaba a nuestra disposición.
La segunda ronda fue distinta. Más lenta, más sabida, más suave. Ya nos conocíamos los cuerpos, ya sabíamos qué le gustaba a cada uno, y eso le dio a todo una intimidad que la primera vez no tenía. Vale me hizo el amor a mí mientras Gustavo nos miraba, y descubrí que sus dedos eran más pacientes que los de cualquier hombre, y que sabía exactamente dónde tocar porque ella también era mujer y también sabía lo que se sentía. Y luego Gustavo nos tomó de nuevo, una y otra vez, en posiciones distintas, y probamos cosas, y nos reímos cuando algo salía mal, y gemimos cuando salía bien, y en algún punto de la madrugada nos quedamos dormidos los tres, desnudos, con la lámpara todavía encendida y la botella de tequila vacía a los pies de la cama.







Cuando desperté, ya era de día, y el sol entraba por la ventana de una manera que hacía que el polvo flotara en el aire. Vale seguía dormida a mi lado, con una sábana enredada en la cintura y el pelo revuelto, y Gustavo estaba sentado en el borde de la cama, con los bóxers puestos y una taza de café en la mano, mirándonos a las dos con una cara que no le había visto nunca. Cuando notó que yo estaba despierta, me sonrió, y me pasó la mano por el pelo, y me dijo bajito, para no despertar a Vale:
"Buenos días, niña buena."
Y yo me sonreí, todavía con el sueño pegado a los ojos y el cuerpo lleno de marcas y de memorias, y pensé que sí, que tenía cara de niña buena, que todo el mundo lo decía, que esa era mi fama y mi cárcel y mi disfraz. Pero que ahora, después de esa noche, ya nadie en esa casa, ni yo misma, iba a poder olvidar lo que había debajo. Porque mi padrastro lo había sabido siempre, y mi mejor amiga lo había visto siempre, y las dos, juntas, se habían encargado de que yo también lo supiera. Y lo mejor de todo, lo que me hacía sonreír mirando el techo mientras los dos dormían y respiraban tranquilos a mi lado, era que esa no había sido más que la primera vez.
Fin.

Vivía con mi mamá, Mariana, y con Gustavo, mi padrastro, desde que yo tenía quince años. Gustavo entró a nuestras vidas cuando mi papá biológico ya era solo una foto y una pensión alimenticia que llegaba tarde, y aunque al principio lo miré con desconfianza, como se mira a cualquier hombre que pretende ocupar un lugar que uno cree reservado, con el tiempo terminé queriéndolo de verdad. Tenía cuarenta y dos años, era alto, de espaldas anchas, con el pelo negro ya salpicado de canas en las sienes y una barba corta que le daba un aire de hombre serio y tranquilo. Trabajaba en construcción, así que tenía esas manos grandes y duras de quien carga cosas todo el día, y esos brazos que se le marcaban bajo las camisas sin que él hiciera nada por presumirlo. No era el típico padrastro distante. Cocía mejor que mi mamá, me llevaba al colegio cuando llovía, me ayudaba con las tareas de matemáticas y, sobre todo, tenía una manera de mirarme que, sin que yo lo supiera al principio, me fue despertando cosas.
La primera vez que me di cuenta de que lo miraba distinto fue un verano, cuando él salió del baño con una toalla en la cintura y yo me quedé pegada al marco de la puerta como una idiota. Vi la línea de vello que le bajaba por el vientre, vi las gotas de agua resbalándole por el pecho, y sentí un calor raro en la parte baja del estómago que no supe explicar. A partir de ahí empecé a fijarme más. En cómo se le tensaban los músculos de la espalda cuando levantaba las bolsas del mandado. En el bulto que se le insinuaba bajo el pantalón de mezclilla. En la forma en que se pasaba la mano por la barba cuando estaba pensando. Y él, por su parte, también empezó a fijarse en mí. Yo lo notaba en las miradas que me duraban un segundo de más, en la forma en que me decía "qué guapa vas" cuando salía arreglada, en el modo en que se acercaba a mi espalda cuando veía algo en mi computadora y me dejaba sentir el calor de su cuerpo antes de apartarse.
Nunca pasó nada mientras mi mamá estaba presente, porque los dos éramos de esas personas que necesitan certeza y permiso para moverse, y ninguna certeza era más importante que la de que Mariana estaba allí, en el centro de todo, siendo esposa y madre. Pero mi mamá viajaba. Trabajaba en una empresa de ventas y de vez en cuando tenía que irse tres, cuatro días a otra ciudad por convenciones y capacitaciones. Y esas ausencias, que antes me daban igual, empezaron a significar otra cosa. Empecé a esperarlas. Empecé a contar los días que faltaban para la próxima.
Mi mejor amiga se llama Valentina, pero todo el mundo le dice Vale. Tiene veintitrés años, es un año mayor que yo, y es mi opuesto exacto en todo. Alta, con el pelo castaño ondulado y corto a la altura de los hombros, piel más morena que la mía por sus genes y por el sol, y un cuerpo de esos que llaman la atención en la calle sin pedir permiso: senos grandes, cintura, caderas, todo en proporción generosa. Ella es la extrovertida, la que habla con todo el mundo, la que se ríe fuerte, la que se pone vestidos cortos y no le importa. Yo soy la callada, la que observa, la que se sonroja. Y por eso mismo nos complementamos desde la secundaria. Ella me saca de mi cascarón, yo la aterrizo cuando se le va la mano. Nos contábamos todo. Absolutamente todo. Y cuando yo empecé a sospechar que algo se cocía entre Gustavo y yo, ella fue la primera en saberlo, porque se lo conté una noche por teléfono, con la voz baja y la luz apagada, como quien confiesa un pecado.
"¿Tu padrastro?" me dijo, y pude escuchar la sonrisa en su voz. "Hanna, eso es lo más caliente que hay. El padrastro. El clásico. Es que está escrito en las estrellas."
"Pero mi mamá", le dije.
"Tu mamá no está aquí, tonta. Tu mamá está en Monterrey. ¿O me vas a decir que en todo este tiempo nunca, ni una vez, te has quedado a solas con él pensando cosas?"
Y me quedé callada, porque sí, sí me había quedado pensando cosas. Muchas.
Lo que no sabía, y lo que descubrí después, es que Gustavo ya había notado todo esto mucho antes que yo. Ya había notado cómo se me erizaba la piel cuando él se acercaba, cómo se me endurecían los pezones bajo la blusa cuando me hablaba bajito, cómo se me ponía la cara roja cuando él salía de la regadera. Y también había notado, porque era un hombre observador, que Vale lo miraba con un interés que no era del todo fraternal. Cuando Vale venía a la casa, cosa que hacía seguido, Gustavo se quedaba más tiempo en la sala, reía más, se ponía más atento. Y yo, con mi cara de niña buena y mis celos que apenas empezaba a reconocer, sentía una punzada cada vez que los veía cruzar palabra. No era celos de que él le gustara a ella, porque eso me parecía normal. Era celos de que a él le gustara ella. De que yo dejara de ser la única.
Todo esto lo pienso ahora, con calma, pero en ese momento era un enredo. Un enredo delicioso, eso sí, de esos que te quitan el sueño y te hacen tocar la almohada pensando en otra cosa.
El fin de semana en que todo estalló empezó como cualquier otro. Era viernes, mi mamá se había ido el jueves por la tarde a un congreso de tres días en Guadalajara, y nos había dejado solos a Gustavo y a mí, con las instrucciones de siempre: que no dejáramos la puerta abierta, que le marcáramos cuando llegáramos, que comiéramos algo que no fuera solo pizza. Y Gustavo, que sabía perfectamente cómo funcionaban esas cosas, había invitado a Vale a pasar el fin de semana, con la excusa de que así yo no estaría sola y podríamos hacer una noche de películas. Vale dijo que sí antes de que él terminara la frase.
"¿Vale viene?" me preguntó él esa mañana, mientras desayunábamos los dos en la cocina, ella todavía en su casa.
"Sí, ya dijo", le contesté, y me di cuenta de que se le iluminó la cara de una manera que no era solo hospitalidad.
"Qué bueno", dijo, y dio un trago a su café. "Así no te aburres."
Y yo lo miré, y él me miró, y por un instante el aire entre los dos se puso espeso. Luego los dos desviamos la mirada, como dos cobardes, y seguimos comiendo como si nada.
Vale llegó por la tarde, con una maleta pequeña y una botella de tequila que escondía en la bolsa como si fuera contrabando. Traía un short de mezclilla tan corto que le dejaba ver la mitad del muslo y una blusa de tirantes que le marcaba el escote de una manera que, para ser honesta, hacía que hasta yo me girara a verla. Cuando abrí la puerta y la vi, sentí una mezcla rara de felicidad y de nervios. Ella me abrazó, me llenó la cara de besos como siempre hacía, y entró a la casa como si fuera suya, gritándole a Gustavo un "hola, señor" que él respondió desde la cocina con una sonrisa.
"Señor me hace viejo", dijo él, saliendo a recibirla con un trapo en las manos. "Dime Gustavo."
"Ok, Gustavo", dijo ella, y le dio un abrazo que a mí me pareció durar un poco más de lo necesario. Vi la mano de él apoyarse en la espalda de ella, vi cómo bajaba un centímetro, vi cómo Vale no se apartaba. Y sentí la primera punzada de la tarde.
Preparamos la noche con una eficiencia de equipo: ella puso la música, yo saqué las cobijas al sillón, él hizo palomitas y trajo refrescos y, cuando ya estaba oscureciendo, sacó la botella de tequila que Vale había traído y unos vasos. "Para los que no van a manejar", dijo, y nos sirvió a las dos, y se sirvió él. Nos sentamos los tres en el sillón, Vale en medio, yo a su lado, Gustavo en el otro extremo, y empezamos a ver una película de terror que a los diez minutos ya habíamos dejado de seguir porque las tres estábamos más atentas a otra cosa.
Las primeras dos copas las tomamos rápido, riéndonos de tonterías, contando historias del colegio, poniéndonos al día. Para la tercera, la conversación ya había bajado de tono, como pasa siempre, y nos habíamos acomodado de manera distinta en el sillón: Vale se había recostado contra el brazo del asiento, con las piernas dobladas y los pies casi sobre las piernas de Gustavo, y yo me había recargado en el respaldo, sintiendo el calor que venía del cuerpo de mi amiga. El tequila me tenía la piel tibia y la cabeza ligera, y me daba cuenta de que estaba mirando las cosas con una claridad distinta, como si el alcohol me hubiera quitado un filtro. Miraba la boca de Gustavo cuando hablaba. Miraba el modo en que Vale se mordía el labio cuando reía. Miraba el modo en que los dos se buscaban con la mirada por encima de mí, o creía que por encima de mí, y sentía que estaba sentada en el medio de algo que respiraba.
"¿Y tú, Vale, tienes novio?" preguntó Gustavo en un momento, con esa naturalidad de quien pregunta por preguntar pero ya sabe que la respuesta le conviene.
"Eh, más o menos", dijo ella, estirándose como una gata y dejando ver el vientre cuando la blusa se le subió. "Más menos que más. Estoy en una etapa de... explorar."
"Explorar está bien", dijo él, y bebió. "A tu edad hay que explorar."
"¿Y tú exploraste mucho?" le preguntó ella, y le sonrió de una manera que a mí me pareció descarada.
"Bastante", dijo él, y me miró a mí por un segundo. "Aunque nunca es tarde."
Y yo me sonrojé, y lo supe porque sentí el calor subirme a las orejas, y las dos se dieron cuenta, porque Vale se rió y me pasó el brazo por los hombros, y Gustavo me miró con una ternura que me deshizo por dentro.
Ya para entonces la película era un ruido de fondo. La casa estaba en silencio salvo por la música baja que Vale había dejado puesta, una lista de esas lentas, con bajo y voz de mujer, que parecen hechas para otra cosa. Nos quedamos callados un rato, los tres, respirando, y yo sentía el corazón en la garganta sin saber bien por qué. Vale fue la primera en moverse. Giró la cabeza hacia mí y me miró desde muy cerca, con esos ojos oscuros que tenía, y me dijo, casi en un susurro, con la voz un poco ronca por el tequila:
"Hanna, ¿te puedo decir una cosa?"
"Claro", le dije.
"Gustavo está bien guapo", dijo, y se rió, y él desde el otro lado soltó una carcajada baja.
"Gracias", dijo él. "Pero no me dejes con la duda de qué es lo que hizo que te dieras cuenta."
"Las manos", dijo ella, sin pensarlo. "Y los brazos. Y la barba." Y luego, mirándome a mí de nuevo, bajó la voz: "Y la forma en que te mira a ti cuando no te das cuenta."
Yo abrí la boca para decir algo, para defenderme, para mentir, y no me salió nada. Y Gustavo, aprovechando mi silencio, dijo:
"¿Y cómo la miro?"
"Cómo si le tuvieras ganas", dijo Vale, directa, sin rodeos. "Perdón si me meto."
"No te metas", dijo él, y la miró a ella con una intensidad que me erizó. "Más bien sigue."
Y Vale, que nunca en su vida se había quedado callada, se sentó derecha en el sillón, con las piernas cruzadas y una sonrisa de quien ya sabe el final de la película, y dijo:
"¿Quieren que les diga lo que yo creo que va a pasar aquí esta noche?"
Los dos la miramos. Nadie dijo que no.
"Yo creo", dijo ella, alargando las palabras, "que los dos se mueren de ganas de tocarse y que ninguno se atreve por miedo a que la otra persona no quiera. Y yo creo que a lo mejor, si alguien se atreve primero, todo se acomoda."
Gustavo dejó el vaso en la mesita, despacio, y se recargó en el sillón mirándonos a las dos como si nos estuviera viendo por primera vez. Yo sentía las palmas húmedas y la boca seca. Vale, en cambio, estaba radiante, cómoda, como pez en el agua.
"¿Y tú qué propones?" le preguntó él.
"Proponer es mucho", dijo ella. "Yo digo que probemos."
Y dicho eso, se inclinó hacia mí y me besó. Así, sin más, con la naturalidad de quien se ha estado aguantando toda la noche. Fue un beso suave al principio, de labios cerrados, de esos que se dan para probar. Pero cuando yo, después del primer segundo de sorpresa, le respondí, ella abrió un poco la boca y me pasó la lengua por el labio, y yo abrí la mía también, y nos quedamos así un rato, besándonos en el sillón de mi casa, con mi padrastro mirándonos desde el otro lado, a un metro de distancia, sin decir nada. El sabor del tequila estaba en su boca y en la mía, y la mezcla con el calor de su lengua me puso el estómago a dar vueltas. Nunca había besado a una mujer. Nunca. Y me di cuenta en ese instante de por qué Vale decía siempre que "hay que probar", porque la sensación era distinta, más suave, más paciente, como si el otro cuerpo te esperara en lugar de arrollarte.

Cuando nos separamos, las dos estábamos sin aliento y sonriendo como tontas. Vale me limpió un poco el labio con el pulgar y luego giró la cabeza hacia Gustavo, que seguía en su lugar, mirándonos con los ojos brillantes.
"¿Y tú?" le dijo ella. "¿Te quedas viendo o participas?"
Gustavo se rió, esa risa grave que tenía, y se movió. Se acercó a nosotros con una lentitud de quien no quiere romper el hechizo, y en lugar de besar a Vale, que era lo que yo esperaba, me buscó a mí primero. Su mano grande me tomó la nuca, con esa firmeza que solo tienen los hombres que han trabajado toda la vida con las manos, y me acercó a él. Y me besó. Y ese beso no tuvo nada que ver con el de Vale. Fue más profundo, más decidido, con la barba raspándome la piel y el olor a él, a su perfume y a su piel, metiéndoseme por la nariz. Sentí que se me aflojaban las piernas y que si él no me sostenía con esa mano me caía. Besaba como si tuviera derecho, como si yo fuera suya desde hacía años y apenas ahora se lo estuviera permitiendo. Y yo, con mi cara de niña buena y mi cuerpo temblando, le respondí como una mujer, abriéndole la boca, pasándole la lengua, dejándolo entrar.
Cuando se separó, me miró desde muy cerca y me dijo, bajito, solo para mí:
"Llevo mucho tiempo esperando esto, Hanna."
Y yo, que tenía la garganta cerrada, apenas pude decir: "Yo también."
Vale, mientras tanto, no se había quedado quieta. Se había movido hacia el lado de él y le estaba pasando la mano por el pecho, por encima de la camisa, sintiendo los músculos bajo la tela. Él giró y la besó a ella también, y yo los vi besarse a los dos, verlo a él tomarle la cara a mi amiga con esa misma mano que me había tomado a mí hacía un segundo, y sentí una punzada de celos que duró menos que un suspiro, porque Vale estiró el brazo y me tomó de la mano, y me jaló hacia ellos, y de pronto éramos tres, los tres de pie en medio de la sala, con la música sonando y las cobijas caídas al piso, y las manos empezaron a moverse por todos lados.
Gustavo se puso en medio, como un punto de equilibrio, y nosotros dos a sus lados. Empezó a besarnos alternadamente, a una y a la otra, y nosotras empezamos a besarnos entre nosotras también, y en un momento ya no supe quién besaba a quién. Sus manos nos recorrían a las dos por igual, con esa eficiencia de hombre que sabe lo que hace. Sentí su mano subirme por la cintura, por encima de la blusa, hasta llegar al borde del sostén, y luego bajar, y luego subir de nuevo, hasta que me tomó uno de los senos por encima de la tela y me apretó con suavidad, y yo dejé escapar un sonido que no reconocí como mío. Vale, al mismo tiempo, le estaba desabrochando los botones de la camisa a él con una paciencia que no le conocía, y le besaba el cuello, y le mordía la oreja, y él soltaba esos suspiros bajos que me llegaban directo al centro del cuerpo.
"¿Nos vamos a la cama?" dijo Vale, en algún momento, con la voz más ronca de lo normal. "Porque aquí el sillón se nos va a quedar chico."
Gustavo se rió y dijo que sí. Tomó la botella de tequila con una mano y con la otra me tomó a mí de la cintura, y Vale nos siguió, y los tres caminamos por el pasillo hasta su habitación, la habitación que compartía con mi mamá, lo cual, dicho sea de paso, le daba un toque aún más prohibido a todo. La cama era grande, de matrimonio, y apenas entramos, Gustavo encendió la lámpara de la mesita, esa luz cálida y amarilla que hace que todo se vea más suave y más íntimo, y luego se sentó en el borde de la cama, y nos miró a las dos, de pie frente a él.
"Muéstrenme", dijo. "Quiero verlas."
Y yo, que siempre había sido la tímida, me sorprendí a mí misma quitándome la blusa sin que nadie me lo pidiera, dejándola caer al suelo, quedándome en sostén y en el short de pijama que traía. Vale hizo lo mismo, con más estilo, girando un poco para que él viera cómo se le movía el cuerpo, y luego se acercó a mí y me abrazó por detrás, con el pecho pegado a mi espalda, y me desabrochó el sostén con una habilidad que me hizo reír.
"Tú has hecho esto antes", le dije.
"Con hombres, sí", dijo ella en mi oído. "Contigo es la primera vez. Y me encanta."
Me bajó los tirantes de los hombros y el sostén cayó. Sentí el aire fresco de la habitación en los pezones, y sentí la mirada de Gustavo sobre ellos, y me encogí un poco por instinto, pero Vale me sostuvo, con las manos en mi cintura, y me dijo que no me tapara, que estaba hermosa, y que él se estaba muriendo por verme. Y era verdad, porque cuando levanté la vista, Gustavo estaba inclinado hacia adelante, con los codos en las rodillas y los ojos fijos en mi pecho, respirando más fuerte de lo normal.
Vale me giró entonces, para que él me viera de frente, y empezó a besarme el cuello mientras sus manos bajaban por mi vientre y me desabrochaban el short, y luego el elástico de la pantaleta, y me los bajaba despacio, agachándose, hasta que yo quedé completamente desnuda frente a los dos. Me quedé con las manos a los lados, sin saber qué hacer con ellas, y Gustavo se levantó de la cama y vino hacia mí, y se arrodilló frente a mí, cosa que no esperaba, y me miró desde abajo con una expresión de asombro genuino, como si estuviera viendo algo que llevaba años queriendo ver.
"Eres preciosa", dijo, y me pasó las manos por los muslos, subiendo y bajando, y luego me separó un poco las piernas con las rodillas y me miró ahí, en el centro, y yo sentí que me subía el calor a la cara. "Y esto", dijo, pasándome un dedo por encima, apenas rozando, "esto es lo que llevaba tanto tiempo queriendo probar."
Y bajó la cabeza y me lamió. Ahí mismo, de pie, con Vale a mi lado mirándonos y pasándome la mano por el pelo, Gustavo me lamió despacio, de abajo hacia arriba, con la lengua plana, y yo tuve que agarrarme de sus hombros para no caerme. Lo hizo una vez, y otra, y otra, cada vez más adentro, hasta que encontró el punto exacto y se quedó ahí, dándome vueltas con la lengua mientras con los labios me succionaba suavemente, y con un dedo, uno solo, me abría un poco y me acariciaba la entrada sin entrar. Nunca nadie me había hecho eso así. Los pocos novios que había tenido lo hacían como una obligación, rápido, para pasar a lo otro. Gustavo lo hacía como si fuera el plato principal. Como si pudiera quedarse ahí toda la noche. Y yo, con mi cara de niña buena, empecé a moverme contra su boca, a agarrarlo del pelo, a gemir sin importarme que Vale estuviera ahí escuchándome.
Vale, mientras tanto, se había quitado el resto de su ropa y se había recostado en la cama, y desde ahí nos miraba, con una mano entre sus propias piernas, tocándose mientras nos veía, y ese detalle, el de que mi amiga se estuviera masturbando viéndome a mí, me puso todavía más. Sentí que me acercaba al borde y le avisé a Gustavo con un tirón de pelo, y él entendió, porque aceleró, y metió ahora dos dedos, curvándolos hacia arriba, mientras seguía con la lengua, y yo me vine en su boca con las piernas temblando y un gemido largo que se me escapó desde muy adentro. Él no se apartó hasta que terminé, y luego se levantó, con la boca brillante, y me besó, y yo me probé a mí misma en sus labios, y me gustó.
Después de eso ya no hubo vuelta atrás. Nos fuimos a la cama los tres, y todo se volvió un enredo de brazos y piernas y bocas. Gustavo se terminó de desnudar, y cuando se bajó el pantalón y el bóxer, lo vi, y tuve que tragar saliva, porque era grande, más grande de lo que estaba acostumbrada, grueso, con la piel tensa y brillante en la punta, y me quedé mirándolo hasta que Vale me codeó y se rió.
"¿Ves?" me dijo. "Por eso yo dije que probáramos."
Vale fue la primera en tomarlo en la boca. Se puso de rodillas entre sus piernas y lo lamió desde la base hasta la punta, y luego se lo metió despacio, y lo chupó con una técnica que me dejó fascinada, con la mano en la base y la boca trabajando, mirándolo a los ojos mientras lo hacía. Gustavo cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, y le puso una mano en el pelo, sin apretar, solo acompañándola. Yo me acerqué por el otro lado y le besé el pecho, el vientre, la línea de vello, y le lamí los testículos mientras Vale seguía con el resto, y él soltó un gemido grave que vibró en todo su cuerpo. Estuvimos así un rato, las dos compartiéndolo, turnándonos, hasta que él dijo que se iba a venir si seguíamos, y que quería estar adentro cuando pasara.


Me acostó a mí primero. Me puso boca arriba, me abrió las piernas con las manos en la parte interna de los muslos, y se quedó un momento mirándome, con la punta apoyada en mi entrada, sin entrar. Me miró a los ojos, me preguntó si estaba segura, y yo le dije que sí con la cabeza y con la voz, y él empujó. Entró despacio, centímetro a centímetro, y yo sentí cómo me abría, cómo me llenaba, cómo cada nervio de adentro se estiraba para recibirlo, y cuando ya estuvo todo adentro, los dos nos quedamos quietos un segundo, respirando, sintiéndonos. Y luego empezó a moverse. Despacio al principio, con un ritmo largo y profundo, saliendo casi hasta la punta y volviendo a entrar hasta el fondo, y cada embestida me sacaba un gemido distinto. Vale se había acomodado a mi lado y me besaba el cuello y los senos mientras él me cogía, y me lamía los pezones, y me decía cosas al oído, cosas como "mira qué linda te ves", "así, aguanta", "te está gustando, ¿verdad?", y yo le decía que sí, que sí, que sí, mientras él me tomaba de las caderas y me jalaba hacia él con cada movimiento, y la cama crujía, y las sábanas se nos enredaban en los pies.

Gustavo me cogió así un buen rato, cambiando el ritmo, a veces lento y profundo, a veces rápido y corto, buscándome el punto, y yo sentí que me acercaba otra vez, y se lo dije, y él aceleró y me llevó hasta el final con una mano en mi clítoris y la otra en mi cadera, y yo me vine apretándolo por dentro, con las uñas clavadas en su espalda, gimiendo su nombre, gimiendo el nombre de mi padrastro en la cama de mi mamá, que era una de las cosas más raras y más ricas que me habían pasado en la vida.
Después de eso él todavía no había terminado, así que salió de mí y se giró hacia Vale, que ya estaba esperándolo con las piernas abiertas y una sonrisa de oreja a oreja. La penetró de una sola embestida, porque ella estaba más que lista, y ella soltó un gemido alto y largo y lo recibió con las piernas en su cintura, apretándolo, buscándolo, mordiéndole el hombro. Yo me quedé a un lado mirándolos, tocándome todavía, sintiendo cómo me palpitaba todo por dentro, y verlos fue como ver una película de la que yo también formaba parte. Vale cogía distinto que yo, más agresiva, más entregada, moviéndose contra él, jalándolo, diciéndole cosas al oído, cosas que yo no me atrevía a decir. Gustavo la tomó de las caderas y la levantó un poco, y le dio desde otro ángulo, y ella gritó, y él la tapó con la mano para que no despertara a los vecinos, y ella le chupó los dedos, y yo casi me vengo solo de verlos.
Cuando él estuvo a punto, salió de Vale y nos puso a las dos juntas, de lado, una frente a la otra, y se metió en medio, alternando, un rato en una, un rato en la otra, sin sacarlo del todo, pasando de un cuerpo al otro con una facilidad que solo puede tener un hombre que sabe exactamente lo que está haciendo. Vale y yo nos besábamos mientras tanto, nos acariciábamos, nos mirábamos, y yo sentí por primera vez lo que era estar con otra mujer, y me gustó más de lo que esperaba. No era competencia, como yo temía. Era complicidad. Éramos dos cuerpos dándole placer a un tercero y recibiéndolo de él y de nosotras mismas, y en ese momento entendí por qué la gente hablaba de los tríos con esa devoción. No era solo el sexo. Era la sensación de estar rodeada, de tener manos por todos lados, de que no hubiera un solo punto de mi cuerpo que no estuviera siendo tocado, besado, deseado.

Gustavo se vino al final dentro de Vale, con un gemido largo que le salió desde el pecho, y se quedó un momento apoyado sobre ella, con la frente pegada a su hombro, respirando fuerte. Y luego se giró hacia mí y me abrazó también, y quedamos los tres acostados, enredados, sudados, con las piernas cruzadas y los brazos por encima, sin hablar durante un rato largo, solo respirando. La lámpara seguía encendida y la música seguía sonando en la sala, muy bajita, y afuera se escuchaba un perro ladrando en algún patio. Todo era absolutamente normal y absolutamente distinto al mismo tiempo.
"¿Están bien?" preguntó Gustavo al rato, con la voz todavía ronca.
"Sí", dijo Vale, y se estiró como una gata satisfecha.
"Sí", dije yo, y me acurruqué contra su pecho, y él me pasó el brazo por encima y me apretó, y yo sentí que algo en mí se acomodaba, como si una pieza que llevaba años suelta por fin hubiera encontrado su lugar.
No dormimos todavía. Nos quedamos hablando bajito, contando cosas que nunca nos habíamos contado, riéndonos, tomando tequila directamente de la botella porque nos daba flojera levantarnos por los vasos. Vale contó lo que había pensado la primera vez que vino a la casa y vio a Gustavo sin camisa, y él confesó que ya la había visto a ella mirarlo, y los dos se rieron, y yo los miré y me di cuenta de que no sentía celos, que sentía más bien una gratitud enorme, hacia ella por haber sido el empujón que nos faltaba, y hacia él por habernos querido así, a las dos, sin hacer a ninguna sentir menos. Y luego, porque éramos jóvenes y porque la noche no se había acabado, Vale dijo que ya estaba lista otra vez, y me miró con esa cara de traviesa que le conocía de toda la vida, y yo me reí y le dije que sí, y Gustavo, que ya tenía cuarenta y dos años y acababa de estar con dos mujeres, nos miró como si le hubieran regalado el mundo y dijo que estaba a nuestra disposición.
La segunda ronda fue distinta. Más lenta, más sabida, más suave. Ya nos conocíamos los cuerpos, ya sabíamos qué le gustaba a cada uno, y eso le dio a todo una intimidad que la primera vez no tenía. Vale me hizo el amor a mí mientras Gustavo nos miraba, y descubrí que sus dedos eran más pacientes que los de cualquier hombre, y que sabía exactamente dónde tocar porque ella también era mujer y también sabía lo que se sentía. Y luego Gustavo nos tomó de nuevo, una y otra vez, en posiciones distintas, y probamos cosas, y nos reímos cuando algo salía mal, y gemimos cuando salía bien, y en algún punto de la madrugada nos quedamos dormidos los tres, desnudos, con la lámpara todavía encendida y la botella de tequila vacía a los pies de la cama.







Cuando desperté, ya era de día, y el sol entraba por la ventana de una manera que hacía que el polvo flotara en el aire. Vale seguía dormida a mi lado, con una sábana enredada en la cintura y el pelo revuelto, y Gustavo estaba sentado en el borde de la cama, con los bóxers puestos y una taza de café en la mano, mirándonos a las dos con una cara que no le había visto nunca. Cuando notó que yo estaba despierta, me sonrió, y me pasó la mano por el pelo, y me dijo bajito, para no despertar a Vale:
"Buenos días, niña buena."
Y yo me sonreí, todavía con el sueño pegado a los ojos y el cuerpo lleno de marcas y de memorias, y pensé que sí, que tenía cara de niña buena, que todo el mundo lo decía, que esa era mi fama y mi cárcel y mi disfraz. Pero que ahora, después de esa noche, ya nadie en esa casa, ni yo misma, iba a poder olvidar lo que había debajo. Porque mi padrastro lo había sabido siempre, y mi mejor amiga lo había visto siempre, y las dos, juntas, se habían encargado de que yo también lo supiera. Y lo mejor de todo, lo que me hacía sonreír mirando el techo mientras los dos dormían y respiraban tranquilos a mi lado, era que esa no había sido más que la primera vez.
Fin.
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