Aparco el coche de cualquier manera, rozando el bordillo. Tengo las manos pegadas al volante y una presión en las sienes que me hace ver destellos. La tristeza me pesa más que la rabia ahora mismo, es un dolor en el corazón, una decepción que me nace en el pecho y se extiende como un veneno. Solo quiero que me mire a los ojos y me diga que todo lo que he imaginado es mentira. Necesito creerla.
Subo las escaleras de dos en dos, con la mandíbula tan apretada que noto cómo me crujen los dientes. Llego a su puerta y llamo. Tres golpes secos. Mi corazón golpea con la misma intensidad contra mis costillas.
La puerta se abre y, de repente, el mundo se detiene.
Inma aparece ante mí y el aire se me escapa de los pulmones. Está espectacular. Tiene esa melena rubia suelta, cayendo en ondas salvajes sobre sus hombros, y sus ojazos color avellana me clavan una mirada intensa, indescifrable. Pero es su ropa lo que me descoloca por completo: lleva unos shorts negros tan cortos que le dejan medio culo fuera, esas curvas que Antonio y Rodrigo querían "reventar" hace solo unas horas. Un top blanco minúsculo deja al descubierto su abdomen, plano y duro como una piedra, moviéndose al ritmo de su respiración acelerada.
Verla así, con esa mezcla de inocencia y pecado, hace que toda mi armadura de tipo duro se agriete. Siento una punzada de deseo violento mezclada con la agonía de la duda. Quiero gritarle, pero mis labios solo aciertan a dibujar una sonrisa estúpida, una reacción involuntaria de mi cuerpo al tenerla cerca.
—Hola... —murmura ella.
Se acerca con paso decidido y me planta un pico en los labios. Es un beso rápido, casi eléctrico. No me quito, no puedo, mi cuerpo me traiciona y busca su contacto, pero en cuanto se separa, me obligo a recuperar la compostura. Paso al salón intentando mantener la distancia, con el paso pesado.
—Has salido antes del trabajo que yo —le digo, con un tono seco, cortante, que busca marcar el territorio de mi enfado. Llevo un día entero en el limbo, siendo el hazmerreír de la fábrica, y no puedo ser blando ahora.
Ella me mira y, por un segundo, noto algo extraño. Se mueve rápido, con una energía nerviosa que no es normal. Se encamina a la cocina y sirve un vaso de agua, bebiéndoselo de un trago, casi con ansiedad.
—Sí, salí antes —responde ella como si tal cosa, hablando a una velocidad inusual—. Me cambié en casa volando y he llamado a Glovo, he pedido chino para comer. Mis padres se han ido el finde a la playa, así que estamos solos.
Su voz suena vibrante, hiperconcentrada en la tarea de poner los cubiertos. No deja de moverse. Vuelve a llenar el vaso de agua. Me fijo en cómo sus dedos tamborilean sobre la encimera. ¿Es alegría por verme o es el nerviosismo de quien tiene un incendio que apagar?
—¿Chino? —pregunto, dejándome caer en el sofá, observando cómo sus shorts desaparecen casi por completo cuando se agacha a recoger una servilleta.
El contraste es brutal: su imagen de novia perfecta organizando la comida y la imagen mental de ella "dando la sorpresa" en el parking con esos cuatro animales. El silencio en la casa de sus padres, ahora que estamos solos, se vuelve denso, cargado de todo lo que no nos estamos diciendo.
—Sí, lo que te gusta —dice ella, volviéndose hacia mí con una sonrisa que no llega a sus ojos—. Vamos a comer tranquilos, Hugo. Luego hablamos de todo, ¿vale?
Se sienta a mi lado, demasiado cerca. Noto el calor de su muslo contra el mío y el olor de su perfume, ese que me vuelve loco. Estoy en su casa, solo con ella, y el hambre que siento no es precisamente de comida china. Pero la rabia sigue ahí, agazapada, esperando a que ella cometa el primer error.
Aprieto la mandíbula al verla levantarse. El timbre ha sonado con una estridencia que me ha crispado los nervios, pero ella ha reaccionado como si tuviera un resorte. Se mueve con una hiperconcentración, como si cada paso estuviera coreografiado para no dejar espacios en blanco, para que el silencio no nos consuma.
—Es el de Glovo —suelta ella, hablando a una velocidad de vértigo, con esa voz vibrante que delata que tiene las revoluciones a mil.
Se encamina hacia la puerta con ese bamboneo de caderas que los shorts negros acentúan de forma obscena. Antes de que llegue al recibidor, la agarro de la muñeca. Su piel quema. Me mira con esos ojazos, un poco sorprendida por mi contacto repentino. Le devuelvo una sonrisa cargada de una ironía que ella no termina de captar.
—¿Pero tú te has visto? —le digo, recorriendo con la mirada su abdomen plano y ese top que apenas contiene nada.
Inma baja la vista hacia su propio cuerpo y suelta una risita nerviosa, una de esas que me hacen dudar de si se está riendo de mí o conmigo.
—Si sales así a abrir, al pobre del Glovo le va a dar un parraque ahí mismo en el rellano —insisto, apretando un poco más su mano, marcando mi territorio incluso ante un desconocido.
—¡Ay, Hugo, de verdad! Eres un celoso —me suelta ella en tono de broma, pero noto que evita sostenerle la mirada más de dos segundos. Hay algo que no encaja, algo en su lenguaje corporal que grita distracción.
—Quédate aquí. Salgo yo —le ordeno. No es una petición.
Salgo al rellano. En la puerta me espera un repartidor con el casco puesto, subido a medias en una moto que ha dejado mal aparcada abajo. El tipo me mira con una cara de mala hostia impresionante, como si cada segundo que he tardado en salir fuera una afrenta personal. Me da las bolsas de plástico caliente con un gesto brusco, ni me da las buenas tardes y se larga haciendo rugir el motor por la calle. Parece que todo el mundo hoy tiene prisa por ocultar algo.
Cuando entro de nuevo y cierro la puerta con el pie, me encuentro a Inma en la cocina. De espaldas a mí, se está bebiendo otro vaso de agua, casi con desesperación, vaciándolo de un trago largo que hace que su garganta se mueva con ritmo ansioso. Me quedo observando el arco de su espalda, el brillo de su melena rubia y esa sed insaciable que parece tener.
—¿Mucha sed, Inma? —le pregunto, dejando la comida sobre la mesa del salón—. Parece que te hayas tragado el desierto de Almería.
Ella se gira rápido, dejando el vaso vacío con un golpe seco sobre el mármol.
—Es el calor de la fábrica, Hugo, que me ha dejado seca —dice ella, volviendo a esa verborrea rápida mientras empieza a sacar los envases de arroz y ternera—. Venga, vamos a comer, que se enfría.
Me siento frente a ella. La luz de la tarde entra por el ventanal, iluminando sus facciones, y no puedo evitar pensar en Juanma diciendo que se les fue de las manos. ¿Qué tipo de sed es esta, Inma? ¿La de una noche de copas o la de alguien que está intentando lavar con agua un sabor que no debería estar ahí?
La miro fijamente mientras mastico lentamente un trozo de ternera y siento cómo toda la rabia, todo el veneno que he acumulado durante el turno de mañana, empieza a disolverse bajo el peso de su mirada. Joder, es que la miro a esos ojos color avellana y se me cae la baba. No puedo evitarlo. Estoy jodidamente enamorado de ella, hasta las trancas. Esa sonrisa que tiene... no es una sonrisa cualquiera, es la sonrisa de alguien que sabe que tiene mi mundo en la palma de su mano. Y en el fondo, quiero creer que esa chispa que brilla en sus pupilas es el reflejo del amor que me tiene a mí. Me convenzo de que nadie que no te quiera te miraría así después de un día de locos.
Apenas hablamos. El silencio solo lo rompe el chocar de los palillos contra el plástico y el ruido de la televisión de fondo, que ni siquiera escucho. Pero noto algo que me inquieta: Inma devora el plato con ansia, casi con ansiedad. Sus dedos se mueven rápidos, coordinados, como si tuviera prisa por terminar, como si necesitara llenar un vacío o calmar un nerviosismo que no termina de irse con el agua. Tiene la mandíbula apretada entre bocado y bocado, un gesto tenso que contrasta con la dulzura de su cara.
En uno de esos movimientos rápidos, un fideo se queda pegado en la comisura de sus labios, justo sobre su piel suave. Me quedo congelado un segundo, observándolo. Ella no se da cuenta, sigue inmersa en su ritmo frenético.
Me inclino hacia delante. Ella se detiene, con los palillos a medio camino y me mira con una mezcla de sorpresa y expectación. Con una lentitud deliberada, estiro el brazo y con la yema del dedo pulgar, le quito el fideo. Noto el calor de su piel, su respiración contenida.
No aparto la mirada. La sostengo con intensidad, marcando el momento y me llevo el fideo a la boca, comiéndomelo frente a ella sin dejar de clavar mis ojos en los suyos. Es un gesto posesivo, íntimo, casi animal.
—Comes como si te fuera la vida en ello, cariño —le digo con la voz más grave, sintiendo cómo la tensión sexual empieza a ganarle terreno a la desconfianza—. Tranquila, que no me voy a mover de aquí. Tenemos toda la tarde para nosotros...
Ella traga saliva. Veo cómo su garganta se mueve y cómo, por un instante, su seguridad flaquea.
Recogemos los envases del chino en un silencio. Llevo la bolsa a la cocina y me encamino al sofá, dejándome caer con un suspiro pesado mientras enciendo la tele. Solo quiero desconectar, que el ruido de los programas me limpie la cabeza de la voz de Juanma y de las risas de Rodrigo.
De repente, noto su presencia. Inma aparece en el salón caminando con esa seguridad felina, con sus shorts negros desafiando la gravedad y esa sonrisa de oreja a oreja que me desarma. Se queda de pie frente a mí, mirándome con una travesura que hace que mi corazón dé un vuelco. Sin decir nada, arquea la espalda, mete la mano por detrás, entre su piel y la tela del short y saca dos tickets con un gesto triunfal.
Me los tiende. Los cojo, aún algo aturdido y leo las letras doradas: Pase Completo - Balneario & Spa.
—¿Y esto? —pregunto, levantando la vista hacia ella, sintiendo cómo un nudo de alivio se me forma en la garganta.
Inma no responde con palabras. Se lanza sobre mí, rodeándome el cuello con sus brazos suaves, hundiéndose en mi pecho con un abrazo.
—Un regalito —susurra contra mi oído y noto el calor de su aliento erizándome la piel.
Sonrío. Joder, qué tonto soy. Toda la mañana torturándome, imaginando lo peor y ella, planeando un futuro conmigo. Sabía que me quería, sabía que, a pesar de las juergas y los compañeros de mierda, soy yo el que ocupa su mente.
—Pero... si aún no has cobrado, cariño —le digo, intentando poner un poco de sentido común mientras mi mano, por puro instinto, baja hasta encontrar la carne firme de su culo que asoma por el short.
Ella se separa un poco, se ríe con esa complicidad que me vuelve loco y me acaricia la mejilla.
—Qué tonto eres, de verdad —me dice con una voz tan cariñosa que me hace olvidar hasta mi propio nombre.
Me da un pico, pero esta vez no la dejo escapar. Mi mano se cierra con posesividad sobre su nalga, apretando esa curva perfecta que me pertenece y la atraigo hacia mí para comerle la boca con una urgencia que me quema. Es un beso profundo, hambriento, un beso que intenta borrar cualquier rastro de la duda que me ha carcomido durante horas.
—Que tonta eres... no hacía falta —murmuro contra sus labios cuando nos separamos un centímetro, sintiendo su respiración entrecortada.
—Sí que hacía falta —me mira y sonríe, volviendo a ese estado de hiperconcentración que ahora entiendo como ilusión—. Mañana, después de trabajar, nos vamos juntos al balneario. Nos relajamos allí los dos, que buena falta nos hace desconectar de todo y de todos.
Me recuesto en el sofá con ella encima, sintiendo el peso de su cuerpo y la suavidad de su abdomen contra el mío. Por un momento, el mundo exterior desaparece. Ni Rodrigo, ni Juanma, ni Alex. Solo nosotros.fin del primer capitulo, parte 2 en la red social del autor original todos los derechos reservadoshttps://x.com/memestodoslos24/status/2109617205369250286
Subo las escaleras de dos en dos, con la mandíbula tan apretada que noto cómo me crujen los dientes. Llego a su puerta y llamo. Tres golpes secos. Mi corazón golpea con la misma intensidad contra mis costillas.
La puerta se abre y, de repente, el mundo se detiene.
Inma aparece ante mí y el aire se me escapa de los pulmones. Está espectacular. Tiene esa melena rubia suelta, cayendo en ondas salvajes sobre sus hombros, y sus ojazos color avellana me clavan una mirada intensa, indescifrable. Pero es su ropa lo que me descoloca por completo: lleva unos shorts negros tan cortos que le dejan medio culo fuera, esas curvas que Antonio y Rodrigo querían "reventar" hace solo unas horas. Un top blanco minúsculo deja al descubierto su abdomen, plano y duro como una piedra, moviéndose al ritmo de su respiración acelerada.
Verla así, con esa mezcla de inocencia y pecado, hace que toda mi armadura de tipo duro se agriete. Siento una punzada de deseo violento mezclada con la agonía de la duda. Quiero gritarle, pero mis labios solo aciertan a dibujar una sonrisa estúpida, una reacción involuntaria de mi cuerpo al tenerla cerca.
—Hola... —murmura ella.
Se acerca con paso decidido y me planta un pico en los labios. Es un beso rápido, casi eléctrico. No me quito, no puedo, mi cuerpo me traiciona y busca su contacto, pero en cuanto se separa, me obligo a recuperar la compostura. Paso al salón intentando mantener la distancia, con el paso pesado.
—Has salido antes del trabajo que yo —le digo, con un tono seco, cortante, que busca marcar el territorio de mi enfado. Llevo un día entero en el limbo, siendo el hazmerreír de la fábrica, y no puedo ser blando ahora.
Ella me mira y, por un segundo, noto algo extraño. Se mueve rápido, con una energía nerviosa que no es normal. Se encamina a la cocina y sirve un vaso de agua, bebiéndoselo de un trago, casi con ansiedad.
—Sí, salí antes —responde ella como si tal cosa, hablando a una velocidad inusual—. Me cambié en casa volando y he llamado a Glovo, he pedido chino para comer. Mis padres se han ido el finde a la playa, así que estamos solos.
Su voz suena vibrante, hiperconcentrada en la tarea de poner los cubiertos. No deja de moverse. Vuelve a llenar el vaso de agua. Me fijo en cómo sus dedos tamborilean sobre la encimera. ¿Es alegría por verme o es el nerviosismo de quien tiene un incendio que apagar?
—¿Chino? —pregunto, dejándome caer en el sofá, observando cómo sus shorts desaparecen casi por completo cuando se agacha a recoger una servilleta.
El contraste es brutal: su imagen de novia perfecta organizando la comida y la imagen mental de ella "dando la sorpresa" en el parking con esos cuatro animales. El silencio en la casa de sus padres, ahora que estamos solos, se vuelve denso, cargado de todo lo que no nos estamos diciendo.
—Sí, lo que te gusta —dice ella, volviéndose hacia mí con una sonrisa que no llega a sus ojos—. Vamos a comer tranquilos, Hugo. Luego hablamos de todo, ¿vale?
Se sienta a mi lado, demasiado cerca. Noto el calor de su muslo contra el mío y el olor de su perfume, ese que me vuelve loco. Estoy en su casa, solo con ella, y el hambre que siento no es precisamente de comida china. Pero la rabia sigue ahí, agazapada, esperando a que ella cometa el primer error.
Aprieto la mandíbula al verla levantarse. El timbre ha sonado con una estridencia que me ha crispado los nervios, pero ella ha reaccionado como si tuviera un resorte. Se mueve con una hiperconcentración, como si cada paso estuviera coreografiado para no dejar espacios en blanco, para que el silencio no nos consuma.
—Es el de Glovo —suelta ella, hablando a una velocidad de vértigo, con esa voz vibrante que delata que tiene las revoluciones a mil.
Se encamina hacia la puerta con ese bamboneo de caderas que los shorts negros acentúan de forma obscena. Antes de que llegue al recibidor, la agarro de la muñeca. Su piel quema. Me mira con esos ojazos, un poco sorprendida por mi contacto repentino. Le devuelvo una sonrisa cargada de una ironía que ella no termina de captar.
—¿Pero tú te has visto? —le digo, recorriendo con la mirada su abdomen plano y ese top que apenas contiene nada.
Inma baja la vista hacia su propio cuerpo y suelta una risita nerviosa, una de esas que me hacen dudar de si se está riendo de mí o conmigo.
—Si sales así a abrir, al pobre del Glovo le va a dar un parraque ahí mismo en el rellano —insisto, apretando un poco más su mano, marcando mi territorio incluso ante un desconocido.
—¡Ay, Hugo, de verdad! Eres un celoso —me suelta ella en tono de broma, pero noto que evita sostenerle la mirada más de dos segundos. Hay algo que no encaja, algo en su lenguaje corporal que grita distracción.
—Quédate aquí. Salgo yo —le ordeno. No es una petición.
Salgo al rellano. En la puerta me espera un repartidor con el casco puesto, subido a medias en una moto que ha dejado mal aparcada abajo. El tipo me mira con una cara de mala hostia impresionante, como si cada segundo que he tardado en salir fuera una afrenta personal. Me da las bolsas de plástico caliente con un gesto brusco, ni me da las buenas tardes y se larga haciendo rugir el motor por la calle. Parece que todo el mundo hoy tiene prisa por ocultar algo.
Cuando entro de nuevo y cierro la puerta con el pie, me encuentro a Inma en la cocina. De espaldas a mí, se está bebiendo otro vaso de agua, casi con desesperación, vaciándolo de un trago largo que hace que su garganta se mueva con ritmo ansioso. Me quedo observando el arco de su espalda, el brillo de su melena rubia y esa sed insaciable que parece tener.
—¿Mucha sed, Inma? —le pregunto, dejando la comida sobre la mesa del salón—. Parece que te hayas tragado el desierto de Almería.
Ella se gira rápido, dejando el vaso vacío con un golpe seco sobre el mármol.
—Es el calor de la fábrica, Hugo, que me ha dejado seca —dice ella, volviendo a esa verborrea rápida mientras empieza a sacar los envases de arroz y ternera—. Venga, vamos a comer, que se enfría.
Me siento frente a ella. La luz de la tarde entra por el ventanal, iluminando sus facciones, y no puedo evitar pensar en Juanma diciendo que se les fue de las manos. ¿Qué tipo de sed es esta, Inma? ¿La de una noche de copas o la de alguien que está intentando lavar con agua un sabor que no debería estar ahí?
La miro fijamente mientras mastico lentamente un trozo de ternera y siento cómo toda la rabia, todo el veneno que he acumulado durante el turno de mañana, empieza a disolverse bajo el peso de su mirada. Joder, es que la miro a esos ojos color avellana y se me cae la baba. No puedo evitarlo. Estoy jodidamente enamorado de ella, hasta las trancas. Esa sonrisa que tiene... no es una sonrisa cualquiera, es la sonrisa de alguien que sabe que tiene mi mundo en la palma de su mano. Y en el fondo, quiero creer que esa chispa que brilla en sus pupilas es el reflejo del amor que me tiene a mí. Me convenzo de que nadie que no te quiera te miraría así después de un día de locos.
Apenas hablamos. El silencio solo lo rompe el chocar de los palillos contra el plástico y el ruido de la televisión de fondo, que ni siquiera escucho. Pero noto algo que me inquieta: Inma devora el plato con ansia, casi con ansiedad. Sus dedos se mueven rápidos, coordinados, como si tuviera prisa por terminar, como si necesitara llenar un vacío o calmar un nerviosismo que no termina de irse con el agua. Tiene la mandíbula apretada entre bocado y bocado, un gesto tenso que contrasta con la dulzura de su cara.
En uno de esos movimientos rápidos, un fideo se queda pegado en la comisura de sus labios, justo sobre su piel suave. Me quedo congelado un segundo, observándolo. Ella no se da cuenta, sigue inmersa en su ritmo frenético.
Me inclino hacia delante. Ella se detiene, con los palillos a medio camino y me mira con una mezcla de sorpresa y expectación. Con una lentitud deliberada, estiro el brazo y con la yema del dedo pulgar, le quito el fideo. Noto el calor de su piel, su respiración contenida.
No aparto la mirada. La sostengo con intensidad, marcando el momento y me llevo el fideo a la boca, comiéndomelo frente a ella sin dejar de clavar mis ojos en los suyos. Es un gesto posesivo, íntimo, casi animal.
—Comes como si te fuera la vida en ello, cariño —le digo con la voz más grave, sintiendo cómo la tensión sexual empieza a ganarle terreno a la desconfianza—. Tranquila, que no me voy a mover de aquí. Tenemos toda la tarde para nosotros...
Ella traga saliva. Veo cómo su garganta se mueve y cómo, por un instante, su seguridad flaquea.
Recogemos los envases del chino en un silencio. Llevo la bolsa a la cocina y me encamino al sofá, dejándome caer con un suspiro pesado mientras enciendo la tele. Solo quiero desconectar, que el ruido de los programas me limpie la cabeza de la voz de Juanma y de las risas de Rodrigo.
De repente, noto su presencia. Inma aparece en el salón caminando con esa seguridad felina, con sus shorts negros desafiando la gravedad y esa sonrisa de oreja a oreja que me desarma. Se queda de pie frente a mí, mirándome con una travesura que hace que mi corazón dé un vuelco. Sin decir nada, arquea la espalda, mete la mano por detrás, entre su piel y la tela del short y saca dos tickets con un gesto triunfal.
Me los tiende. Los cojo, aún algo aturdido y leo las letras doradas: Pase Completo - Balneario & Spa.
—¿Y esto? —pregunto, levantando la vista hacia ella, sintiendo cómo un nudo de alivio se me forma en la garganta.
Inma no responde con palabras. Se lanza sobre mí, rodeándome el cuello con sus brazos suaves, hundiéndose en mi pecho con un abrazo.
—Un regalito —susurra contra mi oído y noto el calor de su aliento erizándome la piel.
Sonrío. Joder, qué tonto soy. Toda la mañana torturándome, imaginando lo peor y ella, planeando un futuro conmigo. Sabía que me quería, sabía que, a pesar de las juergas y los compañeros de mierda, soy yo el que ocupa su mente.
—Pero... si aún no has cobrado, cariño —le digo, intentando poner un poco de sentido común mientras mi mano, por puro instinto, baja hasta encontrar la carne firme de su culo que asoma por el short.
Ella se separa un poco, se ríe con esa complicidad que me vuelve loco y me acaricia la mejilla.
—Qué tonto eres, de verdad —me dice con una voz tan cariñosa que me hace olvidar hasta mi propio nombre.
Me da un pico, pero esta vez no la dejo escapar. Mi mano se cierra con posesividad sobre su nalga, apretando esa curva perfecta que me pertenece y la atraigo hacia mí para comerle la boca con una urgencia que me quema. Es un beso profundo, hambriento, un beso que intenta borrar cualquier rastro de la duda que me ha carcomido durante horas.
—Que tonta eres... no hacía falta —murmuro contra sus labios cuando nos separamos un centímetro, sintiendo su respiración entrecortada.
—Sí que hacía falta —me mira y sonríe, volviendo a ese estado de hiperconcentración que ahora entiendo como ilusión—. Mañana, después de trabajar, nos vamos juntos al balneario. Nos relajamos allí los dos, que buena falta nos hace desconectar de todo y de todos.
Me recuesto en el sofá con ella encima, sintiendo el peso de su cuerpo y la suavidad de su abdomen contra el mío. Por un momento, el mundo exterior desaparece. Ni Rodrigo, ni Juanma, ni Alex. Solo nosotros.fin del primer capitulo, parte 2 en la red social del autor original todos los derechos reservadoshttps://x.com/memestodoslos24/status/2109617205369250286
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