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Dulces 28 Cap. 8

Héctor presionó el botón de “Llamar”. El corazón le latía tan fuerte que sentía los pulsos en la garganta. Su miembro, más bien modesto y delgado comparado con los que había visto en los videos de los strippers, estaba completamente erecto y palpitante, brillante de preseminal. Lo había visto mil veces en el porno, pero nunca tan cerca de su propia realidad: Dulce siendo usada, orinada, forzada a tragar su propia orina y la de Tania… y él, lejos, solo podía mirar.


La llamada se conectó.


Steph apareció en la pantalla. Estaba de pie en un pasillo, con el teléfono en una mano y una sonrisa torcida. Detrás de ella se escuchaba todavía el ruido del bar, la música y los gritos.


—Dame dos segundos —dijo ella con voz baja y cargada de malicia.


Caminó rápido, abrió una puerta lateral y entró a una pequeña oficina del bar. Cerró con llave. La cámara mostró un escritorio desordenado, un sofá viejo y una luz tenue. Steph se sentó en el sofá, abrió las piernas y acomodó el teléfono en un ángulo que le permitía verse casi completa. Sin que Héctor lo notara, activó la grabación en segundo plano. Quería conservar cada segundo.


Desde hacía años deseaba a Héctor. Lo había querido en silencio, sin atreverse nunca a decirlo. Ahora, con Dulce fuera de control y él desesperado, tenía la oportunidad perfecta de conseguirlo… por la mala.


—Ya estamos solos —susurró, sonriendo de forma desquiciada—. Muéstrame.


Héctor tenía el pantalón bajado hasta los tobillos. Su verga, más bien delgada y de tamaño discreto, estaba dura y ligeramente enrojecida. Lo sostenía con la mano derecha, moviéndola lento. Por dentro se odiaba.


¿Qué carajos estoy haciendo? Esto es una locura… pero si no lo hago, no me da la dirección. Tengo que llegar. Tengo que sacar a Dulce de ahí.


Dulces 28 Cap. 8



—Steph… la dirección. Por favor. Quiero ir antes de que… —su voz se quebró.


Steph se rio bajito. Con la mano libre se metió debajo de su propia falda corta y empezó a tocarse sin vergüenza. La cámara captó el movimiento de sus dedos bajo la tela. Sus pechos pequeños se levantaban con cada respiración agitada, y cuando se acomodó mejor se vio el contorno de su culo grande y redondo contra el sofá, junto con sus piernas gruesas y firmes.


—Primero vamos a jugar un poco —dijo con tono suave pero firme—. Dime algo… ¿te gusta verla así? ¿Tan… abierta? ¿Tan usada?


Héctor cerró los ojos un segundo. La vergüenza le quemaba la cara. No… no me gusta. Odio esto. Pero si no digo lo que quiere… Cuando los abrió, miró directamente a la cámara con la mandíbula tensa.


—Sí… me gusta —admitió con la voz ronca, casi avergonzada. Cada palabra le costaba.


Steph se mordió el labio inferior y aceleró el movimiento de sus dedos.


—Más claro. Dime que siempre quisiste verla así de rota. Que te excita.
Héctor respiró agitado. Su mano se movía más rápido sobre su miembro modesto, más por nervios que por placer. Esto es humillante… estoy diciendo cosas que no siento. Pero si me niego, se termina. Tengo que salvarla.



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—Siempre… siempre quise verla así de rota. Me excita —dijo, sintiendo cómo el orgullo se le deshacía en la boca.


Steph soltó un gemido corto.


—Bien… ahora otra cosa. Orina en un vaso. Quiero verte beberlo. Todo.


Héctor se quedó inmóvil un segundo. ¿Beber mi propia orina? Esto ya es demasiado… Pero la imagen de Dulce en aquel bar, rodeada de extraños, lo empujó. Tomó el vaso vacío que tenía a un lado del sofá, se levantó un poco y dejó salir un chorro caliente dentro del vaso. El líquido era transparente, apenas teñido de un amarillo muy suave. Cuando terminó, levantó el vaso hacia la cámara. El olor le subió a la nariz. Con la cara enrojecida y la mano temblando, se lo llevó a los labios y bebió despacio. Primero un trago, luego otro. Tragó con dificultad, sintiendo el sabor amargo y cálido bajar por su garganta.



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No puedo creer que esté haciendo esto… pensó, derrotado. Pero si me da la dirección… si llego a tiempo…


Steph se tocó más fuerte al verlo. Sus ojos brillaban con una mezcla de poder y deseo.


—Traga todo… más despacio. Quiero ver cómo se te llena la boca.


Héctor obedeció, dejando que el líquido se le escapara un poco por las comisuras de los labios antes de terminar de beberlo. Su rostro estaba completamente rojo de vergüenza y excitación. Cada trago le sabía a derrota.

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—Ahora… date la vuelta —continuó ella, con voz más grave—. Muéstrame tu culo. Ábrelo bien. Quiero ver cómo te metes los dedos.


Héctor dudó. Esto… esto ya es otra cosa. Se acomodó de lado en el sofá con la pelvis hacia la cámara, moviéndose con torpeza. Con ambas manos se separó las nalgas, exponiendo claramente su ano. Con la mano libre se pasó saliva por el dedo índice y lo empujó lentamente dentro de sí mismo. Soltó un gemido ahogado, más de vergüenza que de placer. Su verga se sacudió en el aire mientras se masturbaba y se penetraba al mismo tiempo.

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No puedo creer que me esté dejando ver así… por ella. Por llegar a Dulce.


Steph lo miraba sin pestañear, excitada por la sumisión.


—Más profundo… abre más… así —ordenó ella—. Ahora recuéstate. Pelvis arriba. Quiero que te corras en la boca y te tragues todo.

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Héctor se acostó de espaldas, levantó la pelvis y se sostuvo las piernas. Su miembro discreto apuntaba hacia su propio rostro. Se sentía ridículo, expuesto, derrotado. Pero la esperanza de salvar a Dulce seguía ahí, frágil y desesperada.


Steph, al otro lado de la pantalla, aceleró el ritmo de sus dedos y empezó a hablar con voz ronca y desquiciada:
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—Imagínate lo que le están haciendo ahora mismo… Cómo le abren el culo sin protección… cómo le llenan la vagina con semen ajeno… cómo la obligan a follar con un desconocido mientras todos miran… cómo la humillan frente a todo el bar… cómo la dejan llena y marcada…

Dulces 28 Cap. 8


Las palabras de Steph empujaron a Héctor al límite. Su cuerpo se tensó. Al mismo tiempo, Steph se arqueó en el sofá, gimiendo fuerte mientras se corría.


Héctor eyaculó con fuerza. Los chorros calientes le cayeron en la boca, en la cara y en el pecho. Intentó tragar lo que pudo, pero el semen le escurrió por la barbilla y le manchó los labios. Esto… esto no lo voy a olvidar nunca, pensó, con el orgullo hecho pedazos.



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Steph, todavía temblando por su propio orgasmo, se acercó más a la cámara. Su voz era baja, casi un susurro, mientras Héctor aún tenía el semen en la boca y en el rostro:

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—La dirección es…

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