del pasado
A sus cuarenta años, Alberto mira su vida con la perspectiva de quien ha recorrido caminos sinuosos. Lleva doce años divorciado, una cifra que contrasta con la brevedad de su matrimonio: solo duró tres años. Sin embargo, para entender su presente hay que remontarse a su adolescencia. A los dieciséis años, mantuvo una relación íntima con Alejandro, un joven dos años mayor que él, una etapa en la que descubrió la dinámica que marcaría su cuerpo para siempre: en el sexo, Alberto siempre asumía el rol pasivo.
Años más tarde, buscando encajar en los moldes tradicionales, conoció a Elizabeth, una joven de veintidós años que deslumbraba a cualquiera: alta, de 1.70 m de estatura, una figura delgada de unos 54 kilos, de tez blanca, carita bonita, pechos de tamaño normal y un derriere firme, redondo y respingón. Se enamoraron y se casaron cuando él tenía veinticinco años.
El secreto y la fantasía
El matrimonio comenzó a fracturarse de forma silenciosa. Alberto evitaba constantemente los encuentros íntimos con Elizabeth, mientras albergaba sospechas de que ella lo engañaba con alguien más. Pero la distancia entre ellos también abría paso a una poderosa obsesión: Alberto tenía la fantasía de ser ella.
Aprovechando el amplio guardarropa de Elizabeth, cada vez que se quedaba solo en casa se ponía su lencería y su ropa, disfrutando de la sensación de asumir esa identidad. En una de esas tardes a solas, mientras vestía la lencería de su esposa, Francisco, el primo de Elizabeth, llegó de sorpresa utilizando un juego de llaves. Al descubrirlo, lejos de juzgarlo, Francisco aprovechó su vulnerabilidad. De esa manera comenzó una relación clandestina que duró meses, en la que Alberto volvía a entregarse por completo al rol pasivo.
El descubrimiento y el silencio
Las sospechas de infidelidad cambiaron de bando cuando Elizabeth comenzó a notar ausencias y actitudes extrañas. Una tarde, decidida a comprobar si Alberto la engañaba con otra, regresó a casa sin avisar. Al entrar silenciosamente a su propia recámara, se encontró con una escena demoledora: Alberto, luciendo su lencería y en posición de perrito sobre la cama, era tomado por Francisco.
El impacto fue tal que el matrimonio se desplomó de inmediato. Sin embargo, para evitar el escándalo y por un profundo sentimiento de vergüenza y orgullo ante el doble golpe —por parte de su esposo y de su propio primo—, Elizabeth decidió no contarle nada a nadie. Firmaron el divorcio de manera muy discreta, y hasta el día de hoy, ni sus familiares ni sus amistades más cercanas conocen la verdadera razón de su separación.
La clandestinidad y la paradoja actual
Tras la ruptura, Alberto comenzó a frecuentar bares de forma muy reservada, buscando explorar sus deseos en la sombra. Empezó a contratar los servicios de chicas trans; aunque intentó ser activo un par de veces al principio, antes de la quinta ocasión abandonó por completo ese rol para abrazar de forma definitiva su naturaleza sumisa y pasiva. Con el tiempo, sus experiencias se ampliaron a encuentros con hombres, algunos de los cuales incluso le daban dinero a cambio de sexo.
Hoy, a sus cuarenta años, Alberto vive inmerso en una paradoja muy particular: lleva seis años enteros sin tener ningún tipo de contacto sexual con una mujer. Lo extraño es que a él le gustan las mujeres —los hombres no le atraen de forma afectiva ni romántica—, pero en el terreno físico descubrió que su cuerpo se realiza y obtiene un placer infinitamente mayor al ser penetrado. Durante esos seis años, jamás ha vuelto a penetrar a nadie, dejando por completo atrás cualquier rol activo y aceptando, sin remordimientos, la extraña y silenciosa armonía de su propia intimidad. Aquí una fotito mia
A sus cuarenta años, Alberto mira su vida con la perspectiva de quien ha recorrido caminos sinuosos. Lleva doce años divorciado, una cifra que contrasta con la brevedad de su matrimonio: solo duró tres años. Sin embargo, para entender su presente hay que remontarse a su adolescencia. A los dieciséis años, mantuvo una relación íntima con Alejandro, un joven dos años mayor que él, una etapa en la que descubrió la dinámica que marcaría su cuerpo para siempre: en el sexo, Alberto siempre asumía el rol pasivo.
Años más tarde, buscando encajar en los moldes tradicionales, conoció a Elizabeth, una joven de veintidós años que deslumbraba a cualquiera: alta, de 1.70 m de estatura, una figura delgada de unos 54 kilos, de tez blanca, carita bonita, pechos de tamaño normal y un derriere firme, redondo y respingón. Se enamoraron y se casaron cuando él tenía veinticinco años.
El secreto y la fantasía
El matrimonio comenzó a fracturarse de forma silenciosa. Alberto evitaba constantemente los encuentros íntimos con Elizabeth, mientras albergaba sospechas de que ella lo engañaba con alguien más. Pero la distancia entre ellos también abría paso a una poderosa obsesión: Alberto tenía la fantasía de ser ella.
Aprovechando el amplio guardarropa de Elizabeth, cada vez que se quedaba solo en casa se ponía su lencería y su ropa, disfrutando de la sensación de asumir esa identidad. En una de esas tardes a solas, mientras vestía la lencería de su esposa, Francisco, el primo de Elizabeth, llegó de sorpresa utilizando un juego de llaves. Al descubrirlo, lejos de juzgarlo, Francisco aprovechó su vulnerabilidad. De esa manera comenzó una relación clandestina que duró meses, en la que Alberto volvía a entregarse por completo al rol pasivo.
El descubrimiento y el silencio
Las sospechas de infidelidad cambiaron de bando cuando Elizabeth comenzó a notar ausencias y actitudes extrañas. Una tarde, decidida a comprobar si Alberto la engañaba con otra, regresó a casa sin avisar. Al entrar silenciosamente a su propia recámara, se encontró con una escena demoledora: Alberto, luciendo su lencería y en posición de perrito sobre la cama, era tomado por Francisco.
El impacto fue tal que el matrimonio se desplomó de inmediato. Sin embargo, para evitar el escándalo y por un profundo sentimiento de vergüenza y orgullo ante el doble golpe —por parte de su esposo y de su propio primo—, Elizabeth decidió no contarle nada a nadie. Firmaron el divorcio de manera muy discreta, y hasta el día de hoy, ni sus familiares ni sus amistades más cercanas conocen la verdadera razón de su separación.
La clandestinidad y la paradoja actual
Tras la ruptura, Alberto comenzó a frecuentar bares de forma muy reservada, buscando explorar sus deseos en la sombra. Empezó a contratar los servicios de chicas trans; aunque intentó ser activo un par de veces al principio, antes de la quinta ocasión abandonó por completo ese rol para abrazar de forma definitiva su naturaleza sumisa y pasiva. Con el tiempo, sus experiencias se ampliaron a encuentros con hombres, algunos de los cuales incluso le daban dinero a cambio de sexo.
Hoy, a sus cuarenta años, Alberto vive inmerso en una paradoja muy particular: lleva seis años enteros sin tener ningún tipo de contacto sexual con una mujer. Lo extraño es que a él le gustan las mujeres —los hombres no le atraen de forma afectiva ni romántica—, pero en el terreno físico descubrió que su cuerpo se realiza y obtiene un placer infinitamente mayor al ser penetrado. Durante esos seis años, jamás ha vuelto a penetrar a nadie, dejando por completo atrás cualquier rol activo y aceptando, sin remordimientos, la extraña y silenciosa armonía de su propia intimidad. Aquí una fotito mia
0 comentarios - Los cimientos del pasado