Llevaba diez años al lado de Gael. Para todos nuestros
conocidos, éramos la pareja perfecta, la más sólida y estable de nuestro grupo.
Diez años juntos donde construimos una complicidad enorme. Yo soy una mujer
guapa, de 1.55 metros de estatura, con una figura bastante estética, de buenos
pechos y buenas nalgas. Por su parte, Gael siempre tuvo una fisonomía muy
particular: mide 1.65 metros, es un hombre delgado, muy atractivo, pero con una
belleza tan fina y delicada que rozaba en lo femenino; demasiado bello para ser
hombre. Lejos de ser un problema para mí, esa apariencia tan andrógina me
fascinaba y jamás tuve un solo reparo con su físico. Teníamos una vida
totalmente normal, muy unidos y compenetrados.
Durante tres años, el viaje anual a la montaña había sido una tradición
exclusiva de nuestro grupo. Siempre nos íbamos las chicas con Esteban, Mateo y
Lucas. Sin embargo, este año me propuse que fuera diferente: por fin integraría
a Gael.
Hablarlo con mis amigas antes de confirmar la salida no fue tan sencillo. Un
par de semanas antes, mientras tomábamos un café, saqué el tema.
—Este año va a ir Gael con nosotros —les dije con firmeza, probando su
reacción.
Camila y Valeria se miraron de reojo.
—¿Gael? Pero... ¿sí aguantará la caminata y el frío? —preguntó Camila,
encogiéndose de hombros—. Es que se ve muy delicadito, amiga. No sé, como que
no encaja mucho con la vibra tosca de los muchachos.
—No es delicado, solo es estilizado —la corregí de inmediato, con una mezcla
de orgullo y fastidio—. No necesita medir un metro noventa ni estar lleno de
vello para aguantar un viaje. Además, es mi novio y quiero que convivan bien
con él. Para mí es hermoso y van a ver que es súper agradable.
Ellas terminaron aceptando, aunque sabía que en el fondo seguían teniendo
ese prejuicio. Para ellas, un "hombre de campo" debía parecerse a
Esteban o a Mateo: altos, pesados y de presencia tosca. No entendían que la
belleza fina de Gael, con sus un metro sesenta y cinco, su piel blanca e
impecable y sus proporciones suaves, era precisamente lo que a mí me tenía
enamorada.
El día de la salida nos citamos a las seis de la mañana en la casa de Sofía,
donde dejaríamos un par de autos para irnos todos en una sola camioneta grande.
Ahí estaban los cinco hombres y las cuatro chicas. La camioneta se veía
enorme por fuera, pero en cuanto empezamos a subir las tiendas de campaña, las
cobijas gruesas, los sacos de dormir y las mochilas de cada uno para pasar toda
una semana aislados, el espacio interior se redujo drásticamente.
Gael llegó luciendo muy tranquilo, vistiendo un jogger de nylon ligero de
esos que son suaves, cómodos y fluidos para viajar. Esteban, que medía más de
un metro ochenta y cinco y tenía una espalda ancha, lo saludó con un apretón de
manos fuerte y una sonrisa de cortesía, mirándolo de arriba abajo por un segundo
antes de subir las primeras maletas.
Antes de tomar la autopista que nos llevaría internando hacia la sierra,
hicimos la parada obligada en una zona comercial a las afueras de la ciudad
para abastecernos para los siete días de acampada.
Nos detuvimos en un supermercado grande a comprar todo lo necesario: cajas
de atún, sopas instantáneas, galletas, fruta dura que aguantara el viaje,
enlatados, galones de agua y barras de energía. La compra tomó tiempo, y
mientras nosotras organizábamos las hieleras en el estacionamiento, Gael
recordó que en la prisa de la madrugada había guardado en su maleta un par de
prendas de descanso que seguían húmedas por haberse lavado la noche anterior.
En el mismo complejo comercial había una lavandería de autoservicio de
veinticuatro horas.
—Voy rápido a meter esto a la secadora para que no huela a humedad en la
maleta durante todo el camino —nos dijo Gael.
Apenado por retrasar al grupo, corrió a la lavandería, metió sus prendas
—entre ellas sus shorts deportivos de tela suave que usaba para estar cómodo o
dormir— y, por la prisa de salir rápido, seleccionó el ciclo de calor máximo en
las secadoras industriales sin revisar las etiquetas.
Para cuando regresó con la bolsa de ropa caliente y doblada, la parada ya se
había extendido. El viaje que planeábamos empezar a las seis terminó arrancando
pasadas las nueve de la mañana. Gael guardó la ropa directamente en su maleta
sin desplegarla, pidiendo disculpas por la demora, sin sospechar en lo absoluto
lo que la temperatura alta le había hecho a las fibras de sus shorts.
Nos organizamos para subir como pudimos porque la camioneta no daba para
más. En la cajuela no cabía un solo alfiler; las tiendas, los sacos de dormir,
las cajas de comida y la fruta más delicada que no podíamos aplastar ocupaban
hasta el último rincón.
Adelante nos apretamos las cuatro mujeres. El asiento del copiloto era una
masa de piernas y brazos amontonados. Yo terminé sentada sobre las piernas de
Valeria, pegada hacia el centro. Esa posición, aunque me dejaba con las
rodillas dobladas e incómoda, me daba una ventaja clara: con solo girar un poco
el cuello hacia atrás tenía una vista limpia y directa de todo lo que pasaba en
la fila trasera.
Atrás la situación rozaba lo absurdo. Cuatro hombres disputándose el
espacio. Mateo y Lucas llevaban una hielera grande pesándole sobre los muslos,
intentando que no se fuera a voltear con cualquier movimiento brusco. El único
que tenía un lugar "completo" era Esteban, que por ser el más alto y
fornido del grupo —un tipo ancho de espaldas, musculoso y el único soltero del
viaje— ocupaba el centro.
Gael, con sus un metro sesenta y cinco, sus piernas delgadas y vistiendo ese
jogger de nylon ligero que le caía con suavidad, era el único que podía
acomodarse en lo que quedaba de espacio.
—Súbete aquí, Gael, no hay de otra. No te vas a ir doblado siete horas ni te
voy a echar las mochilas encima —le dijo Esteban, dándole un par de palmaditas
normales en sus propios muslos.
Gael asintió queriendo ser práctico. Se giró y se sentó de lado sobre el
regazo de Esteban. Arrancamos a las nueve de la mañana con la prisa de
recuperar el tiempo perdido en la lavandería.
Durante la primera hora todo transcurrió con total normalidad. Se escuchaba
la música del estéreo, las chicas adelante íbamos platicando y los hombres
atrás comentaban sobre el camino. Gael iba apoyado de forma relajada, buscando
cómo acomodarse en una postura que no le cansara la espalda.
Sin embargo, a medida que avanzábamos y tomábamos la carretera abierta, el
traqueteo de la camioneta y las imperfecciones del asfalto empezaron a mover
los cuerpos.
Cada vez que yo giraba la cabeza para ver hacia atrás, notaba que la cara de
mi novio empezaba a cambiar. Ya no estaba relajado. Su postura se volvió tiesa,
casi rígida. Tenía la mirada fija hacia la ventana lateral y los labios
apretados en una línea fina.
Gael es un hombre extremadamente blanco, de piel impecable, y el sonrojo en
él es imposible de disimular: un tono carmesí intenso le subía desde el cuello
hasta las orejas, haciéndolo lucir acalorado y evidentemente turbado.
No era molestia con Esteban, era algo físico. La tela sintética y delgada de
su jogger de nylon no ofrecía ningún tipo de filtro ni grosor. Con cada bache y
cada curva, el peso de Gael rebotando sobre las piernas de Esteban comenzó a
provocar en este último una reacción física completamente inevitable e
involuntaria.
Esteban no decía nada, pero su respiración se había vuelto más pausada y
profunda. Pasó su brazo alrededor de la cintura de Gael para sostenerlo en los
movimientos bruscos del camino. No lo hacía de forma agresiva, pero sus dedos
se apoyaban con firmeza en la cadera de mi novio.
Desde mi lugar, yo veía las caras de Gael. Se mordía el labio inferior,
apretaba los puños sobre sus propios muslos y cerraba los ojos por momentos.
Estaba sintiendo con absoluta nitidez cómo la dureza de Esteban se iba marcando
y acomodando justo debajo de sus piernas. La incomodidad inicial de sentirse
descubierto poco a poco se convirtió en algo distinto: esa mezcla de
nerviosismo y fascinación al sentir una anatomía masculina tan grande y firme
reaccionando exclusivamente por su cercanía.
A la mitad del trayecto, el conductor se orilló en un acotamiento para una
parada rápida de quince minutos. Necesitábamos estirar las piernas y revisar
las amarras del equipaje.
En cuanto abrieron la puerta trasera, Gael fue el primero en salir casi de
un salto. Venía agitado, respirando hondo el aire fresco de la carretera
mientras se pasaba la mano por la nuca hirviendo.
Esteban bajó justo después. Al ponerse de pie sobre el asfalto y estirarse
con calma, la reacción que había acumulado durante las últimas tres horas de
viaje quedó al descubierto de forma innegable. La tela de su pantalón marcaba
un bulto considerable, duro y prominente. Esteban, acostumbrado a su propia
presencia física, caminó hacia la cajuela para revisar las cuerdas con total
naturalidad, sin intentar esconderse.
Gael estaba recargado contra la portezuela intentando tomar aire. En ese
momento, su mirada cayó directamente en la entrepierna de Esteban.
Vi a mi novio quedarse paralizado. Sus ojos se abrieron de más, totalmente
impresionado por el tamaño y la firmeza de lo que había estado sintiendo en su
cuerpo durante horas. Se le fue el aire por dos segundos enteros, tragando
saliva con la boca sutilmente entreabierta, incapaz de apartar los ojos de esa
imagen.
Un nuevo golpe de calor le recorrió el rostro. En esa parada a la orilla de
la carretera, al ver la evidencia de lo que había provocado en el amigo más
fuerte del grupo, la mente de Gael cambió para siempre.
Llevábamos un rato de haber retomado la carretera cuando Lucas se quejó de
que se le había dormido una pierna. Al acomodarse, empujó la hielera grande
hacia el centro.
Atrás el espacio se redujo a nada. Vi cómo Gael tuvo que acomodarse
diferente: giró el cuerpo y quedó sentado completamente derecho sobre los
muslos de Esteban, dándole la espalda.
Por la posición, el cuerpo de mi novio quedó pegado de lleno contra el torso
y las piernas de Esteban. Yo lo observaba desde la parte delantera, pero desde
mi lugar era imposible entender bien qué estaba pasando.
Solo veía la cara de Gael. Su piel blanca se puso intensamente roja de la
nada. Tenía la mirada fija en el techo de la camioneta, con la boca sutilmente
entreabierta y la respiración tan agitada que se le notaba en el pecho. Sus
manos estaban clavadas con fuerza sobre sus propios muslos, tieso como una
estatua
Gael desde que inició el viaje empezó a sentir cómo crecía el miembro de
Esteban en sus piernas y eso le empezó a poner nervioso pero en la segunda
parte del trayecto este Gael como se tuvo que acomodar muy encima de Esteban de
una parte en la que mientras Gael estaba acomodando porque le estaban calando
los huesos de las piernas de Esteban en la parte baja de los muslos intentó
subirse y se dio cuenta que quedó exactamente en su v**** y al sentir eso
mientras yo lo veía se quedó inmóvil porque se sintió extraño y después de eso
empezó a sentir como entre los meros cachetes de las nalgas en su mero rajada
se posicionó la vergs de Esteban haciendo que mi novio se ruborizara que se
sintiera extrañamente excitado ante esta vulnerabilidad y empezó a crecer en él
una excitación extraña
A mí me pareció una reacción rarísima. Pensé que a lo mejor el mareo de la
curva lo estaba afectando o que la postura le estaba lastimando la espalda,
porque con la música y el movimiento del vehículo, Esteban solo lo sostenía con
las manos en los costados para que no se fuera de lado con los baches. Los
cuerpos iban rebotando juntos al ritmo del camino, nada fuera de lo común en un
viaje tan apretado.
Le pregunté desde adelante si se sentía bien o si quería que paráramos, pero
Gael solo negó con la cabeza rápido, sin voltear a verme, apretando más los
labios y dejándose llevar por el movimiento sin decir una sola palabra en todo
lo que restaba del trayecto.
Las 6:00 PM: Llegada al punto de inicio de la caminata
A las seis de la tarde por fin se apagó el motor al llegar al final del
camino pavimentado. El sol ya se estaba ocultando entre los cerros y el aire de
la montaña se sentía helado. Nos esperaban cuatro horas de caminata con
lámparas y cargando todo el equipo a cuestas.
Al abrir las puertas, Gael prácticamente salió huyendo de la camioneta.
Corrió a orillarse a unos metros, apoyando las manos en las rodillas mientras
respiraba el aire frío de forma agitada. Traía el cuello hirviendo y la mirada
desencajada.
Me acerqué a él a sobale la espalda.
—¿Te mareaste feo en el camino, amor? —le pregunté preocupada.
Él dio un brinco sutil cuando lo toqué, como si trajera la piel sensible.
Tardó un par de segundos en responder, tragando saliva duro.
—Sí… fue el camino. Muchas curvas y… y el calor de ir tan apretado —alcanzó
a decir con la voz un poco temblorosa, evitándome la mirada.
En ese momento pasó Esteban a nuestro lado para ir por las mochilas pesadas
a la cajuela. Esteban se veía extrañamente satisfecho, agitado pero con una
calma pesada. Le dio un palmadita normal en el hombro a Gael.
—Respira, hermano, ya pasó lo feo del viaje. Ahora viene la caminata —dijo
Esteban con una sonrisa tranquila.
Gael se quedó tieso ante esa palmadita, apretando la mandíbula mientras
Esteban se alejaba. Para mí era solo la reacción de alguien agotado y mareado
por nueve horas de carretera, sin imaginar en lo absoluto el shock físico que
mi novio acababa de vivir en ese asiento.
Para cuando nos adentramos en el sendero, la noche ya había caído por
completo y la única luz venía de nuestras linternas. La fila se fue estirando a
lo largo de unos treinta metros. Las chicas íbamos adelante marcando el paso;
en medio venían Mateo y Lucas, y hasta el final, bastante rezagados, venían
Esteban y Gael.
El terreno se volvió inclinado y resbaladizo. En una subida pronunciada, la
pisada de Gael cedió. Esteban soltó parte del equipaje y metió ambas manos
firmemente debajo de las nalgas de Gael para impulsarlo. Sus palmas sintieron
la plenitud de sus formas a través del jogger de nylon y, mientras lo subía,
apretó los dedos hundiéndolos en las nalgas de Gael
Gael sintió la mano enorme y los dedos gruesos de Esteban sobre sus nalgas
mientras este lo detenía Gael se quedó paralizado sintiéndose pequeño y Esteban
movía sus dedos un poco invadiendo las nalgas deliciosas de mi novio
Más adelante, en otro tramo resbaladizo, Gael se fue por completo de
espaldas y cayó de lleno sobre el pecho de Esteban, quedando sus nalgas
encajadas directamente contra la pelvis de Esteban. Esteban soltó la maleta
restante y le rodeó la cintura con los dos brazos para afianzar el equilibrio,
pegándolo con fuerza hacia él mientras mantenían la postura un par de segundos.
Cuando Gael cayó sobre el pecho de Esteban como era una inclinada lo primero
que cayó fueron las nalgas de Gael hacia la verga de Esteban pareciendo como si
entre las coincidencias ya se estuvieran atrayendo como si ese culo ya quisiera
probar esa verga Aunque mi novio no terminaba de aceptarlo pero le fascinaba
Poco antes de llegar al claro, Esteban se detuvo a un costado del camino.
—Échame la luz aquí un segundo, hermano, voy a ocupar —le dijo Esteban a
Gael con tranquilidad.
Gael, queriendo ayudar, apuntó la linterna hacia abajo y volteó sutilmente
hacia los lados para dar privacidad. Sin embargo, cuando volvió a girar la cara
hacia Esteban, este no se había cubierto. Tenía el miembro completamente de
fuera a escasos centímetros de la luz.
Gael se quedó paralizado e hipnotizado durante cuatro o cinco segundos
enteros, con los ojos abiertos de par en par, incapaz de mover la lámpara o
retirar la mirada ante la magnitud de lo que tenía enfrente.
Gael quedó hipnotizado mientras vio ese miembro viril que más que hacer del
baño era una muestra de Esteban para que Gael viera lo que estaba provocando en
él y estaba funcionando muy bien porque Gael estaba hipnotizado sentía una
extraña sensación en la boca mientras le daba un una corriente de nervios en
toda la espalda y se le ponían los pelos de punta
Gael retiró la mirada de golpe, desviando la linterna con las manos
temblorosas y el cuello hirviendo. En medio de la penumbra del bosque, solo se
escuchó una risita baja, grave y autosuficiente por parte de Esteban
Llegamos al sitio de acampada rozando las diez de la noche. Mientras
intentábamos montar las tiendas a oscuras antes de cenar algo rápido, noté a
Gael sumamente inquieto.
Se distraía a cada momento al sostener los tubos y las varillas, volteando
la cabeza hacia todos lados como si estuviera buscando algo en medio de la
penumbra del campamento. Yo no entendía qué o a quién buscaba con tanto
nerviosismo, pero era evidente que no podía concentrarse.
Ya dentro de nuestra tienda, la atmósfera se sentía cargada. Gael seguía
agitado en su saco de dormir, moviéndose de un lado a otro, con la piel muy
caliente al tacto. De pronto, en medio de la oscuridad, empezó a buscarme con
cierta urgencia, tocándome con una necesidad desesperada.
Me acomodé y comencé a hacerle sexo oral. Para mi sorpresa, Gael apenas
aguantó unos pocos segundos antes de explotar por completo, teniendo un orgasmo
inmediato y volcánico.
Extrañamente la verga de Gael estaba demasiado húmeda olía demasiado a sexo
como si hubiera estado excitado todo el día yo no me detuve a pensar en eso
solo la introduje en mi boca la chupa y las saboreé Y en un par de segundos
termino llenándome la boca de leche
Me quedé muy extrañada en la penumbra; él solía tener mucho más control,
pero en ese momento cayó rendido de espaldas, respirando agitado y dejando el
ambiente lleno de una confusión silenciosa que yo no sabía cómo interpretar.
Al día siguiente, el cansancio físico del viaje nos pasó factura a casi
todos. Nos despertamos tarde, entre risas doloridas, estirándonos y caminando
despacio por el claro. Estábamos físicamente demacrados por la caminata pesada
con carga.
Mientras preparábamos el almuerzo y explorábamos los alrededores del arroyo,
comenzó a circular la idea de extender la estancia.
—Oigan, si nos regresamos el domingo no vamos a rendir para las clases de la
semana. Estamos deshechos —comentó Mateo sobándose la espalda—. Hay que
quedarnos un par de días más para descansar bien antes de volver a la
universidad.
Todos apoyaron la idea de inmediato entre risas y quejas de dolor muscular.
Los únicos dos que rompían la norma del grupo eran Esteban y Gael, por razones
opuestas: Esteban lucía fresco y lleno de energía, como si nada; Gael, en
cambio, estaba totalmente alterado, mudo y rondando el campamento con la mirada
perdida..
A eso de las cinco de la tarde, aprovechando que aún quedaban un par de
horas de luz, Gael decidió ir a lavarse. A diferencia de los demás, a él
siempre le ha gustado mantenerse limpio y pulcro. A unos metros del lago había
una pequeña desviación de agua cristalina que caía de las rocas como una
cascada natural. Aunque la regla del campamento era no usar jabón para no
contaminar, a Gael no le importó: agarró su toalla, su jabón y se alejó solo
hacia la vegetación.
Unos diez minutos después, mientras las chicas conversábamos, Esteban se
puso de pie y se internó en el bosque en la misma dirección, sin que nadie más
en el grupo le prestara atención.
A la orilla de la cascada, el sonido del agua cayendo tapaba cualquier
ruido. Gael se quitó la ropa por completo, quedando totalmente desnudo bajo el
chorro de agua fría, enjabonándose el cuerpo despacio.
A unos metros, oculto apenas entre el follaje denso, Esteban lo observaba en
absoluto silencio. La vista de la piel blanca de Gael empapada, la curva de sus
nalgas carnosas marcándose bajo el agua y su fisonomía fina terminaron de
romper el autocontrol de Esteban. Sin rodeos, Esteban se abrió el pantalón y
comenzó a masturbarse ahí mismo, manteniendo los ojos clavados en la desnudez
de mi novio.
Al girar para enjuagarse la cara, Gael escuchó un chasquido de ramas y
volteó hacia la espesura. Lo vio directamente.
Ahí estaba Esteban, respirando agitado entre las sombras, moviendo la mano
con fuerza sobre su miembro erguido. Gael se quedó paralizado. Durante cinco
segundos eternos, sus ojos no pudieron descolgarse del tamaño y la firmeza del
miembro de Esteban reaccionando por él. La tensión en el aire se volvió
sofocante, helada.
Bajo la mirada fija de Esteban y el impacto de la escena, el cuerpo de Gael
reaccionó sin que pudiera controlarlo: entre la corriente fría del agua, su
propio miembro tuvo una ligera erección que quedó completamente al descubierto.
Esteban lo notó de inmediato; una sonrisa lenta y pesada se dibujó en su rostro
al ver la respuesta física de Gael.
Abrumado por el impacto y por un golpe de calor que le recorrió el cuerpo,
Gael se relamió los labios de pura ansiedad y nerviosismo. Sin emitir un solo
sonido, giró sobre sus talones y le dio la espalda a Esteban.
Gael tomó su toalla y comenzó a secarse despacio. Al agacharse e inclinarse
repetidamente para secarse las piernas y los pies, la curva prominente de sus
nalgas quedaba completamente expuesta y a la altura de la vista de Esteban.
Esteban permaneció inmóvil en su lugar, sin intentar cubrirse, observándolo
deseoso, con el miembro a tope, extremadamente duro y escurriendo en la
penumbra.
La demostración de Gael solo hacía que creciera la excitación de Esteban
hacia su culo Esteban se masturbaba lento disfrutando cada detalle viendo como
ese culito blanco parecía hambriento
Cuando Gael terminó de secarse y volteó a verlo mientras se ponía la ropa,
se dio cuenta de que Esteban seguía ahí parado, exactamente en la misma
postura, mirándolo con el miembro todavía fuera.
Gael, con las manos temblorosas y el corazón latiéndole en la garganta,
caminó despacio hacia donde estaba Esteban.
—Ya vámonos… ya está oscureciendo —alcanzó a decir Gael con la voz
entrecortada por los nervios.
Esteban no guardó su miembro de inmediato; solo lo miró desde arriba con una
calma dominante.
—Tranquilo, no nos vamos a perder aquí —le contestó Esteban en un murmullo
grave y seguro.
Gael ya no dijo nada. Totalmente alterado, con la respiración descompuesta y
el cuerpo ardiendo por la complicidad que acababa de sellarse entre los dos,
caminó de regreso al campamento mientras Esteban se acomodaba la ropa para
seguirlo a unos metros de distancia.
Dieron las siete de la noche y la oscuridad terminó por cubrir el bosque.
Desde la zona de acampada, vi llegar a Gael y a Esteban saliendo juntos de
entre la vegetación. Se me hizo bastante extraño: Gael traía el cabello húmedo
y el rostro encendido, mientras Esteban caminaba detrás con una calma pesada.
Conozco a mi novio desde hace más de diez años; sé leer perfectamente sus
gestos, y era evidente que venía sumamente inquieto, descolocado.
Nos juntamos todos alrededor del fogón a tomar cerveza. Con el pasar de las
horas, el alcohol y la excitación contenida hicieron que Gael comenzara a
acalorarse. Yo no le quitaba el ojo de encima: se acomodaba a cada rato, tomaba
tragos largos a su lata y sus manos temblaban sutilmente.
En medio de las risas, la plática derivó en los cuerpos.
—La verdad es que la anatomía femenina está mucho mejor esculpida que la de
los hombres —comentó Sofía ajustándose la blusa.
—Bueno... no todos los hombres —soltó Esteban desde su tronco, dándole un
trago a su cerveza con una sonrisa de lado.
—Ah, eso sí —intervino Camila entre risas—. Digo, Esteban tiene un cuerpo
muy bien trabajado, no se pasa.
—¿Cómo que "muy bien"? —pregunté yo con un tono medio en broma,
medio seria, al notar cómo lo miraba.
—Bueno, o sea, tiene buena figura —se escudó Camila.
Fue entonces cuando Esteban fijó la mirada directamente en Gael, hablando
con una lentitud que a mí me congeló la sangre.
—Pues... tu novio tiene mejores nalgas que muchas mujeres. Incluso creo que
tiene mejores nalgas que tú.
El grupo soltó una risita pensando que era un halago pesado o una broma de
borrachera, pero yo me quedé completamente seria y molesta. Volteé a ver a Gael
de inmediato: se puso intensamente rojo, tragó saliva duro y se acomodó en su
lugar sin saber dónde meter la cara, sumamente nervioso por el descaro de
Esteban.
Después de más tragos y risas, el grupo comenzó a dispersarse hacia sus
respectivas tiendas. Yo me fui adelantando a la nuestra a esperarlo.
Gael caminó unos metros hacia los árboles para hacer del baño. Mientras
estaba de espaldas entre la penumbra, sintió una presencia firme detrás de él.
Al voltear, vio a Esteban parado a pocos pasos, observándolo en absoluto
silencio mientras la luz de la fogata apagada apenas los iluminaba.
Gael terminó rápido, acomodándose la ropa con manos torpes. Eran los únicos
dos que quedaban fuera.
—Buenas noches —le murmuró Esteban con su voz grave, sin mover un solo
músculo.
—Buenas noches... descansa —alcanzó a responder Gael con la voz pequeña y
agitada, huyendo prácticamente hacia nuestra tienda.
Al entrar a la tienda, lo vi cerrar el cierre con torpeza. Estaba
alteradísimo, respirando de forma irregular. Me senté a su lado en el saco de
dormir.
—¿Qué tienes, Gael? Llevas todo el viaje rarísimo —le pregunté al oído, en
un susurro para que nadie afuera escuchara.
Gael se pasó las manos por la cara, temblando. Se acercó mucho a mi rostro
para hablarme en el secreto más absoluto.
—Te voy a decir esto porque... porque tenemos más de diez años juntos y nos
tenemos toda la confianza del mundo —susurró con la voz entrecortada—. En su
momento hablamos de fantasías, pero no sé qué es esto... te lo tengo que contar
porque no me siento bien guardándolo.
Me acomodé de frente a él en la penumbra.
—Desde el primer día, en la camioneta... —empezó a explicarme
atropelladamente—. Cuando Lucas movió la hielera y me tuve que sentar de
espaldas sobre Esteban... el pants no me tapaba nada. Sentí todo su miembro
contra mis nalgas. Y con el movimiento del camino y la música, él empezó a
frotármelo. Amor... lo sentí todo.
Yo abrí los ojos en shock, pero él me apretó la mano para que no hablara.
—Y en la caminata, cuando me resbalé... él me agarró de atrás para no
caerme. Sentí cómo metió los dedos en mi ranura por encima de la tela... y no
me dio miedo. Estaba aterrado y nervioso, pero no se sintió mal. Y luego...
cuando se detuvo a hacer del baño, vi cómo se le salió el miembro... es enorme,
mucho más grande y grueso que cualquier cosa que haya visto. Y hoy... hoy
cuando fui a lavarme a la cascada, me siguió. Se quedó entre las ramas
masturbándose mientras me veía desnudo... eso es lo que me tiene más alterado.
—Ah... por eso este cabrón te estaba halagando allá afuera —solté en un
murmullo, atando cabos—. Qué asco...
—No... no me dio asco —admitió Gael bajando la mirada, con el rostro
ardiendo.
—¿Cómo que no te dio asco? ¿Entonces qué te dio?
—No sé... o sea, no sentí asco al verlo.
—A ver, Gael, ¿tú nunca habías visto un miembro masculino? —le pregunté
confundida.
—Pues sí, o sea, en las duchas del gimnasio, en los vapores... pero no sé,
esto es muy diferente. Esto no sé por qué se sintió así.
Me quedé procesando sus palabras mientras sentía un impulso inicial de
indignación.
—Mañana mismo voy a ir a encarar a ese pendejo a ver qué le pasa...
—¡No, no, no! —me rogó Gael desesperado, tomándome del rostro en un susurro
urgente—. No le vayas a decir nada, por favor. No lo molestes, él viene
cansado, tiene que descansar... no hagas un problema en el viaje.
Al escucharlo defenderlo y cuidar que Esteban descansara, me quedé helada.
Vi a mi novio completamente sonrojado, alterado y con una clara excitación
física que no podía ocultar mientras me confesaba todo.
Entendí el estado en el que estaba. Al ver lo extasiado y confundido que
venía, me deslicé hacia abajo en el saco de dormir y me acomodé entre sus
piernas para comenzar a hacerle sexo oral, bajando más para darle un beso negro
mientras él se sobaba sus propias nalgas.
Viendo que este Gael estaba demasiado receptivo mientras le chupaba la verga
subía y bajaba no era una verga muy grande pero me gustaba me gustaba su sabor
su textura y sus testículos mientras yo se la chupaba empecé a agarrar su culo
con mis manos lo amasaba Y entonces levanté sus piernas y empecé a recorrer sus
testículos guiando mi lengua hacia su ano pensando que esto iba a satisfacer a
mi novio Aunque no me imaginé que eso solamente iba apresurar su curiosidad y
sus ganas de probar algo más grande en medio de Ese par de nalgas carnosas que
tenía mi novio gimió en un ahogado Ah mientras metía mi lengua en su culo
rosadito recién bañado mientras con una mano le jalaba la verga
Gael volvió a venirse con una rapidez e intensidad volcánicas. Al terminar,
cayó rendido a mi lado, respirando agitado en la oscuridad, dejando la tienda
en un silencio denso donde nuestra relación acababa de cruzar una línea sin
retorno..
Nos levantamos temprano. El aire de la mañana en el lago era fresco, pero el
sol comenzaba a calentar rápidamente la vegetación húmeda. Poco a poco el grupo
fue saliendo de sus tiendas para juntarse alrededor del área de la fogata a
preparar café y algo de desayunar.
Yo ya no podía ver a Esteban de la misma manera. Cada movimiento que hacía,
cada palabra que salía de su boca, ahora pasaba por el filtro de la confesión
que Gael me había hecho la noche anterior.
En ese momento, vi a Esteban salir del cierre de su tienda. Venía en un
pantaloncillo deportivo gris y sin playera, desperezándose bajo el sol. Como
suele pasar por las mañanas, traía una erección matutina notable que se marcaba
sin la menor vergüenza en la tela delgada de su pantalón.
Volteé a ver a Gael de inmediato. Como era de esperarse, mi novio se puso
rojo como un tomate al verlo salir así, desviando la mirada con una torpeza
tremenda que a mí me dio un coraje silencioso.
Sin aguantarme las ganas de marcar territorio y confrontarlo, le hablé
directo a Esteban frente a los demás:
—Oye, Esteban, tápate un poco, ¿no? Habemos más personas aquí.
Esteban se frenó un segundo, sorprendido por mi comentario. Me miró con
cierta extrañeza y, de inmediato, su mirada se desvió hacia Gael, que estaba
tieso junto a la cafetera. Esteban soltó una sonrisa sutil, se agarró la
pretina del pantalón y se lo estiró un poco hacia arriba para acomodarse, sin
mostrar el menor apuro ni pena.
Nos sentamos en los troncos a desayunar. Gael, aún sumamente alterado y
nervioso por el cruce de palabras, sujetaba su taza con las manos temblorosas.
Al intentar acomodarse, dio un movimiento en falso y se le derramó la mitad del
café caliente sobre el pantalón.
—¡Ay, carajo! —se quejó Gael, poniéndose de pie de un salto mientras la tela
se le pegaba a las piernas.
—Ve a cambiarte a la tienda antes de que te vayas a rozar —le dije.
Gael corrió a nuestra tienda a buscar ropa limpia. Apenas pasaron un par de
minutos cuando escuché que me llamaba en un susurro urgente desde adentro:
—Amor… amor, ven un segundo, por favor.
Me puse de pie y entré a la tienda, cerrando un poco la lona. Gael estaba
parado a mitad del espacio, rodeado de su maleta abierta, sosteniendo un short
deportivo blanco con cara de angustia.
—La ropa se me encogió… toda la maleta de la lavandería se redujo —me dijo
mostrándome la prenda—. No tengo qué ponerme.
—A ver, pruébatelo. Póntelo a ver cómo se te ve, de todos modos hace
muchísimo calor afuera —le contesté intentando ser práctica.
Gael se deslizó el short blanco. La prenda le quedaba ajustadísima, rayando
casi en lo absurdo. Parecía prácticamente una trusa de corte alto: la tela
elástica se le pegaba tanto a la piel que le comprimía el frente, haciendo
parecer que tenía un miembro pequeño por lo apretado del ajuste, pero en la
parte trasera provocaba el efecto contrario. Le remarcaba la ranura de forma
escandalosa y le resaltaba unas nalgas carnosas, firmes y pronunciadas que no
dejaban nada a la imaginación. Se veía increíblemente sexy.
No pude evitar soltar una risa amarga al verlo así.
—Ay, no, mi hijo… ahora sí Esteban va a tener más pretextos para andar con
la verga dura todo el día porque te ves así.
Gael me miró con los ojos abiertos de par en par, totalmente apenado y
abrumado.
—Oye, amor… ¿por qué me dices eso? —me reclamó bajito, haciéndose chiquito
de hombros—. Me siento muy extraño…
—Ay, amor, pues no sé qué decirte —le respondí acercándome a acomodarle la
pretina—. O sea, de por sí todos en el grupo ya saben que tienes un cuerpo muy
fino y lleno de detalles. No te avergüences de tu cuerpo, te ves muy bien, pero
es la verdad.
Sin más opciones de ropa limpia que le quedara holgada, Gael no tuvo más
remedio que tragar saliva, juntar valor y salir de la tienda vistiendo
únicamente ese short blanco tan apretado y una playera tirantes sencilla.
El impacto en el campamento fue inmediato.
En cuanto puso un pie afuera y la luz del sol le dio de lleno en la tela
blanca ajustada, la vista de sus nalgas remarcadas robó la atención de la
fogata. Y el primero en notarlo fue Esteban.
Esteban, que estaba sentado recargado en un tronco con una taza en la mano,
se quedó completamente hipnotizado. Sus ojos se clavaron de lleno en la parte
trasera de Gael, recorriendo cada curva expuesta con una fijación casi
descarada, completamente cautivado por la forma en que el short blanco le
acentuaba la figura.
Gael caminó hacia la mesa de madera sintiendo la mirada de fuego de Esteban
en la espalda, manteniéndose rígido y con el rostro ardiendo en sonrojo por
saberse el centro de atención.
El resto del día se volvió bastante tenso y sofocante alrededor del
campamento.
El short blanco ajustado convirtió a Gael en el centro involuntario de todas
las miradas. Lucas y Mateo lo veían con cierta curiosidad o hacían comentarios
casuales sobre lo mucho que se le había encogido la ropa en la lavandería, pero
lo de Esteban era completamente distinto. Esteban lo miraba con una expresión
pesada, directa, casi de depredador calculando a su presa.
Cada vez que Gael se alejaba unos metros del grupo —ya fuera para buscar más
leña cerca de los matorrales o para lavarse las manos en el arroyo—, Esteban se
ponía de pie al poco tiempo y lo seguía a paso lento.
Gael venía con los nervios de punta por ese acoso constante, pero cuando lo
observaba de lejos, notaba algo que me desconcertaba: mi novio no se veía
asustado ni molesto. Venía con el rostro profundamente ruborizado, con la
respiración alterada y una extraña expresión de placer contenido en la mirada,
como si saberse perseguido y deseado de esa forma tan directa lo mantuviera en
un estado de excitación permanente.
En dos ocasiones en las que Esteban se fue detrás de él hacia el arroyo, yo
no me aguanté las ganas y fui a seguirles el paso discretamente entre los
árboles.
En la segunda ocasión, alcancé a ver cómo Esteban se le iba cerrando a Gael
contra el tronco de un pino, acorralándolo a pocos centímetros de su espalda
mientras Gael se quedaba rígido en su lugar, sintiendo la sombra pesada de
Esteban encima.
Intervine de inmediato, saliendo de entre las ramas para ponerme en medio.
—Oye, Esteban, ¿qué te pasa? —le dije molesta, encarándolo—. Ya déjalo
caminar tranquilo, ¿no? Pareces sombra. ¿Qué, no tienes otra cosa en qué gastar
tu energía? Ese culo es mío.
Esteban no se inmutó ni un milímetro. Se limitó a mirarme desde su altura
con una calma burlona y dominante, dándole un trago despacio a la lata que
llevaba antes de responderme con una sonrisa de lado:
—Por ahora… —soltó en un murmullo grave y seguro.
Antes de dar media vuelta, Esteban volteó hacia Gael y le guiñó un ojo de
forma deliberada frente a mí.
Al escuchar esa respuesta tan directa —saber que Esteban no estaba jugando,
sino que tenía la intención explícita de tomarlo—, a Gael le dio un vuelco el
corazón. Un escalofrío de susto le recorrió la espalda, pero al mismo tiempo la
excitación lo rebasó: bajó la mirada y se mordió el labio inferior con fuerza,
conteniendo un aliento caliente mientras se ponía rojo hasta las orejas.
Yo vi perfectamente cómo se mordió el labio. Sentí una mezcla de rabia,
celos y desconcierto al ver que no se defendía. Agarré a Gael del brazo con
firmeza y lo jalé hacia una zona más alejada del bosque, detrás de una hilera
de pinos donde nadie pudiera escucharnos.
—A ver, Gael, ¿qué carajos estás haciendo? —lo encaré soltándolo, viéndolo
directo a los ojos—. ¿Sí te estás dando cuenta de que este güey te está
cazando? Te está acosando enfrente de mí. ¿Qué es lo que quieres que haga?
Gael se quedó enredado con las manos en la pretina de su short blanco
ajustado, mirando al suelo sin saber dónde meter la cara.
—No sé… —alcanzó a murmurar con la voz pequeña y temblorosa.
—¿Cómo que “no sé”? —le exigí molesta, dando un paso firme hacia él—. Quiero
que me digas algo ahorita mismo. A ver, dime, ¿a dónde estás llevando esto,
amor? ¿Qué quieres que pase? ¿Acaso no me amas o algo así?
—¡No, no! Claro que te amo… Te amo a ti, tú sabes que eres mi vida —contestó
Gael rápido, levantando la mirada con los ojos angustiados, tomándome
suavemente de las manos pero sintiéndose atrapado.
—¿Entonces? Si me amas, ¿qué es lo que quieres lograr con todo esto? —le
pregunté cruzándome de brazos, clavándole la mirada—. Porque te he estado
observando todo el día, Gael. Siento que estás caminando diferente… Siento que
hasta caminas diferente cuando pasas enfrente de Esteban, como presumiéndole
ese short, como buscando que te vea.
Gael tragó saliva duro, parpadeó rápido y desvió la mirada hacia las copas
de los árboles, profundamente dudoso.
—No… no, para nada… —respondió con un hilo de voz, pero con un tono tan
vacilante y falto de convicción que no hizo más que confirmar mis sospechas.
—No me mientas ni te me hagas el desentendido, Gael —le hablé directo al
oído, para que entendiera la magnitud de lo que estaba jugando—. Entiende una
cosa: este cabrón no anda detrás de ti para hacerte plática ni para darle una
palmadita de compas a esas nalgas tan sabrosas que traes marcadas en ese short.
¡Ese wey te quiere coger! Quiere meterte ese miembro enorme que viste. ¿Es eso
lo que quieres o qué carajos pasa contigo?
Gael dio un brinco por la dureza de mis palabras. Escuchar la verdad dicha
tan sin rodeos por su propia novia lo descolocó por completo. El aire se le
atascó en la garganta, su pecho subía y bajaba agitado mientras se acomodaba
torpemente el short blanco que se le pegaba a las muslos. Entre el susto de
saberse descubierto en su fantasía y la excitación innegable que le provocaba
saber que Esteban iba exactamente por él, Gael se quedó en absoluto silencio,
incapaz de negar que la idea lo mantenía en trance.
Al terminar, me acomodé a su lado. Pasé mis dedos por su cabello húmedo y me
pegué a su oído para hablarle en un susurro íntimo.
—Oye… ¿y qué sentiste? ¿Qué fue lo que más te gustó? —le pregunté directo.
Gael parpadeó en la penumbra, descolocado.
—¿A… a qué te refieres, amor?
—Ay, no te hagas —le dije rozándole la mejilla—. ¿Qué fue lo que te gustó?
Ya dime.
—Pero… ¿me hablas de lo de ahorita o… de Esteban? —murmuró confundido.
—Pues sí, ¿de qué más? Yo te conozco todo, Gael, pero esto no lo conozco. No
sé qué fue lo que ocasionó en ti.
Gael guardó silencio unos segundos, mirando hacia el techo de la tienda
mientras aceleraba su respiración. Sintiendo la seguridad del espacio a solas
conmigo, comenzó a abrirse por completo.
—Es que… no sé —admitió en un hilo de voz—. Sentir su miembro entre mis
nalgas en la segunda parte del viaje… la verdad es que me hizo estremecerme
toda la espalda. Hubo una parte en la que hasta se me erizaron los pezones de
una manera tan rara que me dolieron. Y tuve una erección durísima… Con el
traqueteo de la carretera, cuando él me estuvo moviendo encima de él, sentí que
iba a tener un orgasmo ahí mismo. Lo sentí purito. Me siento muy mal por
decirte esto, pero… así fue.
Le tomé la mano suavemente y le di un beso en el hombro.
—No te preocupes, mi amor. Es algo puramente sexual… yo no te estoy
juzgando, jamás lo haría, ya lo sabes.
—Lo sé —suspiró Gael abrazándome con fuerza—. Por eso te tengo tanta
confianza para contarte todo esto…
Me quedé viéndolo a los ojos en la penumbra y le solté la pregunta sin
rodeos:
—Oye… y cuando viste que se estaba masturbando mientras te bañabas, ¿no se
te antojó darle unas chupadas o algo así?
Gael se quedó completamente tieso a mi lado, abriendo los ojos de par en par
y tragando saliva duro.
—No… no —alcanzó a decir en un susurro rápido y torpe.
—Me estás mintiendo… —le sonreí al oído, rozando mi boca con su cuello—. Se
te antojó.
Gael apretó los párpados, bajó la cabeza apenado y soltó el aliento.
—Tal vez… —admitió con la voz temblorosa.
—¿Y si tuvieras la oportunidad ahorita… se la chuparías a Esteban?
Gael se mordió el labio inferior con fuerza, conteniendo un temblor en todo
el cuerpo antes de responder.
—Tal vez… —volvió a confesar en un hilo de voz casi inaudible.
Al escucharlo admitirlo dos veces seguidas, abrí los ojos como platos en
medio de la penumbra. Se me erizó la piel por completo. Entendí en ese instante
la posición en la que estaba mi novio: se estaba mentalizando, paso a paso,
para ser sumiso y convertirse en la hembra de otro hombre. Y, para mi propia
sorpresa, descubrir esa transformación en él no me dio asco ni rabia, sino que
produjo en mi vientre una ola sutil e innegable de excitación.
Me quedé acariciándole el pecho un momento, sintiendo los latidos acelerados
de su corazón contra mi palma antes de volver a hablarle muy cerca de los
labios.
—Oye… pues bueno, yo no te juzgo, mi amor. La verdad, todo esto me extraña
mucho. Me hace sentir extraña… no mal ni triste, pero sí es muy raro. Digo,
ellos han sido mis amigos desde hace años, salíamos a jugar a la casa de
nuestros padres cuando éramos niños y ahora, no sé… esto es muy extraño.
Gael suspiró hondo, manteniendo la mirada fija en el techo de la tienda.
—¿Tú has pensado que Esteban tal vez ya se haya imaginado cosas contigo? —le
pregunté de pronto—. Te pregunto esto porque estoy segura de que ese cabrón ya
lo tiene todo en la cabeza.
Gael me volteó a ver rápido, parpadeando descolocado.
—¿Cómo? ¿Imaginado qué?
—Pues sí, o sea… imaginado que se la chupes, verte desnudo mucho más de
cerca… no sé, explorarte por todos lados.
Mientras se lo decía con esa frialdad detallada, noté perfecto cómo la piel
de Gael se erizaba por completo desde los brazos hasta el cuello. Soltó un
pequeño sollozo ahogado, una mezcla de nerviosismo puro y una excitación
contenido que lo delataba cada vez más ante mis ojos.
—¿Por qué… por qué me estás diciendo todo esto, amor? —me preguntó con la
voz temblorosa, casi suplicante.
—Bueno, yo solo quiero que tú sepas muy bien lo que estás haciendo —le
respondí con calma, acomodándole un mechón de cabello húmedo—. No me gusta para
nada el jueguito que está haciendo Esteban allá afuera, pero no sé… tienes que
ser muy consciente de lo que puede pasar, mi amor.
—¿Cómo que lo que puede pasar?
—Amor… —solté un suspiro de desesperación controlada—… traes puesto un short
que se te ve increíble. Para seducir a un hombre es una joya, pero no quiero
que vayas a calentar de más a Esteban y luego se ponga demasiado intenso. ¿Qué
tal si a la hora de la hora no te gusta? Aunque… bueno, por todo lo que me
estás diciendo, se ve que te gusta bastante. Pero no sé, no quiero que vayas a
tener una mala experiencia.
Le acaricié despacio el cuello, subiendo los dedos hasta su cabello para
tranquilizarlo. Con la otra mano, bajé hasta su cadera y le di una nalgada
firme sobre la tela delgada del short. Gael reaccionó de inmediato, soltando un
leve jadeo y arqueando la espalda de forma positiva al contacto, apretando sus
propias piernas.
Lo miré directo a los ojos en medio de la penumbra y le solté la última
frase con total sinceridad:
—Porque no creas que Esteban es el tipo de hombre que tiene sexo de manera
delicada…
Gael abrió los ojos como platos, congelándose en su lugar y quedándose
petrificado mirándome, como si apenas en ese instante procesara el impacto real
de lo que significaba entregarse a alguien como Esteban.
Gael se me quedó viendo con los ojos muy abiertos, con la respiración
contenida, y me preguntó en un susurro:
—¿Por qué… por qué lo dices?
—Por rumores —le respondí directamente, acomodándome más cerca de él—.
Rumores que se escuchan.
Gael tragó saliva y me miró fijamente, buscando entender qué pasaba por mi
cabeza.
—Oye… y si sabes tanto de esto, ¿a ti nunca se te antojó? —me preguntó con
curiosidad y duda.
—La verdad es que nunca fue mi fuerte ese tipo de cosas, como experiencias
así de fuertes o pesadas. No, además siempre hemos estado juntos; tú eres como
mi cuarto novio. Pero la verdad… verte así es extraño —admití francamente—. Te
hago hincapié en esto porque andas con ese short paseándote por aquí y por
allá… y luego con esos labios que tienes. No sé, no quiero que vaya a pasar
algo malo. Solo te estoy cuidando, mi amor.
Gael pareció entender la advertencia y el trasfondo de lo que hablábamos. Se
relajó un poco, nos dimos las buenas noches y nos quedamos dormidos en medio
del silencio del bosque.
Al amanecer, escuché que el resto del grupo ya estaba despierto y moviéndose
afuera. Me levanté despacio y fui a mover a Gael para despertarlo.
—Amor, ya vamos a levantarnos, ya nos están hablando porque está listo el
desayuno.
Me quedé viéndolo un segundo mientras se acomodaba y agregué:
—Oye, yo creo que te deberías de cambiar de short.
Gael volteó a ver la prenda blanca que traía puesta desde el día anterior y
notó que la tela en la zona frontal estaba totalmente mojada y tiesa, evidencia
de que había pasado una noche bastante agitada y caliente.
Solté un suspiro y negué con la cabeza.
—Ay, amor, de veras… quién pensara que fueras tan caliente sintiendo una
buena verga en la cola.
Gael se puso rojo de inmediato y me miró consternado.
—Amor, ¿qué pasa contigo?
—Bueno, yo podría decirte lo mismo a ti —le contesté con soltura—. ¿Qué pasa
contigo?
Gael no dijo nada más, buscó en su maleta y se cambió la prenda mojada por
un short deportivo gris. Sin embargo, al estar toda la ropa lavada y reducida
por el calor, este short gris le comprimía aún más los muslos y le remarcaba la
firmeza de sus nalgas con un ajuste casi táctico.
Salimos juntos de la tienda para unirme al grupo cerca de la fogata.
Esteban no tardó en buscar proximidad con Gael en cuanto lo vio salir. Al
cruzarse en su camino hacia la mesa de madera, lo recorrió con la mirada de
arriba abajo y soltó con voz grave:
—Te ves muy bien hoy.
Al escuchar el comentario de pasada, me reí para mis adentros, pensando
únicamente en lo descarado y pervertido que resultaba.
Esteban se detuvo a un par de pasos de Gael, lo miró directo a la cara y
añadió con una sonrisa sutil:
—Oye… como que besaste a tu novia y te quedó labial en la boca. Pero te ves
bien.
Gael se puso completamente rojo, entendiendo la intención de Esteban al
sexualizarlo y hacer ver que sus labios lucían pintados, acentuando sus rasgos
finos y femeninos. Buscó mi mirada buscando apoyo y yo simplemente le hice una
mueca indicándole que, en efecto, traía un poco de brillo o labial de la noche
anterior.
Gael levantó la mano con intención de limpiarse la boca torpemente, pero
Esteban lo detuvo con la voz:
—No, no… así quédate.
Gael bajó la mano y se quedó así el resto de la mañana, caminando por el
campamento con los labios remarcados y la ropa ajustada.
Pasadas las horas, mientras comíamos y el grupo continuaba bebiendo cerveza
bajo el calor del mediodía, Sofía notó la fijación constante de Esteban y la
forma en que no le quitaba los ojos de encima a mi novio cada vez que se movía.
—Estás muy inquieto, ¿eh? —comentó Sofía entre risas, dirigiéndose a Esteban
frente a los demás—. Se nota que andas bien atrás de esa colita.
En cuanto escuché el comentario de Sofía soltado tan a la ligera, volteé a
verla fijamente, marcando mi molestia con una mala mirada.
Sofía se quedó viendo a Esteban y a Gael con una sonrisa maliciosa antes de
voltear directamente hacia mí.
—Ese hombre anda desatado... y tu novio tampoco se ve muy apartado que
digamos, ¿eh? Yo que tú no los dejaba a solas para nada —soltó Sofía en un tono
bajo que resonó como una advertencia ligera.
No le dije nada. Me limité a hacerle una mueca de fastidio, mandándola
mentalmente a volar, y me di la vuelta para ignorarla.
Sin embargo, conforme avanzó la tarde, el clima en el campamento se volvió
sofocante. El calor era brutal, denso y húmedo. Casi todos estábamos cubiertos
de sudor. Fue en esos momentos cuando Esteban empezó a hacer un hincapié casi
constante sobre Gael, comentando en voz alta lo bien que se le veía el sudor
corriendo por la piel blanca del cuello y los hombros. Y la verdad era que, por
más que me costara admitirlo, a Gael se le veía bien; el brillo de la piel
sudada resaltaba la finura de sus rasgos.
Para quitarnos el calor infernal, a uno de los chicos se le ocurrió ir al
lago. El agua estaba tranquila y no muy honda; la parte más profunda llegaba
apenas a los 1.60 o 1.70 metros. Todos estuvimos de acuerdo de inmediato. La
mayoría de las chicas y los hombres ya traíamos puesto traje de baño o ropa
ligera, pero mi novio, al no tener más cambios, se metió únicamente con ese
short gris apretado y sin playera.
Sofía tomó la iniciativa para armar la dinámica en el agua.
—Vamos a jugar voleibol pero lanzando el balón como en básquetbol, para que
sea rápido —propuso dividiendo al grupo—. A ver, que los hombres jueguen en un
equipo y nosotros en el otro... pero Gael se viene con las mujeres para nivelar
las cosas.
Así quedaron los equipos: los hombres por un lado y las mujeres con Gael por
el otro.
En cuanto empezó el juego, los manotazos y las risas en el agua ocultaron a
medias las intenciones de Esteban, quien buscaba continuamente acercarse a Gael
bajo cualquier pretexto. En una jugada cerca del centro, Gael dio un paso en
falso, pisó una grieta en el fondo y se hundió de golpe perdiendo el
equilibrio.
Esteban reaccionó con una rapidez impresionante: nadó los pocos metros que
los separaban, metió los brazos por debajo del agua y levantó a Gael de un solo
jalon. Al sostenerlo para que no volviera a caer, las manos de Esteban
terminaron agarrando de lleno las nalgas sumergidas de mi novio para afirmarlo
contra su propio cuerpo. Gael hizo un movimiento extraño con la cadera,
conteniendo el aliento, dejándose manipular sin oponer la menor resistencia.
Desde mi posición, yo solo observaba cada detalle: veía cómo mi novio se
dejaba manosear en medio del juego y cómo la cara se le ponía roja cada vez que
la sombra de Esteban quedaba a escasos centímetros de él. Y no era la única que
lo notaba; todas las chicas del equipo estaban atentas a la manera en que
Esteban no le quitaba las manos de encima.
Poco después, la pelota cayó en manos de Gael. Se giró para buscar a quién
pasársela, pero Esteban se le encimó de inmediato para bloquearlo.
En lugar de extender los brazos arriba para disputar el balón con las manos
como haría cualquiera, Esteban metió ambas palmas por debajo del agua, rodeando
con firmeza la cintura de Gael. Sin soltarlo, empezó a jalarlo hacia él por la
espalda, pegando la cadera de Gael directamente contra su pelvis hundida,
dándole un arrimón denso y deliberado en medio de la corriente.
Esteban con sus dos manos firmes y grandes sujetaron la cintura de Gael
haciendo que se le pegara su verga a lo cual Esteban reaccionó y empezó cuando
sintió ese culo en su verga de erecta deseosa de ese culito blanco respingón y
carnoso empezó a moverse de arriba hacia adelante y este era él solo se dejaba
hacer estaba a su Merced
La expresión en el rostro de Gael cambió de golpe: los ojos se le nublaron y
la boca se le abrió ligeramente, atravesado por una ola de excitación que no
pudo disimular.
Al ver la desfachatez de la escena y la reacción rendida de mi novio, me
quedé helada y tuve que desviar la mirada hacia la orilla para no explotar ahí
mismo.
—Esteban... ya, ¿no? —soltó una de las chicas desde el otro lado de la red,
notando lo ajustado del agarre.
Esteban aflojó los brazos despacio, dejando que Gael diera un paso
tambaleante hacia adelante, y respondió con una sonrisa helada y tranquila:
—Perdón... me distraje un poquito.
El brinco de Gael y el movimiento en el agua
Continua parte 2
0 comentarios - Un amigo se cogió a mi novio en un campamento