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Vacaciones con mi mujer en Brasil: cómo empezó todo(Parte 2)

Segunda parte. La noche en que la fantasía se dice en voz alta por primera vez, y el desconocido deja de ser un desconocido.

Parte 1: https://m.poringa.net/posts/relatos/6438969/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-1.html

SIETE NOCHES EN BÚZIOS
Parte 2: Lo que no se dice

Subimos sin hablar. En el pasillo María iba adelante, y yo la miraba caminar con la sensación de que algo se había corrido de lugar y todavía no sabía qué.

Cerró la puerta, tiró las sandalias en un rincón y se sentó en la cama con las piernas cruzadas, todavía con el vestido verde puesto. Golpeó el colchón a su lado.

—Contame.

Me senté. Abrí la boca y no salió nada. Doce años juntos y nunca me había pasado de no saber por dónde empezar.

—Es raro decirlo en serio —dije al final.
—Ya sé. Por eso te lo pido en serio.

Respiré hondo.

—Cuando te fuiste a bailar, lo primero que pensé fue que la mano de él estaba donde va la mía. Y esperé que me diera bronca. Y no me dio bronca.
—¿Qué te dio?
—Ganas de que la bajara un poco más.

Se quedó callada. Yo miraba la pared, porque mirarla a ella era demasiado. Sentí que se acomodaba, que se acercaba.

—Seguí.
—Pensé que si te decía algo al oído y vos te reías así, yo quería saber qué te decía. Pensé en cómo te ibas a sentir si él te apretaba un poco contra su cuerpo. Pensé... —me trabé— pensé que te veías más linda que nunca y que era porque te estaban deseando, y que yo quería mirar eso.

Me apoyó la mano en la nuca. Estaba tibia.

—¿Y si yo te hubiera mirado desde la pista y te hubiera preguntado, con los ojos, si podía dejar que me apretara?

Me di vuelta. Tenía las pupilas enormes y el labio de abajo entre los dientes.

—Te hubiera dicho que sí.
—¿Y si te hubiera preguntado si podía dejar que me besara?

No contesté enseguida, y ella lo notó, y en vez de retroceder se acercó más.

—Decilo —murmuró.
—Sí.

Se rio bajito, una risa nerviosa que no le conocía, y escondió la cara en mi cuello.

—Yo lo pienso hace más tiempo del que te imaginás —dijo ahí, contra mi piel—. No con él. Con alguien. Con vos mirando. Nunca supe cómo decírtelo sin que pensaras que me faltaba algo.
—No pensé eso ni un segundo.
—Ya sé. Lo vi en tu cara cuando volví a la mesa. —Levantó la cabeza—. Ahora quiero que me lo cuentes de otra forma. No lo que pensaste. Lo que pasaría. Como si fuera a pasar.

Tragué saliva. La boca se me había puesto seca y el corazón me retumbaba en el pecho como si estuviera cometiendo un delito. Ella no se movió; se quedó ahí, esperando, rozándome los labios con el aliento agitado.

Le pasé la mano por la cadera, buscando la tela fina del vestido verde. Se lo fui subiendo despacio, sintiendo el calor que salía de entre sus piernas.

—Llegamos a la habitación —empecé, y la voz me salió finita, casi torpe. Me aclaré la garganta y me pegué a su oído—. El tipo... el tipo del bar viene atrás nuestro. Vos abrís la puerta y entrás primero.

María soltó un suspiro corto y se acomodó entre mis piernas, dándome la espalda, pegando la cola contra mi pelvis. Tenía la bombacha empapada; la humedad le atravesaba el encaje.

—¿Y qué hace él? —me apuró, casi en un susurro, moviendo suavemente la cadera contra la mía.

—Él entra después de mí y cierra con llave —dije, y al oír mi propia voz dictando la escena sentí una puntada seca en el vientre, una mezcla de vértigo y una calentura que no reconocía—. Se queda parado contra la puerta, mirándote. Vos quedás de espaldas y lo buscás por encima del hombro, pero no decís nada. Yo me acerco por atrás, como ahora, y te bajo el cierre del vestido lentamente.

Le bajé la tira del hombro para acompañar las palabras. El vestido verde se desmoronó hasta su cintura. La piel de la espalda se le puso de gallina. Me fascinó ver cómo mis palabras la transformaban, cómo la sola idea de un desconocido mirándola la ponía así de dócil y entregada. No me dolió; me prendió fuego.

—Seguí —me pidió, llevando sus manos hacia atrás para agarrarme los muslos—. Decime qué hace.

—Él se acerca —le dije al oído, mordiéndole apenas el lóbulo—. Camina despacio, sin apuro. Vos sentís los pasos en el piso de madera. Cuando está al lado nuestro, te toca el hombro. Una mano grande, tibia. Vos cerrás los ojos y dejás que el vestido se caiga al piso.

—No —interrumpió ella, respirando hondo, con la voz tomada—. No cierro los ojos. Lo miro a él. Y a vos te miro por el espejo.

El corazón me dio un vuelco. Verla tomar la posta de la fantasía me desarmó por completo. Le metí la mano por debajo de la bombacha, buscando el centro mojado que me quemaba los dedos.

—Está bien —murmuré, acelerando el pulso—. Lo mirás. Él te da vuelta con firmeza y pasa la mano por el cuello, baja por el pecho y te agarra un pezón por encima de la tela del corpiño. Aprieta despacio. Vos tirás la cabeza para atrás, apoyándote en mi pecho, y escuchás cómo él se desabrocha el pantalón.

María soltó un gemido ahogado cuando le hundí dos dedos bien profundo. Se arqueó en la cama, buscando más.

—¿Y vos qué hacés mientras él me toca? —preguntó, jadeando, hundiéndome las uñas en la pierna.

—Yo te agarro de la cadera para que no te caigas. Te sostengo bien fuerte mientras él te toca toda. Hasta que te agarra y te lleva contra la pared. Se saca la ropa y vos le ves todo. Ves el tamaño que tiene, la sombra del cuerpo a la luz de la calle. Y antes de que te toque de nuevo, me mirás a mí para pedirme permiso.

—¿Y vos qué me decís? —susurró ella, desesperada, refregando su concha contra mi mano.

—Te digo que te dejes llevar. Te digo que le abras las piernas.

A María se le escapó un grito sordo. Se dio vuelta de golpe, me encaró a la luz baja de la lámpara y me buscó la boca con un beso hambriento, desesperado, lleno de saliva y de lengua. Me sacó los pantalones como pudo, a tirones, sin romper el contacto. Me guié por el tacto y me acomodé entre sus muslos. Cuando entré de un solo empujón, los dos nos quedamos sin aire.

Estaba hirviendo, apretada, mucho más mojada que nunca. La agarré de las muñecas y se las clavé contra el colchón, sobre su cabeza. Empecé a moverme adentro de ella con un ritmo pesado, profundo, escuchando cómo el cabezal de la cama golpeaba la pared.

—Te agarra así —le dije, pegado a sus labios, perdiendo el control de mis propios pensamientos—. Te agarra así y te llena toda mientras yo miro desde la silla. Vos te olvidás de mí, María. Te olvidás de todo y le pedís que no pare.

—Sí... —gimió ella, cerrando los ojos con fuerza, sacudiendo la cabeza sobre la almohada—. Sí, decile que siga... decile que me coja así...

Esa mala palabra en su boca, tan rara en ella, fue el detonante. Me vinieron encima doce años de rutina, de pudores deshechos en diez minutos, y me entregué al ritmo ciego de los dos. Me acomodé más profundo, apretando el vientre contra el suyo, sintiendo cómo sus músculos internos empezaron a contraerse en oleadas. María se mordió el labio, ahogando un grito largo que le vibró en la garganta antes de venirse, temblando entera abajo mío.

Un segundo después me vine yo, soltando un aire caliente que me quemó la garganta, dejándome ir del todo en el fondo de su cuerpo.

El envión nos dejó sin aire, pegados por el sudor y los fluidos, con los pechos subiendo y bajando al mismo tiempo. Me dejé caer a su lado. Ninguno de los dos se movió para buscar una toalla ni para taparse.

Estiré el brazo a ciegas hacia la mesa de luz y apagué la lámpara. La oscuridad de la habitación nos cubrió como una manta pesada.

Nos quedamos mirando el techo. Se oía el mar y, más lejos, la música de la terraza, que seguía sin nosotros.

—¿Fue solo por hoy? —preguntó ella al rato, muy bajo.

Sabía qué me preguntaba. Si había sido un juego de una noche, de esos que se cuentan en la cama y se olvidan con la luz del día, o si acabábamos de abrir una puerta.

—No sé —dije, y era verdad—. ¿Y para vos?
—No sé.

Se dio vuelta hacia su lado, pero buscó mi mano atrás y se quedó dormida con ella agarrada.

El desayuno fue raro. Café, tostadas, comentarios sobre el clima. Yo la miraba de reojo tratando de leer si se había arrepentido, y estaba seguro de que ella hacía lo mismo conmigo. En un momento se nos cruzaron las miradas y los dos las bajamos, como adolescentes. Nunca en doce años habíamos tenido un desayuno así.

Después nos fuimos a la playa y no hablamos del tema hasta el mediodía. María estaba boca abajo sobre la lona, yo haciendo que leía.

—Anoche estuvo bueno —dijo de la nada, con la cara escondida en los brazos.
—Muy bueno.
—¿Lo que me contaste o lo de después?
—Las dos cosas. Una por la otra.

Se dio vuelta, se apoyó en un codo y me miró por encima de los lentes de sol.

—¿Fue solo por hoy?

Me devolvía la pregunta de la noche, pero ahora con sol y con la cabeza despejada. Entendí que la respuesta tenía que ser en serio.

—No —dije—. No quiero que sea solo por hoy.

Se quedó un rato larguísimo sin decir nada. Después:

—Yo tampoco. —Se sacó los lentes—. Pero lo decidimos juntos, en el momento, paso por paso. Y si cualquiera de los dos dice "Montevideo", se corta ahí, sin explicaciones y sin reproches.
—Montevideo —repetí, probando la palabra, y me reí—. Qué poco sexy.
—Por eso. Nadie la va a decir sin querer.

Lo volvimos a ver esa misma tarde, en la barra de la piscina. Estaba solo, con un libro y una cerveza. Cuando nos vio, sonrió y levantó la botella a modo de saludo. María me apretó la rodilla por debajo de la mesa. No supe si era gracias o era nervios. Probablemente las dos cosas.

Fui yo el que se levantó y caminó hasta él.

Se llamaba Rafael. Era de San Pablo, viajaba solo por trabajo y hablaba un español prolijo, con esa musiquita que lo ablanda todo. Me agradeció el baile de la noche anterior como si le hubiera prestado algo, y me preguntó si mi mujer se había ofendido. Le dije que no. Le dije que, al contrario, nos gustaría que cenara con nosotros.

Me miró un segundo más de lo necesario. Después miró hacia la mesa, donde María hacía como que no nos miraba.

—Con mucho gusto —dijo.

Volví a la mesa con las piernas raras, como las de ella la noche del baile. María no preguntó nada. Solo me agarró la mano por debajo de la mesa y me la apretó fuerte.

Esa noche cenamos los tres.

Nos quedaban cuatro noches. Y esa era la cuarta.


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La parte 3 es la cena. Y lo que viene después de la cena.

Si les gustó, dejen puntos o comentario. Varios me escribieron por privado contando lo suyo, y me quedé pensando: ¿y si su historia se leyera así? Estoy probando escribir relatos a pedido, con la fantasía de cada uno. Si a alguien le interesa, me manda un privado.

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