Nunca pensé que mi cumpleaños iba a terminar así.
Después de cenar, mi esposa me preguntó qué quería como regalo. Sabía perfectamente cuál era una de mis fantasías, aunque también sabía que para ella era un tema complicado por sus creencias y por los límites que siempre había tenido.
Después de hablarlo durante un rato, finalmente me dijo que estaba dispuesta a probar algo que nunca habíamos hecho: sexo anal.
No hubo demasiadas palabras después de eso. Los dos sabíamos lo que habíamos decidido.
En la habitación, ella se quedó unos segundos de pie frente a mí. Se notaba que estaba nerviosa. Empezó quitándose la blusa lentamente y la dejó sobre una silla. Después se soltó el cabello y respiró profundamente.
Luego fue quitándose el resto de la ropa, una prenda después de otra. No lo hacía con total seguridad; había cierta timidez en sus movimientos, pero también se notaba que había tomado una decisión. Yo permanecía observándola mientras ella evitaba mi mirada por momentos.
Cuando terminó, se quedó unos segundos quieta.
—No me hagas arrepentirme —dijo, intentando sonar seria.
Sonreí y le aseguré que iríamos despacio.
Ella se acercó entonces a la cama y se acomodó boca abajo, de espaldas a mí. Esa posición hacía imposible que pudiéramos mirarnos a los ojos, así que todo cambió. Teníamos que comunicarnos mediante palabras, respiraciones y pequeños gestos.
Al principio estaba bastante nerviosa. Se notaba en la forma en que respiraba y en cómo sujetaba las sábanas. Yo permanecía atento a sus reacciones y le preguntaba de vez en cuando si estaba bien.
Los primeros minutos fueron los más tensos. En algunos momentos dejaba escapar sonidos involuntarios y después respiraba profundamente, tratando de relajarse. Poco a poco comenzó a sentirse más cómoda y sus reacciones fueron cambiando.
Su respiración se hizo más profunda y aquellos primeros sonidos fueron convirtiéndose en gemidos suaves y espontáneos.
Como estaba boca abajo, no podíamos mirarnos. Yo solamente podía fijarme en sus movimientos, en su respiración y en las pocas palabras que intercambiábamos.
Ella seguía teniendo cierta tensión, pero también parecía cada vez más segura de lo que estaba haciendo. En algunos momentos pronunciaba mi nombre o me pedía que esperara un poco. Yo respetaba su ritmo y permanecía pendiente de ella.
La situación se volvió cada vez más intensa. Lo que había comenzado con nervios y dudas terminó convirtiéndose en una experiencia completamente distinta de cualquier otra que habíamos compartido.
Finalmente, después de un rato, todo terminó.
Nos quedamos sobre la cama, recuperando el aliento. No hubo grandes palabras ni una escena romántica. Simplemente permanecimos allí, cansados, procesando lo que acabábamos de hacer.
Ella fue la primera en romper el silencio.
—Bueno... ese sí fue un cumpleaños diferente.
Me reí.
—Te dije que no quería un regalo aburrido.
Ella negó con la cabeza y soltó una pequeña risa.
Y así terminó una noche que ninguno de los dos había imaginado que viviríamos de aquella manera.
Después de cenar, mi esposa me preguntó qué quería como regalo. Sabía perfectamente cuál era una de mis fantasías, aunque también sabía que para ella era un tema complicado por sus creencias y por los límites que siempre había tenido.
Después de hablarlo durante un rato, finalmente me dijo que estaba dispuesta a probar algo que nunca habíamos hecho: sexo anal.
No hubo demasiadas palabras después de eso. Los dos sabíamos lo que habíamos decidido.
En la habitación, ella se quedó unos segundos de pie frente a mí. Se notaba que estaba nerviosa. Empezó quitándose la blusa lentamente y la dejó sobre una silla. Después se soltó el cabello y respiró profundamente.
Luego fue quitándose el resto de la ropa, una prenda después de otra. No lo hacía con total seguridad; había cierta timidez en sus movimientos, pero también se notaba que había tomado una decisión. Yo permanecía observándola mientras ella evitaba mi mirada por momentos.
Cuando terminó, se quedó unos segundos quieta.
—No me hagas arrepentirme —dijo, intentando sonar seria.
Sonreí y le aseguré que iríamos despacio.
Ella se acercó entonces a la cama y se acomodó boca abajo, de espaldas a mí. Esa posición hacía imposible que pudiéramos mirarnos a los ojos, así que todo cambió. Teníamos que comunicarnos mediante palabras, respiraciones y pequeños gestos.
Al principio estaba bastante nerviosa. Se notaba en la forma en que respiraba y en cómo sujetaba las sábanas. Yo permanecía atento a sus reacciones y le preguntaba de vez en cuando si estaba bien.
Los primeros minutos fueron los más tensos. En algunos momentos dejaba escapar sonidos involuntarios y después respiraba profundamente, tratando de relajarse. Poco a poco comenzó a sentirse más cómoda y sus reacciones fueron cambiando.
Su respiración se hizo más profunda y aquellos primeros sonidos fueron convirtiéndose en gemidos suaves y espontáneos.
Como estaba boca abajo, no podíamos mirarnos. Yo solamente podía fijarme en sus movimientos, en su respiración y en las pocas palabras que intercambiábamos.
Ella seguía teniendo cierta tensión, pero también parecía cada vez más segura de lo que estaba haciendo. En algunos momentos pronunciaba mi nombre o me pedía que esperara un poco. Yo respetaba su ritmo y permanecía pendiente de ella.
La situación se volvió cada vez más intensa. Lo que había comenzado con nervios y dudas terminó convirtiéndose en una experiencia completamente distinta de cualquier otra que habíamos compartido.
Finalmente, después de un rato, todo terminó.
Nos quedamos sobre la cama, recuperando el aliento. No hubo grandes palabras ni una escena romántica. Simplemente permanecimos allí, cansados, procesando lo que acabábamos de hacer.
Ella fue la primera en romper el silencio.
—Bueno... ese sí fue un cumpleaños diferente.
Me reí.
—Te dije que no quería un regalo aburrido.
Ella negó con la cabeza y soltó una pequeña risa.
Y así terminó una noche que ninguno de los dos había imaginado que viviríamos de aquella manera.
1 comentarios - Primer anal a esposa cristiana