Elisavetha Brisseño se encontraba durmiendo desnuda y con un collar de perro dentro de una gran jaula situada en una habitación tenuemente iluminada por una lámpara de techo. La puerta de metal del fondo se abrió lentamente y entró Colchado, vestido únicamente con botas y un pantalón negro de látex, ocultando su rostro tras una máscara que dejaba al descubierto únicamente sus ojos negros e intensos. Dirigió su mirada hacia la jaula y sonrió al pensar que ella era toda una perra.
—¡Despierta, puta! —gritó al tiempo que daba una fuerte patada a la puerta metálica para cerrarla.
Elisavetha despertó sobresaltada y se puso de inmediato a cuatro patas, invadida por una profunda excitación ante la llegada de su amo, a quien anhelaba complacer mediante la humillación como su máximo deleite. Colchado se acercó, abrió la jaula y tomó el extremo de la cadena del collar.
—¡Camina, perra! —le ordenó.
Ella salió de inmediato a cuatro patas, se detuvo ante él, inclinó la cabeza y comenzó a lamer sus botas con adoración mientras exhibía su trasero al agacharse. A Colchado le excitaba verla así, especialmente porque su trasero era firme, deseable y carecía de marcas, ya que él planeaba ser el único en plasmar los latigazos sobre sus nalgas. Elisavetha, de unos treinta años, destacaba por sus bonitas facciones, pelo negro, piel clara y un cuerpo esbelto.
—¡Detente, esclava! —le ordenó Colchado.
Ella obedeció al instante, quedando de rodillas con la cabeza baja y las manos unidas a la espalda. Tirando de la cadena, él la guio hasta otra habitación equipada con una cama, una mesa y unas argollas de pared cercanas al techo. Colchado se sentó en la cama y tiró de la cadena.
—Quiero que chupes mi verga lentamente, utiliza sólo tu boca, no las manos, y ten cuidado, no quiero correrme en tu boca todavía —le ordenó mientras bajaba la bragueta para mostrar su gigantesco falo.
Elisavetha se arrastró sobre sus rodillas, sintiendo su vagina húmeda de excitación ante la idea de probar a su amo, un hombre de pecho velludo, espalda ancha, manos fuertes y mirada cautivadora a quien amaba profundamente. Comenzó a lamerlo de arriba a abajo y luego introdujo el falo en su garganta con sumo cuidado.
Tras un rato, Colchado le ordenó detenerse, se puso de pie y la condujo hasta las argollas que pendían de la pared, donde la sujetó de las manos por encima de su cabeza con unas esposas.
—¡Separa las piernas, puta! —exclamó.
Tomando un látigo de piel delgado para no marcarla en exceso, comenzó a recorrer su cuerpo con él para hacerle saborear el temor. Ella guardó silencio, consciente de que cualquier súplica empeoraría su castigo. Colchado le propinó varios azotes cada vez más fuertes en las nalgas y las piernas, provocando que Elisavetha gimiera y derramara lágrimas. Al ver sus nalgas enrojecidas y sus piernas temblorosas, colocó su mano entre las piernas de ella y, tras tomarla de los cabellos, la besó en la boca antes de desatarla.
—¡Voy a cogerte como la perra que eres! ¡Ponte a cuatro patas en la cama! —ordenó.
La penetró de una sola embestida en el culo mientras apretaba sus pechos. Cuando Elisavetha sintió que estaba a punto de alcanzar el orgasmo sin permiso, intentó contenerlo, pero Colchado se detuvo de repente, la hizo girar y le propinó una bofetada mientras le gritaba que no era más que una puta. Ella cayó a la cama pidiendo clemencia y se arrastró por el suelo para besar sus pies pidiendo perdón entre lágrimas.

—¡Chúpamela! —exigió él.
Esta vez, mientras ella le practicaba sexo oral, Colchado se corrió en su boca; Elisavetha trató de tragarlo todo, pero debió lamer del suelo lo que llegó a derramar. Finalmente, la llevó de regreso a la jaula a cuatro patas.
—La próxima vez que me hagas enfadar te arrancaré la piel de la espalda. Ahora, quiero que tragues esto —le advirtió.
Arrodillada dentro de la jaula, Elisavetha se acercó a la reja mientras Colchado sacaba su miembro para orinarle directamente en la cara, permitiéndole abrir la boca para tragar la mayor cantidad posible de líquido. Con una sonrisa, Colchado se marchó de la habitación con la idea de cogerla por el ojete la próxima vez. Sola en la jaula, Elisavetha comenzó a masturbarse con frenesí mientras recordaba cada momento, esperando con ansias un castigo aún mayor y alcanzando un intenso orgasmo antes de quedarse dormida con una sonrisa en los labios, pensando en su amado amo.
—¡Despierta, puta! —gritó al tiempo que daba una fuerte patada a la puerta metálica para cerrarla.
Elisavetha despertó sobresaltada y se puso de inmediato a cuatro patas, invadida por una profunda excitación ante la llegada de su amo, a quien anhelaba complacer mediante la humillación como su máximo deleite. Colchado se acercó, abrió la jaula y tomó el extremo de la cadena del collar.
—¡Camina, perra! —le ordenó.
Ella salió de inmediato a cuatro patas, se detuvo ante él, inclinó la cabeza y comenzó a lamer sus botas con adoración mientras exhibía su trasero al agacharse. A Colchado le excitaba verla así, especialmente porque su trasero era firme, deseable y carecía de marcas, ya que él planeaba ser el único en plasmar los latigazos sobre sus nalgas. Elisavetha, de unos treinta años, destacaba por sus bonitas facciones, pelo negro, piel clara y un cuerpo esbelto.
—¡Detente, esclava! —le ordenó Colchado.
Ella obedeció al instante, quedando de rodillas con la cabeza baja y las manos unidas a la espalda. Tirando de la cadena, él la guio hasta otra habitación equipada con una cama, una mesa y unas argollas de pared cercanas al techo. Colchado se sentó en la cama y tiró de la cadena.
—Quiero que chupes mi verga lentamente, utiliza sólo tu boca, no las manos, y ten cuidado, no quiero correrme en tu boca todavía —le ordenó mientras bajaba la bragueta para mostrar su gigantesco falo.
Elisavetha se arrastró sobre sus rodillas, sintiendo su vagina húmeda de excitación ante la idea de probar a su amo, un hombre de pecho velludo, espalda ancha, manos fuertes y mirada cautivadora a quien amaba profundamente. Comenzó a lamerlo de arriba a abajo y luego introdujo el falo en su garganta con sumo cuidado.
Tras un rato, Colchado le ordenó detenerse, se puso de pie y la condujo hasta las argollas que pendían de la pared, donde la sujetó de las manos por encima de su cabeza con unas esposas.
—¡Separa las piernas, puta! —exclamó.
Tomando un látigo de piel delgado para no marcarla en exceso, comenzó a recorrer su cuerpo con él para hacerle saborear el temor. Ella guardó silencio, consciente de que cualquier súplica empeoraría su castigo. Colchado le propinó varios azotes cada vez más fuertes en las nalgas y las piernas, provocando que Elisavetha gimiera y derramara lágrimas. Al ver sus nalgas enrojecidas y sus piernas temblorosas, colocó su mano entre las piernas de ella y, tras tomarla de los cabellos, la besó en la boca antes de desatarla.
—¡Voy a cogerte como la perra que eres! ¡Ponte a cuatro patas en la cama! —ordenó.
La penetró de una sola embestida en el culo mientras apretaba sus pechos. Cuando Elisavetha sintió que estaba a punto de alcanzar el orgasmo sin permiso, intentó contenerlo, pero Colchado se detuvo de repente, la hizo girar y le propinó una bofetada mientras le gritaba que no era más que una puta. Ella cayó a la cama pidiendo clemencia y se arrastró por el suelo para besar sus pies pidiendo perdón entre lágrimas.

—¡Chúpamela! —exigió él.
Esta vez, mientras ella le practicaba sexo oral, Colchado se corrió en su boca; Elisavetha trató de tragarlo todo, pero debió lamer del suelo lo que llegó a derramar. Finalmente, la llevó de regreso a la jaula a cuatro patas.
—La próxima vez que me hagas enfadar te arrancaré la piel de la espalda. Ahora, quiero que tragues esto —le advirtió.
Arrodillada dentro de la jaula, Elisavetha se acercó a la reja mientras Colchado sacaba su miembro para orinarle directamente en la cara, permitiéndole abrir la boca para tragar la mayor cantidad posible de líquido. Con una sonrisa, Colchado se marchó de la habitación con la idea de cogerla por el ojete la próxima vez. Sola en la jaula, Elisavetha comenzó a masturbarse con frenesí mientras recordaba cada momento, esperando con ansias un castigo aún mayor y alcanzando un intenso orgasmo antes de quedarse dormida con una sonrisa en los labios, pensando en su amado amo.
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