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Mi suegra lesbiana

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Hola, soy Gaby, de piel blanca y cuerpo delgado, tetas medianas, culo igual mediano y redondo y cintura marcada. Mi suegra es una mujer mayor, imponente, de piel morena, robusta, con una presencia que te obliga a obedecer sin chistar. Siempre ha sido una figura de autoridad para mí, y llevo casada 4 años con su hijo, que vive bajo la misma sombra de respeto que ella impone. Ellos viven en una casa de la colonia El Sol, en Nezahualcóyotl, donde las calles siempre están llenas de ruido, tráfico y comercio local.

Un día que fuimos a visitarlos, mi suegro le dijo a mi esposo que querían salir a dar una vuelta y ver unos pendientes lejos de casa. Mi esposo aceptó y mi suegra vio la oportunidad perfecta. Me miró fijamente y, con un tono que no admitía réplica, me ordenó que nos quedáramos nosotras dos en la casa. No cabía la opción de negarse.

Cuando los hombres se fueron, la atmósfera en la casa cambió por completo. Me pidió que la siguiera a su cuarto. Durante el rato que estuvimos solas, sacó de un cajón una botella de tequila y una bolsa oscura. Me ordenó que me quitara la ropa y me pusiera lo que venía ahí dentro: unas medias de red, un arnés diminuto y unos tacones altos. Me dio vergüenza al principio, pero su mirada severa me paralizó y obedecí de inmediato. Ella también se cambió, enfundándose en un body ajustado y tacones.

Me hizo pararme frente al espejo de cuerpo completo. Se paró detrás de mí, me agarró de la cintura con fuerza y me enterró los dedos en las nalgas mientras me decía con voz ronca y mandona que mi cuerpo le pertenecía y que desde ese momento sería su puta personal a escondidas de su hijo. Me ordenó que me arrodillara frente a ella y lamiera sus botas antes de besarla. No tardó en someterme por completo: me abrió las piernas, me devoró con una mezcla de rudeza y control absoluto, exigiéndome sumisión total mientras me tocaba y me llevaba al límite del orgasmo sin permitirme venirme hasta que ella lo ordenara.

La dinámica de dominación se adueñó de nosotras. Me obligó a obedecer cada una de sus órdenes, a suplicarle mientras me penetraba con los dedos y me hacía temblar de placer y miedo. Cuando por fin me dejó tener un orgasmo, me caí rendida a sus pies, babeando y completamente entregada. Después se colocó sobre mí, exigiendo que fuera yo quien le diera placer con la lengua, marcando el ritmo, jalándome del cabello cada vez que dudaba y recordándome quién mandaba en esa casa de Neza.

Al final, terminamos abrazadas y agotadas en la cama. Me ordenó vestirme antes de que regresaran los hombres y guardar el secreto bajo amenaza de echarme de su lado. Ahora soy su amante oficial a escondidas, atrapada en esta red de poder, sumisión y deseo prohibido en plena colonia El Sol, preguntándome hasta dónde será capaz de controlarme.
El eco de la puerta principal abriéndose rompió el trance. Las voces de mi esposo y mi suegro resonaron en el pasillo, anunciando que el domingo familiar había terminado. Me acomodé la blusa con manos temblorosas, sintiendo todavía el ardor de las nalgadas y el peso de su mirada autoritaria clavada en mi espalda. Cuando mi esposo entró a la recámara para dejar su chamarra, me vio con una aparente normalidad que contrastaba brutalmente con el secreto que latía entre nosotras. Ella se apareció en el umbral de la puerta, imponente, con esa media sonrisa de patrona que controla cada segundo del tablero, despidiéndonos con una fría formalidad que ocultaba el pacto clandestino que acabábamos de sellar.

Los días siguientes en la colonia El Sol pasaron como una sombra pesada. El tráfico de la avenida Pantitlán y el bullicio de los puestos ambulantes ya no me distraían; mi mente seguía en esa recámara, prisionera de la dinámica de poder que mi suegra había instaurado. Empezó a llamarme bajo cualquier pretexto absurdo: que si necesitaba ayuda con unas compras en el mercado local, que si tenía que revisar un pendiente de la casa. Cada visita se convirtió en un ritual de sometimiento. Apenas cruzaba el zaguán y cerraba la puerta, el rol de nuera educada desaparecía. Ella me esperaba con el ceño ligeramente fruncido, ordenándome de inmediato que me quitara los jeans y me pusiera los tacones y la lencería que había dejado bajo su resguardo.

Aprendí el significado estricto del *femdom* bajo sus reglas implacables. Me enseñó a no mover un solo músculo sin su permiso, a pedir las cosas de rodillas y a entender que mi cuerpo ya no me pertenecía, sino que era propiedad exclusiva de su dominio. Me obligaba a mirar fijamente su rostro mientras me dominaba, exigiendo que reconociera su superioridad con cada gemido y cada lágrima de frustración y placer. Lo más perverso era la convivencia posterior: sentarnos a comer con mi esposo y mi suegro los fines de semana, pasarles las tortillas, sonreír ante sus chistes y mantener la fachada de la familia perfecta, mientras por debajo de la mesa o con una simple seña de sus ojos, ella me recordaba que minutos antes había estado gimiendo bajo su control absoluto.

Una tarde, mientras mi esposo se había quedado en la planta baja ayudándole a su padre con unas reparaciones, subí sigilosamente al segundo piso buscando un pretexto. La puerta de su cuarto estaba entreabierta. Entré sin hacer ruido y la encontré sentada en el borde de la cama, fumando un cigarro con la bata abierta, mostrando el cuerpo robusto y dominante que me gobernaba. Me vio entrar, apagó el cigarro lentamente en el cenicero y, sin decir una sola palabra, levantó la barbilla indicándome el suelo.

Me arrodillé de inmediato frente a ella, sintiendo el frío del piso de loseta contra mis rodillas. Pasó una mano pesada por mi cabello negro, despeinándome con brusquedad, y me acercó a su regazo.

—Pensaste que podías venir cuando quisieras, ¿verdad, Gaby? —su voz ronca me recorrió la columna vertebral como un latigazo—. Aquí no se hace lo que tú quieres, se hace lo que yo ordeno. Y hoy vas a demostrarme qué tan buena amante eres cuando nadie nos ve.

Me agarró del cuello con firmeza, sin ahogarme, obligándome a abrir la boca para recibir sus órdenes más perversas, mientras afuera, en las calles ruidosas de Nezahualcóyotl, la vida seguía su curso ignorando por completo que, tras esas paredes, dos mujeres tejían un secreto del que ya no había escapatoria.
La presión de su mano en mi cuello se sentía firme, anclándome al suelo de la recámara mientras el humo del cigarro aún flotaba en el aire denso. Su otra mano recorrió mi mandíbula con brusquedad, obligándome a levantar el rostro para no apartar la mirada ni un solo segundo. En su mundo no existían las dudas ni las miradas bajas; la sumisión se practicaba con los ojos bien abiertos.

—Quítate la ropa —ordenó con voz cortante—. Toda. Y quiero que gatees hasta la esquina del espejo. Hoy vas a aprender a mantenerte ahí hasta que yo te diga cuándo puedes respirar hondo.

Tragué saliva, sintiendo una mezcla de humillación y un calor intenso que me subía desde el estómago. Me desabrocé la blusa despacio, luego los pantalones y la ropa interior, dejándolos caer en un montón desordenado sobre la loseta. Con el cuerpo desnudo, apoyé las palmas de las manos y las rodillas en el suelo, sintiendo el frío de la casa de Neza mientras avanzaba con torpeza hasta el rincón que me había señalado.

Desde ahí la vi ponerse de pie. Su figura robusta e imponente se movía con una lentitud deliberada, disfrutando de cada segundo de mi obediencia. Se acercó a su tocador, tomó una fusta delgada de cuero que tenía guardada entre sus cosas y dio un par de pasos hacia mí. El sonido seco del cuero golpeando contra su propio muslo hizo que se me erizara la piel de inmediato.

—¿Creíste que esto era un juego de una sola tarde, Gaby? —dijo, deteniéndose justo frente a mí y levantándome la barbilla con la punta de la fusta—. Aquí no eres la nuera consentida. Eres mi juguete, mi posesión más secreta, y vas a aguantar cada castigo sin soltar una sola lágrima que no sea de placer.

Dio media vuelta y sentí el primer golpe seco en las nalgas. No fue un toque suave; ardió con fuerza, arrancándome un gemido ahogado que intenté tragarme de inmediato para no alertar a los hombres que seguían abajo.

—Más fuerte —le supliqué casi sin voz, apoyando la frente contra la pared.

—Eso se pide de rodillas y pidiendo permiso —respondió con una sonrisa fría, antes de dejar caer el segundo latigazo, seguido de un tercero que me dejó el cuerpo temblando y el deseo completamente desbocado, atrapada para siempre en las garras de su poder.
El segundo latigazo dejó un rastro de fuego puro sobre mi piel, seguido inmediatamente por el tercero, que me sacudió el cuerpo entero y me arrancó un gemido que apenas logré sofocar contra el muro frío. El dolor se mezclaba con una descarga eléctrica que me recorría la columna, encendiéndome por dentro de una manera que ninguna relación con mi esposo había logrado jamás.

Se inclinó hacia mí, respirando cerca de mi oído, y sentí la textura áspera de su piel contra mi hombro cuando me rodeó con un brazo para obligarme a enderezarme.

—Date la vuelta —ordenó con autoridad—. Y abre las piernas. Quiero ver cómo chorreas por mí, puta. Obedece.

Giró mi cuerpo con un solo movimiento firme y me dejó sentada en el suelo, recargada contra la pared, con las piernas abiertas de par en par bajo su escrutinio implacable. Se arrodilló frente a mí, pasando una mano pesada por mi muslo hasta apretarme la ingle con fuerza, comprobando el desastre mojado en el que me había convertido solo con sus palabras y los castigos.
Mi suegra lesbiana


—Tan obediente cuando te conviene —murmuró con una sonrisa de suficiencia, antes de enterrar dos dedos en mi interior sin previo aviso.

Grité su nombre ahogadamente, arqueando la espalda de inmediato, buscando el contacto de su boca mientras ella aumentaba el ritmo de sus dedos con una precisión cruel y perfecta. Cada embestida manual me arrancaba jirones de cordura. Me agarró del cabello con la otra mano, tirando hacia atrás para obligarme a sostenerle la mirada, exigiendo que viera el placer sádico reflejado en sus ojos mientras me destrozaba por dentro.

—No cierres los ojos, Gaby. Mírame. ¿De quién es este coño? —exigió con voz ronca.

—Tuyo… es tuyo, mamá… —balbuceé entre jadeos y lágrimas de pura excitación.

—Eso es. Nunca lo olvides.

El orgasmo me golpeó de golpe, violento y sin compasión, contrayéndome alrededor de sus dedos mientras las piernas me temblaban y el eco de las voces de los hombres en la planta baja parecía pertenecer a otra realidad muy lejana. Me dejó caer agotada sobre las losetas, con la respiración agitada y el cuerpo marcado, sabiendo que ya no había vuelta atrás en esa casa de la colonia El Sol.
Me dejó tirada en el suelo un momento, recuperando el aliento mientras el frío de la loseta de Neza contrastaba con el fuego que aún me quemaba por dentro. Su sombra se cernía sobre mí, imponente y dominante, recordándome que el castigo apenas era una fracción de su control absoluto.

—Ponte de pie —ordenó con la voz seca y cortante—. Todavía no terminamos. Ve al baño, lávate la cara y espérame en la cama. Y ni se te ocurra tardar.

Obedecí de inmediato, tambaleándome un poco sobre las piernas débiles y adoloridas. Me lavé la cara con agua fría en el lavabo, tratando de borrar las marcas del llanto y el rastro del esfuerzo, consciente de que abajo mi esposo seguía arreglando cosas con su padre sin la menor sospecha de la vida doble que yo llevaba en esa recámara.

Cuando salí del baño, ella ya estaba esperándome en la orilla de la cama, fumando otro cigarro con una paciencia infinita. Me acerqué con la cabeza gacha, esperando su siguiente instrucción, y con un leve movimiento de dedos me indicó que me subiera a la cama y me pusiera a cuatro patas, dándole la espalda.

—Vas a recibir lo que te mereces por andar de provocativa —dijo exhalando el humo hacia un lado—. Hoy vas a aprender a rogar por cada caricia, Gaby.

Sentí sus manos grandes y ásperas acomodándome las caderas, abriendo mi espacio sin delicadeza alguna, mientras su voz me susurraba al oído promesas de que me mantendría atada a su voluntad por el resto de nuestros días, convirtiendo cada visita familiar en un ritual eterno de sumisión y placer prohibido en plena colonia El Sol.
El calor del humo del cigarro se mezclaba con el aliento pesado que rozaba mi nuca, recordándome que cada centímetro de mi piel estaba bajo su estricta jurisdicción. Sentí cómo sus dedos se deslizaban con fuerza por mi espalda, trazando el camino exacto que minutos antes había marcado la fusta, hasta detenerse en la base de mi columna para obligarme a arquearme todavía más.
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—¿Te gusta estar aquí, expuesta, esperando a que decida qué hacer contigo? —murmuró con una sonrisa burlona en la voz, presionando con más fuerza—. Contesta cuando te hable, puta.

—Sí… me gusta, mamá… —respondí con la voz quebrada por el deseo y la sumisión, sintiendo cómo el eco de mis propias palabras reverberaba en las cuatro paredes de la habitación.

—Eso pensé. Pero las palabras fáciles no sirven de nada si no hay castigo que las respalde.

Sin previo aviso, sentí el golpe seco de su mano abierta contra mi nalga derecha. El ardor estalló de inmediato, seguido por otro impacto aún más fuerte en la izquierda que me sacudió el cuerpo entero y me arrancó un gemido agudo. Cada palmada aumentaba la fricción, encendiéndome por dentro hasta un punto insostenible mientras ella controlaba milimétricamente el ritmo del dolor y el placer.

Me agarró del cabello con una mano, tirando hacia atrás para obligarme a alzar el rostro, mientras con la otra se acomodaba entre mis piernas con una destreza implacable.

—Abre más el compás. No quiero que te falte espacio para recibir lo que te pertenece —ordenó, antes de dejar caer sus labios directamente sobre mí en un movimiento hambriento que me hizo soltar un grito ahogado contra las sábanas.

Su lengua se movía con una precisión experta, devorándome sin prisa, sabiendo exactamente cómo llevarme al límite del colapso cada vez que sentía que empezaba a recuperarme. Las manos me temblaban apoyadas sobre el colchón y las rodillas me dolían por el peso, pero la idea de rebelarme ni siquiera cruzó por mi mente; en ese rincón de la colonia El Sol, bajo la sombra y el dominio absoluto de mi suegra, yo ya no era más que su reflejo, su juguete y su posesión más oscura, atrapada sin remedio en una espiral de vicio de la que jamás querría escapar.
La intensidad de su lengua me succionaba el alma, obligándome a arquear la espalda con desesperación mientras el sabor de sus jugos y el mío propio se mezclaban en un bucle interminable de vicio. Cada embestida oral era una orden silenciosa para que me rindiera por completo, y yo respondía con gemidos cada vez más altos, olvidándome por completo del mundo exterior, de la calle ruidosa y del marido que nos esperaba abajo.

—No te vas a venir todavía, Gaby —me advirtió con voz ronca, separándose un momento para mirarme con los ojos oscuros de excitación y control—. Te vas a aguantar las ganas hasta que yo te dé permiso.

Me agarró de las caderas con fuerza inhumana, deteniendo mis impulsos de buscar fricción contra las sábanas. Me obligó a ponerme de rodillas, con el torso completamente inclinado hacia adelante y las manos apoyadas en el colchón, expuesta por completo a su dominio. Su mano pesada volvió a caer sobre mi trasero, dejando una marca roja y ardiente que se sumaba al mapa de castigos con el que ya me había firmado el cuerpo.

—Vas a suplicarme que te deje terminar —me exigió, pasando los dedos fríos por mi columna sudorosa—. Dilo. Pídeme que te deje venirte, maldita zorra.

—Por favor… déjame venirme, mamá… te lo suplico… —balbuceé con la cara enterrada en las sábanas, sintiendo que el cuerpo me temblaba de una forma incontrolable por el esfuerzo de retener el orgasmo.

Una sonrisa de absoluta satisfacción cruzó sus labios. Me acarició el cabello con una mezcla extraña de rudeza y afecto perverso, antes de volver a bajar la cabeza para devorarme con una furia renovada que terminó por destrozar lo poco que me quedaba de autocontrol, arrastrándome sin piedad hacia el borde del precipicio.
El clímax estalló dentro de mí como una descarga eléctrica incontrolable, barriendo con el último vestigio de resistencia que me quedaba. Grité su nombre contra la almohada mientras mi cuerpo entero se contraía en espasmos violentos, apretando las sábanas con las uñas mientras ella me retenía con firmeza, asegurándose de que no me perdiera ni un solo segundo de su victoria.
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—Eso es, entrégate por completo —susurró cerca de mi oído con una satisfacción fría y absoluta, mientras yo me quedaba completamente rendida, con la respiración agitada y el cuerpo empapado en sudor sobre la cama.

Me dejó reposar unos minutos, atrapada en ese estado de agotamiento y éxtasis, antes de darme una última palmada ligera en la espalda, señal inequívoca de que el tiempo se había agotado.

—Arréglate, Gaby —ordenó con voz firme, levantándose para retocar su peinado frente al espejo—. Los hombres ya casi suben. Más te vale tener esa cara de nuera ejemplar cuando crucen la puerta.

Me puse la ropa con manos temblorosas, sintiendo cada músculo adolorido y la marca invisible de su dominio grabada a fuego en mi piel. Cuando escuché los pasos de mi esposo y mi suegro acercándose por las escaleras, salí de la recámara con el corazón a mil por hora. Nos sentamos en la sala a despedirlos como si nada hubiera pasado, compartiendo risas fingidas y la calma habitual de un domingo familiar en la colonia El Sol.

Sin embargo, mientras mi esposo manejaba de regreso a casa y yo miraba por la ventana el caos de las calles de Neza, supe que mi vida ya no era la misma. El secreto, el miedo y la sumisión absoluta a mi suegra se habían convertido en mi verdadera casa, y lo único en lo que podía pensar era en que llegara el próximo fin de semana para volver a hincarme a sus pies.

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