Daniela se miró al espejo del baño de la casa nueva, a las afueras de la ciudad. Veintiocho años, piel clara, había sido madre dos veces y su cuerpo había tenido cambios para bien, conservaba esa plenitud que a su esposo le volvía loco. El vestido corto y ajustado le marcaba la cintura y le subía justo por encima de la mitad del muslo. Debajo, las pantimedias color piel ceñían cada curva: las piernas, las caderas y, sobre todo, ese trasero redondo y firme que llenaba la tela sin esfuerzo. Se giró de lado, dudando.
—¿No será demasiado corto? —murmuró, casi para sí.
Su esposo, de treinta y tres, apareció en el umbral abrochándose la camisa. La miró de arriba abajo con esa sonrisa lenta que ella conocía demasiado bien.
—Estás preciosa. Recatada el resto de la semana… esta noche puedes salir así. Los niños pueden quedarse con mis padres. Mi mamá ya tiene su habitación lista. Vamos a la fiesta y después volvemos solos.
Ella apretó los labios, pero se dejó convencer. Se peinó el cabello castaño suelto sobre los hombros, se puso un collar fino de oro y unos pendientes discretos, y salieron. La casa de los suegros olía a comida casera y a risas. Daniela se movió entre saludos y abrazos, consciente de cómo el vestido se le subía un poco cada vez que se inclinaba o se sentaba. Su esposo no le quitaba los ojos de encima, y notó cómo varios amigos y familiares la miraban con insistencia: la tela ajustada marcándole la cintura, las pantimedias resaltando las curvas de sus piernas y caderas. En un momento, mientras ella estaba sentada en el sofá y el vestido se le subió un poco más sobre los muslos, uno de sus tíos fijó la mirada en sus piernas unos segundos de más, con una atención que no pasó desapercibida para su esposo. Cuando la noche avanzó, los niños —la niña de tres años y el pequeño de año y medio— se quedaron dormidos en la habitación de los abuelos. Los suegros insistieron en cuidarlos hasta el día siguiente.
El regreso a casa fue en silencio. Daniela sentía el roce de las pantimedias cada vez que cruzaba las piernas en el asiento del copiloto. La casa todavía olía a la comida que habían dejado preparada esa tarde. Su esposo cerró la puerta con llave, dejó las llaves sobre la mesita del recibidor y la miró con una intensidad distinta, casi calculada. Ella se estiró, bostezando con una sonrisa cansada.
—Qué alivio… Pensé que nunca se acabarían las preguntas de tu madre.
Él no contestó de inmediato. Solo la observó: el vestido corto ceñido, las pantimedias brillando bajo la luz tenue, la piel clara y el cuerpo que, según él, seguía igual o más deseable que el día en que se casaron. Por fin estaban solos.
Fue entonces cuando los ruidos llegaron desde el salón:
un roce seco, el crujido de una silla, pasos pesados. Daniela se tensó.
—Amor…
Dos figuras aparecieron de golpe en el umbral. Hombres altos, anchos de hombros, con pasamontañas negros que solo dejaban ver los ojos y la boca. Uno llevaba guantes oscuros; el otro sujetaba una cinta gruesa que brilló un segundo bajo la luz.
Daniela retrocedió instintivamente hasta chocar con el pecho de su marido.
—¡Amor! ¡Hay gente en la casa!
Él no se movió. Solo posó una mano firme en su cintura y habló en voz baja, casi al oído:
—Tranquila. Todo está bajo control.
Intentando calmarla.
Los dos hombres avanzaron. El más alto se detuvo a un metro de ellos. Su voz salió grave, distorsionada por el tejido del pasamontañas:
—¡No hagan nada estúpido!
Su esposo soltó un leve “sí” detrás de ella. Daniela tragó saliva. Las piernas le temblaban, pero no retrocedió. El aire de la casa había cambiado por completo: ya no olía solo a la fiesta familiar. Olía a miedo.
El segundo hombre habló por primera vez, voz más baja:
—Vamos a la sala. Todos.
Su esposo guió a Daniela con la mano en la espalda baja. Ella caminó, el vestido rozándole los muslos, consciente de las miradas detrás de las máscaras. La sala estaba en penumbra. Solo quedaba encendida la lámpara del rincón, que proyectaba sombras largas sobre el sofá y la mesa del centro. Daniela entró delante. El vestido corto ceñido a la cintura le marcaba la curva de las caderas. Después de los dos embarazos su cuerpo era más redondo, más suave, con esa plenitud que Él siempre decía que la hacía todavía más deseable. Las pantimedias finas le ceñían las piernas y el trasero, brillando ligeramente bajo la poca luz cada vez que daba un paso.
Los dos hombres los siguieron de cerca. El más alto cerró la puerta que daba a la cocina con un golpe seco. El otro se colocó delante de la pareja.
—Manos donde las podamos ver —ordenó con voz grave—. Nada de movimientos raros.
El esposo levantó las manos a la altura del pecho, calmado. Daniela tardó un segundo más. El corazón le latía tan fuerte que creía que se le iba a salir del pecho. El miedo se mezclaba con una corriente caliente que le bajaba por el vientre al sentir cómo la miraban.
El hombre más corpulento dio un paso hacia ella y la señaló con el dedo enguantado.
—Tú. El vestido ese tan corto… y esas pantimedias. Pareces que vienes de una fiesta, ¿no? Ahora vas a ser buena y nos vas a dar todo lo que valga.
El otro se acercó a su esposo.
—Cartera. Reloj. Llaves del coche. Todo lo que tengas de valor. Ya.
Él obedeció sin protestar. Sacó la cartera, el reloj y las llaves, y se las entregó. El hombre las revisó rápido y las metió en un bolsillo.
Luego se giró hacia Daniela.
—Ahora tú, guapa. Bolso. Joyas. Lo que lleves puesto que valga dinero. Y no te hagas la difícil.
Ella tragó saliva. El bolso estaba en el sofá. Dio un paso, sintiendo cómo el vestido se le subía un poco más por los muslos al inclinarse. Cogió el bolso y se lo tendió. El hombre lo abrió, sacó la cartera, el móvil y unas tarjetas, y lo tiró de nuevo al sofá.
—El collar —dijo, señalando el fino hilo de oro—. Y los pendientes. Quítatelos.
Ella obedeció con dedos temblorosos. Al inclinarse para dejar las joyas sobre la mesa, el escote se abrió un poco más y el vestido se tenso en el contorno de sus caderas y su trasero. Ambos hombres lo notaron. Uno de ellos soltó un sonido bajo, apreciativo.
El más alto se colocó detrás de ella. Solo la miro, pero su presencia era abrumadora. Habló cerca de su oreja:
—Tu marido ya nos lo ha dado todo… ahora te toca a ti. ¿O vas a hacer que te lo quitemos nosotros?
El esposo, todavía con las manos a la vista, miró a Daniela. Sus ojos le decían claramente: tranquila haz lo que te piden. Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
El hombre que tenía delante extendió la mano enguantada y rozó con dos dedos el borde del vestido, justo donde la tela se tensaba sobre su cintura.
—Bonito cuerpo… se nota que has tenido hijos. Se notan las caderas de un mujer que ha sido madre. Ahora, quédate quieta mientras revisamos si te has dejado algo escondido.
Daniela contuvo la respiración. El hombre más alto hizo un gesto con la cabeza hacia el pasillo.
—Arriba. La habitación principal. Ahí es donde suele haber lo bueno.
Ella sintió un nudo en la garganta. Intentó mantener la compostura, aunque notaba las miradas de los dos hombres recorriéndole el cuerpo sin disimulo: el vestido corto, la forma de sus caderas, las pantimedias que le marcaban los muslos y el trasero. Cada paso hacía que la tela se moviera un poco más arriba. Apoyó los labios y bajó la mirada.
Martín caminaba a su lado. Su respiración era más agitada de lo normal. Las mandíbulas tensas, los hombros rígidos. No decía nada, pero ella percibía su nerviosismo en la forma en que apretaba los puños.
Los dos hombres los empujaron con firmeza por el pasillo hasta el dormitorio. Uno encendió la luz de la mesita. La habitación quedó iluminada de golpe: la cama grande, el armario empotrado, el tocador de Daniela.
—Contra la pared —ordenó el de la voz grave—. Los dos. Manos a la vista.
Daniela y él obedecieron. Ella se colocó de espaldas a la pared, sintiendo el frío del yeso a través de la tela fina del vestido. Los ojos de los hombres volvieron a detenerse en ella. Uno pasó la lengua por el labio inferior, apenas visible bajo el pasamontañas, mientras la miraba de arriba abajo.
El más corpulento se dirigió al armario y empezó a abrir cajones. El otro se acercó al tocador.
—Joyas, dinero, documentos… todo lo que valga —dijo mientras revolvía—. Y tú, guapa, no te muevas. Si intentas algo raro, tu marido lo pagará.
El esposo tragó saliva. Su voz salió un poco más ronca:
—En el primer cajón del armario hay una caja… ahí está lo más valioso.
Uno de los hombres abrió el cajón indicado. Sacó una caja de madera oscura. Dentro había un reloj de su esposo, unos pendientes de oro y un sobre con billetes de emergencia. El ladrón soltó un silbido bajo.
—Bien… pero no es suficiente.
Se giró hacia Daniela. Sus ojos se detuvieron otra vez en el escote del vestido y en la forma en que las pantimedias le ceñían las caderas.
—¿Y tú? ¿No tienes nada escondido? A veces las mujeres esconden cosas… debajo de la ropa.
Daniela levantó la mirada solo un segundo.
—No… no tengo nada más. Ya les dimos todo.
El hombre dio un paso hacia ella. Se quedó tan cerca que ella pudo oler el cuero de sus guantes.—Eso ya lo veremos nosotros.
Su esposo hizo un pequeño movimiento involuntario hacia adelante, pero el segundo ladrón lo detuvo con una mano en el pecho.—Tú quieto. Déjanos revisar.
Daniela apretó los muslos uno contra otro bajo el vestido corto. El aire de la habitación se había vuelto pesado. Los dos hombres ya no miraban solo la caja de valores. La miraban a ella.
El que se había quedado frente a Daniela no apartaba los ojos de sus curvas. Desde el momento en que la vio bajar del coche, minutos antes, no había dejado de fijarse en ellas. Ahora, con el vestido corto ceñido y las pantimedias marcándole cada línea, esa atención era todavía más descarada. Daniela era nalgoncita, de esas que llenaban el tejido fino con cada movimiento, y él lo sabía perfectamente.
—Date la vuelta —ordenó en voz baja.
Ella dudó un segundo. Intentaba que todo pasara lo más rápido posible, así que obedeció. Se giró despacio hasta quedar de espaldas a él, las manos todavía apoyadas contra la pared. El vestido corto se le subió un poco más por detrás al moverse, dejando a la vista el contorno redondo y firme de su trasero bajo las pantimedias. El hombre soltó un sonido gutural, casi imperceptible.
—Mírala… —murmuró—. Qué nalgas tiene esta.
Él esposo, inmóvil contra la pared, sintió un tirón en el estómago. La mandíbula se le tensaba cada vez que el desconocido hablaba de su mujer de esa manera. Tragó saliva y no pudo evitar ver cómo el hombre se inclinaba ligeramente para observar mejor.
El ladrón levantó una mano enguantada y, sin pedir permiso, pasó los dedos por encima de la tela del vestido, justo donde se tensaba sobre las nalgas de Daniela. El roce fue lento, apreciativo.
—Están duritas… y grandes. Se te nota que has parido, pero esto se te ha puesto todavía mejor.
Daniela cerró los ojos un segundo. Sentía la mirada del hombre clavada en su trasero y el calor de su mano a través de la tela y las pantimedias. Intentó no reaccionar.
—No… no tengo nada ahí —dijo en voz baja, casi temblando—. Ya les dimos todo lo de valor.
El hombre no retiró la mano. Al contrario: la deslizó un poco más abajo, apretando ligeramente una de las nalgas con los dedos.
—Eso ya lo comprobaremos. A veces las mujeres esconden cosas… justo aquí.
El otro ladrón se acercó también, dejando a un lado la caja. Sus ojos bajaron hasta el mismo sitio.
—Tiene razón. Está nalgoncita de verdad. No se puede dejar pasar.
Martín dio un pequeño paso adelante, nervioso, pero el segundo hombre lo detuvo de nuevo con una mano firme en el pecho.
—Tú no te muevas. Quédate mirando.
Daniela apretó los labios. El vestido se le había subido lo suficiente como para que las pantimedias marcaran con claridad la redondez de sus pompas. Y el ladrón que desde el principio no le quitaba la mirada ahora tenía la mano apoyada ahí, sin prisa ninguna por retirarla.
El aire de la habitación se volvió más denso.
El hombre no retiró la mano. La mantuvo apoyada sobre una nalga, apretándola con lentitud, midiendo el volumen y la firmeza a través de la tela fina del vestido y las pantimedias. Sus dedos enguantados se hundían un poco, subían y bajaban, como si estuviera sopesando mercancía.
—Mírala bien —le dijo al otro, sin dejar de manosearla—. Se le marca todo. Hasta la raya del culo se le ve con estas pantimedias.
Daniela apretó los labios y cerró los ojos con más fuerza. Sentía el calor de la mano ajena, el roce deliberado, y una corriente traicionera que le bajaba por el vientre y le humedecía entre las piernas. El miedo seguía ahí, real, pero se mezclaba con algo más oscuro, más caliente. Martín, todavía inmóvil contra la pared, respiraba agitado. Cada comentario, cada apretón sobre el trasero de su mujer, le tensaba la mandíbula hasta dolerle.
El segundo ladrón se acercó más. Levantó el borde del vestido por detrás con calma, subiendo la tela centímetro a centímetro hasta dejar al descubierto casi por completo las pantimedias color piel que ceñían las nalgas redondas y firmes. El contraste entre la transparencia fina y la carne blanca y llena era obsceno bajo la luz de la mesita.
—Joder… —murmuró el segundo, la voz baja y cargada—. Qué culo más gordo y redondo. Se nota que ha parido, pero se le ha puesto todavía más comestible. Estas pantimedias le aprietan de puta madre.
El primero soltó una risa corta y volvió a pasar la mano, ahora directamente sobre las pantimedias. Apretó una nalga, luego la otra, separándolas un poco con los dedos. La tela se tensó entre ellas, marcando la hendidura con claridad.
—Quédate quieta, putita de casa —ordenó cerca de su oreja, la voz grave y sucia—.
Vamos a revisar bien este culo. A veces las esposas esconden cosas justo donde más les da vergüenza que las toquen.
Daniela tembló visiblemente. Un pequeño sonido de miedo se le escapó de la garganta, pero no dijo nada. Solo apretó más los labios y cerró los ojos, avergonzada, el cuerpo rígido. El hombre lo notó y apretó con más fuerza, hundiendo los dedos en la carne blanda a través de la tela.
—Escucha cómo tiembla… —le dijo al compañero—. Tiene miedo, pero el culo se le pone duro cuando lo aprietas. Le gusta aunque no quiera admitirlo.
Martín dio otro paso involuntario, pero la mano firme en su pecho lo empujó de vuelta contra la pared.
—Tú mira en silencio, cabrón. Ella es nuestra mientras buscamos lo que falta. Y este culo… este culo lo vamos a revisar a fondo.
El segundo ladrón se colocó detrás de Daniela. Con ambas manos le agarró las caderas y le hizo arquear un poco la espalda, empujándole el trasero hacia atrás. El vestido quedó completamente subido a la cintura. Las pantimedias brillaban, tensas, dibujando cada curva.
—Abre un poco las piernas —le ordenó el de la voz grave—. Ya.
Ella dudó, el rostro rojo de vergüenza y miedo. Su esposo la miraba fijamente, la respiración entrecortada. Daniela tragó saliva y, con las manos todavía apoyadas en la pared, separó los pies apenas unos centímetros, temblando. El movimiento hizo que las nalgas se abrieran ligeramente bajo la tela fina.
Los dos hombres soltaron sonidos bajos y apreciativos.
Uno de ellos pasó la palma entera de arriba abajo, despacio, apreciando el peso y la suavidad. El otro acercó los dedos a la parte más íntima, rozando el centro de las pantimedias justo entre las nalgas, presionando con suavidad a través de la tela.
—Nada escondido aquí… todavía —dijo con voz ronca—. Pero estas pantimedias estorban. No hace falta bajárselas… mejor las rompemos.
Daniela abrió los ojos de golpe, asustada.—No… por favor… —susurró apenas, la voz temblorosa y tímida.
El hombre ignoró su súplica. Con los dedos enguantados agarró la tela fina de las pantimedias justo en la parte superior de una nalga y tiró con fuerza. El tejido se tensó y luego se rasgó con un sonido seco y largo. Un segundo tirón, más fuerte, abrió un agujero irregular que dejó al aire un buen trozo de piel blanca y suave.
Daniela soltó un gemido de miedo y vergüenza, apretando los muslos, pero el otro hombre ya estaba haciendo lo mismo del otro lado. Otro rasgado. Otro trozo de tela cediendo. Las pantimedias quedaron hechas jirones por detrás, dejando sus nalgas casi completamente expuestas, la carne temblando con cada respiración agitada.
—Mira eso… —murmuró el primero, pasando ahora la mano desnuda sobre la piel descubierta—. Qué suaves y grandes. Se le ha roto toda las pantimedias del culo. Ahora sí se ve bien lo que esconde esta esposa tan recatada.
El segundo se inclinó más cerca y le dio una palmada seca en una nalga desnuda. El sonido resonó en la habitación.—Tiembla toda… tiene miedo de verdad. Pero este culo está hecho para que lo usen. Quédate quieta, que todavía no hemos terminado de revisarte.
Daniela tenía la frente apoyada contra la pared, los ojos cerrados, las lágrimas asomándole por las esquinas. No se movía, no participaba, solo temblaba y respiraba entrecortado, avergonzada y asustada mientras las manos ajenas seguían recorriendo y apretando la carne ahora desnuda de su trasero.
Su esposo apretaba los puños hasta dolerle. El aire de la habitación olía a miedo, a tela rota y a algo mucho más sucio.
El hombre que la tenía agarrada habló otra vez, la voz baja y cargada de morbo:
—Ahora date la vuelta del todo, guapa. Queremos ver de frente lo que queda debajo de ese vestidito. Y tú, marido… sigue mirando cómo le destrozamos las pantimedias y le revisamos el culo a tu mujer. Esto apenas empieza.
Fin del capítulo 1
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—¿No será demasiado corto? —murmuró, casi para sí.
Su esposo, de treinta y tres, apareció en el umbral abrochándose la camisa. La miró de arriba abajo con esa sonrisa lenta que ella conocía demasiado bien.
—Estás preciosa. Recatada el resto de la semana… esta noche puedes salir así. Los niños pueden quedarse con mis padres. Mi mamá ya tiene su habitación lista. Vamos a la fiesta y después volvemos solos.
Ella apretó los labios, pero se dejó convencer. Se peinó el cabello castaño suelto sobre los hombros, se puso un collar fino de oro y unos pendientes discretos, y salieron. La casa de los suegros olía a comida casera y a risas. Daniela se movió entre saludos y abrazos, consciente de cómo el vestido se le subía un poco cada vez que se inclinaba o se sentaba. Su esposo no le quitaba los ojos de encima, y notó cómo varios amigos y familiares la miraban con insistencia: la tela ajustada marcándole la cintura, las pantimedias resaltando las curvas de sus piernas y caderas. En un momento, mientras ella estaba sentada en el sofá y el vestido se le subió un poco más sobre los muslos, uno de sus tíos fijó la mirada en sus piernas unos segundos de más, con una atención que no pasó desapercibida para su esposo. Cuando la noche avanzó, los niños —la niña de tres años y el pequeño de año y medio— se quedaron dormidos en la habitación de los abuelos. Los suegros insistieron en cuidarlos hasta el día siguiente.
El regreso a casa fue en silencio. Daniela sentía el roce de las pantimedias cada vez que cruzaba las piernas en el asiento del copiloto. La casa todavía olía a la comida que habían dejado preparada esa tarde. Su esposo cerró la puerta con llave, dejó las llaves sobre la mesita del recibidor y la miró con una intensidad distinta, casi calculada. Ella se estiró, bostezando con una sonrisa cansada.
—Qué alivio… Pensé que nunca se acabarían las preguntas de tu madre.
Él no contestó de inmediato. Solo la observó: el vestido corto ceñido, las pantimedias brillando bajo la luz tenue, la piel clara y el cuerpo que, según él, seguía igual o más deseable que el día en que se casaron. Por fin estaban solos.
Fue entonces cuando los ruidos llegaron desde el salón:
un roce seco, el crujido de una silla, pasos pesados. Daniela se tensó.
—Amor…
Dos figuras aparecieron de golpe en el umbral. Hombres altos, anchos de hombros, con pasamontañas negros que solo dejaban ver los ojos y la boca. Uno llevaba guantes oscuros; el otro sujetaba una cinta gruesa que brilló un segundo bajo la luz.
Daniela retrocedió instintivamente hasta chocar con el pecho de su marido.
—¡Amor! ¡Hay gente en la casa!
Él no se movió. Solo posó una mano firme en su cintura y habló en voz baja, casi al oído:
—Tranquila. Todo está bajo control.
Intentando calmarla.
Los dos hombres avanzaron. El más alto se detuvo a un metro de ellos. Su voz salió grave, distorsionada por el tejido del pasamontañas:
—¡No hagan nada estúpido!
Su esposo soltó un leve “sí” detrás de ella. Daniela tragó saliva. Las piernas le temblaban, pero no retrocedió. El aire de la casa había cambiado por completo: ya no olía solo a la fiesta familiar. Olía a miedo.
El segundo hombre habló por primera vez, voz más baja:
—Vamos a la sala. Todos.
Su esposo guió a Daniela con la mano en la espalda baja. Ella caminó, el vestido rozándole los muslos, consciente de las miradas detrás de las máscaras. La sala estaba en penumbra. Solo quedaba encendida la lámpara del rincón, que proyectaba sombras largas sobre el sofá y la mesa del centro. Daniela entró delante. El vestido corto ceñido a la cintura le marcaba la curva de las caderas. Después de los dos embarazos su cuerpo era más redondo, más suave, con esa plenitud que Él siempre decía que la hacía todavía más deseable. Las pantimedias finas le ceñían las piernas y el trasero, brillando ligeramente bajo la poca luz cada vez que daba un paso.
Los dos hombres los siguieron de cerca. El más alto cerró la puerta que daba a la cocina con un golpe seco. El otro se colocó delante de la pareja.
—Manos donde las podamos ver —ordenó con voz grave—. Nada de movimientos raros.
El esposo levantó las manos a la altura del pecho, calmado. Daniela tardó un segundo más. El corazón le latía tan fuerte que creía que se le iba a salir del pecho. El miedo se mezclaba con una corriente caliente que le bajaba por el vientre al sentir cómo la miraban.
El hombre más corpulento dio un paso hacia ella y la señaló con el dedo enguantado.
—Tú. El vestido ese tan corto… y esas pantimedias. Pareces que vienes de una fiesta, ¿no? Ahora vas a ser buena y nos vas a dar todo lo que valga.
El otro se acercó a su esposo.
—Cartera. Reloj. Llaves del coche. Todo lo que tengas de valor. Ya.
Él obedeció sin protestar. Sacó la cartera, el reloj y las llaves, y se las entregó. El hombre las revisó rápido y las metió en un bolsillo.
Luego se giró hacia Daniela.
—Ahora tú, guapa. Bolso. Joyas. Lo que lleves puesto que valga dinero. Y no te hagas la difícil.
Ella tragó saliva. El bolso estaba en el sofá. Dio un paso, sintiendo cómo el vestido se le subía un poco más por los muslos al inclinarse. Cogió el bolso y se lo tendió. El hombre lo abrió, sacó la cartera, el móvil y unas tarjetas, y lo tiró de nuevo al sofá.
—El collar —dijo, señalando el fino hilo de oro—. Y los pendientes. Quítatelos.
Ella obedeció con dedos temblorosos. Al inclinarse para dejar las joyas sobre la mesa, el escote se abrió un poco más y el vestido se tenso en el contorno de sus caderas y su trasero. Ambos hombres lo notaron. Uno de ellos soltó un sonido bajo, apreciativo.
El más alto se colocó detrás de ella. Solo la miro, pero su presencia era abrumadora. Habló cerca de su oreja:
—Tu marido ya nos lo ha dado todo… ahora te toca a ti. ¿O vas a hacer que te lo quitemos nosotros?
El esposo, todavía con las manos a la vista, miró a Daniela. Sus ojos le decían claramente: tranquila haz lo que te piden. Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
El hombre que tenía delante extendió la mano enguantada y rozó con dos dedos el borde del vestido, justo donde la tela se tensaba sobre su cintura.
—Bonito cuerpo… se nota que has tenido hijos. Se notan las caderas de un mujer que ha sido madre. Ahora, quédate quieta mientras revisamos si te has dejado algo escondido.
Daniela contuvo la respiración. El hombre más alto hizo un gesto con la cabeza hacia el pasillo.
—Arriba. La habitación principal. Ahí es donde suele haber lo bueno.
Ella sintió un nudo en la garganta. Intentó mantener la compostura, aunque notaba las miradas de los dos hombres recorriéndole el cuerpo sin disimulo: el vestido corto, la forma de sus caderas, las pantimedias que le marcaban los muslos y el trasero. Cada paso hacía que la tela se moviera un poco más arriba. Apoyó los labios y bajó la mirada.
Martín caminaba a su lado. Su respiración era más agitada de lo normal. Las mandíbulas tensas, los hombros rígidos. No decía nada, pero ella percibía su nerviosismo en la forma en que apretaba los puños.
Los dos hombres los empujaron con firmeza por el pasillo hasta el dormitorio. Uno encendió la luz de la mesita. La habitación quedó iluminada de golpe: la cama grande, el armario empotrado, el tocador de Daniela.
—Contra la pared —ordenó el de la voz grave—. Los dos. Manos a la vista.
Daniela y él obedecieron. Ella se colocó de espaldas a la pared, sintiendo el frío del yeso a través de la tela fina del vestido. Los ojos de los hombres volvieron a detenerse en ella. Uno pasó la lengua por el labio inferior, apenas visible bajo el pasamontañas, mientras la miraba de arriba abajo.
El más corpulento se dirigió al armario y empezó a abrir cajones. El otro se acercó al tocador.
—Joyas, dinero, documentos… todo lo que valga —dijo mientras revolvía—. Y tú, guapa, no te muevas. Si intentas algo raro, tu marido lo pagará.
El esposo tragó saliva. Su voz salió un poco más ronca:
—En el primer cajón del armario hay una caja… ahí está lo más valioso.
Uno de los hombres abrió el cajón indicado. Sacó una caja de madera oscura. Dentro había un reloj de su esposo, unos pendientes de oro y un sobre con billetes de emergencia. El ladrón soltó un silbido bajo.
—Bien… pero no es suficiente.
Se giró hacia Daniela. Sus ojos se detuvieron otra vez en el escote del vestido y en la forma en que las pantimedias le ceñían las caderas.
—¿Y tú? ¿No tienes nada escondido? A veces las mujeres esconden cosas… debajo de la ropa.
Daniela levantó la mirada solo un segundo.
—No… no tengo nada más. Ya les dimos todo.
El hombre dio un paso hacia ella. Se quedó tan cerca que ella pudo oler el cuero de sus guantes.—Eso ya lo veremos nosotros.
Su esposo hizo un pequeño movimiento involuntario hacia adelante, pero el segundo ladrón lo detuvo con una mano en el pecho.—Tú quieto. Déjanos revisar.
Daniela apretó los muslos uno contra otro bajo el vestido corto. El aire de la habitación se había vuelto pesado. Los dos hombres ya no miraban solo la caja de valores. La miraban a ella.
El que se había quedado frente a Daniela no apartaba los ojos de sus curvas. Desde el momento en que la vio bajar del coche, minutos antes, no había dejado de fijarse en ellas. Ahora, con el vestido corto ceñido y las pantimedias marcándole cada línea, esa atención era todavía más descarada. Daniela era nalgoncita, de esas que llenaban el tejido fino con cada movimiento, y él lo sabía perfectamente.
—Date la vuelta —ordenó en voz baja.
Ella dudó un segundo. Intentaba que todo pasara lo más rápido posible, así que obedeció. Se giró despacio hasta quedar de espaldas a él, las manos todavía apoyadas contra la pared. El vestido corto se le subió un poco más por detrás al moverse, dejando a la vista el contorno redondo y firme de su trasero bajo las pantimedias. El hombre soltó un sonido gutural, casi imperceptible.
—Mírala… —murmuró—. Qué nalgas tiene esta.
Él esposo, inmóvil contra la pared, sintió un tirón en el estómago. La mandíbula se le tensaba cada vez que el desconocido hablaba de su mujer de esa manera. Tragó saliva y no pudo evitar ver cómo el hombre se inclinaba ligeramente para observar mejor.
El ladrón levantó una mano enguantada y, sin pedir permiso, pasó los dedos por encima de la tela del vestido, justo donde se tensaba sobre las nalgas de Daniela. El roce fue lento, apreciativo.
—Están duritas… y grandes. Se te nota que has parido, pero esto se te ha puesto todavía mejor.
Daniela cerró los ojos un segundo. Sentía la mirada del hombre clavada en su trasero y el calor de su mano a través de la tela y las pantimedias. Intentó no reaccionar.
—No… no tengo nada ahí —dijo en voz baja, casi temblando—. Ya les dimos todo lo de valor.
El hombre no retiró la mano. Al contrario: la deslizó un poco más abajo, apretando ligeramente una de las nalgas con los dedos.
—Eso ya lo comprobaremos. A veces las mujeres esconden cosas… justo aquí.
El otro ladrón se acercó también, dejando a un lado la caja. Sus ojos bajaron hasta el mismo sitio.
—Tiene razón. Está nalgoncita de verdad. No se puede dejar pasar.
Martín dio un pequeño paso adelante, nervioso, pero el segundo hombre lo detuvo de nuevo con una mano firme en el pecho.
—Tú no te muevas. Quédate mirando.
Daniela apretó los labios. El vestido se le había subido lo suficiente como para que las pantimedias marcaran con claridad la redondez de sus pompas. Y el ladrón que desde el principio no le quitaba la mirada ahora tenía la mano apoyada ahí, sin prisa ninguna por retirarla.
El aire de la habitación se volvió más denso.
El hombre no retiró la mano. La mantuvo apoyada sobre una nalga, apretándola con lentitud, midiendo el volumen y la firmeza a través de la tela fina del vestido y las pantimedias. Sus dedos enguantados se hundían un poco, subían y bajaban, como si estuviera sopesando mercancía.
—Mírala bien —le dijo al otro, sin dejar de manosearla—. Se le marca todo. Hasta la raya del culo se le ve con estas pantimedias.
Daniela apretó los labios y cerró los ojos con más fuerza. Sentía el calor de la mano ajena, el roce deliberado, y una corriente traicionera que le bajaba por el vientre y le humedecía entre las piernas. El miedo seguía ahí, real, pero se mezclaba con algo más oscuro, más caliente. Martín, todavía inmóvil contra la pared, respiraba agitado. Cada comentario, cada apretón sobre el trasero de su mujer, le tensaba la mandíbula hasta dolerle.
El segundo ladrón se acercó más. Levantó el borde del vestido por detrás con calma, subiendo la tela centímetro a centímetro hasta dejar al descubierto casi por completo las pantimedias color piel que ceñían las nalgas redondas y firmes. El contraste entre la transparencia fina y la carne blanca y llena era obsceno bajo la luz de la mesita.
—Joder… —murmuró el segundo, la voz baja y cargada—. Qué culo más gordo y redondo. Se nota que ha parido, pero se le ha puesto todavía más comestible. Estas pantimedias le aprietan de puta madre.
El primero soltó una risa corta y volvió a pasar la mano, ahora directamente sobre las pantimedias. Apretó una nalga, luego la otra, separándolas un poco con los dedos. La tela se tensó entre ellas, marcando la hendidura con claridad.
—Quédate quieta, putita de casa —ordenó cerca de su oreja, la voz grave y sucia—.
Vamos a revisar bien este culo. A veces las esposas esconden cosas justo donde más les da vergüenza que las toquen.
Daniela tembló visiblemente. Un pequeño sonido de miedo se le escapó de la garganta, pero no dijo nada. Solo apretó más los labios y cerró los ojos, avergonzada, el cuerpo rígido. El hombre lo notó y apretó con más fuerza, hundiendo los dedos en la carne blanda a través de la tela.
—Escucha cómo tiembla… —le dijo al compañero—. Tiene miedo, pero el culo se le pone duro cuando lo aprietas. Le gusta aunque no quiera admitirlo.
Martín dio otro paso involuntario, pero la mano firme en su pecho lo empujó de vuelta contra la pared.
—Tú mira en silencio, cabrón. Ella es nuestra mientras buscamos lo que falta. Y este culo… este culo lo vamos a revisar a fondo.
El segundo ladrón se colocó detrás de Daniela. Con ambas manos le agarró las caderas y le hizo arquear un poco la espalda, empujándole el trasero hacia atrás. El vestido quedó completamente subido a la cintura. Las pantimedias brillaban, tensas, dibujando cada curva.
—Abre un poco las piernas —le ordenó el de la voz grave—. Ya.
Ella dudó, el rostro rojo de vergüenza y miedo. Su esposo la miraba fijamente, la respiración entrecortada. Daniela tragó saliva y, con las manos todavía apoyadas en la pared, separó los pies apenas unos centímetros, temblando. El movimiento hizo que las nalgas se abrieran ligeramente bajo la tela fina.
Los dos hombres soltaron sonidos bajos y apreciativos.
Uno de ellos pasó la palma entera de arriba abajo, despacio, apreciando el peso y la suavidad. El otro acercó los dedos a la parte más íntima, rozando el centro de las pantimedias justo entre las nalgas, presionando con suavidad a través de la tela.
—Nada escondido aquí… todavía —dijo con voz ronca—. Pero estas pantimedias estorban. No hace falta bajárselas… mejor las rompemos.
Daniela abrió los ojos de golpe, asustada.—No… por favor… —susurró apenas, la voz temblorosa y tímida.
El hombre ignoró su súplica. Con los dedos enguantados agarró la tela fina de las pantimedias justo en la parte superior de una nalga y tiró con fuerza. El tejido se tensó y luego se rasgó con un sonido seco y largo. Un segundo tirón, más fuerte, abrió un agujero irregular que dejó al aire un buen trozo de piel blanca y suave.
Daniela soltó un gemido de miedo y vergüenza, apretando los muslos, pero el otro hombre ya estaba haciendo lo mismo del otro lado. Otro rasgado. Otro trozo de tela cediendo. Las pantimedias quedaron hechas jirones por detrás, dejando sus nalgas casi completamente expuestas, la carne temblando con cada respiración agitada.
—Mira eso… —murmuró el primero, pasando ahora la mano desnuda sobre la piel descubierta—. Qué suaves y grandes. Se le ha roto toda las pantimedias del culo. Ahora sí se ve bien lo que esconde esta esposa tan recatada.
El segundo se inclinó más cerca y le dio una palmada seca en una nalga desnuda. El sonido resonó en la habitación.—Tiembla toda… tiene miedo de verdad. Pero este culo está hecho para que lo usen. Quédate quieta, que todavía no hemos terminado de revisarte.
Daniela tenía la frente apoyada contra la pared, los ojos cerrados, las lágrimas asomándole por las esquinas. No se movía, no participaba, solo temblaba y respiraba entrecortado, avergonzada y asustada mientras las manos ajenas seguían recorriendo y apretando la carne ahora desnuda de su trasero.
Su esposo apretaba los puños hasta dolerle. El aire de la habitación olía a miedo, a tela rota y a algo mucho más sucio.
El hombre que la tenía agarrada habló otra vez, la voz baja y cargada de morbo:
—Ahora date la vuelta del todo, guapa. Queremos ver de frente lo que queda debajo de ese vestidito. Y tú, marido… sigue mirando cómo le destrozamos las pantimedias y le revisamos el culo a tu mujer. Esto apenas empieza.
Fin del capítulo 1
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