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Los límites de la confianza 06 Adentro

Después de aquel último mensaje, dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa.

Mañana.

Una sola palabra.

Y, sin embargo, me había dejado pensando toda la noche.

No sabía exactamente qué esperaba.

Tampoco sabía qué quería que pasara.

Lo único que sabía era que quería verlo.

Y esa certeza me resultaba bastante más peligrosa que cualquier fantasía.

A la mañana siguiente me desperté antes de que sonara la alarma.

Me quedé unos minutos mirando el techo.

Pensé en Fer.

Después pensé en Ignacio.

Y finalmente pensé en mí.

En lo extraño que era todo aquello.

Hasta hacía unos meses jamás hubiera imaginado que podía sentirme así. No porque no quisiera a Ignacio. Todo lo contrario. Lo quería profundamente. Lo que había cambiado era otra cosa.

Habíamos descubierto una parte de nosotros que no sabíamos que existía.

Y ahora yo estaba descubriendo una parte de mí.

Me levanté e intenté hacer mi vida normalmente.

Pero cada tanto miraba el teléfono.

A las once y cuarto llegó un mensaje.

Fer: ¿Seguimos con lo de hoy?

Sonreí.

Yo: Si vos querés.

Fer: Yo pregunté primero.

Yo: Entonces sí.

Fer: Paso a buscarte a las ocho.

Me quedé mirando la pantalla.

Yo: ¿Tan formal?

Fer: Quiero verte tranquila.

Yo: Qué caballero.

Fer: No te acostumbres.

Me reí sola.

Y ahí empezó la espera.

A las siete de la tarde estaba frente al placard.

Había cambiado de ropa varias veces.

Finalmente elegí algo sencillo: un vestido oscuro, ajustado pero elegante, con un escote discreto.

Me solté el pelo.

Me miré en el espejo.

No estaba intentando impresionar a Fer.

O eso me repetí.

Cuando salí de la habitación, Ignacio estaba sentado en el sillón.

Levantó la vista.

Y sonrió.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

—No empieces vos también con el "nada".

Se levantó y se acercó.

—Estás hermosa.

—Gracias.

Me miró durante unos segundos.

—¿Nerviosa?

Suspiré.

—Un poco.

—¿Querés hablar?

Me senté a su lado.

—Sí.

Ignacio esperó.

—No sé qué va a pasar.

—¿Y eso te preocupa?

Pensé unos segundos.

—No.

—Entonces no hay problema.

Lo miré.

—¿No te molesta que salga con él?

Negó lentamente.

—No.

—¿Seguro?

—Nati, si te dijera que no siento nada, te estaría mintiendo. Pero confío en vos.

Bajé la mirada.

—Tengo miedo de que después cambie algo entre nosotros.

Ignacio me tomó la mano.

—Ya cambió.

Lo miré.

—¿Qué?

—Nosotros.

Me quedé callada.

—Pero no necesariamente para peor —agregó—. Simplemente dejamos de fingir que somos una pareja que no tiene curiosidad por nada.

Sonreí.

—Siempre tenés una respuesta.

—No siempre.

Se inclinó y me dio un beso.

—Solo quiero que vuelvas porque vos quieras volver.

Lo abracé fuerte.

—Te quiero.

—Yo también.

Nos quedamos así unos segundos.

Después sonó el timbre.

Nos miramos.

—Llegó.

Sentí un pequeño vuelco en el estómago.

Ignacio sonrió.

—Andá.

Fer estaba esperándome abajo.

Cuando abrí la puerta y salí, lo vi apoyado contra la camioneta.

Levantó la cabeza.

Durante un instante ninguno dijo nada.

Su mirada recorrió mi figura y después volvió a mis ojos.

—Hola.

—Hola.

—Estás hermosa.

—Gracias.

—¿Nerviosa?

—Un poco.

Sonrió.

—Yo también.

Eso me sorprendió.

—¿Vos?

—Sí.

—No parecés.

—Estoy haciendo un esfuerzo.

Me reí.

Subimos a la camioneta.

Durante los primeros minutos hablamos de cualquier cosa.

Del trabajo.

Del local.

De una publicación que había quedado pendiente.

Era casi absurdo.

Después de tantas conversaciones cargadas de dobles sentidos, estábamos los dos sentados ahí hablando como si nada.

Hasta que Fer apagó la radio.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Sí.

—¿Ignacio sabe que estás conmigo?

Lo miré.

—Sí.

—¿Sabe que te gusto?

Esta vez sonreí.

—Sí.

Fer soltó una pequeña risa.

—No te creo.

—¿Por qué?

—Porque no entiendo cómo puede estar tan tranquilo.

—Porque confía en mí.

—¿Así de fácil?

—Así de fácil.

Fer negó con la cabeza.

—Vos sos medio tramposa, Nati.

Me reí.

—¿Tramposa por qué?

—Porque me contás que tu novio sabe todo, pero yo no sé cuánto de todo sabe.

—Sabe suficiente.

—Eso no responde mi pregunta.

—No tiene por qué responderla.

Me miró de reojo.

—¿Ves?

—¿Qué?

—Eso. Esa forma que tenés de contestar.

—¿Qué tiene?

—Que nunca sé si me estás diciendo la verdad o si me estás jugando.

Sonreí.

—¿Y eso te molesta?

Fer tardó unos segundos.

—No.

—¿Entonces?

Me miró.

—Ese es justamente el problema.

Fuimos a tomar algo a un lugar tranquilo.

Nada demasiado romántico.

Una mesa apartada, luz baja y música de fondo.

Al principio seguimos hablando de cosas normales.

Después aparecieron las preguntas.

—¿Ignacio sabe dónde estamos? —preguntó nuevamente.

—Sí.

—¿Y sabe que saliste conmigo?

—Sí.

—¿Y no le molesta?

—Confía en mí.

Fer apoyó los brazos sobre la mesa.

—Yo no sé si podría.

—¿No podrías confiar?

—No sé si podría confiar en vos.

Lo miré, sorprendida.

—¿Por qué?

Sonrió.

—Porque sos tramposa.

—Seguís con eso.

—Sí.

—No soy tramposa.

—Todavía no me convenciste.

—¿Y qué tendría que hacer para convencerte?

Fer sostuvo mi mirada.

—No sé.

—Entonces no es problema mío.

Se rio.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—La respuesta de alguien que sabe perfectamente lo que está haciendo.

No pude evitar sonreír.

—Capaz.

Nos quedamos en silencio.

Fer tomó un sorbo de su bebida.

—¿Sabés qué es lo que más me llama la atención de vos?

—¿Qué?

—Que parecés muy segura.

—¿Y no lo soy?

—A veces sí. A veces no.

—¿Cómo te das cuenta?

—Porque cuando te ponés nerviosa hablás más.

Me reí.

—Eso es mentira.

—No.

—Sí.

—Ahora mismo lo estás haciendo.

Levanté una ceja.

—¿Y vos qué hacés cuando estás nervioso?

—Te miro.

Sentí calor en la cara.

—Eso no vale.

—¿Por qué?

—Porque sabés que me pone nerviosa.

—Exactamente.

Sonrió.

Cuando salimos del bar, subimos nuevamente a la camioneta.

El ambiente cambió de inmediato, volviéndose denso, eléctrico.

Apenas arrancó y dobló en la esquina, Fer estiró una mano y apoyó su palma abierta sobre mi pierna, rozando con los dedos el borde del vestido.

El tacto me recorrió como una descarga.

—No aguanto más tenerte cerca y no tocarte —murmuró con la voz ronca.

A medida que avanzábamos por la avenida, las caricias se volvieron más audaces; su mano subió por mis muslos bajo la tela, apretando con firmeza mientras mi respiración se aceleraba.

Comencé a guiarlo con la voz, indicándole los desvíos hasta tomar la ruta.

—Llevame a uno de esos de la Ruta 4 —le pedí, con una mezcla de desafío y excitación en los labios.

Fer sonrió de costado, imaginando quizás las luces de neón y el lujo de los albergues más caros de la zona.

Pero cuando dobló en el acceso, el cartel deslucido y la entrada discreta revelaron un hotel de categoría intermedia, de habitaciones sencillas y cortinas oscuras.

Solté una risa suave.

—¿Con esto me conformás? —lo gasté mientras estacionaba en la cochera individual oculta tras el portón automático.

—Ey, lo importante está adentro —respondió él tirando del freno de mano antes de abalanzarse sobre mí.

El espacio reducido de la cabina se volvió un caos de besos hambrientos y ropa mal acomodada.

Sus manos se metieron debajo de mi ropa interior, explorando cada rincón con desesperación, mientras yo le desabrochaba la camisa a los tirones, arañándole los hombros y buscando su piel con una urgencia que no nos permitía llegar ni a la habitación.

Apenas entramos al cuarto, la puerta se cerró de golpe y las barreras terminaron de romperse.

Nos despojamos de lo que nos quedaba de ropa entre risas ahogadas y jadeos, dejándola tirada en el piso en un rastro desordenado.

Sin darnos tregua, nos metimos bajo el agua tibia de la ducha.

El vapor empañó los azulejos mientras el chorro nos cubría la piel.

Fer me pegó contra la pared fría del baño, obligándome a arquear la espalda con un gemido que quedó ahogado bajo el chorro del agua.

El vapor empañaba los azulejos y nos envolvía en una atmósfera espesa, casi irreal.

Sus manos se cerraron con firmeza sobre mis caderas, levantándome apenas para acomodarme contra su cuerpo.

Y entonces, con una precisión milimétrica y desesperada, apoyó su miembro erecto justo entre los cachetes de mi cola, rozando mi piel húmeda y caliente con cada mínimo movimiento de su pelvis.

El contraste de la piedra fría en mi espalda y el calor ardiente de su sexo friccionando exactamente ahí me recorrió como una descarga eléctrica, volviéndome completamente loca.

Me aferré a sus hombros con las uñas, arqueando aún más la columna y suplicándole en voz baja que me tomara, mientras él me devoraba la boca con una urgencia salvaje.

—Vení —murmuró empujándome suavemente hacia afuera.

Salimos de la ducha con la piel vibrando y nos dejamos caer sobre la cama grande del centro de la habitación.

Me hizo recostar boca arriba justo al borde del colchón, obligándome a dejar las piernas abiertas y colgando hacia el suelo, completamente expuesta ante él.

Fer se hincó entre mis rodillas, contemplándome un segundo con los ojos oscuros y cargados de deseo antes de inclinarse por completo.

Sus labios comenzaron a trazar un recorrido lento y húmedo desde la parte interna de mis muslos, acercándose peligrosamente al centro.

Cuando su lengua me rozó por primera vez, un escalofrío tan violento me sacudió que tuve que morderle los labios a la almohada para no gritar.

No tenía ningún apuro.

Sabía exactamente cómo tocarme, cómo alternar la suavidad de sus labios con la firmeza y la insistencia de su lengua, explorándome por dentro y por fuera con una devoción hambrienta.

Cada embate de su lengua contra mi clítoris me hacía perder el hilo del pensamiento, obligándome a arquear la espalda y a empujar mis caderas hacia su boca buscando más.

Metía y sacaba los dedos con un ritmo acompasado mientras su lengua no me daba tregua, convirtiendo el roce en una tortura exquisita que crecía sin parar.

Mis manos se enredaron con desesperación en su pelo, tirando de él, marcándole el compás mientras el placer estallaba en oleadas cada vez más fuertes, haciéndome gemir su nombre una y otra vez hasta dejarme temblando, completamente entregada al borde del colapso.

Apenas logré recuperar un poco el aliento, lo tomé de los hombros y lo incorporé con una sonrisa traviesa.

—Ahora te toca a vos —le susurré con la voz todavía quebrada.

Lo recosté de espaldas en el medio de las sábanas revueltas, me ubiqué entre sus piernas y me deslicé hacia abajo, tomando el control absoluto de la situación.

Comencé a besarlo desde el abdomen, bajando lentamente con la lengua mientras sentía cómo sus músculos se tensaban bajo mis caricias.

Cuando lo tomé por fin entre mis labios, lo hice con una mezcla de morbo y paciencia, saboreándolo por completo.

Pasé la lengua desde la base hasta la punta con lentitud, sintiendo cómo se ponía aún más duro y cómo sus manos se cerraban con fuerza sobre las sábanas, arrugándolas con los nudillos blancos.

Comencé a mover la cabeza arriba y abajo, marcando un ritmo constante, profundo, jugando con la temperatura de mi boca y el calor de mi saliva, alternando succiones firmes con besos húmedos en los testículos.

Cada vez que subía la mirada para observarlo, lo veía con los ojos cerrados, la cabeza tirada hacia atrás y la mandíbula apretada, emitiendo gemidos roncos y cortados que llenaban la habitación.

Sentía el peso de su respiración desbocada sobre la cara, la forma en que su cuerpo se estremecía con cada una de mis embestidas y cómo el placer lo iba arrinconando al mismo límite en el que yo había estado segundos antes.

Cuando sentí que estaba a punto de acabar y que ya no aguantaba más, me detuve un instante, subí sobre su cuerpo y lo miré a los ojos con una intensidad oscura.

—Sin protección —le recordé en un susurro áspero, sabiendo exactamente lo que implicaba.

Fer, con la mirada perdida en la excitación y la respiración rota, asintió con la cabeza sin dudar ni un segundo.

—Hacelo ya —respondió con la voz entrecortada.

No hizo falta más. Me deslicé sobre su cuerpo y, poniéndome a horcajadas, me acomodé justo encima de él.

Tomé su miembro con la mano, sintiendo su calor y su firmeza vibrar al tacto, y guié la punta con mis propios dedos hasta posarla exactamente donde necesitaba.

Con un movimiento lento, bajé la cadera y me lo introduje por completo de una sola vez.

Un gemido largo y gutural escapó de mi garganta mientras mis paredes se expandían para recibirlo por entero, sintiéndolo tan adentro que parecía parte de mí.

Fer se quedó inmóvil por un segundo, con las manos aferradas a mi cintura, mirándome con una devoción casi desesperada.

—Empezá a moverte —le exigí en un susurro áspero.

Pero esta vez el control lo tenía yo.

Comencé a levantar la cadera casi por completo y a bajar de nuevo con un ritmo rítmico, acompasado, dominando cada fricción.

Las manos de Fer subieron por mi espalda, se clavaron en mis costados y luego treparon hasta mis pechos, amasándolos con fuerza mientras el sonido de nuestra piel chocando empezaba a llenar todo el espacio de la habitación.

Cada bajada era profunda, exacta, rozando cada punto que me hacía perder la razón.

Él empujaba la pelvis hacia arriba para buscarme el doble, marcando un compás frenético que nos devolvía el aliento en sacudidas.

Llevé las manos a sus hombros, arqueé el torso hacia atrás para ganar ángulo y aceleré el paso, sintiendo que el calor interno se acumulaba en una presión insoportable.

—Me voy a acabar, Nati... me voy a acabar —advirtió él con la voz rota, la mandíbula tensa y los ojos fijos en los míos.

—Yo también —jadeé, sintiendo el abismo muy cerca—. No pares... lléname por completo. ¡Lléname!

Unos segundos después, el clímax me estalló dentro como una bomba sorda, contrayéndome por completo a su alrededor con una fuerza salvaje que me hizo arquear la espalda y gritar su nombre contra su hombro.

Al mismo tiempo, Fer soltó un rugido ahogado y sentí cómo su cuerpo se contraía violentamente bajo el mío.

Me dio dos estocadas profundas más, inalcanzables, y sentí perfectamente cómo su miembro palpitaba con fuerza dentro de mí, liberando chorros intensos y calientes que me llenaron por completo, quemándome de placer.

Nos quedamos congelados en esa postura, jadeando, con los corazones latiendo a mil por hora, sintiendo cómo el calor líquido de su semen inundaba mis adentros.

Lentamente, me fui deslizando hacia abajo hasta recostarme sobre su pecho.

Al separarnos un poco y dejar caer el cuerpo a un lado, sentí de inmediato cómo un hilo tibio y espeso comenzó a salir de mí, bañándome toda la parte interna de la pierna en un rastro húmedo y pesado que evidenciaba lo que acabábamos de hacer.

Sin limpiarnos, con la piel pegada por el sudor y el aroma de los dos impregnado en la habitación, nos acomodamos enmarañados entre las sábanas revueltas y nos dejamos vencer por el cansancio, dormitando abrazados durante un buen rato.

Mucho más tarde, cuando la oscuridad ya se había instalado del todo afuera y el silencio del hotel nos devolvió a la realidad, busqué mi cartera a tientas en la mesa de luz.

Saqué el teléfono con los dedos todavía pesados por el sueño.

La pantalla brilló en la penumbra.

Abrí WhatsApp, busqué el chat de Ignacio y le mandé un mensaje directo, acompañado de un par de emojis:

🔥 😈

Te llevo un regalito.

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