
La Parrillada y el Gordo Chamuyero
[Patio de Lucas, Zona Sur, Gran Buenos Aires. Sábado, 12:30 PM]
Esto sucedió un sábado de sol rajante. Lucas, uno de los pibes del barrio, armó una parrillada en su casa para festejar la visita de un primo suyo que venía del interior. Cuando le comenté el plan a mi novia, Casidy se entusiasmó bastante.
Casidy es una hembra con todas las putas letras. Hermosa, con una piel que contrasta con ese corte de cabello marrón, cortito, tipo bob, que le enmarca la mandíbula y le suma un par de años, dándole un aire de mujer madura y peligrosa que me vuelve loco.
Pero su cuerpo... Dios, su cuerpo es un infarto. Tiene unas curvas enfermas, un culazo monumental, pesado y redondo que me dan ganas de morder todos los días de mi vida, y unas tetas medianas, firmes y paraditas.
Cuando pasé a buscarla al mediodía, la vi salir por la puerta de su casa y supe que iba a haber problemas.
Llevaba puesto un vestido blanco, de tela fina y holgada. Sí, era holgado, pero con la figura violenta que ella tiene, la tela caía y se le pegaba en los lugares exactos, marcando la sombra de la raya de su culo al caminar y el contorno de sus pezones cuando la brisa la golpeaba.
Le quedaba espectacular.
Mierda, ahí mismo, viéndola subirse al auto, me di cuenta de que todos los pajeros de la parrillada me la iban a morbosearla con la mirada. En fin, es el impuesto altísimo que hay que pagar por comerse a un mujerón como Casy.
Apenas cruzamos el portón de chapa de la casa, nos recibió el humo del carbón y Lucas.

esta es mi novia
—¡Fuaaa! Como siempre, la Casy hecha una bomba, eh —dijo Lucas, dándole un beso en la mejilla que duró un segundo de más.
Lucas es un tipo flaco, fibroso, siempre con una gorra con visera hacia atrás. Ya nos conocíamos de tiempo, y yo sabía muy bien que el año pasado se había intentado levantar a Casy, pero rebotó como un campeón.
Nos fue presentando a los demás monos que estaban tomando cerveza alrededor del fuego. Ninguno digno de mencionar, excepto el famoso primo que venía de visita. David.
Era un gordo bonachón, de unos treinta y pico, con una panza cervecera prominente que le estiraba la tela de su polo. Estaba transpirando, la cara redonda y brillosa.
Pero cuando vio a Casidy, casi se le salen los ojos de las órbitas. No fue a darle un beso en la mejilla como cualquier tipo normal. El gordo dio un paso al frente, tomó la mano de Casidy con una delicadeza rara, teatral, se inclinó ligeramente y le plantó un beso en el dorso de la mano.
Qué pedazo de fantasma, pensé, mirándolo con asco. No pude escuchar qué otra cosa le murmuró porque la cumbia estaba a todo volumen en el parlante, pero vi que Casidy se sonrojó un poco.
Justo en ese momento, Lucas me agarró del hombro para que lo ayudara a bajar unas bolsas de hielo del baúl de su auto, así que dejé a Casy ahí, charlando con el gordo David.
Mientras acomodábamos las bolsas en la conservadora, Lucas me pegó un codazo cómplice. —Guarda que mi primo es chamuyero nivel Dios, eh... te descuidás y te roba a la Casy, jajaja.
Lo miré de arriba abajo y solté una risa sobradora. —Nah, ¿ese gordo con cara de trolo me va a quitar a la jermu? Dejate de joder, Lucas.
Que hablen nomás, no va a pasar absolutamente nada. Además, vos sabés mejor que nadie en este barrio que la Casy es bien difícil... ¿o no?
El dardo envenenado le dio de lleno en el ego. Lucas borró la sonrisa, tragó saliva y asintió de mala gana. —Bueh... sí. En eso tenés razón.
La parrillada continuó con normalidad. Yo ayudaba a pinchar los chorizos. Casy estaba conmigo, picando papas fritas, y solo me comentó al pasar que David "era re buena gente y muy educado". Empezaron a circular los tragos. Fernet, cerveza tibia, vino en caja.
No sé por qué mierda, pero me cayó mal. Al tercer vaso me empecé a sentir mareado, con un vértigo que me revolvía el estómago.
Lucas se dio cuenta de que estaba pálido y me prestó su cuarto, al fondo del pasillo, para que reposara un rato.
Me tiré en la cama y el mundo me dio vueltas. Creo que me dormí una o dos horas, no recuerdo bien.
Cuando me desperté, tenía la boca seca y un dolor sordo en la nuca. Salí al patio.
El sol ya estaba bajando.
La atmósfera había cambiado. Varios de los pibes estaban agrupados cerca de la parrilla fría. Cuando me vieron salir, se hizo un silencio raro. Todos me miraban, cruzando miraditas cómplices entre ellos, como tratando de contener la risa.
Empecé a buscar a Casidy con la vista. No estaba en el patio. No estaba en el baño. Nadie sabía, o nadie quería decirme, dónde carajo estaban ella y el gordo, que tampoco lo veía.
La cumbia seguía a full volumen, saturando el aire. Mierda, qué mareado me sentía todavía.
De repente, uno de los pibes del fondo gritó a lo lejos: —¡Tu jermu está en la terraza, campeón! —Y estalló en una carcajada descarada.
Todos se empezaron a reír. Como si supieran un chiste del que yo era el remate.
Sentí un pinchazo frío en la boca del estómago. Caminé hacia el fondo del patio, donde estaban las escaleras de metal tipo caracol que subían a la terraza.
Empecé a subir. Clanc, clanc, clanc. Mis zapatillas hacían mucho ruido contra la chapa.
A medida que subía, el sonido saturado del parlante iba disminuyendo, bloqueado por la pared de ladrillos. Y entonces, en ese hueco de silencio, empecé a escuchar otra cosa.
Un sonido húmedo. Rítmico.
Plas... plas... plas...
Carne chocando contra carne.
Y luego, un gemido. Largo, ahogado y agudo. "Ahhhhhh..."
Me quedé congelado en el penúltimo escalón. O era eso, o el mareo de la borrachera barata me estaba haciendo alucinar cosas terribles. Retomé la marcha, mis pisadas sonando fuerte en el metal.
Cuando asomé la cabeza a la terraza, apareció súbitamente Casidy.
Salió de atrás del tanque de agua casi corriendo, interceptándome antes de que yo pudiera dar un paso más. Se me tiró al cuello y me abrazó con una fuerza exagerada.
—¡Amor! ¿Estás bien? —habló muy rápido, atropellando las palabras.
Me plantó un beso en la boca. Un beso profundo que me supo rarísimo. No sabía a fernet, ni a asado. Tenía un sabor salado, espeso, como a sudor rancio, y un rastro almizclado que me revolvió las tripas.
Traté de mirar por encima de su hombro, hacia la zona del tanque de agua, pero ella, como si no quisiera que viera lo que había allá atrás, me agarró de los brazos y me arrastró físicamente hacia las escaleras, empujándome hacia abajo. Se le notaba la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando bruscamente, y las mejillas arrebatadas, rojas como un tomate.
Una vez que regresamos a la zona de parrillas, con el volumen a mil otra vez y las miradas burlonas clavadas en mi nuca, ella insistió frenéticamente en irnos. Agarró su cartera y no soltó mi mano. Yo, que apenas empezaba a recuperarme y tenía el estómago vacío, no supe qué decirle.
Mi cerebro no procesaba rápido.
Finalmente, nos fuimos. El viaje en auto fue silencioso. Ella miraba por la ventana.
Al día siguiente, domingo al mediodía, mi celular empezó a vibrar. Era Lucas. No dejaba de escribirme por WhatsApp, mandándome emojis riéndose, burlándose de que él me había advertido del "gordo chamuyero" y jodiéndome con un: "¿Y? ¿Pasó algo en la terraza o te vas a hacer el boludo?".
Le respondí, con el orgullo picado: "Nada que ver, pedazo de gil. Mi Casidy es re fiel, fuimos a buscar señal. Además, es hembra difícil, ya deberías saberlo por experiencia propia".
Él empezó a tipear. Alegaba que el chamuyo de su primo David era de "nivel Dios". Entre joda y joda, me estaba hartando y ya lo iba a mandar a la mierda, a bloquearlo por pesado.
Hasta que el teléfono vibró con una imagen.
Lucas me mandó una foto.
La abrí. Era Casidy en la terraza. Con su vestidito blanco. Y el gordo David estaba a su costado, muy, muy pegado a ella.
Estaban de espaldas a la cámara, como mirando el horizonte hacia la calle. A simple vista, parecía una foto inofensiva de dos personas charlando.
Pero el mensaje de Lucas debajo de la foto decía: "Hacé zoom en la mano izquierda de mi primo, cornudo de mierda".
Hice el gesto de pinza en la pantalla, acercando la imagen, con el corazón bombeándome ácido en las venas. Amplié la zona de la cadera de mi novia. Y lo que vi me destrozó la realidad en mil pedazos, el hijo de puta le estaba apretando una nalga. No iba a parar hasta descubrir qué mierda fue lo que pasó en esa terraza.

Continuara...
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