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Mi tío, yo y una casa vacía

Gaby tenía un pequeño negocio de peluches en un local del centro. Su tío, hermano de su mamá, tenía la ferretería justo al lado desde hacía casi dos años. Se veían casi todos los días. Un jueves por la tarde, mientras cerraban, él le comentó que tenía ganas de ir a su casa del pueblo a desconectar un par de días. Le dijo que la casa estaba sola, que no había vecinos cerca y que la piscina ya estaba limpia. Gaby ya había ido antes con toda la familia, pero nunca solos. Llevaba días raros con su novio, discusiones bobas y silencios pesados. Aceptó.



Salieron el viernes por la mañana. El camino fue tranquilo. Hablaron del negocio, del centro, de la familia. Él le puso música y de vez en cuando le ofrecía agua. Gaby iba en short y una blusa holgada.



Llegaron cerca de las tres. La casa estaba en las afueras del pueblo, rodeada de árboles, sin vecinos a la vista. Él abrió, subió las bolsas y le mostró el cuarto de visitas.



Gaby dejó la maleta sobre la cama y empezó a desempacar. Sacó el bikini azul, la toalla, el protector. Se había dejado el vello semidepilado, oscuro y espeso en el monte. Escuchó pasos en el pasillo. No le dio importancia. Se quitó la blusa y el sostén para cambiarse. En ese momento la puerta se abrió.



Su tío entró sin tocar. Traía dos cervezas en la mano. Se quedó parado en el umbral. Gaby se cubrió el pecho con los brazos de inmediato, pero él ya había visto todo: las tetas suaves, los pezones claros y duros, el vientre un poco redondeado, la marca del sostén en la piel.



—Perdón —dijo, pero no se movió de inmediato—. Traía esto.



Le extendió una cerveza. Gaby la tomó con una sola mano, todavía tapándose. Estaba roja hasta el cuello. Mientras él salía pensó: “Seguro creyó que ya me había cambiado… o tocó sin querer… cualquiera puede equivocarse de puerta”. Trató de convencerse de que no había sido a propósito.



Cuando bajó a la terraza él ya estaba sentado. Le sonrió.



—Se te ve bien ese bikini.



Gaby se rio nerviosa y se acomodó una tirante.



—Está viejo. Casi no lo uso.



Se metió al agua sin decir más.



Nadaron. Él se metió también. Empezaron a jugar: la empujaba, la agarraba de la cintura, la levantaba y la soltaba. En esos forcejeos hubo varios toques que ya no parecían tan accidentales. Una vez la mano se le resbaló por el costado del pecho. Otra le rozó el culo al empujarla. Gaby se reía nerviosa y se alejaba, pero no paraba el juego.



Durante la tarde estuvieron tomando cerveza en la terraza. Hablaron del local, de los clientes, de lo raro que se sentía no poder revisar el teléfono. A la hora de la cena Gaby ya estaba algo borracha: se reía más fácil y se le trababan un poco las palabras. Después de cenar él sacó el tequila. Sirvió dos vasos. Se sentaron otra vez afuera. Fue entonces cuando le puso la mano en la rodilla.



Se quedó la mano ahí un rato. Él le acarició la piel con el pulgar. Ella soltó el aire y se rio bajito, nerviosa.



—Andas tensa desde que llegamos —dijo él.



—Es que antes de venir discutimos otra vez con mi novio. Por una tontería.



—Por eso aceptaste venir.



Gaby no contestó. La mano subió un poco más hacia el interior del muslo. Ella no la quitó. Hablaron de la falta de señal. Después se volvieron a meter a la piscina, ya de noche.



El agua estaba más fría. Gaby ya llevaba bastantes tragos y se notaba. Él, al verla más tomada, empezó a tocar con menos disimulo. Le pasaba la mano por la cintura y la dejaba más tiempo, le rozaba el culo, le sujetaba los costados. El frío le endureció todavía más los pezones y se le marcaron claros a través de la tela azul del bikini.



Él la miró de frente, sonriendo de lado.



—Traes las altas.



Gaby bajó la vista, vio sus propios pezones marcados y se le subió un calor fuerte a la cara. Se rio nerviosa, se cruzó de brazos un momento y después los bajó.



—Es el frío, nada más… —murmuró.



Cuando salieron por el frío entraron a la casa. Él le quitó el vaso, la tomó de la nuca y la besó. Gaby se tensó. Después, muy despacio, le correspondió. Se besaron un rato en la sala. Él le bajó las tirantes del bikini y le tocó las tetas por encima. Los pezones se le sentían duros contra la palma. Ella se dejó, pero cuando la mano bajó más se apartó un poco.



—Mejor… mejor vamos a dormir.



Él asintió. La acompañó a su habitación. Cuando hizo ademán de irse, Gaby lo sujetó de la muñeca.



—No te vayas. No quiero dormir sola.



Él se quedó. Se acostaron. Ella de lado, él detrás. Estuvieron callados varios minutos. Gaby sentía el pecho de él contra su espalda. Sin decir nada, bajó la mano y le rozó el bulto por encima del traje de baño. Él se tensó, pero no se movió.



Gaby se rio bajito.



—Estoy bien borracha…



No quitó la mano. Después, muy despacio, le bajó un poco la tela y le sacó la verga. Estaba gruesa, oscura, caliente. La sostuvo sin moverla al principio, dudando. Se quedó así un buen rato.



—No deberíamos… —susurró.



Él le besó el hombro. Ella empezó a mover la mano despacio. Él le pasó un brazo por encima y le tocó el vientre suave, después subió hasta una teta y le pellizcó el pezón claro. Cuando le metió la mano entre las piernas y le corrió el panty del bikini, ella abrió un poco las piernas. Se le sintió el vello espeso y húmedo. Él le frotó el clítoris con los dedos. Gaby mordió el labio y empujó un poco las caderas.



Estuvieron así un rato largo. Cuando él se acomodó detrás de ella y sintió la cabeza de la verga rozándole la entrada, Gaby se tensó de golpe y puso una mano en su muslo.



—Espera… ponte condón. Por favor.



Él se detuvo. Buscó en la billetera, se lo puso con calma y volvió a acomodarse. Le levantó un poco la pierna y se la fue metiendo despacio. Gaby soltó un quejido largo y escondió la cara en la almohada. Se sentía gruesa dentro de ella. Empezó a moverse con calma, bien hondo. Ella gemía bajito, con la cara escondida, pero de vez en cuando empujaba un poco hacia atrás. Se oía el sonido húmedo de su panocha.



Cuando se vino se quedó quieto, respirando pesado contra su cuello. Después se salió con cuidado.



Gaby no se movió. Tenía el bikini hecho un desastre, el vello mojado y la respiración agitada. Él se quitó el condón y se acomodó detrás de ella otra vez. Le pasó un brazo por la cintura. Ella no se apartó.



Estuvieron callados mucho rato. Afuera se oían los grillos.



Al final Gaby habló, muy bajo:



—Mañana… no digas nada.



—No.



Ella asintió apenas y cerró los ojos. Se quedó pegada a su pecho, todavía sensible, con los pezones claros rozándole el brazo.



Afuera seguía sin haber señal.



Nadie se iba a enterar de nada.







Gaby despertó antes que él. Tenía la boca pastosa y el cuerpo sensible. Se quedó quieta mirando el techo un buen rato. Recordó la noche anterior con demasiada claridad.



Se levantó, se puso solo la camiseta de él y bajó a la cocina. Puso agua para el café. Cuando él bajó, ella ya estaba sentada en la mesa, con las piernas recogidas.



—¿Cómo amaneciste? —preguntó él, rascándose la barba.



—Rara —contestó—. Como si todavía estuviera soñando la mitad de lo de anoche.



Él se rio bajito, sin burla, y se sirvió café. Se sentó enfrente.



—Yo dormí como piedra. Hacía años que no me quedaba tan rendido.



Gaby miró la taza. Dio un sorbo.



—Le fui infiel a mi novio. Con mi tío. En la casa de la familia.



Me pesa. Bastante. Pero ya está hecho.



Él asintió, serio esta vez.



—Te pedí que vinieras porque quería que pasara. Desde hace tiempo. No fue casualidad.



Si te soy sincero, llevaba meses pensando cómo sacarte de la ciudad un fin de semana.



Gaby soltó el aire y negó con la cabeza, casi sonriendo.



—Y yo acepté. Eso es lo que más me molesta de mí misma.



Estuvieron callados un rato. Él habló otra vez, más suave:



—¿Te arrepientes?



—De momento en momento. Ahorita sí. Anoche, mientras pasaba… no tanto.



Él asintió otra vez y no empujó más el tema. Se quedaron tomando el café mientras la luz entraba fuerte y se oían los pájaros.



—Me voy a bañar —dijo ella al fin.



—Dale. Yo voy preparando algo de desayuno de verdad.



Gaby subió sola. Se quedó bajo el agua caliente más tiempo del necesario. Cuando salió, todavía desnuda y con el cabello mojado, él estaba sentado en el borde de su cama. Ella se detuvo en la puerta, sorprendida.



—Pensé que estabas en la cocina.



—Subí a dejarte ropa limpia. Y… la verdad quería verte.



Le quitó la toalla despacio. Gaby se quedó desnuda frente a él: tetas suaves, pezones claros ya duros otra vez, vientre un poco redondeado, vello semidepilado oscuro y espeso en el monte. Él tomó el calzón gris de algodón que ella había traído, se agachó y se lo sostuvo para que metiera los pies. Se lo subió con cuidado hasta acomodárselo. Después le puso el sostén, le acomodó las tetas dentro de las copas y le abrochó el cierre atrás. Gaby se dejó, con la cara caliente.



—Me siento como si tuviera quince años —murmuró.



—No los tienes —contestó él mientras le pasaba la blusa—. Pero me gusta hacerlo. Siempre fui de los que disfrutan los detalles.



Le sostuvo el short, se lo subió y le dio una palmada suave en la cadera cuando terminó.



—Listo. Ya pareces gente otra vez.



Bajaron. Desayunaron huevos y frijoles que él había calentado. Hablaron del negocio de los peluches, de un cliente que siempre quería regatear, de lo mucho que se escuchaban los grillos en la noche. La rareza seguía ahí, pero ya no era tan densa.



Salieron al pueblo al mediodía. Caminaron un rato por la plaza, miraron algunas tiendas y cerca de las tres entraron a la fonda. Pidieron carne asada. Mientras comían, él habló más:



—Hace años que no venía a esta fonda. Antes venía con tu tía, cuando todavía estábamos juntos.



Se siente raro traerte a ti.



Gaby empujó un frijol con la tortilla.



—Todo este fin de semana se siente raro.



—¿Y tu novio? ¿Ya te escribió?



—Ayer en la tarde. Le dije que todo bien. Ni siquiera sé por qué le contesté tan rápido.



Cada vez que miro el teléfono siento que se me va a notar en la cara.



No sé cómo le voy a hacer el martes cuando lo vea. Siento que se me va a salir la verdad solo con mirarlo.



Él le tocó el dorso de la mano sobre la mesa.



—No se le va a notar nada si tú no quieres. Somos adultos. Nadie tiene por qué enterarse.



Ya dormimos juntos anoche. Cuando regresemos mejor subes tus cosas a mi cuarto. No tiene sentido que estemos en habitaciones separadas.



Gaby asintió despacio.



—Sí… tiene sentido.



Después de comer se detuvieron en la farmacia. Él entró con ella. Pidió la Viagra en voz baja. La farmacéutica ni levantó la ceja. Al salir Gaby se rio nerviosa.

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—Nunca había entrado a una farmacia a comprar eso.



—Yo tampoco desde hace mucho. Pero preferí no hacer el ridículo esta noche si el cuerpo no responde.



Cuando llegaron a la casa Gaby tomó su maleta sin decir nada y la subió directo al cuarto de él. Empezó a acomodar su ropa en una silla y en un cajón vacío. Él la observó desde la puerta y no agregó nada.



Dejaron las cosas y decidieron meterse a la piscina. Subieron al cuarto juntos a cambiarse. Gaby, con menos pudor que el día anterior, se quitó la blusa y el short frente a él. Se quedó en sostén y calzón un momento, después se los quitó también. Él se sacó la camiseta y el pantalón al mismo tiempo. Tenía poco vello en el pecho, solo una línea fina que bajaba hacia el vientre, y un poco más en las piernas. La verga, todavía flácida, se veía gruesa y de tamaño medio, más ancha que larga, con la cabeza un poco más oscura. Se miraron desnudos un segundo. Ella se puso un bikini negro que había traído de repuesto (el azul lo había usado el día anterior), sabiendo que él la miraba. Él se puso el traje de baño.



Bajaron a la piscina. El agua estaba fresca. Al principio nadaron y se empujaron, pero los toques ya no pretendían ser accidentales. Él la pegaba a su cuerpo, le dejaba las manos en el culo, le besaba el cuello cuando quedaban cerca del borde. Gaby le correspondía los besos, le pasaba las manos por el pecho. En un momento él le desató la parte de arriba del bikini negro y se la quitó por completo. Las tetas le quedaron libres, pezones claros ya duros por el agua fría. Se tocaron por encima y por debajo de la tela, se frotaron, se excitaron, pero no llegaron a la penetración. Él le bajó el panty del bikini dentro del agua y le metió los dedos. Ella se agarró a sus hombros y jadeó contra su boca. Después se lo devolvió, metiéndole la mano dentro del traje de baño. Estuvieron así un buen rato, tocándose y besándose, hasta que el frío les pudo.



Salieron desnudos. El agua les corría por el cuerpo. Gaby recogió las dos piezas del bikini y el traje de baño de él y los llevó al baño a colgarlos para que secaran. Él la siguió. Ella agarró una camiseta grande de él y se la puso, sin nada debajo. Los pezones claros se le marcaron de inmediato contra la tela. Él lo notó y sonrió de lado.



—Se te ven.



Gaby bajó la vista un segundo y se rio nerviosa.



—Nada que no hayas visto antes.



Él se puso únicamente el pantalón del pijama, sin camiseta. Bajaron a la cocina. Cenaron lo que encontraron: queso, pan, unas frutas. Abrieron más cervezas y se sentaron en la sala. Hablaron largo de cómo se sentía ella al pensar en el martes, de lo fácil que había sido cruzar la línea, de que los dos sabían que esto no podía repetirse en la ciudad. Él le contó que a veces se sentía viejo y que este fin de semana le había recordado que todavía podía desear a alguien con ganas. Ella le confesó que le daba miedo mirar a su novio a la cara y al mismo tiempo no quería que el domingo terminara.



Cuando ya estaba oscuro y llevaban varias cervezas encima, se fueron al cuarto. Se quitaron lo poco que traían. Se tocaron despacio. Él se puso el condón. Se la cogió de lado, profundo, con calma. Gaby gemía bajito, agarrada a su brazo. Después de un rato él le preguntó, con la voz ronca cerca de su oído:



—¿Dónde quieres que termine?



Gaby dudó solo un segundo.



—Adentro… quiero sentirlo.



Él se salió, se quitó el condón y volvió a entrar. Esta vez se sintió distinto. Más caliente, más directo. Cuando se vino adentro ella se quedó quieta, con las piernas alrededor de su cintura, sintiendo el pulso y el calor del semen. Le gustó. Se dio cuenta de que le gustaba sentirla llena.



Más tarde, ya a oscuras, estaban abrazados. Gaby tenía la espalda contra su pecho. Él le acariciaba el brazo.



—Mañana regresamos —dijo ella.



—Sí. Y el martes en el local actuamos como siempre.



—Como siempre —repitió ella.



Se quedaron callados. Afuera se oían los grillos. Gaby tenía los ojos abiertos en la oscuridad, sintiendo el cuerpo grande de él detrás de ella.



Afuera seguía sin haber señal.



Nadie se iba a enterar de nada.







Gaby despertó desnuda. La sábana le cubría solo hasta la cadera. Él seguía dormido de espaldas, respirando pesado. Se quedó mirándolo un momento. Recordó el semen de la noche anterior todavía un poco pegajoso entre sus muslos.



Se acomodó despacio. Se bajó por la cama hasta quedar a la altura de su cadera. Le retiró un poco la sábana. La verga estaba suave, gruesa, pesada sobre el muslo. Gaby la miró un segundo y después acercó la cara. Sacó la lengua y empezó a lamerla despacio, solo con la punta, desde la base hasta la cabeza. Él se movió un poco entre sueños. Ella siguió, pasando la lengua plana por debajo, rodeando la cabeza, sintiendo cómo iba endureciéndose poco a poco en su boca.
Fin del primer capitulo, capitulo 2 aqui en la red social del autor original todos los creditos reservados https://x.com/leonelly777/status/2086916664256278908

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