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De vuelta con mi ex 2

El alcohol hacia su magia rápidamente, aflojando inhibiciones. Él se levantaba para servir otra copa, ir al baño o cualquier excusa, y al regresar se sentaba cada vez más cerca, su muslo rozando el mío. Yo lo esperaba con las piernas cruzadas, los tacones beige brillando bajo la luz tenue, permitiendo que vislumbrara la piel suave de mis muslos. Finalmente, estuvimos lado a lado; pasó su brazo izquierdo por detrás de mi cuello, abrazándome con calidez, y seguimos hablando como si nada. Unos segundos más, y su mano derecha descansó casualmente en mi pierna derecha, los dedos cálidos contra mi piel. Pronto, comenzó a acariciar suavemente, trazando círculos perezosos que enviaban cosquillitas nerviosas por mi espina dorsal, un escalofrío eléctrico que me hacía morderme el labio. Él lo sabía; no había olvidado cómo ese roce sutil me encendía como una mecha. Con la mano detrás de mi cabeza, rozaba mi oreja izquierda, su aliento cálido cerca de mi cuello. Lo tenía justo donde lo quería: cerca, tocándome, con un deseo palpable en el aire, listo para devorarme.

Me besó la oreja con delicadeza, un beso húmedo que me hizo cerrar los ojos. Se desplazó hacia adelante, buscando mi boca, y yo giré la cabeza rápidamente para ofrecérsela, nuestros labios encontrándose en un beso profundo, cargado de años de separación pero bastante pasión. La mano que rozaba mi pierna ahora la apretaba con firmeza, sus dedos hundiéndose en mi piel suave. Bastaron unos segundos para que subiera decididamente hacia mis senos, apretándolos suavemente a través de la tela, enviando ondas de placer por mi cuerpo. Me tumbé en el sofá, quedando totalmente acostada, invitándolo con mi postura abierta. Levanté mis manos y tomé un cojín para apoyar mi cabeza, dejando mi cuerpo a su merced como un lienzo vivo. Él lo entendió al instante; bajó su mano derecha de nuevo a mis piernas, pero esta vez no se detuvo: me subió el vestido hasta la cintura, exponiendo mi ombligo plano, mis caderas curvas y la tanga de encaje negro ya humedecida por la anticipación. Besó mi abdomen con labios temblorosos, se notaba nervioso, su respiración entrecortada mientras apretaba mis piernas con ambas manos, explorando la textura suave de mi piel. Yo cerré los ojos, dejándome llevar por el torrente de sensaciones, el aroma a vino y a su colonia mezclándose en el aire, hace algún tiempo habiamos estado así.

Estuvo así unos segundos eternos, saboreando mi piel, luego descendió a besar mis piernas, lamiendo desde las rodillas hacia arriba, donde soy tan sensible que corrientazos eléctricos me recorrieron el cuerpo, haciendo que mis músculos se tensaran involuntariamente. Mientras lo hacía, llevó una mano a mi tanga; la sintió empapada, el tejido pegajoso contra sus dedos, y sobre ella comenzó a mover su pulgar en círculos precisos, buscando y encontrando mi clítoris hinchado, frotándolo con una presión que me hacía arquear la espalda. Me masturbaba así, con maestría, mientras con la otra mano subía el vestido por encima de mis pechos, bajando el sostén para liberarlos al aire fresco de la habitación. Su boca ascendió por mi abdomen, húmeda y caliente, hasta llegar a mis pezones; los lamió tiernamente, la lengua girando en espirales que me arrancaban suspiros. Todo sin detener el estímulo en mi clítoris, un ritmo constante que me hacía gemir suavemente. Mientras lamía uno de mis pezones, endurecido y sensible, con su mano izquierda masajeaba el otro seno, apretando y soltando en un vaivén hipnótico. Yo ya gemía sin control, los ojos cerrados, concentrada en el placer que invadía cada célula: el calor de su boca, la fricción de su dedo, el roce de sus palmas en mi piel.

De repente, sus manos se detuvieron, dejando un vacío momentáneo. Se levantó, me tomó de las manos con gentileza y me sentó erguida. Levantó mis brazos y, en un movimiento fluido, me quitó el vestido por la cabeza, dejándome solo con los tacones, la tanga y el sostén caído. Sentada frente a él, con las piernas abiertas y él de pie entre ellas, mis tacones rozando sus pantorrillas, comencé a desabrocharle el pantalón con dedos temblorosos de excitación y nervios de hacer algo prohibido e indebido. Bajé el cierre con un zip audible, y el pantalón cayó a sus tobillos. Sobre sus bóxers, el bulto erecto se marcaba prominente, latiendo visiblemente. Tomé la cintura de su ropa interior y la bajé también, liberando su pene endurecido, venoso y caliente al tacto, wow la verdad seguía igual que antes grande y gruesa, mucho más que la de mi esposo y cabezona, ya recordaba porque la había pasado muy bien con mi ex y porque me quería casar con el. Comencé a masturbarlo lentamente, moviendo la piel de arriba abajo con una presión suave pero firme, sintiendo cómo se hinchaba más en mi mano. Él llevó sus manos a mi cabeza, entrelazando los dedos en mi cabello, un gesto sutil que entendí perfectamente. Me acerqué, pasando mi lengua desde la base hasta la punta, lamiendo con lentitud mientras lo miraba a los ojos con una expresión coqueta, juguetona. Le sonreí disimuladamente, un guiño travieso, y procedí a metérmelo totalmente en la boca. Lo chupaba suavemente, mis labios envolviéndolo en un calor húmedo, succionando con ritmo mientras con una mano acariciaba sus testículos, rodándolos gentilmente entre mis dedos.
De vuelta con mi ex 2


Él se volvía loco, sus gemidos bajos resonando en la habitación, sus manos en mi cabello no presionando, solo guiando al ritmo de mi cabeza, mis labios deslizándose tiernamente por su longitud, saboreando el sabor salado de su excitación.

Pasaron unos minutos de ese intercambio intenso, el tiempo diluyéndose en placer. Me levantó con cuidado, me acercó a la mesa del comedor, sólida y fría bajo mis palmas. Me incliné sobre ella, ofreciéndole la vista de mi espalda arqueada y mis pompis expuestas. Apoyé mis codos en la superficie, la madera pulida contra mi piel, mientras Gustavo lamía mi espalda, su lengua trazando líneas húmedas que me erizaban la piel. Me agarraba las nalgas con fuerza, sus dedos hundiéndose en mi piel blanda, y rozaba su pene erecto entre ellas, la fricción caliente y prometedora mientras me decía que nalgotas tienes igual que antes, como extraño tenerte en 4 o arriba de mí, me hubiera encantado ser yo quien te preñara. Se arrodilló detrás de mí, bajó mi tanga lentamente sin quitármela del todo —aún con los tacones puestos, que me daban una altura sensual—, y comenzó a practicarme sexo oral desde atrás. Esta sensación era un torbellino de placer: su lengua pasando por mi clítoris hinchado, lamiendo con avidez hasta mi ano y regresando en un ciclo interminable, el calor de su boca mezclado con mi humedad, haciendo que mi cuerpo se retorciera incontrolablemente. Lo único que podía hacer era agarrarme fuertemente de los bordes de la mesa, las uñas clavándose en la madera, gemidos escapando de mi garganta como un río desbordado.
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Se levantó, su respiración agitada, tomó una botella de aceite de oliva y empezó a ponerse en su verga y en la entrada de mi culito, colocó la punta de su pene en la entrada de mi ano, empujando lentamente mientras murmuraba con voz ronca: “Este culo siempre será mío putita”. Gustavo había sido quien me inició en el sexo anal años antes y a mi esposo nunca se lo había dado aunque muchas veces ya me lo había pedido, y ahora, su miembro se abría camino con una presión deliciosa y familiar, estirándome hasta llenarme por completo. Me tomó de las caderas con manos firmes, comenzando un bombeo rítmico, profundo, cada embestida enviando ondas de placer y un leve dolor inicial que se disolvía en éxtasis, como ya lo había hecho antes era algo que ya conocía si me dolió pero no fue algo que no pudiera soportar o que nunca hubiera experimentado pues antes a cada rato me cogía por ahí. Estuvo así algún tiempo, el sonido de nuestros cuerpos chocando, llenando la habitación. Luego, con una mano me tomó del pelo y tiró con fuerza, haciendo que mi cabeza se echara hacia atrás; me dolía realmente, un tirón agudo que mezclaba placer y dolor, mientras taladraba mi culo con ímpetu salvaje. Le pedí que me soltara, pero cuando intenté subir una mano, me tomó la muñeca y la aprisionó en mi espalda, inmovilizándome. Pasaron instantes eternos así, dominada por su urgencia.
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Luego me levantó, y casi sin sacármelo ni soltarme el pelo ó la muñeca, y me llevó unos pasos hasta una mesa perfecta para su altura. Salió de mi solo para acostarme boca arriba sobre ella, mis tacones colgando en el aire y el entre mis piernas.
Aún no terminaba de levantar mis piernas cuando, de una sola estocada profunda, me penetró de frente, su pene deslizándose en mi vagina ahora, húmeda y ansiosa. De los 3 novios que había tenido y mi esposo, ninguno había sido tan violento como él en ese momento de ser su novia; de por si para el sexo el era muy brusco ahora lo hacía con una rabia contenida, como vengándose de los años perdidos, embistiendo con una fuerza que me hacía jadear sintiendo su pene hasta el fondo de mi vientre sin condón sólo su vergota y mi vagina. Pero en esta nueva posición, comencé a disfrutar nuevamente: cada entrada y salida de su verga me llenaba de placer abrasador, gemía como loca, el sudor perlando mi piel, mi cuerpo retorciéndose sin control bajo él. De vez en cuando abría los ojos y lo veía ahí, dominante y empoderado, sus músculos tensos, sujetándose firmemente de mis caderas, soltándolas solo para apretar mis tetas que bailaban al ritmo de sus embestidas, los pezones endurecidos bajo sus palmas ásperas.
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Estaba tan inmersa en el placer, las sensaciones abrumadoras —el roce interno, el calor de su cuerpo, el aroma a sexo y sudor— que no noté cuando Gustavo se acercaba al clímax. Me encanta ver a un hombre en esa fase de no retorno, pero solo sentí que sacó su miembro, lo colocó sobre mis labios vaginales y lo presionó con su pulgar, masturbándose con ellos, frotando su longitud contra mi clítoris hinchado, masturbándonos mutuamente en un frenesí. Pero le dije los quiero adentro, así que volvió a meter su verga hasta el fondo y a seguir embistiendo hasta que comenzó a eyacular: chorros calientes que llenaron mi vagina, que rico se sentía recibir todo su semen dentro de mi caliente ufff empecé a gemir como una loca mientras lo jalaba para besarme mientras el seguía descargando toda su lechita, el calor de su semen provocándome un orgasmo explosivo. Sentí cómo su leche se mezclaba con mi humedad, extendiéndose con los movimientos persistentes de su pene, ondas de placer irradiando desde mi centro hasta las puntas de mis dedos, para luego el sacar su verga de mi y sentir como los chorros de semen salían junto con su pene deslizando por mi vagina hasta mi ano y luego a la mesa.
Me levanté de la mesa y empecé a limpiar con mi boca todo el semen que había caído en la mesa con mi lengua para luego agacharme a limpiar su verga y dejarla sin restos de mis fluidos ni de semen, mientras yo sentía toda su lechita escurrir por mis muslos algo muy rico y mientras el me decía así quédate amor quiero que quedes preñada y recuperarte hacerte mi mujer después de todo, la verdad me gustaba mucho la idea pero no estaba segura.

Quedamos inmóviles unos segundos, recuperando el aliento, el pecho subiendo y bajando en sincronía, mientras su semen seguía escurriendo de mis labios hacia mis pompis y luego a mis piernas, una sensación pegajosa y cálida. Me ayudó a levantarme, murmurando con voz ronca: “Estás tan rica como siempre y ese culito que siempre me volvió loco”. Se fue al baño a limpiarse, el agua corriendo en el fondo, y regresó con papel higiénico para que yo me arreglara, pasándolo suavemente por mi piel sensible. Me dijo lo bien que la había pasado y que cuando viniera por trabajo yo sería su puta a lo que respondí que me encantaría recibirlo. Antes de vestirse e irse me dijo que pensara lo de quedarme con el, terminó de vestirse y me besó apasionadamente mientras me nalgueaba y se fue, con una sonrisa cansada pero firme le dije que me había encantado que me cogiera y que yo estaría para complacerlo. Me fui a mi habitación exhausta con las piernas temblando mi culito palpitando y mi vagina súper mojada y pegajosa, mis piernas igual me acosté desnuda como me había dejado toda llena de semen, el cuerpo aún vibrando, y me dormí profundamente.

Un par de horas después, sentí una mano deslizándose sobre mi colita recién detonada, un toque familiar que me despertó con un sobresalto. Pensé aterrorizada que Gustavo había encontrado la forma de regresar, pero no: era mi esposo, su voz suave en la oscuridad: Tranquila amor solo vine a cambiarme duerme te ves hermosa y como me gustaría cogerte tal cual estás pero se me hace tarde, me besó en la frente y se fue a cambiar sin saber que su esposa estaba recién cogida y llena de leche.

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