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Mi mejor amiga me pide que la embarace [3]

El seguidor que me comparte esta anécdota me contó más al respecto. También me pidió que adaptara todo a mi estilo de escribir, así que lo que van a leer es su testimonio, estructurado por mí, pero su verdad, emociones y palabras:

Los días posteriores a nuestra primera tarde en su habitación dejaron de ser normales. Si antes el trabajo de cierre en el local era una carga pesada que solo queríamos quitarnos de encima para irnos a descansar, ahora se había convertido en una interminable y tortuosa antesala.

Cada vez que coincidíamos en los pasillos de la tienda, bastaba un roce disimulado de manos al pasar inventario o una mirada cómplice mientras atendíamos a algún cliente despistado para que mi mente volviera a ese conjunto de encaje negro, los arneses apretando sus caderas, sus hermosos pezones rosados, su voz diciéndome cosas para elevar mi ego, sus suaves pies, su cálido y húmedo interior...

Lo peor —o lo más excitante— era la presencia de Lilly. Verla trabajar a pocos metros, sonriéndome pero ya no con la misma naturalidad de siempre, sino con una complicidad enfermiza, me hacía sentir una mezcla ponzoñosa de culpa innecesaria y adrenalina pura. Yo sabía que ella sabía lo que su novia y yo hacíamos; ella, en teoría, era la siguiente en la lista si los intentos con Jemima fallaban, pero el simple pensamiento de que ambas compartían el secreto me carcomía por dentro.

¿Se hablarán de mí cuando están solas? ¿Jemima le contará los detalles de mi rendimiento? Esa incertidumbre era un imán para mi libido.

Una tarde, apenas una semana después de haber firmado el contrato, nos tocó turno de inventario en el almacén trasero a Jemima y a mí solos. El espacio era estrecho, rodeado de cajas de cartón y estanterías altas que bloqueaban la vista desde la entrada principal. Entró detrás de mí con la excusa de buscar unas etiquetas, cerró la puerta de metal con un suave clic y se recostó contra ella.

—Estás muy callado hoy, Leo —dijo, cruzándose de brazos y evaluándome con esos ojos azules que ya me conocían cada debilidad—. ¿Acaso te está pesando la conciencia? ¿O es que el "tío buena onda" ya se cansó de cumplir con su deber?

Me acerqué lento, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba. El aire en el almacén olía a polvo y cartón viejo, pero para mí ya tenía su aroma impregnado.

—No me he cansado de nada, Mimi... Pero ¿Sabes? Es imposible actuar normal cuando te veo sonreír allá afuera actuar natural, sabiendo que te estoy llenando de leche casi a diario. Especialmente con Lilly aquí...

Ella soltó una risa corta, grave, que me recorrió la columna vertebral. Se desató el primer botón de su camisa de uniformemente reglamentario, dejando al descubierto la línea de su clavícula.

—¿Te pone nervioso pensar en Lilly? —preguntó con una malicia evidente en la voz, dando un paso al frente hasta quedar a centímetros de mí—. ¿Te imaginas cómo será cuando le toque a ella Porque te tengo noticias... Los tests de farmacia siguen dando negativo. Lo que significa que mi cuerpo todavía exige más de tu semen. Y tú no te puedes negar... - Me guiñó el ojo con una sonrisa pícara. - Firmaste un papel.

El contrato. Esa hermosa hoja de papel que había legitimado mis más oscuros deseos y me había dado carta libre para manosear a mi mejor amiga todo lo que quisiera, se había convertido en mi "condena" y mi vicio favorito. Sin mediar palabra, la tomé de la cintura con fuerza, estrellándola contra la puerta metálica, y hundí mi boca en su cuello, buscando ese punto exacto donde sabía que empezaba a perder el control.

El roce de mi piel contra la suya en ese espacio cerrado hizo que el aire se volviera irrespirable. Mientras mis labios recorrían su cuello, las manos de Jemima se deslizaron con total naturalidad por debajo de mi camisa de empleado, arañando con suavidad mi espalda y guiándome exactamente a lo que ambos queríamos.

—Aquí no... —susurró entre jadeos, conteniéndose a medias, con una sonrisa traviesa que delataba el peligro de la situación—. Alguien puede entrar por las etiquetas en cualquier momento...

—Que entren —respondí con una mezcla de osadía y la calentura nublándome el juicio.

Ella soltó una carcajada ahogada que terminó en un gemido cuando una de mis manos bajó con firmeza por su cintura, apretando su cadera contra la mía y dejando que sintiera lo duro que estaba bajo la tela. La idea de que en cualquier segundo alguien pudiera girar la manija de la puerta y encontrarnos en esa postura clandestina solo aceleraba mi pulso a niveles peligrosos.

Jemima, lejos de asustarse, se mordió el labio inferior y, usando sus manos contra mi pecho, me empujó un poco hacia atrás solo para ganar unos centímetros de ventaja. Desabrochó rápidamente los dos botones restantes de su camisa de trabajo, dejando al descubierto su sujetador negro y esa piel pálida que ya me conocía de memoria.

—Hazlo rápido entonces, genio... —me susurró al oído, pegándose todavía más a mí.

No lo pensé dos veces. Sujeté los lados de su pantalón y los bajé de forma salvaje hasta retirarlo por completo (dejándola deslcaza y en medias), encontrándome con la sorpresa de que no había ninguna prenda interior haciendo su función...

- Vaya, si que venías preparada...

- Tenemos un contrato ¿No? — Respondió con picardía.

Al incorporarme, ella me plantó los labios encima mientras con mis manos me bajaba el pantalón junto a mi bóxer. Mi miembro ya estaba duro y palpitante.

La alcé sin esfuerzo, rodeando sus muslos con mis brazos mientras ella enredaba sus piernas alrededor de mi cintura. Su espalda volvió a golpear contra la puerta metálica, pero esta vez el sonido quedó ahogado por sus propios labios devorando los míos. Mis manos fueron directo a su trasero, apretando con fuerza su piel y levantándola un poco más para buscar el acceso a su intimidad que ambos estábamos pidiendo a gritos.

El roce en ese espacio tan estrecho, rodeados de cajas y con el constante miedo de que alguien abriera la puerta en cualquier momento, multiplicó las ganas. Entré en ella de un solo movimiento, provocando que se le escapara un gemido agudo que rápidamente intentó sofocar mordiéndome el hombro.

—Mierda, Mimi... —le susurré entre respiraciones agitadas contra su boca.

El ritmo se volvió salvaje, guiado por la adrenalina del lugar y la prohibición del momento. Cada embestida hacía que el metal de la puerta vibrara levemente contra su espalda, y ver sus ojos azules clavados en los míos, brillando con esa picardía y satisfacción, era todo el combustible que necesitaba.

Mis manos marcaban sus nalgas, dejándolas rojas mientras el calor del almacén nos envolvía por completo.

Cuando finalmente nos venimos, lo hicimos casi al unísono, ahogando los suspiros en un último beso largo y desesperado mientras chorros y chorros de mi semen se abrían paso por su cavidad vaginal. Pasaron unos segundos antes de que el ritmo de nuestra respiración empezara a calmarse. La bajé con cuidado, acomodándole la ropa y respirando hondo para sacudirnos el polvo y el sudor.

Ella se arregló el cabello, soltando una sonrisa burlona mientras se abrochaba la camisa.

—Bueno... parece que sigues cumpliendo tu parte con esmero—dijo con total naturalidad, abriendo la puerta del almacén como si nada hubiera pasado—. Nos vemos afuera...

Me quedé unos segundos más solo en el almacén, con el aire todavía espeso y el olor a su perfume mezclado con el nuestro flotando en el ambiente. Me miré las manos, aún ligeramente temblorosas, y luego el bulto que empezaba a calmarse bajo mi pantalón.

¿Estaba mal? Sí, por supuesto que lo estaba. Estábamos en horas de trabajo, en el almacén de la tienda, pero mientras me acomodaba el pantalón y trataba de recomponer la compostura antes de salir, me di cuenta de una verdad aplastante: la culpa ya ni siquiera me pesaba. Se había convertido en un simple susurro al fondo de la cabeza, ahogado por la adrenalina, el vicio y la satisfacción de saber que mi semen ya estaba cumpliendo su cometido muy adentro de ella.

Salí del almacén con la cara lavada, intentando poner mi mejor cara de empleado cansado. El juego apenas estaba comenzando, y lo peor —o lo mejor— es que esto apenas era el inicio con Jemima. Todavía faltaba que llegara el turno de Lilly.

El resto de la jornada pasó como en cámara lenta. Entre atender a los últimos clientes, limpiar las vitrinas y asegurarnos de que todo quedara en orden para el día siguiente, mis ojos se cruzaban con los de Jemima de vez en cuando. Ella mantenía esa fachada de empleada seria y profesional frente a los demás, pero bastaba un segundo de descuido para que me regalara una sonrisa cómplice o se mordiera ligeramente los labios, recordándome lo que habíamos hecho hacía apenas unas horas en el almacén.

Cuando por apagamos las luces principales, el agotamiento físico se hizo presente, pero mi mente seguía acelerada. Como ya era costumbre, salimos juntos y caminamos, yo la llevaría a su casa.

El aire fresco de la noche nos golpeó apenas salimos a la calle. Caminamos en silencio los pocos metros que separaban la entrada del local hasta mi auto. Una vez adentro, mientras encendía el motor, respiré hondo.

—Vaya día nos tocó hoy, ¿no? —comenté intentando mantener el tono de una charla banal de compañeros de trabajo, mientras metía primera y comenzaba a avanzar por la calle oscura.

Jemima, sentada en el asiento del copiloto, soltó una risa suave y se acomodó el cabello. Giró la cabeza hacia mí, cruzando las piernas con una naturalidad que ya me descolocaba por completo, respondió:

—Pues no sé tú, Leo... pero a mí el turno en el almacén me dejó con ganas de repetir...

Ambos intercambiamos una mirada cómplice bajo la tenue luz de los faroles de la calle, sabiendo perfectamente lo que significaba ese silencio prolongado.

Jemima no esperó ni un segundo. Desabrochó su cinturón de seguridad y, con una agilidad felina, se deslizó hacia el centro, inclinándose con decisión a la altura de mi pelvis. Sus manos rápidas abrieron los botones de mi pantalón y bajaron la tela junto con mi bóxer de un solo tirón, dejando mi miembro al descubierto, duro y palpitante.

—Sé que el trato implicaba inseminación, pero esto es... Un pequeño incentivo... —susurró rozando la punta con su aliento cálido antes de engullirme por completo.

El contraste entre el movimiento de la calle afuera y el calor húmedo de su boca dentro del habitáculo cerrado me hizo arquear la espalda contra el respaldo del asiento. Sus labios se movían con un ritmo experto, dominándome por completo, mientras su mano libre acariciaba mis testículos. Yo solo podía enredar los dedos en su cabello mientras mi otra mano se mantenía en el volante, conteniendo los gemidos y perdiéndome en la adrenalina de saber que estábamos en plena vía pública, a merced de cualquier transeúnte, conductor o patrulla, pero sin importarnos absolutamente nada.

Jemima no tenía prisa; disfrutaba sabiendo el efecto exacto que causaba en mí. Sus labios se deslizaban desde la base hasta la punta con una suavidad desesperante, para luego atrapar mi glande con firmeza, succionando con un ritmo experto y profundo que me arrancaba suspiros ahogados.

Cada bajada de su cabeza era un golpe directo a mi raciocinio. Podía sentir el calor de su aliento chocar contra mi ingle, mientras su lengua jugaba experta alrededor de la cabeza, estimulando cada terminación nerviosa. Su mano libre no se quedaba atrás: acariciaba mis testículos con una delicadeza precisa, apretando y masajeando al mismo tiempo que su garganta se tragaba cada centímetro de mi miembro sin vacilar.

—Mierda, Jem... —balbuceé sintiendo que ya no me quedaban defensas frente a su boca.

Sabiendo que ya no me quedaba margen y que el cuerpo me temblaba por completo, Jemima pareció notarlo al instante. Al sentir la rigidez en mi postura y el pulso acelerado de mi miembro, se aferró todavía más. Con una desesperación hambrienta, metiéndome hasta el fondo de la garganta mientras sus ojos azules se clavaban en los míos a través de la penumbra del vehículo, llenos de una satisfacción desafiante. No me dio tregua.

—Ya no aguanto... —logré soltar antes de que el primer chorro caliente estallara directo en su boca.

Ella no se apartó ni un segundo; al contrario, tragó mi esperma con avidez, recibiendo cada pulsación y asegurándose de exprimir hasta la última gota mientras mi respiración se quebraba por completo en el habitáculo.

Cuando finalmente terminó, se apartó con los labios brillantes y una sonrisa de absoluta victoria, limpiándose la hilera de semen que se escapaba por la comisura con la lengua antes de acomodarse de vuelta en su asiento como si nada hubiera pasado.

El motor seguía zumbando suavemente mientras yo intentaba recuperar el aliento, con las manos aún sobre el volante y el cuerpo completamente relajado por la descarga. Retomé la marcha hacia su casa, sabiendo que este juego apenas estaba tomando vuelo...

Las calles oscuras pasaban rápido a través del parabrisas mientras el silencio en el auto se volvía cómodo, todavía impregnado por el aroma de lo que acababa de pasar. A mitad del camino, Jemima giró la cabeza hacia mí, apoyando la espalda contra la puerta del copiloto, y soltó una propuesta que hizo que mis manos se aferraran un poco más al volante.

—Oye... ¿por qué no te quedas a dormir en casa esta noche? —soltó con total naturalidad, como si me estuviera invitando a cualquier cosa insignificante.

Genuino y desconcertado, giré a verla un segundo antes de volver la vista a la calle.

—Espera... ¿Y qué hay de Lilly? —pregunté, sintiendo cómo una punzada de incredulidad y precaución me recorría la espalda.

Jemima soltó una risa ligera, cruzándose de brazos con una tranquilidad pasmosa que contrastaba por completo con mi alteración.

—Pues... No hay ningún problema con eso. Ella ya sabe lo que vamos a hacer —respondió con una sonrisa ladeada, mirándome de reojo mientras el auto continuaba devorando los últimos metros hacia su destino...

El trayecto terminó en pocos minutos. Estacioné frente a la casa de Jemima con el motor apagándose en un suspiro. Bajamos del auto en silencio y caminamos hacia la entrada. Jemima abrió la puerta principal con su llave y me hizo una seña para que pasara primero. Apenas crucé el umbral, el recibimiento vino con el sonido de unos pasos suaves acercándose desde el pasillo.

Lilly apareció en la sala. Llevaba una camiseta de tirantes y nada más que sus bragas en la parte inferior, dejando la vista sus delgadas piernas, con el cabello suelto y esa mirada que ya no disimulaba nada. Nos miró a los dos: primero a Jemima, que aún tenía los labios ligeramente hinchados y una sonrisa de suficiencia dibujada en el rostro, y luego a mí, que intentaba disimular el caos mental y la erección que apenas empezaba a calmarse.

—Vaya, sí que tardaron en cerrar hoy... —dijo Lilly, cruzándose de brazos, con un tono neutro pero cargado de una doble intención evidente. Se acercó despacio, deteniéndose a pocos centímetros de mí.

Sentí cómo el pulso volvía a dispararse de inmediato. Jemima cerró la puerta a nuestras espaldas con pestillo.

—Ya sabes cómo es esto, amor... El tráfico estaba imposible y tuvimos que hacer una parada técnica para estirar las piernas —respondió con una naturalidad insultante, acercándose para saludarla con un suave beso en los labios—. Pero te aseguro que cumplió con creces. Pregúntale si no me crees.

Lilly soltó un suspiro burlón y deslizó una mano fría por mi pecho, rozando la tela de mi camisa con las yemas de los dedos mientras clavaba sus ojos en los míos.

—No lo dudo ni un segundo... Se le nota en la cara que exprimieron bien el tiempo —murmuró Lilly con voz baja, acercándose a mi oído—. Ya me tocará a mí verificar si es verdad que siempre lo despachas bien de la tienda...

Sus palabras me paralizaron con facilidad. Sabía que eventualmente lo haría con ella, pero era imposible no ser carcomido por la anticipación.

La cena transcurrió entre risas cómplices, miradas furtivas por debajo de la mesa y una normalidad tan fingida que casi resultaba absurda. Entre los tres comimos algo rápido, y el cansancio acumulado del día hizo que la idea de ir a descansar llegara más pronto que tarde.

El problema era evidente: solo había una habitación y una sola cama matrimonial. Ninguno hizo el amago de buscar un sofá o un colchón inflable; el entendimiento tácito era absoluto. Ya habíamos dormido los tres en la misma cama... La primera vez fue cuando Jemima y yo firmamos el contrato, pero para cuando Lilly llegó a la casa ambos estábamos profundamente dormidos, y cuando nos despertemos al día siguiente, ella ya se había ido a trabajar... Las veces siguientes fueron más de lo mismo, por lo que conscientemente nunca nos habíamos ido a acostar los tres a la cama.

Esperé en la sala viendo televisión mientras usaba el baño. En mi mente daban vueltas las cosas que habíamos hecho hoy... Había tenido amantes casuales, pero nunca una "amiga con derechos", y ahora, mi mejor amiga se había convertido en eso.

Yo estaba más feliz que nunca al respecto. A veces la miraba y pensaba como había pasado de no ser más que un amigo que se masturbaba pensando en ella a escondidas, a literalmente llenarle el útero casi todos los días.

Cuando ella terminó en la ducha, fue mi turno. El agua caliente recorriendo mi cuerpo me relajaba y disminuía la tensión en mis músculos. Ese siempre era mi momento de desconexión en el día. Al terminar, salí del baño usando únicamente mis bóxers para dormir. No tenía ningún cambio en esa casa, ya que todas las veces me quedé a dormir lo había hecho desnudo...

Al entrar en la habitación, ambas estaban ya listas para dormir. Ninguna vestía más que ropa interior... Esto, obviamente, causó un bulto bajo mi bóxer.

Al apagar las luces y meternos bajo las sábanas, la distribución quedó sellada. Lilly se acomodó del lado izquierdo, dándonos la espalda de inmediato y cayendo en un silencio profundo, respirando con la pesadez propia de quien ya se ha entregado al sueño. En medio quedé yo bocarriba, y al borde derecho, Jemima de lado.

La habitación quedó sumida en la penumbra, apenas iluminada por la luz de la calle que se filtraba a través de la ventana. Al principio reinó la quietud, pero bastaron unos minutos para que sintiera el roce imperceptible de un pie desnudo trepando por mi pantorrilla.

Jemima no perdería el tiempo.

Sin hacer el más mínimo ruido que pudiera despertar a Lilly, su pierna se deslizó con una lentitud deliberada hasta rozar la raíz de mi muslo, mientras una mano suya empezaba a trazar círculos cálidos y firmes sobre la tela de mi bóxer...

Giré la cabeza con cautela en la oscuridad, encontrándome con sus ojos brillando con picardía a escasos centímetros de los míos. Con los labios apenas moviéndose, sin emitir sonido, me susurró rozando mi oreja:

—Parece que nuestra compañera de cama se quedó dormida muy rápido... Pero nosotros todavía tenemos asuntos pendientes, genio.

No tuve que responder. Mi respiración entrecortada y el bulto firme bajo el bóxer ya le habían dado la respuesta que buscaba.
Con una destreza silenciosa, Jemima se deslizó bajo las sábanas, acortando la distancia entre los dos sin emitir un solo sonido.

Sus dedos ágiles bajaron la tela de mi bóxer con total naturalidad, dejando mi miembro completamente libre y expuesto al aire fresco de la habitación. Antes de que pudiera reaccionar o emitir un suspiro, ella ya se había movido hacia abajo, posicionándose entre mis piernas con una precisión calculadora.

Sentí el calor húmedo de su lengua trazar una línea lenta desde la base hasta la punta, provocando que tuviera que morder mi labio para no emitir sonido. Tenía a Lilly a solo unos centímetros, respirando con una pesadez rítmica, lo que convertía cada movimiento en un ejercicio absoluto de peligro y adrenalina.

Jemima no tuvo piedad. Tomó mi miembro con una mano y comenzó a deslizar su boca hacia abajo con un ritmo constante, hundiéndose profundamente mientras sus ojos se mantenían fijos en los míos en medio de la penumbra. Cada succión era calculada, hambrienta, absorbiendo cada centímetro de mí con una destreza que me hacía arquear la espalda de forma casi imperceptible para no agitar la cama y despertar a Lilly.

—Mierda... Jem... —le susurré en un soplido, enterrando los dedos en las sábanas.

Sintiéndome al borde del abismo, con el pulso desbocado y el calor concentrado amenazando con romper mi autocontrol, supe que no me quedaba mucho margen. Mis caderas comenzaron a arquearse de forma involuntaria, buscando seguir el compás de sus labios, mientras mis manos se aferraban con desesperación a las sábanas para no soltar un gemido.

Jemima, ya experta en leerme cada expresión, notó al instante cómo mi cuerpo se tensaba por completo. En lugar de aflojar el ritmo para dejarme terminar en su boca como la vez anterior, frenó en seco.

Se deslizó de regreso hacia arriba, arrastrándose a mi lado despacio sobre las sábanas con una sonrisa traviesa y los labios brillantes de saliva, hasta quedar otra vez a la altura de mi rostro.

—No tan rápido, genio... Todavía no he terminado contigo, y a nuestra invitada seguro que le encantaría tener una vista previa de lo que le espera si no logras embarazarme... Claro, eso si abriera los ojos —murmuró con un hilo de voz, pegada a mi oído, para luego lamer alrededor de mi oreja con descaro.

Sin dejarme recuperar el aliento, se giró con suavidad sobre la cama, montándose a horcajadas sobre mis caderas con una fluidez pasmosa. Acomodó mi glande justo en su entrada, rozando sus labios vaginales y sintiendo la humedad previa mientras me miraba fijamente, retándome a mantener el silencio absoluto con Lilly durmiendo a escasos centímetros.

Con el corazón golpeándome las costillas y la respiración contenida en la garganta, tomé aire con lentitud. Jemima se cernía sobre mí, con el cabello cayendo a los lados de su rostro y esa mirada desafiante que me volvía loco.
Sujeté su cintura con firmeza, sintiendo la piel caliente bajo mis manos, y comencé a levantar las caderas en un movimiento lento y medido. Mi glande se deslizó hacia el interior de su cavidad con una suavidad desesperante, encontrando una fricción húmeda y apretada que me hizo cerrar los ojos con fuerza por el puro placer.

Cada embestida tenía que ser milimétrica. Demasiado rápido y la cama crujiría delatándonos; demasiado profundo y el gemido se me escaparía de los labios.

Jemima se apoyó con las palmas de las manos sobre mi pecho, dictando el ritmo desde arriba. Ella misma comenzó a balancearse, arqueando la espalda de forma rítmica para recibir cada centímetro de mi miembro sin hacer ruido. Su respiración se volvió un silbido cálido que chocaba contra mi cuello, y cada vez que bajaba por completo, sus caderas chocaban contra las mías con un golpe sordo, casi imperceptible pero cargado de una urgencia eléctrica.

A pocos centímetros de nosotros, Lilly seguía con los ojos cerrados, ajena a lo que ocurría. Pero el simple hecho de saber que respiraba a nuestro lado, que bastaría con que estirara una mano para tocarnos, convertía cada fricción en un acto de puro delirio prohibido.

— Carajo, Jem... —le susurré apenas moviendo los labios, sintiendo cómo el calor volvía a acumularse con fuerza en la base de mi columna, exigiendo mucho más de lo que la prudencia nos permitía.

Al escucharme, Jemima se inclinó despacio hacia mi oído, con los labios rozando el cartílago, y dejó escapar una risita burlona y cargada de veneno puro.

—¿Qué pasa? ¿Acaso te da miedo que mi novia despierte y nos descubra? —susurró con una voz tan baja y áspera que me recorrió un escalofrío por toda la espina dorsal—. O peor aún... ¿Te asusta que abra los ojos y vea cómo me estás llenando por dentro mientras ella duerme?

Sus palabras actuaron como gasolina directa sobre el fuego.

—Dímelo... —continuó provocándome, apretando el paso y retomando el ritmo con una cadencia más pesada y deliberada—. Demuestra qué tan buen semental eres, hazme saber que tanto quieres embarazarme... Vamos, vente dentro de mí... Haz que note lo hondo que llegas... Hazme saber que tanto quieres preñar a tu mejor amiga...

—Sí... Jem —le contesté con un hilo de voz, perdiendo el poco control que me quedaba y apretando las caderas contra las suyas—. Quiero darte un hijo... quiero que sientas cada gota dentro de ti, bien adentro...

Jemima soltó un suspiro ahogado, con los ojos oscurecidos por el deseo, y aceleró el paso de forma implacable, buscando cada rincón con desesperación.

—Eso es, semental... demuéstrame de lo que eres capaz —me susurró al límite del aliento, clavando sus uñas con fuerza en mis hombros—. Llena mi útero, hazme tuya frente a sus narices... ¡Vamos, ven, date prisa y demuéstrame que eres mío!

Esas palabras hicieron que el cuerpo me estalle por dentro. La fricción se volvió insoportable de la mejor manera posible, y con un último impulso hondo y salvaje, sentí cómo el orgasmo me recorría desde la base de la columna.

Apreté los dientes con toda la fuerza que me quedaba, ahogando un gemido ronco contra su hombro, mientras soltaba chorro tras chorro de semen caliente directo en el fondo de su útero, y a la vez mi pelvis se humedecía con sus fluidos. Ella también acababa de terminar.

Cada pulsación era una descarga eléctrica que me dejaba sin fuerzas, sintiendo cómo sus paredes se contraían con avidez para retener cada mililitro de mí, asegurándose de no dejar escapar ni una sola gota mientras mi respiración se quebraba en la oscuridad de la habitación.

Encima mío, Jemima acercó mis labios a los suyos y entonces empezó un pasivo beso. Era tranquilo, su lengua se adentró buscando la mía, quien correspondió con emoción. Mis manos se deslizaban de sus nalgas hacia su espalda, acariciando su cálida y blanca piel. En ese instante, más que mi mejor amiga, parecía mi mujer...

Luego de unos minutos, se apartó con cuidado, levantándose de la cama con sigilo.

—Vuelvo en un minuto... Iré al baño a refrescarme un poco —susurró con una sonrisa traviesa y cómplice en la penumbra, antes de desaparecer de puntitas hacia el pasillo.

Con el cuerpo pesado, relajado por completo y sintiendo la calidez de lo que acabábamos de hacer, me acomodé mejor bajo las sábanas. La adrenalina empezaba a disiparse, dándole paso a un sopor reconfortante. Me quedé medio adormilado, con la mente divagando en un bucle morboso, recreando una y otra vez la imagen de Jemima gimiendo en silencio sobre mí, sabiendo que acababa de llenarla por dentro... Imaginando cómo sería el momento de repetirlo, cumpliendo cada una de las fantasías más retorcidas que cruzaban por mi cabeza.

Estaba a punto de rendirme por completo al sueño cuando sentí el roce inconfundible de unos pies deslizándose despacio por mi pantorrilla.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal, sacándome de golpe del sopor. Giré la cabeza con lentitud, sintiendo el corazón volver a golpear contra mis costillas, y me encontré con la mirada fija y brillante de Lilly en la oscuridad. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, cargada de una complicidad peligrosa, antes de susurrar directo a mi oído con un hilo de voz:

—Vaya, entonces eso es lo que me espera a mí... Estoy ansiosa, semental.

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