Hace algunos meses tuve una experiencia que me había excitado suficiente. Enterarme que muchos papás de compañeros de mi hijo querían follarme y llevarme a la cama había Sido algo sumamente excitante para mí. Desde que me case con mi esposo jamás había Sido infiel y vaya que oportunidades me sobraban pero no lo había hecho por mi ética, cabe aclarar que si me daba morbo el hecho de que me morbosearan, me coqueteara pero hasta ahí. Pero desde que me enteré de eso y de todo lo que decían de mí personalmente, me había transformado. La inhibición que antes me ataba se había desvanecido, reemplazada por una confianza radiante que irradiaba hacia el mundo. Mis redes sociales se convirtieron en un lienzo de mi nueva yo: al principio, fotos inocentes de eventos especiales o lugares pintorescos, capturando sonrisas espontáneas bajo el sol de la tarde o en la calidez de una cena familiar. Pero pronto, el impulso creció; me fotografiaba en cualquier rincón de la vida cotidiana —en el asiento del carro, con el viento revolviendo mi cabello; en el gimnasio, sudorosa y triunfante tras una sesión intensa, el reflejo de mis músculos tensos en el espejo; frente a cualquier superficie reflectante que me devolviera una imagen empoderada. Vestida con ropa ajustada en la empresa, que acentuaba mis curvas profesionales; en jeans ceñidos que moldeaban mis caderas; en faldas cortas que danzaban con cada paso. Cada publicación atraía una oleada de likes, seguidores nuevos que surgían de la nada, solicitudes de amistad de desconocidos. Los comentarios fluían como un río: halagos dulces que me hacían sonreír, piropos morbosos que encendían un calor en mi vientre, y algunos que rozaban el límite del respeto, pero que, en secreto, me hacían sentir viva, deseada, poderosa y que no me molestaba para nada recibir sus fotos como regalo jajaja.

Incluso mi esposo notó el cambio un día, mientras revisábamos mi feed juntos en el sofá; me preguntó con una ceja arqueada por qué este repentino cambio, de antes no subir nada de fotos y ahora subía muchas fotos mías. Sus palabras me animaron a seguir, me excitaba saber que muchos hombres me seguían y me mandaban mensajes y aparte los papás de la escuela de mi hijo siempre que los veía aprovechaban para morbosearme así que también usaba ropa para darles gusto, sabiendo que caminaba en una línea fina pero excitante jajaja.
Un día, entre las notificaciones habituales, apareció una solicitud de seguidor en Instagram que me hizo pausar el corazón: era Gustavo, mi exnovio de hace años. Nuestra historia había terminado abruptamente por un viaje que lo obligó a partir, dejando atrás promesas rotas y un vacío que tardé en llenar pues la verdad para mí había Sido muy importante. Dudé durante días, mi dedo flotando sobre la pantalla, pero al final acepté. Como era predecible, comenzó a dar likes a mis fotos e historias antiguas, un goteo constante de aprobación silenciosa. Pero no comentaba, no escribía. No se atrevía. Continué publicando fotos: montando bicicleta en un parque soleado, con el viento pegando mi camiseta al torso; o en un vestido ceñido que fluía como seda sobre mis curvas durante una salida nocturna; también la clásica toma desde arriba, inclinándome ligeramente para que mis pechos se insinuaran con elegancia; o posando frente al espejo del baño, girándome para mostrar el contorno firme de mis pompis en leggings ajustados. Siempre cuidando no caer en lo vulgar creo, manteniendo un aire de misterio y clase. Quería que fuera él quien rompiera el silencio primero.
Por fin, un día se animó. Un mensaje simple: “Hola”. Lo dejé en visto durante dos días, no quería parecer ansiosa. Cuando respondí, fui cortante, frases secas como “Bien” o “Todo igual”. Contestaba horas después, a veces días, manteniendo la distancia. Sus preguntas eran las típicas: “¿Cómo vas?”, “¿Qué hay de tu vida?”, “Veo que estás feliz”, “¿Qué andas haciendo?”, “¿Qué pasó con ese proyecto?”. Pero poco a poco, la conversación fluyó como un río que gana caudal. Empecé a preguntar por él: su trabajo, dónde vivía ahora. Ganó confianza, y sus reacciones a mis publicaciones cambiaron: emojis de ojos en forma de corazón, caritas de fuego que ardían en la pantalla. Los comentarios se volvieron admirativos, halagando mi belleza con palabras que rozaban el coqueteo. Inevitablemente, tocamos el pasado: le recordé lo desgraciado que había sido, las veces que me dejó plantada en restaurantes vacíos, esperando en vano. Él admitió todo, con voz textual llena de arrepentimiento: “Tienes toda la razón, me arrepiento cada día, especialmente ahora que veo la mujer increíble en la que te has convertido”. Sus mensajes se cargaron de morbo, enfocándose en partes de mi cuerpo —”Esa sonrisa tuya me mata”, “Recuerdo cómo se sentían tus curvas”—, rememorando momentos íntimos que nos unieron en el pasado y vaya que tuvimos muchos jajaja. Me invitaba a un café una y otra vez, y yo me negaba con excusas elegantes. Pero, como dice el dicho, tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe. Terminé aceptando.
Nos encontramos en un café acogedor con el aroma a espresso flotando en el aire, y charlamos durante un par de horas sobre nada y todo. Fue una conversación normal, como viejos amigos, sin insinuaciones. Quedamos en vernos de nuevo. Pero no duró mucho esa inocencia. Insistía en ir por unos tragos en un bar tenuemente iluminado, con jazz de fondo y copas tintineando. Siempre me hacía del rogar, inventando compromisos, posponiendo una y otra vez, o simplemente diciéndole que no era correcto. A mí esposo le decía “Voy a tomar un café con una amiga”, le decía, y él sonreía, me daba un beso y respondía: “Que te vaya bien, amor, me saludas a tu amiga”. Me daba morbo saber que mi esposo pensaba que iba con una amiga cuando en realidad iba con mi ex novio que anteriormente me arrancaba gemidos, me hacía arquear las piernas, al que había cabalgado muchas veces y que me había dado a probar su miembro una y otra vez y que sus intenciones seguían siendo esas mismas de hacerme suya.
Pero en el fondo, algo en mí se resistía a cruzar del todo la línea de llegar a ser infiel. Pero a la vez me aterraba la idea de imaginarme a Gustavo, mi ex, tocándome, penetrándome, porque no quería ser infiel pero me producía una mezcla extraña de morbo, vergüenza y terror. Si algún día decidía dejarme llevar de verdad, quería que fuera planeado y que no sospechara nada.
Hasta que el destino jugó a mi favor: por trabajo, mi esposo tuvo que salir de viaje por un par de noches, o eso le habían dicho. Coordiné con Gustavo para esa misma noche. Me preparé con esmero, queriendo dejarlo sin aliento. Me puse una tanga de encaje negro, delicada y provocativa, que se adhería a mi piel; un sostén a juego que realzaba mis pechos con encajes intrincados. Sobre eso, un vestido ni tan largo ni tan corto y suelto de color blanco, que caía como una falda improvisada, rozando mis muslos. Siempre he amado los tacones de aguja en tacón así que me puse unos beige, combinadas con una gabardina del mismo tono que me daba un aire elegante y sobrio, pero con un toque irresistible. Dejé a mi hijo en casa de mi mamá y tomé un Uber, el corazón latiéndome fuerte contra el pecho mientras el auto serpenteaba por las calles iluminadas.
Me llevó a cenar a un restaurante íntimo, con velas parpadeando sobre la mesa y el murmullo de conversaciones ajenas. Hablamos de banalidades: el clima, películas recientes, anécdotas laborales. Nada serio, nada comprometedor. Al finalizar, me llevó a casa; su plan era dejarme en la puerta e irse. Pero lo invité a entrar, con una sonrisa juguetona que no esperaba usar. Aceptó sin resistirse mucho, sus ojos brillando con sorpresa. Entramos al apartamento, el aire cálido y familiar envolviéndonos. Me quité la gabardina lentamente, colgándola en el perchero para que pudiera apreciar mi silueta delineada por el vestido blanco. Destapé una botella de vino tinto, el corcho saliendo con un pop suave, y brindamos, el cristal chocando con un tintineo mientras uno de mis playlist eróticos comenzaba a sonar. Nos sentamos en el sofá, charlando sobre recuerdos lejanos y sueños actuales, el vino calentándonos las venas.
Continúa

Incluso mi esposo notó el cambio un día, mientras revisábamos mi feed juntos en el sofá; me preguntó con una ceja arqueada por qué este repentino cambio, de antes no subir nada de fotos y ahora subía muchas fotos mías. Sus palabras me animaron a seguir, me excitaba saber que muchos hombres me seguían y me mandaban mensajes y aparte los papás de la escuela de mi hijo siempre que los veía aprovechaban para morbosearme así que también usaba ropa para darles gusto, sabiendo que caminaba en una línea fina pero excitante jajaja.
Un día, entre las notificaciones habituales, apareció una solicitud de seguidor en Instagram que me hizo pausar el corazón: era Gustavo, mi exnovio de hace años. Nuestra historia había terminado abruptamente por un viaje que lo obligó a partir, dejando atrás promesas rotas y un vacío que tardé en llenar pues la verdad para mí había Sido muy importante. Dudé durante días, mi dedo flotando sobre la pantalla, pero al final acepté. Como era predecible, comenzó a dar likes a mis fotos e historias antiguas, un goteo constante de aprobación silenciosa. Pero no comentaba, no escribía. No se atrevía. Continué publicando fotos: montando bicicleta en un parque soleado, con el viento pegando mi camiseta al torso; o en un vestido ceñido que fluía como seda sobre mis curvas durante una salida nocturna; también la clásica toma desde arriba, inclinándome ligeramente para que mis pechos se insinuaran con elegancia; o posando frente al espejo del baño, girándome para mostrar el contorno firme de mis pompis en leggings ajustados. Siempre cuidando no caer en lo vulgar creo, manteniendo un aire de misterio y clase. Quería que fuera él quien rompiera el silencio primero.
Por fin, un día se animó. Un mensaje simple: “Hola”. Lo dejé en visto durante dos días, no quería parecer ansiosa. Cuando respondí, fui cortante, frases secas como “Bien” o “Todo igual”. Contestaba horas después, a veces días, manteniendo la distancia. Sus preguntas eran las típicas: “¿Cómo vas?”, “¿Qué hay de tu vida?”, “Veo que estás feliz”, “¿Qué andas haciendo?”, “¿Qué pasó con ese proyecto?”. Pero poco a poco, la conversación fluyó como un río que gana caudal. Empecé a preguntar por él: su trabajo, dónde vivía ahora. Ganó confianza, y sus reacciones a mis publicaciones cambiaron: emojis de ojos en forma de corazón, caritas de fuego que ardían en la pantalla. Los comentarios se volvieron admirativos, halagando mi belleza con palabras que rozaban el coqueteo. Inevitablemente, tocamos el pasado: le recordé lo desgraciado que había sido, las veces que me dejó plantada en restaurantes vacíos, esperando en vano. Él admitió todo, con voz textual llena de arrepentimiento: “Tienes toda la razón, me arrepiento cada día, especialmente ahora que veo la mujer increíble en la que te has convertido”. Sus mensajes se cargaron de morbo, enfocándose en partes de mi cuerpo —”Esa sonrisa tuya me mata”, “Recuerdo cómo se sentían tus curvas”—, rememorando momentos íntimos que nos unieron en el pasado y vaya que tuvimos muchos jajaja. Me invitaba a un café una y otra vez, y yo me negaba con excusas elegantes. Pero, como dice el dicho, tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe. Terminé aceptando.
Nos encontramos en un café acogedor con el aroma a espresso flotando en el aire, y charlamos durante un par de horas sobre nada y todo. Fue una conversación normal, como viejos amigos, sin insinuaciones. Quedamos en vernos de nuevo. Pero no duró mucho esa inocencia. Insistía en ir por unos tragos en un bar tenuemente iluminado, con jazz de fondo y copas tintineando. Siempre me hacía del rogar, inventando compromisos, posponiendo una y otra vez, o simplemente diciéndole que no era correcto. A mí esposo le decía “Voy a tomar un café con una amiga”, le decía, y él sonreía, me daba un beso y respondía: “Que te vaya bien, amor, me saludas a tu amiga”. Me daba morbo saber que mi esposo pensaba que iba con una amiga cuando en realidad iba con mi ex novio que anteriormente me arrancaba gemidos, me hacía arquear las piernas, al que había cabalgado muchas veces y que me había dado a probar su miembro una y otra vez y que sus intenciones seguían siendo esas mismas de hacerme suya.
Pero en el fondo, algo en mí se resistía a cruzar del todo la línea de llegar a ser infiel. Pero a la vez me aterraba la idea de imaginarme a Gustavo, mi ex, tocándome, penetrándome, porque no quería ser infiel pero me producía una mezcla extraña de morbo, vergüenza y terror. Si algún día decidía dejarme llevar de verdad, quería que fuera planeado y que no sospechara nada.
Hasta que el destino jugó a mi favor: por trabajo, mi esposo tuvo que salir de viaje por un par de noches, o eso le habían dicho. Coordiné con Gustavo para esa misma noche. Me preparé con esmero, queriendo dejarlo sin aliento. Me puse una tanga de encaje negro, delicada y provocativa, que se adhería a mi piel; un sostén a juego que realzaba mis pechos con encajes intrincados. Sobre eso, un vestido ni tan largo ni tan corto y suelto de color blanco, que caía como una falda improvisada, rozando mis muslos. Siempre he amado los tacones de aguja en tacón así que me puse unos beige, combinadas con una gabardina del mismo tono que me daba un aire elegante y sobrio, pero con un toque irresistible. Dejé a mi hijo en casa de mi mamá y tomé un Uber, el corazón latiéndome fuerte contra el pecho mientras el auto serpenteaba por las calles iluminadas.
Me llevó a cenar a un restaurante íntimo, con velas parpadeando sobre la mesa y el murmullo de conversaciones ajenas. Hablamos de banalidades: el clima, películas recientes, anécdotas laborales. Nada serio, nada comprometedor. Al finalizar, me llevó a casa; su plan era dejarme en la puerta e irse. Pero lo invité a entrar, con una sonrisa juguetona que no esperaba usar. Aceptó sin resistirse mucho, sus ojos brillando con sorpresa. Entramos al apartamento, el aire cálido y familiar envolviéndonos. Me quité la gabardina lentamente, colgándola en el perchero para que pudiera apreciar mi silueta delineada por el vestido blanco. Destapé una botella de vino tinto, el corcho saliendo con un pop suave, y brindamos, el cristal chocando con un tintineo mientras uno de mis playlist eróticos comenzaba a sonar. Nos sentamos en el sofá, charlando sobre recuerdos lejanos y sueños actuales, el vino calentándonos las venas.
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