
Me llamo Norma. Setenta años, chaparrita, de esas que todavía se mantienen firmes de caderas y con un trasero redondo que nunca se aplanó del todo. Bondadosa, sí, de las que cocina de más y pregunta si ya comiste. Vivo con mi viejo, Don Ernesto, y desde hace meses nuestro nieto se quedó estudiando en casa. Un muchacho grande, fuerte, con esa energía de quien pasa horas frente a los libros pero no se le quita la sangre caliente.Esa tarde yo estaba en la cocina, de espaldas, limpiando el mesón. Él se acercó por detrás, como si fuera a buscar algo en el refrigerador. Su mano grande, cálida, se posó primero en mi cintura y luego bajó sin pedir permiso hasta mi nalga derecha. Me apreció, me manoseó con firmeza, como si midiera el peso. Yo me quedé quieta, con el trapo en la mano, el corazón dándome un salto. Antes de que pudiera decir nada, sus dedos se deslizaron por el canal de mi pantalón de casa, encontraron la tela de la pantaleta y empujaron. Un dedo grueso, osado, se hundió entre mis nalgas y presionó contra el anillo cerrado de mi culo. Entró un poco. Solo la yema. Yo solté un jadeo ahogado.—¡Ay, muchacho…! —susurré, sin voltear, porque Don Ernesto estaba en la sala, a pocos metros, viendo la televisión.Me estremecí. El dedo se movió, lento, explorando. Yo apreté las nalgas por reflejo, pero eso solo lo apretó más contra él. Sentí el calor, la vergüenza, y también un cosquilleo traicionero que subió por la espalda. Me escandalicé, sí. Una abuela de setenta años, manoseada así por su propio nieto. Pero no hice escándalo. No grité. No lo empujé. Solo me quedé ahí, respirando agitada, hasta que él retiró la mano y se fue como si nada hubiera pasado.Esa noche, con Don Ernesto ya roncando a mi lado, agarré el celular. Abrí el chat de WhatsApp con mi nieto.Norma:
Oye tú. ¿Qué te pasó esta tarde?
Me tocaste el trasero como si yo fuera… no sé.
Y metiste el dedo. En mi culo, muchacho.
Estoy escandalizada. ¿Cómo se te ocurre?
Tu abuelo estaba en la sala. ¿Qué hubiera pasado si se da cuenta?
No vuelvas a hacerlo. ¿Me oyes?
No es correcto. Soy tu abuela.Escribí con cara de regaño, pero los dedos me temblaban un poco. Esperé. La respuesta llegó rápido.Nieto:
Abuela… no pude evitarlo.
Se te veía tan redondito el culo en esos pantalones.
Y cuando metí el dedo… estaba calientito.
Perdón. Pero no me arrepiento del todo.Norma:
¡Qué descarado!
No digas esas cosas.
Tengo setenta años.
Tú estás joven, lleno de hormonas, lo entiendo… pero no puedes agarrarme así.
Me sorprendiste. Me da vergüenza hasta escribirlo.
¿De verdad metiste el dedo?
Se sintió… extraño.
Pero no lo hagas más. ¿Prometes?Mentí un poco. No quería que lo prometiera del todo. Había algo en su atrevimiento que me dejaba inquieta entre las piernas.Al día siguiente, mientras estudiaba en la mesa del comedor y yo pasaba a su lado, su mano volvió a buscarme. Esta vez me tocó por encima de la ropa, apretando una nalga y luego la otra. Yo fruncí el ceño, le lancé una mirada de “te estoy regañando”, pero no me aparté. Dejé que me manoseara un momento, con esa culpa suave que me hacía sentir ingenua y cómplice a la vez. Cuando Don Ernesto entró a la cocina, él retiró la mano como si nada. Yo seguí moviendo cacerolas, el corazón acelerado.Esa noche otra vez el celular:Norma:
Otra vez lo hiciste.
Te dije que no.
Me manoseaste el trasero mientras tu abuelo estaba a diez pasos.
¿Qué te pasa, muchacho?
Sé que las hormonas te están volviendo loco… lo entiendo, de verdad.
Pero soy tu abuela.
No deberías tocarme así.
Aunque… se nota que estás caliente.
¿Verdad?Nieto:
Sí, abuela. Muy caliente.
Cada vez que te veo agachada se me pone dura.
Hoy casi te levanto la falda.Norma:
¡Ay Dios!
No digas eso.
Me pones colorada.
¿De verdad se te pone dura por mí?
Por esta vieja chaparrita…
No deberías.
Pero… ¿cómo de dura?
No, no me contestes eso.
Mejor prométeme que te vas a controlar.No se controló. Al otro día, cuando Don Ernesto salió un momento a la tienda de la esquina, el muchacho se acercó por detrás, me rodeó la cintura y pegó su cuerpo al mío. Sentí el bulto grueso y caliente contra mi espalda baja. Luego se bajó un poco el short y sacó aquello. Me lo mostró. Grande, grueso, venoso, ya semi erecto y subiendo. Yo abrí la boca, sorprendida, ingenua, como si no creyera lo que veía.—Abuela… míralo —dijo en voz baja.Yo tragué saliva.
—Guárdalo… por favor… tu abuelo puede llegar.
Pero no aparté la vista. Lo miré un segundo de más, con esa expresión de “qué grande lo tienes, muchacho” que él notó perfectamente.Esa noche la conversación fue más larga y más caliente:Norma:
Hoy me lo mostraste.
Tu… cosa.
Estaba grande. Muy grande.
No debiste.
Me dio vergüenza y… no sé.
Algo raro.
¿Por qué me lo enseñas a mí?
Soy tu abuela.
Aunque… se veía que te dolía de lo duro que estaba.
¿Verdad que te duele cuando se te pone así?Nieto:
Sí. Mucho.
Y más cuando te toco el culo.
Quiero metértelo, abuela.
En ese hoyito que ya toqué con el dedo.Norma:
¡Muchacho insolente!
No digas esas porquerías.
Mi culo no es para eso.
Nunca nadie… bueno, casi nunca.
Tu abuelo ya no…
No hablemos de eso.
Pero dime… ¿de verdad quieres metérmelo ahí?
¿Te gusta pensar en mi trasero viejo y redondo abriéndose para ti?
Ay, qué cosas estoy escribiendo.
Debo estar loca.
No me contestes.
O sí contéstame… pero con respeto.Él contestó con detalles. Yo le respondí con más preguntas inocentes que lo ponían peor: “¿Se te pone más duro cuando te imaginas que te lo dejo?”, “¿Quieres que te lo apriete con las nalgas?”, “¿Te gusta que sea tu abuela la que te deje?”. Cada mensaje mío era un regaño suave envuelto en curiosidad ingenua. Yo sentía el calor entre mis piernas mientras escribía, un poco de culpa y mucha comprensión por sus hormonas.Los días siguientes fueron iguales. Me dejaba manosear el trasero cuando no había peligro inmediato. A veces él metía la mano por debajo de la falda y me acariciaba el ano por encima de la pantaleta. Yo suspiraba, le decía “no, no, muchacho…”, pero no lo apartaba del todo. Don Ernesto nunca se enteró.Hasta que una noche, después de otra conversación larga por WhatsApp donde yo le decía que no, que era pecado, que era su abuela, pero preguntándole cómo se sentiría si yo me agachaba y le ofrecía las nalgas… él entró a mi cuarto. Don Ernesto dormía pesado en la otra habitación, con la puerta entreabierta pero roncando fuerte.Yo estaba en la cama, con solo la camisón. Él se acercó, me dio la vuelta con suavidad pero firmeza, me levantó la tela y me dejó el trasero al aire. Chaparrita, redonda, las nalgas todavía firmes para mi edad. Él se arrodilló detrás, me separó las mejillas y escupió. Luego colocó la cabeza gruesa de su pitote contra mi anito.Norma (susurrando mientras él empujaba):
Ay… muchacho… despacio…
No cabe… es muy grande…
Tu abuelo está cerca…
Pero… sí… así…
Mételo…
Ay, Dios… se siente tan grueso…
Estás follando el culo de tu abuela…
¿Te gusta?
Dime si te gusta cómo te aprieta…Él empujó más. El anillo cedió poco a poco. Yo mordí la almohada para no gemir fuerte. Sentí cómo me abría, cómo entraba centímetro a centímetro, caliente y duro, estirándome de una forma que no sentía en años. Cuando estuvo casi completo, empezó a moverse.Norma (jadeando bajo, hablando entre embestidas):
Más fuerte… si quieres…
No, espera… sí… más fuerte…
Fóllame el culo, muchacho…
Así… duro…
Tu abuela te está dando las nalgas…
Se siente… ay… tan lleno…
Sigue… no pares…
Háblame… dime qué sientes…Él me follaba con ganas, agarrándome las caderas chaparritas, golpeando mis nalgas con su vientre. Yo le respondía en voz baja, excitada, ingenua y sucia a la vez:—Más profundo…
Mételo todo…
Me estás abriendo el culo…
Ay, qué rico…
Aunque no debería…
Sigue…
Fóllame más duro…
Quiero sentir cómo te vienes adentro…Las embestidas se volvieron más rápidas, más profundas. Mi cuerpo temblaba. El placer mezclado con la culpa y la emoción de lo prohibido me tenía empapada por delante también. Él gruñó, se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de mi anito, caliente, abundante. Yo apreté las nalgas alrededor de él, recibiendo todo, gimiendo bajito su nombre de nieto mientras sentía cómo me llenaba.Cuando se retiró, el semen empezó a salir lento entre mis nalgas. Yo me quedé boca abajo, respirando agitada, con el camisón subido y el culo abierto y usado. Él me besó la espalda y se fue en silencio a su cuarto.Esa misma noche, todavía temblando, le escribí por WhatsApp:Norma:
Muchacho…
Me lo metiste todo.
Me follaste el culo mientras tu abuelo roncaba.
Estoy llena de ti…
No debimos.
Pero… se sintió tan rico.
¿Vas a querer más?
Porque… tu abuela ya no sabe decirte que no.Y así terminó esa primera noche en que le di las nalgas y me folló duro por el anito, con conversaciones calientes antes, durante y después. Desde entonces, cada vez que Don Ernesto duerme profundo, el muchacho vuelve a buscar el trasero de su abuela Norma… y yo, con esa mezcla de culpa, comprensión e inocencia fingida, se lo sigo dando.
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