El mensaje de Ignacio seguía en la pantalla.
¿Y vos?
Lo miré durante varios segundos.
No necesitaba explicarle demasiado. Él ya sabía que Fer me atraía. Lo habíamos hablado. Incluso había sido él quien, más de una vez, me había empujado a reconocerlo.
Pero una cosa era hablar.
Otra muy distinta era contarle que había dejado que Fer me besara.
Escribí:
Yo también.
La respuesta tardó unos segundos.
¿Te gustó?
Sonreí.
Sí.
Aparecieron los tres puntos.
¿Mucho?
Me quedé pensando.
Lo suficiente como para que me cueste dormir.
Esta vez tardó un poco más.
Entonces tenemos un problema.
¿Por qué?
Porque ahora vas a querer volver a verlo.
Apoyé el teléfono sobre la cama.
Me quedé mirando el techo.
Lo odiaba.
Porque tenía razón.
Al día siguiente, Fer no escribió.
Ni a la mañana.
Ni al mediodía.
Ni a la tarde.
Yo intentaba convencerme de que no me importaba.
Pero cada vez que el teléfono vibraba, lo miraba.
Y cada vez que no era él, sentía una pequeña decepción que me molestaba admitir.
Finalmente, cerca de las seis, apareció su nombre.
Fer: ¿Llegaste bien ayer?
Contesté después de unos minutos.
Yo: Sí.
Fer: Bien.
Nada más.
Lo miré.
Esperé.
Nada.
Entonces escribí:
Yo: ¿Eso era todo?
Tardó.
Fer: ¿Qué querías que te dijera?
Sonreí.
Yo: No sé. Vos empezaste.
Fer: Vos tampoco parecías muy apurada por irte.
Me mordí el labio.
Yo: Puede ser.
Fer: Puede ser no.
Yo: ¿Ah, no?
Fer: No.
Yo: ¿Y qué sería?
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Fer: Que te gustó.
Apoyé el teléfono sobre la mesa.
Respiré hondo.
Volví a agarrarlo.
Yo: Sos bastante seguro de vos mismo.
Fer: No siempre.
Yo: ¿Y ahora?
Fer: Ahora sí.
No pude evitar sonreír.
Durante los días siguientes, nuestra conversación se convirtió en una especie de juego.
Nunca sabíamos exactamente dónde terminaba una charla normal y dónde empezaba la provocación.
Podíamos estar hablando de una publicación del local.
Fer: ¿Subiste la historia?
Yo: Sí.
Fer: Está buena.
Yo: Gracias.
Fer: Vos también.
Yo: Estamos hablando de la historia.
Fer: Yo no.
Y ahí quedaba.
Sin explicación.
Sin necesidad de agregar nada.
A veces pasaban horas sin escribirnos.
Y otras veces hablábamos durante toda la tarde.
Me preguntaba qué estaba haciendo.
Qué me había puesto.
Si estaba sola.
Si Ignacio estaba en casa.
Preguntas simples.
Pero cada vez tenían una segunda lectura.
Y yo empezaba a disfrutar demasiado de esa segunda lectura.
Una tarde estaba en casa cuando llegó otro mensaje.
Fer: ¿Qué hacés?
Yo: Nada.
Fer: Mentira.
Yo: ¿Por qué?
Fer: Porque vos nunca estás haciendo nada.
Yo: Hoy sí.
Fer: ¿Y qué?
Miré hacia el living.
Ignacio estaba trabajando.
Escribí:
Yo: Estoy en casa.
Fer: ¿Sola?
Miré nuevamente hacia el living.
Yo: No.
Fer: Mejor.
Me quedé mirando la pantalla.
Yo: ¿Por qué mejor?
La respuesta tardó.
Fer: Porque si estuvieras sola tendría que pensar demasiado.
Sonreí.
Yo: ¿Pensar qué?
Fer: Cosas que no debería.
Sentí ese pequeño cosquilleo que ya empezaba a reconocer.
Yo: Entonces no pienses.
Fer: Muy fácil decirlo.
Yo: ¿Y qué querés que haga?
Fer: Nada.
Yo: Entonces estamos de acuerdo.
Fer: No estoy tan seguro.
Apagué el teléfono.
No porque quisiera terminar la conversación.
Todo lo contrario.
Lo apagué porque sabía que, si seguía, iba a terminar diciendo algo que después tendría que explicarle a Ignacio.
Y esa posibilidad, en vez de asustarme, empezaba a divertirme.
Esa noche se lo conté.
Ignacio estaba acostado mirando el celular.
—Fer está cada vez más atrevido.
Levantó la mirada.
—¿Qué te dijo?
Le mostré la conversación.
La leyó completa.
Después me devolvió el teléfono.
—¿Y vos?
—¿Qué?
—Vos también lo provocás.
—Un poco.
—Un poco bastante.
Me reí.
—¿Te molesta?
Negó con la cabeza.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Me miró durante unos segundos.
—Lo que quiero saber es cuánto te gusta a vos.
Bajé la mirada.
—Más de lo que debería.
Ignacio sonrió.
—Entonces no te apures.
—¿No?
—No. Dejalo acercarse.
Lo miré.
—¿Y si se acerca demasiado?
—Ahí decidís vos.
Me acerqué y apoyé la cabeza sobre su hombro.
—A veces creo que vos disfrutás esto más que yo.
—Puede ser.
—Estás loco.
—Vos abriste la puerta.
Sonreí.
—Y vos la dejaste abierta.
El siguiente encuentro con Fer fue diferente.
No pasó nada.
Y justamente por eso fue peor.
Estábamos en el local.
Yo sentada frente a la computadora.
Él trabajando detrás del mostrador.
Cada tanto nuestras miradas se cruzaban.
Una vez.
Dos.
Tres.
Hasta que Fer se acercó.
—¿Estás concentrada?
—Estoy trabajando.
—No parece.
Levanté la mirada.
—¿Qué querés decir?
—Que hace cinco minutos estás mirando la misma pantalla.
Me reí.
—Porque alguien no me deja concentrarme.
Se quedó frente a mí.
—¿Alguien?
—Sí.
—¿Quién?
Lo miré directamente.
—Vos.
Sonrió.
No dijo nada.
Simplemente se quedó ahí.
Demasiado cerca.
Yo podía sentir su perfume.
Por un instante pensé que iba a besarme.
Pero no lo hizo.
Se apartó.
—Después seguimos hablando.
Y volvió al mostrador.
Me quedé mirándolo alejarse.
Había conseguido exactamente lo que quería.
Dejarme pensando.
Esa tarde, cuando salí del local, me llegó un mensaje.
Fer: Hoy estabas peligrosa.
Yo: ¿Yo?
Fer: Sí.
Yo: No hice nada.
Fer: Ese es el problema.
Sonreí.
Yo: ¿Qué querés hacer entonces?
Esta vez tardó bastante en responder.
Finalmente apareció:
Fer: Verte.
Miré la pantalla.
Yo: ¿Cuándo?
Fer: Cuando quieras.
Me quedé unos segundos pensando.
Después escribí:
Yo: Mañana.
La respuesta llegó enseguida.
Fer: ¿Segura?
Sonreí.
Yo: No.
Fer: Mejor.
Guardé el teléfono.
Y por primera vez entendí que aquello ya no era solamente una fantasía de Ignacio.
Tampoco era solamente un juego de Fer.
Era algo que yo estaba eligiendo.
Y lo más peligroso de todo era que empezaba a gustarme.
La tarde elegida llegó más rápido de lo que imaginaba.
Ese día, la tensión en casa se podía cortar con un cuchillo. Me estaba arreglando frente al espejo del dormitorio, eligiendo la ropa con un cuidado que rozaba lo obsesivo, consciente de cada detalle.
Desde la puerta, Ignacio me observaba en silencio, apoyado en el marco, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa divertida en los labios.
—Te tomaste tu tiempo para elegir —dijo con voz ronca.
—Quiero estar cómoda —respondí sin mirarlo del todo, aunque el temblor en mis dedos me delataba.
—Claro, comodísima —se burló acercándose despacio. Me tomó del mentón, obligándome a mirarlo a los ojos—. ¿Te vas a cuidar? ¿O vas a dejar que el juego llegue hasta el fondo?
Sentí que el calor me subía por el cuello.
—No lo sé... supongo que dependerá de cómo se den las cosas.
Ignacio soltó una risa baja, me dio un beso suave en los labios y se apartó.
—Andá tranquila. Disfrutá. Después me contás los detalles.
Salí a la calle con el corazón latiendo a los saltos.
A pocas cuadras, el auto de Fer se detuvo junto a la vereda. Abrí la puerta y subí de golpe, intentando disimular el temblor de mis manos.
Él ni siquiera me saludó con un beso en la mejilla; apenas cerré la puerta, se inclinó hacia mí, me agarró de la nuca y me devoró la boca con una urgencia que me dejó sin aire.
El motor seguía regulando y el mundo exterior ya había dejado de importar.
La cita no fue en un lugar público, ni en su casa ni en la mía. Habíamos alquilado una habitación en un hotel discreto, de esos donde el tiempo parece detenerse y las reglas de afuera dejan de importar.
Cuando entramos, la penumbra del cuarto nos recibió con un golpe de calor. Fer cerró la puerta a nuestras espaldas y, antes de que pudiera decir una sola palabra, su mano firme ya me había tomado de la cintura para pegarme contra su cuerpo.
—Tenía ganas de esto desde el primer día —murmuró contra mi boca, con la voz ronca y cerca, demasiado cerca.
Sus labios se apropiaron de los míos en un beso hambriento, hondo, con una urgencia contenida. Mis manos treparon por su pecho, sintiendo los latidos desbocados bajo la tela, mientras su boca bajaba por mi barbilla hasta morder suavemente el nacimiento de mi cuello.
Un escalofrío me recorrió entera.
Nos despojamos de la ropa a los tirones, enredados en un desorden de prendas y respiraciones agitadas. Caímos juntos sobre el colchón blando. Las barreras cayeron de golpe. Sus manos ágiles recorrieron cada rincón de mi cuerpo con una seguridad que me encendía.
En un instante de pausa entre beso y beso, jadeando contra su pecho, le recordé lo evidente con una mezcla de vértigo y excitación:
—No tengo nada... No trajiste nada.
Fer se detuvo un segundo, me miró a los ojos con una intensidad oscura, y una sonrisa torcida se dibujó en sus labios antes de volver a besarme con más fuerza.
—Mejor —respondió en un susurro áspero—. Yo tampoco.
Cuando finalmente nos unimos, lo hicimos con él encima de mí, sosteniéndose con los antebrazos a los lados de mi cabeza mientras yo curvaba la espalda y le rodeaba la cintura con las piernas, encajando nuestros cuerpos a la perfección.
El movimiento fue tan hondo y desesperado que el mundo exterior desapareció por completo. No existía el local, ni los mensajes, ni siquiera Ignacio esperando de nuevo en casa.
Solo éramos nosotros, el sonido de nuestras respiraciones quebradas chocando en la habitación, y el ritmo acompasado y febril que nos consumía.
Cada roce era más intenso, cada fricción más descontrolada. Me aferré a su espalda con las uñas, marcando el compás de un placer que crecía como una ola incontrolable.
Él enterró el rostro en mi cuello, gimiendo mi nombre hasta llevarnos al límite.
Cuando el clímax estalló, fue un golpe seco que nos sacudió por dentro en esa misma postura, apretados el uno contra el otro.
Y, tal como lo habíamos deseado, no nos separamos ni un instante.
Quedamos fundidos, abrazados, sin soltarnos mientras el calor de la habitación nos envolvía.
El sudor nos cubría la piel y, a medida que la intensidad física mermaba, sentíamos cómo nuestros cuerpos seguían latiendo al unísono, pegados y completamente húmedos, respirando el mismo aire espeso durante largos minutos hasta que el propio frío comenzó a correr de su cavidad a la mía en una contracción lenta y compartida.
Mucho más tarde, cuando la piel empezó a enfriarse de golpe y la realidad comenzó a filtrarse por debajo de la puerta, me senté al borde de la cama.
Las sábanas revueltas, el olor a perfume mezclado con sudor seco, el eco de lo que acabábamos de hacer.
Fer dormitaba boca abajo a mi lado, con un brazo cruzado sobre la almohada.
Miré el techo en penumbras y, de repente, una punzada fría me atravesó el pecho.
No nos cuidamos.
La frase se repitió en mi cabeza como un eco amenazante.
Recordé la facilidad con la que nos dejamos llevar, la falta absoluta de freno, y el vértigo se transformó en un miedo real, pesado y silencioso.
¿Y si había pasado?
¿Y si este juego estúpido terminaba dejando una huella imposible de ocultar en mi cuerpo?
Miré a Fer, y por primera vez en todo el día, sentí que la adrenalina se apagaba para dejar lugar a un temor paralizante que no sabía cómo iba a explicarle a nadie.
Ni a él.
Ni mucho menos a Ignacio.
¿Y vos?
Lo miré durante varios segundos.
No necesitaba explicarle demasiado. Él ya sabía que Fer me atraía. Lo habíamos hablado. Incluso había sido él quien, más de una vez, me había empujado a reconocerlo.
Pero una cosa era hablar.
Otra muy distinta era contarle que había dejado que Fer me besara.
Escribí:
Yo también.
La respuesta tardó unos segundos.
¿Te gustó?
Sonreí.
Sí.
Aparecieron los tres puntos.
¿Mucho?
Me quedé pensando.
Lo suficiente como para que me cueste dormir.
Esta vez tardó un poco más.
Entonces tenemos un problema.
¿Por qué?
Porque ahora vas a querer volver a verlo.
Apoyé el teléfono sobre la cama.
Me quedé mirando el techo.
Lo odiaba.
Porque tenía razón.
Al día siguiente, Fer no escribió.
Ni a la mañana.
Ni al mediodía.
Ni a la tarde.
Yo intentaba convencerme de que no me importaba.
Pero cada vez que el teléfono vibraba, lo miraba.
Y cada vez que no era él, sentía una pequeña decepción que me molestaba admitir.
Finalmente, cerca de las seis, apareció su nombre.
Fer: ¿Llegaste bien ayer?
Contesté después de unos minutos.
Yo: Sí.
Fer: Bien.
Nada más.
Lo miré.
Esperé.
Nada.
Entonces escribí:
Yo: ¿Eso era todo?
Tardó.
Fer: ¿Qué querías que te dijera?
Sonreí.
Yo: No sé. Vos empezaste.
Fer: Vos tampoco parecías muy apurada por irte.
Me mordí el labio.
Yo: Puede ser.
Fer: Puede ser no.
Yo: ¿Ah, no?
Fer: No.
Yo: ¿Y qué sería?
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Fer: Que te gustó.
Apoyé el teléfono sobre la mesa.
Respiré hondo.
Volví a agarrarlo.
Yo: Sos bastante seguro de vos mismo.
Fer: No siempre.
Yo: ¿Y ahora?
Fer: Ahora sí.
No pude evitar sonreír.
Durante los días siguientes, nuestra conversación se convirtió en una especie de juego.
Nunca sabíamos exactamente dónde terminaba una charla normal y dónde empezaba la provocación.
Podíamos estar hablando de una publicación del local.
Fer: ¿Subiste la historia?
Yo: Sí.
Fer: Está buena.
Yo: Gracias.
Fer: Vos también.
Yo: Estamos hablando de la historia.
Fer: Yo no.
Y ahí quedaba.
Sin explicación.
Sin necesidad de agregar nada.
A veces pasaban horas sin escribirnos.
Y otras veces hablábamos durante toda la tarde.
Me preguntaba qué estaba haciendo.
Qué me había puesto.
Si estaba sola.
Si Ignacio estaba en casa.
Preguntas simples.
Pero cada vez tenían una segunda lectura.
Y yo empezaba a disfrutar demasiado de esa segunda lectura.
Una tarde estaba en casa cuando llegó otro mensaje.
Fer: ¿Qué hacés?
Yo: Nada.
Fer: Mentira.
Yo: ¿Por qué?
Fer: Porque vos nunca estás haciendo nada.
Yo: Hoy sí.
Fer: ¿Y qué?
Miré hacia el living.
Ignacio estaba trabajando.
Escribí:
Yo: Estoy en casa.
Fer: ¿Sola?
Miré nuevamente hacia el living.
Yo: No.
Fer: Mejor.
Me quedé mirando la pantalla.
Yo: ¿Por qué mejor?
La respuesta tardó.
Fer: Porque si estuvieras sola tendría que pensar demasiado.
Sonreí.
Yo: ¿Pensar qué?
Fer: Cosas que no debería.
Sentí ese pequeño cosquilleo que ya empezaba a reconocer.
Yo: Entonces no pienses.
Fer: Muy fácil decirlo.
Yo: ¿Y qué querés que haga?
Fer: Nada.
Yo: Entonces estamos de acuerdo.
Fer: No estoy tan seguro.
Apagué el teléfono.
No porque quisiera terminar la conversación.
Todo lo contrario.
Lo apagué porque sabía que, si seguía, iba a terminar diciendo algo que después tendría que explicarle a Ignacio.
Y esa posibilidad, en vez de asustarme, empezaba a divertirme.
Esa noche se lo conté.
Ignacio estaba acostado mirando el celular.
—Fer está cada vez más atrevido.
Levantó la mirada.
—¿Qué te dijo?
Le mostré la conversación.
La leyó completa.
Después me devolvió el teléfono.
—¿Y vos?
—¿Qué?
—Vos también lo provocás.
—Un poco.
—Un poco bastante.
Me reí.
—¿Te molesta?
Negó con la cabeza.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Me miró durante unos segundos.
—Lo que quiero saber es cuánto te gusta a vos.
Bajé la mirada.
—Más de lo que debería.
Ignacio sonrió.
—Entonces no te apures.
—¿No?
—No. Dejalo acercarse.
Lo miré.
—¿Y si se acerca demasiado?
—Ahí decidís vos.
Me acerqué y apoyé la cabeza sobre su hombro.
—A veces creo que vos disfrutás esto más que yo.
—Puede ser.
—Estás loco.
—Vos abriste la puerta.
Sonreí.
—Y vos la dejaste abierta.
El siguiente encuentro con Fer fue diferente.
No pasó nada.
Y justamente por eso fue peor.
Estábamos en el local.
Yo sentada frente a la computadora.
Él trabajando detrás del mostrador.
Cada tanto nuestras miradas se cruzaban.
Una vez.
Dos.
Tres.
Hasta que Fer se acercó.
—¿Estás concentrada?
—Estoy trabajando.
—No parece.
Levanté la mirada.
—¿Qué querés decir?
—Que hace cinco minutos estás mirando la misma pantalla.
Me reí.
—Porque alguien no me deja concentrarme.
Se quedó frente a mí.
—¿Alguien?
—Sí.
—¿Quién?
Lo miré directamente.
—Vos.
Sonrió.
No dijo nada.
Simplemente se quedó ahí.
Demasiado cerca.
Yo podía sentir su perfume.
Por un instante pensé que iba a besarme.
Pero no lo hizo.
Se apartó.
—Después seguimos hablando.
Y volvió al mostrador.
Me quedé mirándolo alejarse.
Había conseguido exactamente lo que quería.
Dejarme pensando.
Esa tarde, cuando salí del local, me llegó un mensaje.
Fer: Hoy estabas peligrosa.
Yo: ¿Yo?
Fer: Sí.
Yo: No hice nada.
Fer: Ese es el problema.
Sonreí.
Yo: ¿Qué querés hacer entonces?
Esta vez tardó bastante en responder.
Finalmente apareció:
Fer: Verte.
Miré la pantalla.
Yo: ¿Cuándo?
Fer: Cuando quieras.
Me quedé unos segundos pensando.
Después escribí:
Yo: Mañana.
La respuesta llegó enseguida.
Fer: ¿Segura?
Sonreí.
Yo: No.
Fer: Mejor.
Guardé el teléfono.
Y por primera vez entendí que aquello ya no era solamente una fantasía de Ignacio.
Tampoco era solamente un juego de Fer.
Era algo que yo estaba eligiendo.
Y lo más peligroso de todo era que empezaba a gustarme.
La tarde elegida llegó más rápido de lo que imaginaba.
Ese día, la tensión en casa se podía cortar con un cuchillo. Me estaba arreglando frente al espejo del dormitorio, eligiendo la ropa con un cuidado que rozaba lo obsesivo, consciente de cada detalle.
Desde la puerta, Ignacio me observaba en silencio, apoyado en el marco, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa divertida en los labios.
—Te tomaste tu tiempo para elegir —dijo con voz ronca.
—Quiero estar cómoda —respondí sin mirarlo del todo, aunque el temblor en mis dedos me delataba.
—Claro, comodísima —se burló acercándose despacio. Me tomó del mentón, obligándome a mirarlo a los ojos—. ¿Te vas a cuidar? ¿O vas a dejar que el juego llegue hasta el fondo?
Sentí que el calor me subía por el cuello.
—No lo sé... supongo que dependerá de cómo se den las cosas.
Ignacio soltó una risa baja, me dio un beso suave en los labios y se apartó.
—Andá tranquila. Disfrutá. Después me contás los detalles.
Salí a la calle con el corazón latiendo a los saltos.
A pocas cuadras, el auto de Fer se detuvo junto a la vereda. Abrí la puerta y subí de golpe, intentando disimular el temblor de mis manos.
Él ni siquiera me saludó con un beso en la mejilla; apenas cerré la puerta, se inclinó hacia mí, me agarró de la nuca y me devoró la boca con una urgencia que me dejó sin aire.
El motor seguía regulando y el mundo exterior ya había dejado de importar.
La cita no fue en un lugar público, ni en su casa ni en la mía. Habíamos alquilado una habitación en un hotel discreto, de esos donde el tiempo parece detenerse y las reglas de afuera dejan de importar.
Cuando entramos, la penumbra del cuarto nos recibió con un golpe de calor. Fer cerró la puerta a nuestras espaldas y, antes de que pudiera decir una sola palabra, su mano firme ya me había tomado de la cintura para pegarme contra su cuerpo.
—Tenía ganas de esto desde el primer día —murmuró contra mi boca, con la voz ronca y cerca, demasiado cerca.
Sus labios se apropiaron de los míos en un beso hambriento, hondo, con una urgencia contenida. Mis manos treparon por su pecho, sintiendo los latidos desbocados bajo la tela, mientras su boca bajaba por mi barbilla hasta morder suavemente el nacimiento de mi cuello.
Un escalofrío me recorrió entera.
Nos despojamos de la ropa a los tirones, enredados en un desorden de prendas y respiraciones agitadas. Caímos juntos sobre el colchón blando. Las barreras cayeron de golpe. Sus manos ágiles recorrieron cada rincón de mi cuerpo con una seguridad que me encendía.
En un instante de pausa entre beso y beso, jadeando contra su pecho, le recordé lo evidente con una mezcla de vértigo y excitación:
—No tengo nada... No trajiste nada.
Fer se detuvo un segundo, me miró a los ojos con una intensidad oscura, y una sonrisa torcida se dibujó en sus labios antes de volver a besarme con más fuerza.
—Mejor —respondió en un susurro áspero—. Yo tampoco.
Cuando finalmente nos unimos, lo hicimos con él encima de mí, sosteniéndose con los antebrazos a los lados de mi cabeza mientras yo curvaba la espalda y le rodeaba la cintura con las piernas, encajando nuestros cuerpos a la perfección.
El movimiento fue tan hondo y desesperado que el mundo exterior desapareció por completo. No existía el local, ni los mensajes, ni siquiera Ignacio esperando de nuevo en casa.
Solo éramos nosotros, el sonido de nuestras respiraciones quebradas chocando en la habitación, y el ritmo acompasado y febril que nos consumía.
Cada roce era más intenso, cada fricción más descontrolada. Me aferré a su espalda con las uñas, marcando el compás de un placer que crecía como una ola incontrolable.
Él enterró el rostro en mi cuello, gimiendo mi nombre hasta llevarnos al límite.
Cuando el clímax estalló, fue un golpe seco que nos sacudió por dentro en esa misma postura, apretados el uno contra el otro.
Y, tal como lo habíamos deseado, no nos separamos ni un instante.
Quedamos fundidos, abrazados, sin soltarnos mientras el calor de la habitación nos envolvía.
El sudor nos cubría la piel y, a medida que la intensidad física mermaba, sentíamos cómo nuestros cuerpos seguían latiendo al unísono, pegados y completamente húmedos, respirando el mismo aire espeso durante largos minutos hasta que el propio frío comenzó a correr de su cavidad a la mía en una contracción lenta y compartida.
Mucho más tarde, cuando la piel empezó a enfriarse de golpe y la realidad comenzó a filtrarse por debajo de la puerta, me senté al borde de la cama.
Las sábanas revueltas, el olor a perfume mezclado con sudor seco, el eco de lo que acabábamos de hacer.
Fer dormitaba boca abajo a mi lado, con un brazo cruzado sobre la almohada.
Miré el techo en penumbras y, de repente, una punzada fría me atravesó el pecho.
No nos cuidamos.
La frase se repitió en mi cabeza como un eco amenazante.
Recordé la facilidad con la que nos dejamos llevar, la falta absoluta de freno, y el vértigo se transformó en un miedo real, pesado y silencioso.
¿Y si había pasado?
¿Y si este juego estúpido terminaba dejando una huella imposible de ocultar en mi cuerpo?
Miré a Fer, y por primera vez en todo el día, sentí que la adrenalina se apagaba para dejar lugar a un temor paralizante que no sabía cómo iba a explicarle a nadie.
Ni a él.
Ni mucho menos a Ignacio.
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