Nunca pensé que iba a escribir esto.
Toda la vida intenté ser otra cosa. El que tiene que gustar, el que tiene que levantar, el que tiene que pensar qué decir y cómo pararse. Y siempre me sentí falso, incómodo, como si estuviera usando una ropa que no era mía.Nunca pensé que iba a contar las horas para que mamá se vaya… y ahora lo hago.
Hasta que un día me arrodillé.

Y se me apagó la cabeza.
Hay un momento exacto en el que el cerebro se corta.
Estás de rodillas, con la boca abierta, y de repente la cabeza gruesa y caliente te empuja la lengua. El sabor te llena todo: salado, fuerte, un poco amargo, vivo. Huele a hombre de verdad. Y en ese segundo… se te acaba el pensamiento.
Ya no estás analizando si está bien o mal.
Ya no estás preguntándote qué sos.
Ya no estás negociando con vos mismo.
Solo estás chupando.

El sabor de la pija te ancla. Te deja presente y a la vez te saca de la cabeza. Es como si el cuerpo dijera “esto es lo que tenía que estar haciendo” y la mente, por fin, se calla. Se siente una paz rara. Sucia, pero paz al fin.
A veces todavía me agarra un flash de incertidumbre.
Un “¿en serio soy yo el que está de rodillas?”.
Un “¿cómo llegué hasta acá?”.
Pero dura poco. Porque enseguida vuelve el sabor, la textura, el peso de la pija sobre la lengua, y otra vez se me apaga todo. Y cuando se apaga… es adictivo. Es el único momento en el que no tengo que fingir ni rendir ni pensar cómo pararme en el mundo.
Solo tengo que abrir la boca y servir.

Me di cuenta de que me gusta mucho más ser deseado que desear.
Me gusta que alguien mire mi culo de pendeja y se le active algo salvaje. Que lo apriete, que lo separe, que diga al oído, bajito y sucio: “qué culo de putita tenés”. Eso me derrite más que cualquier piropo lindo de una mujer.
Una mina nunca me miró con esa hambre.
Un macho sí.
Ahora paso días enteros esperando. Cuento las horas para que mamá se vaya de vacaciones. Fantaseo con la casa sola, con la ropa que me voy a poner, con la cara que voy a poner cuando alguien entre y me use como se usa a una puta. Ya no es solo una fantasía que se me cruza… es algo que necesito.

Ser la puta me hace sentir deseado de verdad.
Me hace sentir usado de la forma correcta.
Y sobre todo, me hace dejar de pensar.
Y eso, después de tantos años intentando ser otra cosa, se siente como el único lugar donde por fin dejo de pelear conmigo mismo.
Aunque todavía me cueste admitirlo del todo.
Toda la vida intenté ser otra cosa. El que tiene que gustar, el que tiene que levantar, el que tiene que pensar qué decir y cómo pararse. Y siempre me sentí falso, incómodo, como si estuviera usando una ropa que no era mía.Nunca pensé que iba a contar las horas para que mamá se vaya… y ahora lo hago.
Hasta que un día me arrodillé.

Y se me apagó la cabeza.
Hay un momento exacto en el que el cerebro se corta.
Estás de rodillas, con la boca abierta, y de repente la cabeza gruesa y caliente te empuja la lengua. El sabor te llena todo: salado, fuerte, un poco amargo, vivo. Huele a hombre de verdad. Y en ese segundo… se te acaba el pensamiento.
Ya no estás analizando si está bien o mal.
Ya no estás preguntándote qué sos.
Ya no estás negociando con vos mismo.
Solo estás chupando.

El sabor de la pija te ancla. Te deja presente y a la vez te saca de la cabeza. Es como si el cuerpo dijera “esto es lo que tenía que estar haciendo” y la mente, por fin, se calla. Se siente una paz rara. Sucia, pero paz al fin.
A veces todavía me agarra un flash de incertidumbre.
Un “¿en serio soy yo el que está de rodillas?”.
Un “¿cómo llegué hasta acá?”.
Pero dura poco. Porque enseguida vuelve el sabor, la textura, el peso de la pija sobre la lengua, y otra vez se me apaga todo. Y cuando se apaga… es adictivo. Es el único momento en el que no tengo que fingir ni rendir ni pensar cómo pararme en el mundo.
Solo tengo que abrir la boca y servir.

Me di cuenta de que me gusta mucho más ser deseado que desear.
Me gusta que alguien mire mi culo de pendeja y se le active algo salvaje. Que lo apriete, que lo separe, que diga al oído, bajito y sucio: “qué culo de putita tenés”. Eso me derrite más que cualquier piropo lindo de una mujer.
Una mina nunca me miró con esa hambre.
Un macho sí.
Ahora paso días enteros esperando. Cuento las horas para que mamá se vaya de vacaciones. Fantaseo con la casa sola, con la ropa que me voy a poner, con la cara que voy a poner cuando alguien entre y me use como se usa a una puta. Ya no es solo una fantasía que se me cruza… es algo que necesito.

Ser la puta me hace sentir deseado de verdad.
Me hace sentir usado de la forma correcta.
Y sobre todo, me hace dejar de pensar.
Y eso, después de tantos años intentando ser otra cosa, se siente como el único lugar donde por fin dejo de pelear conmigo mismo.
Aunque todavía me cueste admitirlo del todo.
3 comentarios - Descubrí que me prende más ser la puta… y ya no puedo parar