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Si leés este relato, vas a entender por qué me volví adicto

Si leés este relato, vas a entender por qué me volví adicto

En esa época yo todavía creía en todo.
Creía en Dios, en formar una familia, en tener una mujer al lado. Era el primer año de la facultad y, aunque ya éramos mayores, adentro mío seguía siendo el pibe tímido e inseguro que se había refugiado en la iglesia porque no tenía papá y solo vivía con la mamá y la hermana. La iglesia me había acogido. Me había dado un lugar. Yo me aferraba a eso con uñas y dientes.
Esa noche, sin embargo, algo se empezó a romper.
Era una juntada de la facultad. Éramos ocho: cuatro minas y cuatro pibes. Las minas eran las típicas universitarias de esa edad… ahora puedo decir que tenían todas cara de putas, pero en ese momento no me permitía ni pensarlo. Una de ellas, sobre todo, tenía un culo de ensueño. Redondo, alto, firme, de esos que se marcan solos aunque lleven lo que lleven. Esa noche traía un shortcito tan corto que cada vez que se agachaba o se sentaba se le veía el pliegue de abajo. Y le encantaba provocar. Se reía fuerte, se acomodaba el pelo, se sentaba de costado abriendo un poco las piernas. Yo la miraba de reojo y me odiaba por calentarme.
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Estábamos en lo de uno de ellos. Primero tomamos bastante. Después alguien sacó un vaso y propuso jugar al juego de la copa. Espiritismo barato de estudiantes. La Ouija de pobre. Nos reímos, apagamos las luces y empezamos.
La oscuridad era casi total. Solo se escuchaba la respiración de todos y el dedo moviéndose sobre el vaso. En un momento sentí que alguien, desde mi izquierda, me apoyaba algo pesado y caliente contra el muslo. No dije nada. Me paralicé. Como siempre me pasaba: tardaba en reaccionar, me quedaba quieto, duro, congelado. Una mezcla de miedo, duda y un “qué carajo está pasando” que no sabía dónde poner. El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que se iba a escuchar en toda la pieza.
Pasó una vez.
Después otra.
Y una tercera.
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Cada vez que apagábamos la luz, esa presencia volvía. Yo no me animaba a moverme ni a hablar. Solo tragaba saliva y, casi de forma inconsciente, arqueba un poco la espalda, como si el cuerpo solo estuviera ofreciendo más superficie. Avergonzado y excitado al mismo tiempo.
Cuando por fin prendieron la luz, vi que el pibe que yo ya sospechaba —un tipito no muy alto, lleno de tatuajes, cara de matón, de esos que te preguntás cómo carajo llegó a la universidad— estaba chapando pesado con la culona en el sillón de al lado. Lengua va, lengua viene, manos por todos lados. En un momento él intentó levantarla y llevársela al cuarto, pero ella se rio y no quiso. Como si disimulara no querer ser tan puta delante de todos. Yo no podía dejar de mirarle el culo. Era una cosa perfecta, redonda, que le salía desde la espalda baja como si estuviera hecho a propósito para ser agarrado. El shortcito no dejaba casi nada a la imaginación. Se me hizo un nudo en el estómago. No sabía si sentirme aliviado o profundamente decepcionado.
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Más tarde la mina se puso re borracha. Otra amiga ofreció acercarla en remis a su casa. Ella se resistía, no quería irse, pero las minas son así de cuidadoras entre ellas… al final se la terminaron llevando para que no quedara exp1uesta.
Quedamos seis en el living: dos minas y cuatro pibes (yo y el matón incluidos). Pusieron una película de terror berreta, de esas donde las actrices parecen actrices porno. Tetas afuera, gritos exagerados, escenas larguísimas de sexo apenas disimulado. En una de las secuencias una rubia de tetas enormes estaba siendo cogida con violencia sobre una mesa. El tipo le mordía los pezones mientras ella lo abrazaba con las piernas, los tacones clavados en su espalda, la boca abierta en un gemido continuo. La cámara no cortaba. Se veía todo: cómo entraba y salía, cómo se le movían las tetas, cómo ella pedía más.
La calentura en la habitación se podía cortar con un cuchillo.
Los pibes, incluido él, no se callaban:
—Qué puta de mierda…
—Mirá esas gomas…
—La re cojo hasta que grite…
Las minas los miraban con asco y les decían que eran unos salvajes. Yo me reía por compromiso, pero adentro estaba hecho un lío. Cada comentario me calentaba más y al mismo tiempo me hacía sentir como el peor traidor por seguir llamándome cristiano.
En un momento salieron de a dos a fumar.
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Quedamos solos él y yo en el living, con la película de fondo y la luz baja.
Se sentó al lado mío. Sin decir casi nada se acomodó, abrió el pantalón y me apoyó la verga directamente sobre el muslo. Caliente. Pesada. Ya bastante dura… pero a la vez “dormida”. Ahora entiendo lo que era: de esas pijas enormes que siempre están semi erectas y todavía les falta llenarse de sangre del todo. En ese momento solo sentí que era demasiado grande y que me estaba quemando la pierna.
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Me quedé sin aire.
Era exactamente la misma sensación de cuando apagábamos la luz en el juego de la copa, solo que ahora no había oscuridad que lo escondiera. Estaba pasando de verdad. La mano me temblaba cuando se la agarré. Estaba gruesa, venosa, y de a poco el glande se le fue poniendo cada vez más brillante.
En la tele, otra escena de porno: El tipo le había dado vuelta y ahora se la cogía de espaldas mientras le tiraba del pelo.
Él soltó un suspiro bajo, se recostó un poco más y, sin dejar de mirar la pantalla, dijo:
—Uff, mirá cómo se la cogen a esa puta… te imaginás lo rico que debe ser?
Yo solo pude contestar, casi sin voz:
—Sí…
Y seguí sobándosela. Despacio al principio. Él no me detuvo. Solo dejaba que le hiciera la paja mientras seguía viendo la película. No hablamos más. Solo se escuchaba el sonido húmedo de mi mano subiendo y bajando y su respiración cada vez más entrecortada.
Yo tenía la cabeza completamente dada vuelta. Estaba pajeando a un compañero de la facultad en medio de una juntada, con gente a pocos metros… y lo más loco es que no se me paraba ni mirando a las minas ni con las escenas de la película. Mi placer venía de otro lado. De tener esa pija enorme y caliente en la mano. De hacerlo gemir. De servirlo.
Me sentía sucio, traidor a todo lo que creía… y más excitado que nunca en mi vida.
Variaba el ritmo. A veces suave y lento, a veces más rápido y apretado. Fueron como tres minutos que se sintieron eternos. La pija se le puso durísima, muy venosa y al mismo tiempo suave al tacto. Sentí cómo se le tensaban los muslos y estiraba las piernas.

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En un momento me miró de reojo. Yo aceleré. Lo agarré con más fuerza. Hasta que se corrió en mi mano con un gemido ahogado, caliente y abundante. Fue mucha leche. El doble de lo que yo producía cuando me masturbaba. Se ve que estaba cargadísimo. Y lo más impresionante: después de corrérsele, la pija le seguía latendo dura en mi palma.
Me quedé unos segundos así, con la mano llena de semen y el olor subiéndome directo a la cabeza. Después me limpié como pude con una servilleta. Él se acomodó el pantalón. Cuando volvieron los demás hicimos como si no hubiera pasado absolutamente nada.
Pero a mí se me había roto algo esa noche.
Volví a casa con la culpa y la excitación mezcladas en la boca. Me acosté y no pude dejar de pensar en el peso de esa verga sobre mi muslo, en lo fácil que se me había hecho agarrarla, en lo mucho que me había gustado hacerlo venir, en que ni siquiera se me había parado por las minas… solo por servir.
Esa fue la primera grieta real.
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La primera vez que el cuerpo me dijo, sin palabras, que tal vez no estaba hecho para la vida que creía que tenía que vivir.
Y desde entonces, aunque me costara admitirlo durante años, nunca pude volver a ser exactamente el mismo.

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