Hay un momento en el espejo que me deja sin aire.
Me visto. Me acomodo la ropa. Me miro de costado. Y de golpe dejo de ver el cuerpo que entrené durante años. Dejo de ver piernas y glúteos de gym. Empiezo a ver otra cosa.

Veo un culo de pendeja. Redondo, firme, que se marca bajo la tela. Un culo que no está hecho para lucirse en una foto de progreso, sino para que alguien lo agarre con las dos manos, lo separe y lo use. Y en ese segundo se me apaga otra vez la cabeza.
Ya no estoy pensando en si se nota que entreno.
Estoy pensando en cómo se vería ese culo mientras me cogén.

En cómo se sentiría que me lo cacheteen.
En la cara que pondría un macho al verlo por primera vez.
El cuerpo empieza a mandar más que yo.
Se me pone caliente solo de mirarme. Se me humedece la boca. Se me olvida por un rato que afuera soy otra persona. Solo queda esa imagen: yo, vestida, con ese culo que ya no es mío del todo… es de la puta que se está formando.

A veces todavía me agarra un flash de duda.
Un “¿esto es realmente lo que quiero mostrar?”.
Pero dura poco. Porque el cuerpo ya contestó. Y cuando el cuerpo contesta así de claro, la cabeza solo puede seguirlo.
Ese culo de pendeja ya no es un logro de entrenamiento.
Es una invitación.
Y cada vez que me miro, sé exactamente a qué está invitando.

Me visto. Me acomodo la ropa. Me miro de costado. Y de golpe dejo de ver el cuerpo que entrené durante años. Dejo de ver piernas y glúteos de gym. Empiezo a ver otra cosa.

Veo un culo de pendeja. Redondo, firme, que se marca bajo la tela. Un culo que no está hecho para lucirse en una foto de progreso, sino para que alguien lo agarre con las dos manos, lo separe y lo use. Y en ese segundo se me apaga otra vez la cabeza.
Ya no estoy pensando en si se nota que entreno.
Estoy pensando en cómo se vería ese culo mientras me cogén.

En cómo se sentiría que me lo cacheteen.
En la cara que pondría un macho al verlo por primera vez.
El cuerpo empieza a mandar más que yo.
Se me pone caliente solo de mirarme. Se me humedece la boca. Se me olvida por un rato que afuera soy otra persona. Solo queda esa imagen: yo, vestida, con ese culo que ya no es mío del todo… es de la puta que se está formando.

A veces todavía me agarra un flash de duda.
Un “¿esto es realmente lo que quiero mostrar?”.
Pero dura poco. Porque el cuerpo ya contestó. Y cuando el cuerpo contesta así de claro, la cabeza solo puede seguirlo.
Ese culo de pendeja ya no es un logro de entrenamiento.
Es una invitación.
Y cada vez que me miro, sé exactamente a qué está invitando.

2 comentarios - Qué pasa cuando dejás de pelear y aceptás que sos una putita