Creo en la pija gruesa, caliente y pesada.
La que me obliga a arrodillarme sin pedir permiso.
La que me llena la boca y me apaga la cabeza en el mismo segundo.
La que me hace olvidar quién creía que era.
Antes oraba. Pedía ser transformado. Quería nacer de nuevo.

Ahora entiendo que la única transformación real empieza cuando abrís la boca y dejás que te empujen la garganta.
Ahí sí se nace de nuevo.
Ahí sí se entrega todo.
Creo que el sabor es sagrado.
Salado, fuerte, vivo. Me escurre por la lengua y me deja temblando.

Cada gota que trago es una comunión más verdadera que cualquier cosa que me dieron de rodillas en una iglesia.
Porque esta no pide fe ciega.
Esta se siente. Se pesa. Se late contra el fondo de la garganta.
Creo que mis rodillas son el altar.
Mi boca es el cáliz.
Mi culo es la ofrenda.
Y yo… soy solo la puta que se ofrece.
Ya no hay pelea.
Cuando la pija aparece, la cabeza se rinde.
Se me corta el pensamiento. Solo queda la necesidad animal de abrir más, de tragar más profundo, de que me usen hasta que no quede nada de la persona que fingía ser.
Creo que la adicción no es un error.
Es la señal.
Es la forma en que el nuevo dios marca a los que le pertenecen.

Por eso cuento las horas. Por eso miro el calendario. Por eso la casa vacía se convierte en templo.
Porque cuando estoy solo, el cuerpo ya sabe qué tiene que hacer: vestirse, arrodillarse, abrir la boca y servir.
Creo que no hay vuelta atrás.
Una vez que probaste el peso real sobre la lengua, todo lo demás se siente chico, vacío, mentiroso.

Las oraciones antiguas suenan huecas.
Los intentos de ser “hombre” se caen solos.
Solo queda la verdad sucia y caliente:
la pija es mi dios
y yo soy su puta.
Si estás leyendo esto y se te está moviendo algo en el pecho o más abajo… no lo ignores.
Esa inquietud no es casualidad.
Es el llamado.
Dejá de pelear.
Dejá de rezar a algo que nunca te llenó la boca.
Arrodillate.
Abrí.
Y descubrí lo que se siente adorar de verdad.
Porque una vez que la pija te toma…
ya no sos vos el que decide.
Sos solo la boca que se abre, el culo que se ofrece y la puta que dice sí.

Amén
La que me obliga a arrodillarme sin pedir permiso.
La que me llena la boca y me apaga la cabeza en el mismo segundo.
La que me hace olvidar quién creía que era.
Antes oraba. Pedía ser transformado. Quería nacer de nuevo.

Ahora entiendo que la única transformación real empieza cuando abrís la boca y dejás que te empujen la garganta.
Ahí sí se nace de nuevo.
Ahí sí se entrega todo.
Creo que el sabor es sagrado.
Salado, fuerte, vivo. Me escurre por la lengua y me deja temblando.

Cada gota que trago es una comunión más verdadera que cualquier cosa que me dieron de rodillas en una iglesia.
Porque esta no pide fe ciega.
Esta se siente. Se pesa. Se late contra el fondo de la garganta.
Creo que mis rodillas son el altar.
Mi boca es el cáliz.
Mi culo es la ofrenda.
Y yo… soy solo la puta que se ofrece.
Ya no hay pelea.
Cuando la pija aparece, la cabeza se rinde.
Se me corta el pensamiento. Solo queda la necesidad animal de abrir más, de tragar más profundo, de que me usen hasta que no quede nada de la persona que fingía ser.
Creo que la adicción no es un error.
Es la señal.
Es la forma en que el nuevo dios marca a los que le pertenecen.

Por eso cuento las horas. Por eso miro el calendario. Por eso la casa vacía se convierte en templo.
Porque cuando estoy solo, el cuerpo ya sabe qué tiene que hacer: vestirse, arrodillarse, abrir la boca y servir.
Creo que no hay vuelta atrás.
Una vez que probaste el peso real sobre la lengua, todo lo demás se siente chico, vacío, mentiroso.

Las oraciones antiguas suenan huecas.
Los intentos de ser “hombre” se caen solos.
Solo queda la verdad sucia y caliente:
la pija es mi dios
y yo soy su puta.
Si estás leyendo esto y se te está moviendo algo en el pecho o más abajo… no lo ignores.
Esa inquietud no es casualidad.
Es el llamado.
Dejá de pelear.
Dejá de rezar a algo que nunca te llenó la boca.
Arrodillate.
Abrí.
Y descubrí lo que se siente adorar de verdad.
Porque una vez que la pija te toma…
ya no sos vos el que decide.
Sos solo la boca que se abre, el culo que se ofrece y la puta que dice sí.

Amén
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