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La Sombra de la Duda: Inversión Carnal - CAP 2

La Sombra de la Duda: Inversión Carnal - CAP 2


Capítulo2: El Manual del Depredador


El arrepentimiento me pegó comouna patada en los huevos casi de inmediato.
Apenas la pantalla confirmó quelos fondos se habían esfumado de mi billetera virtual, el zumbido de lacalentura se apagó de golpe. Quedó un silencio sepulcral en el living. Vi elnúmero de mi cuenta reducirse a algo que me dio náuseas. Me agarré la cabezacon las dos manos y tiré del pelo hasta que me dolió el cuero cabelludo.


Mierda. La puta madre. Lo que mehace hacer la calentura.


Soy un enfermo. Un reverendoimbécil.


El miedo a haber caído en unaestafa de nivel maestro me cerró el estómago. ¿Cómo carajo recuperaba esa platasi el tal Néstor desaparecía? ¿Y si no era estafa… pero yo era tan pelotudo queno lograba conseguir lo que estaba pagando? Pasé el resto de la noche en vela,mirando el techo, con la pija completamente blanda y el cerebro martillándomeinsultos.


Al día siguiente, a las 11:47, elcelular vibró.


Un correo encriptado. Asunto: Coordenadas- L.


Abrí el PDF con los dedos tantemblorosos que casi tiro el teléfono. Esperaba una dirección de hotel, unahabitación oscura, ella esperándome en cuatro. No fue eso.
Fue un puto manual de cacería.


Día: Sábado. Hora:15:00 hrs. Ubicación: [dirección en zona residencial del norte].


Barrio tranquilo. Fines de semana a esa hora casi no hay tránsito peatonal nivehicular.


Instrucciones de aproximación:Laura estará caminando sola por la vereda este. Debes acercarte en tu vehículoparticular. Detén el auto a su costado, baja la ventanilla del copiloto ypídele indicaciones para llegar a una avenida principal. Habla con voztranquila. No sonrías demasiado. No la mires a los pechos ni al culo en losprimeros treinta segundos.


Había más.


Páginas enteras desglosando lapsicología de la mujer de los videos. Decía que su adicción se basaba en elriesgo de lo cotidiano. En la invasión de extraños en lugares comunes. Que siyo le ofrecía dinero o le decía que sabía quién era, ella huiría aterrada yjamás volvería a aparecer. Que tenía que jugar el juego exacto: hombre común,coincidencia, peligro controlado.


“No la trates como una puta.Trátala como una presa que todavía no sabe que está siendo cazada.”


Cerré el PDF. Me quedé mirando lapantalla en blanco.


Carajo. ¿Cómo es posible que ellano sepa que la venden por internet? Tiene que saber. No puede ser tan ingenua.


Pero la Sombra de la Duda ya noimportaba. Lo hecho, hecho estaba. Mi cuenta estaba vacía y yo tenía unamisión.


Me leí el maldito archivo comocincuenta veces durante la semana. Cada palabra. Cada advertencia. 


Lo leía comosi cada repasada adicional justificara haber quemado una montaña de dinero porun papel digital. En el trabajo no podía concentrarme. Me agarraba ereccionesen medio de reuniones solo de recordar el rebote de ese culo en el subte. Porlas noches me pajeaba pensando en el sábado y después me odiaba.


Llegó el día.


Me preparé como un imbécil. Bajéa la cochera, limpié el Audi negro hasta que brilló. Subí, me duché con aguacasi hirviendo para calmar los nervios y me puse mis mejores prendas dediseñador. Perfume importado en el cuello. Listo para deslumbrarla.


Antes de salir volví a abrir elPDF por quincuagésima primera vez. Mis ojos se clavaron en una línea que miarrogancia había ignorado:
“No vistas como alguien deplata. La intimidarás. Viste casual, inofensivo. Sé un hombre común.”


Maldije en voz alta. Me arranquéla camisa de lino y los zapatos de cuero. Terminé con un short oscuro que mequedaba bien, una remera beige y zapatillas limpias. Inofensivo. Casual.Invisible.


El trayecto hacia zona norte fueuna tortura. Manejaba despacio. El cuero del volante se me pegaba a las palmassudorosas. El barrio era exactamente como decía el manual: calles flanqueadaspor árboles grandes, sombras largas, casi ningún auto, casi ninguna persona. Unescenario perfecto. Aislado. Silencioso.


Doblé en la calle indicada. Elreloj del tablero marcaba las 14:58.
Y entonces la vi.


El aire se me salió de lospulmones de un solo golpe. Pisé el freno por instinto.


Era ella.


Dios santo. Era ella.


Ese culazo infernal se movíarítmicamente por la vereda, bamboleando la masa de carne con una cadenciapesada y obscena. Exactamente el mismo culo con el que había soñado frente a lapantalla. La luz del sol de la tarde lo hacía ver todavía más real, másindecente. El cabello rubio teñido y lacio le caía por la espalda, meciéndosecon cada paso.


Llevaba un leggin negro. La putamadre. La tela elástica se le pegaba de una forma criminal, delineando lacurvatura exagerada de las nalgas, metiéndose con hambre en la zanja deltrasero, marcando unos muslos gruesos y potentes. Arriba, un top negrocortísimo que dejaba a la vista una ancha franja de piel rosada en la espaldabaja.
No era un holograma. No era unaestafa. Era Laura. Caminando sola. Indefensa.
Y yo tenía el manual deinstrucciones para destruirla.


El corazón me latía tan fuerteque lo sentía en la garganta. Pum. Pum. Pum. Todo el cuerpo me temblaba demiedo y de una calentura sucia que me endureció la pija de golpe contra lacostura del short. Ya estaba acá. Había vaciado la cuenta por esto. No habíavuelta atrás.


Respiré hondo. Solté el frenodespacio. Dejé que el auto se deslizara en silencio hasta detenerse exactamentea su costado.


Bajé la ventanilla del copiloto.


Ella siguió caminando dos pasosmás sin notarme. El leggin se le tensó con cada movimiento. El culo se lecontrajo y se relajó, se contrajo y se relajó.


Abrí la boca. La voz me salió másgrave de lo que esperaba.


—Disculpá… ¿me podrías indicarcómo llego a la avenida Libertador?


Laura se detuvo.


Giró la cabeza despacio.


Y por primera vez en mi vida lamiré a los ojos de verdad.



infiel


Continuara...


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