
Relato contado por la abuela
Ay, mijo… no sé cómo empezó todo esto, de verdad que no. Yo soy una abuelita buena, bondadosa, de las que rezan el rosario todas las noches y le hacen la comida a tu abuelo sin quejarse. Tengo mis carnes, sí, las que me dejó la vida: pechos pesados y blanditos que ya no se levantan solos, nalgas grandes y redondas que se mueven cuando camino, barriguita suave… pero siempre me he vestido recatada, con faldas largas y blusas de flores. Nunca imaginé que mi nieto, ese truan travieso hijito, me iba a meter en estos embrollos.
Todo empezó por WhatsApp. Tú me mandaste un mensajito inocente:
—Abuelita, ¿me ayudas con algo? Es para un trabajo de la escuela, de fotografía de moda.
Yo, toda ingenua y preguntona, contesté:
—Claro que sí, mijo. ¿Qué necesitas? ¿Que te planche una camisa?
Y tú, con esa carita de ángel que me mandaste de foto, me dijiste:
—No, abue… necesito que me modeles unas prendas. Son de ropa interior. Modernas. Para un proyecto. Nadie más puede, solo usted que es tan… llena y natural.
Yo me reí por el chat:
—¡Ay, truan travieso hijito! ¿Ropa interior? ¿Como los calzones de cuando eras niño? Qué cosas se le ocurren. Pero bueno, si es para la escuela…
Me mandaste unas fotos de lencerías. Unas braguitas negras de encaje que casi no cubrían nada, un sostén rojo con huequitos por donde se veían… cosas. Yo te escribí toda sonrojada:
—Mijo, esto está muy… escotado. ¿No será muy atrevido para una abuela? ¿Y si tu abuelo se entera?
Tú me contestaste:
—Nadie se va a enterar, abue. Solo es en casa, cuando él esté viendo el partido. Usted se pone eso, yo le saco unas fotitos con el celular y listo. Usted es tan chichona y nalgona… el proyecto va a quedar perfecto.
“Chichona y nalgona”… me hiciste reír. Pensé que eran palabras de jóvenes. Yo, inocente, contesté:
—Ay, qué travieso eres. Está bien, pero solo un ratito y con la puerta cerrada. No vaya a ser que tu abuelo entre y me vea hecha un… un espanto.
Esa tarde, cuando tu abuelo se sentó en el sillón a ver el fútbol, tú me jalaste suavemente al cuarto. Me diste la bolsita con la ropa. Yo me cambié detrás del biombo, temblando un poco.
—¿Así, mijo? —pregunté al salir, cubriéndome los pechos grandes con las manos—. Se me salen… se me salen las chiches por todos lados. Y esto de abajo… se me mete entre las nalgas.
Tú me miraste con esa sonrisa de truan y levantaste el celular.
—Perfecto, abue. Date la vuelta. Así… muéstrame la espalda. Qué nalgona estás.
Yo, toda recatada, di media vuelta y te pregunté inocente:
—¿Así está bien? ¿O me agacho un poquito? Porque siento que se me abre… se me abre el… el culito. Ay, perdón, qué mala palabra. Es que estas braguitas no cubren nada.
Tú te acercaste. Me tocaste la cintura “para acomodarme la pose”. Tus manos bajaron un poquito más, apretaron una nalga.
—Así, abuelita. Qué suave. Ahora levanta un brazo… sí, así se te marcan más las chiches.
Yo reía nerviosa:
—Ay, mijo, no me manosees tanto. Soy tu abuela. Aunque… se siente raro. Como cosquillas.
Las fotos siguieron. Me pediste que me sentara en la orilla de la cama, que abriera un poquito las piernas “para que se viera el encaje”. Yo, preguntona:
—¿Así, hijito? ¿O más abierta? Porque se me ve… se me ve el vellito. Qué vergüenza. Tu abuelo nunca me ha visto así ni de joven.
Tú te arrodillaste frente a mí. El celular en una mano, la otra… la otra se me subió por el muslo.
—Solo un ajuste, abue. —y tu dedo rozó por encima de la tela, justo donde yo ya estaba un poco húmeda sin entender por qué.
—¡Ay! —susurré—. No… no hagas eso. Se siente… calientito. ¿Es parte del proyecto?
—Sí, abuelita. Ahora acuéstate de ladito. Enséñame la nalga. Qué putita se ve con esto puesto…
“Putita”. La palabra me hizo abrir los ojos grandes.
—¡Mijo! No digas eso. Yo no soy… yo soy tu abuela bondadosa. Aunque… estas braguitas me hacen sentir como si lo fuera. Qué cosas.
Tú seguiste. Me pediste que me pusiera de rodillas en la cama, de espaldas a ti, y que mirara por encima del hombro “con carita inocente”. Yo lo hice, toda sonrojada, pechos pesados colgando dentro del sostén rojo.
—Así, abue… ahora baja un poquito las braguitas. Solo un dedito. Para la foto artística.
—¿Un dedito? —pregunté yo, ingenua—. ¿Como cuando te cambiaba el pañal de niño?
Tus dedos bajaron la tela. El aire frío me tocó el culito. Yo apreté las nalgas.
—Ay, truan… se me ve todo. El agujerito y todo. Qué pena. ¿Y si tu abuelo grita el gol y entra?
—No va a entrar. Quédate quieta. —y entonces sentí tu dedo, húmedo de no sé qué, rozando mi entrada trasera.
—¡Mijo! —susurré, pero sin gritar, porque el televisor de la sala se oía fuerte—. No… eso no se toca. Eso es del baño. Ay… se mete… se está metiendo…
Tu dedo entró despacio. Yo apreté las sábanas, mordiéndome el labio para no hacer escándalo. Delante de mi viejo no podía alborotar.
—Qué apretadito, abuelita… —murmuraste.
—Es que… nunca… nadie me ha… ay, hijito, quítalo… o no, un poquito más… se siente raro, como cuando me duele la cintura pero al revés. Qué travieso eres. Putita… me dijiste putita y ahora me siento así…
Seguiste moviendo el dedo, entrando y saliendo mientras con la otra mano me tomabas fotos. Yo, toda inocente y caliente sin querer, te iba diciendo:
—Más despacio, mijo… que se me abre el culito solo. Qué vergüenza. Tus abuelos nunca… nunca hicimos estas cosas. Solo de frente y con la luz apagada. Ay… se me moja por delante también. ¿Por qué se me moja si estoy de abuelita?
Cuando oímos que tu abuelo gritaba un gol, tú sacaste el dedo de golpe. Yo me acomodé las braguitas temblando, el corazón latiéndome fuerte en las chiches.
—Vístete, abue. Rápido.
Me puse el bata de flores encima de la lencería. Salí a la sala como si nada, le llevé un vaso de agua a tu abuelo y le sonreí:
—¿Ganaron, viejo?
Él ni me miró. Yo me senté en el sillón de al lado, con el culito todavía abierto y sensible, y el celular vibrándome en el bolsillo. Tú me habías mandado las fotos.
Abrí el chat en el baño después:
Tú: “Mira qué chichona y nalgona salió mi abuelita putita”
Yo, con los dedos temblorosos: “Ay, truan travieso hijito… bórralas. Aunque… se ve que sí tengo carnes. ¿De verdad le gusté al proyecto?”
Tú: “Mucho. Mañana más. Te voy a llevar otro conjuntito. Esta vez con abertura atrás.”
Yo contesté, toda preguntona e inocente:
—¿Con abertura? ¿Para qué, mijo? ¿Para que se me vea el culito otra vez? Qué cosas se te ocurren. Pero está bien… solo no hagas tanto ruido. Tu abuelo no puede saber que su esposa se está volviendo una… una putita de su nieto.
Y así siguió, día tras día. Cada vez que el viejo se dormía en el sillón o salía a la tienda, tú me llamabas al cuarto. Me vestías de lencería negra, roja, de encaje transparente. Me manoseabas las chiches pesadas “para acomodarlas”, me metías el dedo en el culito mientras yo te preguntaba con voz de abuelita:
—¿Así, hijito? ¿Más profundo? Porque se me afloja… se me afloja solito. Ay, qué rico y qué malo a la vez. No digas nada. Si tu abuelo pregunta por qué ando cojeando, le digo que me duele la cadera de vieja.
Una tarde me pusiste de cuatro en la cama, las braguitas bajadas hasta los muslos, y me fotografiabas mientras tu dedo entraba y salía y tu otra mano me apretaba una nalga.
—Di “soy la putita chichona de mi nieto”, abue.
Yo, roja hasta las orejas, susurré:
—Soy… soy la putita chichona y nalgona de mi truan travieso hijito… pero solo para el proyecto, ¿verdad? Ay… se me corre algo… se me corre por el muslo. ¿Qué es eso, mijo? Nunca me había pasado con tu abuelo.
Tú te reías bajito y seguías. Yo no hacía escándalo. Nunca. Delante de mi viejo seguía siendo la esposa recatada que le calentaba la comida y le cambiaba el canal. Pero en el chat, por las noches, cuando él roncaba, yo te escribía:
—Mijo… hoy se me quedó el culito abierto todo el día. Cada vez que me sentaba pensaba en tu dedo. Qué travieso me volviste. ¿Mañana me traes esas bragas que se abren solas? Quiero ver cómo se me ven las nalgas cuando me agacho a recoger el delantal…
Y tú contestabas con más fotos, más pedidos, más manoseos planeados.
Así me tienes, abuelita bondadosa e inocente por fuera, pero por dentro… por dentro ya no sé. Solo sé que cuando me dices “putita”, “chichona”, “nalgona”… se me moja el calzón de flores y se me abre el culito solito, esperando el dedo de mi truan travieso hijito.
Y todo, absolutamente todo, se lo cuento solo a ti, mijo… porque delante de tu abuelo, yo sigo siendo la misma viejita buena que nunca hace escándalo.
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