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La Cura Prohibida Cap 5. - Búsquedas

Al día siguiente, por la noche, Carlos y Camila dormían juntos en la habitación que les habían asignado. La cama era estrecha. El cansancio de las tareas del día los había dejado dormidos rápido.

Algo lo despertó. Una mano cálida y firme lo masturbaba con ritmo constante. No era la caricia suave de otras noches. Era más urgente, más hambrienta. Carlos abrió los ojos en la oscuridad. Camila estaba incorporada a su lado, la respiración agitada, los dedos subiendo y bajando por su polla ya completamente dura.

No dijo nada. Solo se bajó hasta su entrepierna y lo tomó en la boca de golpe. Lo chupaba como poseída: labios apretados, lengua girando alrededor de la cabeza, bajando lo más que podía hasta casi atragantarse. A veces los dientes le rozaban la piel con un leve mordisco que le arrancaba un gemido a Carlos. La saliva le resbalaba por la base y le mojaba los testículos. Ella gemía alrededor de su verga, el sonido vibrando contra él.

De pronto se movió. Se colocó encima en posición 69, el gran trasero y el coño húmedo a centímetros de la cara de Carlos. Sin esperar, volvió a engullirlo mientras bajaba las caderas. Carlos no dudó. Le separó los labios con los dedos y hundió la lengua dentro de ella. Estaba empapada, caliente, el sabor intenso y ligeramente salado. Lamió de abajo arriba, chupó el clítoris con fuerza y empujó dos dedos dentro mientras ella le follaba la boca con la polla.

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Camila se movía como si no pudiera detenerse.

Empujaba las caderas contra la lengua de su hijo al mismo tiempo que bajaba la cabeza una y otra vez, chupándolo más profundo, babeando, soltando gemidos ahogados que se perdían contra su carne. Carlos le agarró el culo con ambas manos, la apretó contra su cara y la comió con ganas, succionando, lamiendo, metiendo la lengua lo más hondo posible. El sonido húmedo de los dos chupándose llenaba la habitación.

Ella llegó primero. El cuerpo se le tensó, las piernas le temblaron y se corrió contra la boca de Carlos con un gemido largo y tembloroso, el coño contrayéndose alrededor de su lengua. El temblor la hizo chupar más fuerte, más desesperado. Carlos no aguantó. Se corrió segundos después, disparando en la garganta de su madre. Ella se tragó todo lo que pudo, la garganta trabajando alrededor de él, y siguió lamiendo la punta hasta que dejó de latir.

Se separaron jadeando. Camila se dejó caer a su lado, todavía con la respiración entrecortada. Pasó un rato antes de que hablara, la voz baja y avergonzada:

—Discúlpame, hijo… no sé qué me pasó. Sentí un calor por dentro y no pude detenerme.

Carlos la atrajo contra su pecho y le besó el cabello.

—No te preocupes. No pasa nada. Te amo.

Ella se acurrucó más cerca. Afuera, el complejo dormía en silencio. Dentro de la habitación, el olor a sexo y el calor de sus cuerpos todavía se mezclaban en la oscuridad.

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Dos días después Carlos y Sofía salieron juntos. El destino era un pueblo pequeño a unos kilómetros.

La clínica local fue lo primero que revisaron. Estanterías volcadas, frascos rotos, el olor a desinfectante viejo y a polvo. Buscaron con cuidado entre los restos del consultorio de obstetricia.
Nada. Ni una sola ampolla de oxitocina.

Sofía se pasó una mano por la cara, frustrada.

—Es inútil. Necesitamos un hospital más grande. Ahí es donde la guardan, en el área de obstetricia. Normalmente la tienen para acelerar el parto.

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Carlos la miró de reojo mientras metía en la mochila un par de vendas y unos frascos de analgésicos que todavía servían.

—Vaya… ¿cómo sabes eso?
—Pues tuve dos hijas —respondió ella sin más explicación.

Carlos se quedó en silencio. Siguieron revisando el resto del pueblo: una farmacia saqueada, un supermercado casi vacío, algunas casas. Juntaron lo que pudieron: comida enlatada, agua, un par de cajas de condones que Sofía guardó como si fueran oro y algunas baterías. Cuando regresaron al auto, el motor no respondió. Giraron la llave una y otra vez. Solo un clic seco.

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El ruido empezó a atraerlos. Primero uno. Después tres. Luego más. Las figuras torpes aparecieron al final de la calle, olfateando el aire. Carlos y Sofía no esperaron. Cargaron lo esencial y corrieron hacia el edificio más cercano, un antiguo centro comercial de dos pisos. Bloquearon las puertas de acceso con estantes y muebles pesados. La noche cayó rápido.

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Se instalaron en una oficina del segundo piso. Solo tenían la luz de una vela que encontraron en un cajón. El cansancio les pesaba en los huesos. Carlos se acomodó contra la pared. Sofía se sentó frente a él, las rodillas recogidas.

De pronto ella se removió, inquieta.

—¿Estás bien, Sofía?

Ella levantó la vista. En los ojos había algo distinto: un brillo febril, casi desesperado.

—Chico… no pensé que esto pasaría. No sé cómo explicarlo, pero… vas a tener que ayudarme. —Le arrojó un condón que cayó sobre el pecho de Carlos—. Tal vez no pueda contenerme.

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La noche avanzó. Carlos apenas estaba conciliando el sueño cuando sintió el peso de Sofía sobre él. Ella ya le estaba bajando los pantalones con manos torpes y urgentes. La polla le saltó libre, ya semi-erecta por el roce.

—Sofía, espera…

No respondió. Se agachó de inmediato y lo tomó en la boca. Lo chupó con hambre, sin delicadeza: lengua plana, labios apretados, bajando hasta casi atragantarse. La saliva le chorreaba por la base.

Carlos buscó a tientas el condón entre la ropa. Logró abrirlo con los dientes y apenas pudo enrollárselo antes de que ella se incorporara.Sofía se montó de un movimiento.

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El gran trasero le quedó apoyado sobre los muslos de Carlos mientras guiaba la verga hacia su coño ya empapado. Bajó de golpe, tragándoselo hasta el fondo con un gemido largo y gutural. Empezó a cabalgarlo con fuerza, rebotando, las tetas pequeñas sacudiéndose bajo la camiseta subida. Las manos de Carlos se clavaron en esas caderas anchas, sintiendo cómo la carne se movía bajo sus dedos. Ella se inclinó hacia adelante, apoyando las palmas en su pecho, y aceleró el ritmo: subía casi hasta la punta y bajaba con violencia, el coño apretándolo, chorreando alrededor del látex.

El sonido era obsceno: piel contra piel, el chapoteo húmedo, los gemidos de Sofía cada vez más altos. Carlos le agarró el culo con ambas manos y la embistió desde abajo, encontrando el ritmo. Ella echó la cabeza hacia atrás, el cabello con canas cayéndole sobre los hombros, y se corrió primero. El orgasmo la sacudió con fuerza; las paredes internas le apretaron la polla en espasmos rítmicos mientras gemía sin contenerse.

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No se detuvo. Siguió moviéndose, más lenta pero más profunda, girando las caderas en círculos para sentirlo en todos los ángulos. Carlos no aguantó mucho más. Se corrió dentro del condón con un gruñido, las caderas levantándose del suelo. Sofía se quedó encima un rato, respirando agitaba, todavía sintiendo las últimas pulsaciones dentro de ella.

Al otro día, con la primera luz filtrándose por las tablas de la ventana, Sofía se vistió en silencio. Después se acercó a Carlos, que terminaba de ajustarse el cinturón.

—Gracias, chico. Cuando una está así… es consciente, pero solo es un pasajero en el cuerpo. Pareciera que el cuerpo se mueve solo y una observa desde afuera.

Carlos le dedicó una media sonrisa, todavía un poco aturdido.

—No te preocupes, Sofía. El afortunado soy yo, jeje. Estás súper buena. Ni en sueños habría imaginado estar con una mujer tan bella.

Ella soltó una risa breve, cansada, y le arrojó otro condón que él atrapó al vuelo.

—Gracias, muchacho. Favor que me haces.
—¿Qué? ¿Quieres más?
—No. —Sacudió la cabeza—. Siempre lleva uno o más contigo. Podrías necesitarlo… y no solo conmigo.

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