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La Cura Prohibida Cap.3 - Dos meses más

Pasaron dos meses más. El tiempo dentro de la casa se volvió una mezcla extraña de supervivencia y de costumbre. Las salidas de Carlos se espaciaban cada vez más; a veces tardaba casi un día completo en regresar. Cada vez que la puerta se abría y él aparecía vivo, Camila lo recibía con el mismo abrazo fuerte y los mismos besos cerca de la boca. El alivio se había vuelto casi un ritual.

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Por las noches, el tono subió poco a poco. Al principio ella seguía ayudándolo solo con las manos. Se acostaban, él se ponía duro casi de inmediato al sentir el calor de su cuerpo, y Camila extendía el brazo en la oscuridad. Lo masturbaba con paciencia, a veces despacio, a veces más rápido cuando lo sentía cerca. Él se corría en silencio, temblando, y ella le limpiaba el vientre con un trapo húmedo antes de volver a acomodarse a su lado.

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Una noche, después de una salida especialmente larga y peligrosa, Carlos regresó con un corte superficial en el brazo y la respiración agitada. Camila lo curó, lo abrazó más tiempo de lo habitual y, cuando se acostaron, él ya estaba completamente erecto. Ella empezó con la mano como siempre. Pero esa noche, después de unos minutos, se detuvo. Se incorporó un poco en la cama, se bajó hasta la altura de su cadera y, sin decir una sola palabra, lo tomó entre los labios.

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Carlos soltó un jadeo ahogado. La boca de su madre era cálida, húmeda, inesperadamente suave. Empezó despacio, solo la cabeza, la lengua rodeándolo con cuidado. Después bajó más, aceptando lo que podía, subiendo y bajando con un ritmo constante. Una de sus manos sujetaba la base; la otra se apoyaba en el muslo de él. Carlos enterró los dedos en las sábanas, conteniendo los gemidos lo mejor que pudo. Cuando se corrió, ella no se apartó de inmediato. Tragó lo que pudo y terminó de limpiarlo con la lengua antes de volver a recostarse a su lado.

A partir de esa noche ya no usaron solo las manos. Camila lo chupaba cuando él lo necesitaba, a veces despacio, a veces con más ganas después de un día especialmente malo. Ninguno de los dos decía nada. No hablaban de lo que hacían. Para ella era simple: estaba ayudando al hombre que salía a arriesgar la vida por los dos. Al hombre que la protegía. Carlos, por su parte, aceptaba el silencio. Solo cerraba los ojos y se dejaba llevar por la boca de su madre hasta que el placer lo vaciaba.
Pero el mundo afuera no perdonaba. Los víveres se volvieron casi imposibles de encontrar. El agua embotellada desapareció. Cada salida de Carlos era más peligrosa; los zombies se movían en grupos más grandes por las calles cercanas. Una tarde regresó con la ropa rasgada y la mirada más dura que nunca.

—Ya no podemos quedarnos —dijo esa noche, mientras compartían la última lata—. La casa de los abuelos está en el pueblo. Antes… antes del día D, era un día de camino en auto. Allá hay pozo. Hay terreno. Tal vez esté más quieto.

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Camila lo miró en la penumbra. Sabía que tenía razón. No había otra opción.

Al amanecer siguiente cargaron lo poco que les quedaba en el auto de Joel: algunas herramientas, las últimas botellas de agua, el cuchillo, una linterna, un mapa viejo. Camila cerró la puerta de la casa con una llave que ya no serviría de nada. Carlos arrancó el motor. El ruido les sonó demasiado fuerte después de tanto silencio.

Salieron. La ciudad se extendía delante de ellos como un cementerio de concreto y cristales rotos. No sabían qué les esperaba en el camino. Solo sabían que no podían quedarse.

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No habían pasado ni cinco horas de camino. El auto de Joel avanzaba entre calles desiertas y edificios con los cristales reventados. La ciudad se veía devastada. Esquivaban a los zombies cuando podían. Cuando no, Carlos pisaba el acelerador y los atropellaba sin pestañear.

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Todo cambió en la autopista. De pronto el camino se llenó de vehículos abandonados. Formaban un muro irregular que les cerraba el paso. Carlos frenó. Intentó rodearlos por la cuneta, pero el terreno era imposible. No quedó más remedio que bajar y seguir a pie.

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Caminaron entre los autos en silencio. El viento traía un olor a carne podrida. No supieron de dónde salieron. Un segundo estaban solos; al siguiente, las figuras torpes aparecieron por todos lados. El gruñido bajo y constante los rodeó.

—¡Corre! —gritó Carlos.

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Echaron a correr. Él iba detrás, girándose cada pocos pasos para clavar el cuchillo en un cuello o en una sien. Acabó con varios. Pero eran demasiados. Uno más rápido de lo normal alcanzó a Camila por el costado. Los dientes se le clavaron en el antebrazo izquierdo. Ella gritó. Carlos se lanzó sobre el zombie y le hundió el cuchillo hasta el mango.

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Camila se agarró el brazo. La sangre corría entre sus dedos.

—Vete —dijo con la voz entrecortada—. Ya estoy perdida. Corre.

Carlos negó con la cabeza.

—No.

Se colocó delante de ella. Parecía el final de los dos.

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Entonces se oyeron los disparos. Secos, precisos. Los cuerpos que los rodeaban empezaron a caer. Un hombre algo mayor salió de entre los autos abandonados. Llevaba un rifle, ropa práctica y la expresión de quien ya había visto demasiado. Debía de tener cerca de cincuenta años.

—¿Están bien? —preguntó con voz ronca.

Se acercó y vio el brazo de Camila. La sangre, la marca de los dientes.

—Mierda… te mordieron.

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Camila apretó los labios. Carlos dio un paso adelante. No tuvo tiempo de decir nada. Alguien salió de su punto ciego. Un golpe seco le estalló en la parte de atrás de la cabeza. Carlos cayó al asfalto, inconsciente.


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