Pasaron varias semanas. La rutina del complejo se volvió casi normal: turnos de vigilancia, trabajo en la huerta, cocina, salidas ocasionales. Sofía cumplía su palabra. Cada dos o tres días aparecía en la habitación de Carlos cuando Camila no estaba, o lo buscaba después del anochecer.

No había preámbulos largos. A veces lo encontraba todavía con la ropa de trabajo y le bajaba los pantalones contra la pared. Otras se quitaba ella misma la ropa, se subía a la cama y le abría las piernas. El gran trasero de Sofía se convertía en el centro de casi cada encuentro: a Carlos le gustaba tomarla de rodillas, las manos clavadas en esas caderas anchas, embistiéndola con fuerza mientras ella gemía contra la almohada.
Otras veces ella se montaba, rebotando con ganas, las tetas pequeñas sacudiéndose, el cabello con canas cayéndole sobre la cara. Usaban siempre condón. Sofía se lo recordaba cada vez, incluso cuando el calor de la infección la hacía más urgente y menos paciente. A veces se corrían juntos; otras ella llegaba primero y lo obligaba a seguir hasta que él terminaba.

Después se vestían en silencio, se daban un apretón de manos o un beso breve en la mejilla, y cada uno volvía a sus tareas.

Las búsquedas de oxitocina seguían siendo inútiles. Recorrieron clínicas, farmacias y un hospital regional medio derrumbado. Nada. Solo condones, vendas, algo de comida y la certeza de que el tiempo seguía corriendo.

Un día, al regresar de una de esas salidas, Carlos entró a la habitación que compartía con su madre. La puerta no estaba del todo cerrada. Escuchó primero los gemidos. Después vio.
Camila estaba a cuatro patas sobre la cama, completamente desnuda. Dante la penetraba desde atrás con embestidas firmes y profundas.
Una mano le sujetaba la cadera; la otra le apretaba un pecho, aplastándolo mientras la embestía. El cuerpo voluptuoso de Camila se movía al ritmo: las tetas pesadas colgando y balanceándose, el culo redondo chocando una y otra vez contra la pelvis de Dante. Ella gemía sin contenerse, la cara medio hundida en la almohada, empujando hacia atrás para recibirlo más hondo. La piel de ambos brillaba de sudor. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo llenaba la habitación.

Carlos se quedó quieto en el umbral varios segundos. Vio cómo Dante la volteaba, la ponía de espaldas, le abría las piernas y volvía a entrar. Camila enganchó los tobillos en la espalda de él y lo atrajo más cerca, gimiendo su nombre. No parecía forzada. Al contrario: buscaba cada embestida, las uñas clavadas en los hombros de Dante.
Carlos cerró la puerta con cuidado y se fue.

Encontró a Sofía en su habitación, revisando un mapa.
—Sofía… acabo de encontrar a Dante con mi madre. ¿Tú lo sabías?
Ella levantó la vista, sin sorpresa.
—Lo sabía. ¿O qué pensabas? Dime: ¿tu madre ha mostrado síntomas de la infección últimamente?
—No. Yo pensé que con lo de la última vez…
Sofía lo miró con calma.
—Dímelo. No tengas pena. No te juzgaré. ¿Tuviste sexo con tu madre?
Carlos tragó saliva. Bajó la mirada.
—No… no. Solo sexo oral.
—¿Eso hace cuánto fue?
—Como tres semanas.
Sofía se quedó pensativa unos segundos, cruzada de brazos.
—Bueno… eso es sorprendente. Tal vez el hecho de ser madre e hijo lo hace más excitante.
—¿A qué te refieres?
—Me sorprende que resistiera tanto. Hace dos semanas tu madre vino a pedirme consejo. Le expliqué lo mismo que a ti. Me sorprende que con solo sexo oral aguantara una semana entera.
Te pido que no juzgues a tu madre… o ¿prefieres que la infección avance?

Carlos pensó en encarar a su madre. La imagen de Camila con Dante todavía le quemaba detrás de los ojos. Pero entendió que era una situación de vida o muerte. No podía juzgarla. No cuando el precio de no hacerlo era perderla.
Sofía extendió un mapa sobre la mesa.
—Mejor mira lo que encontré. Aquí hay una ciudad más grande, como a medio día de camino.
Tal vez ahí encontremos algo. Está lejos y será difícil, pero vale la pena intentarlo.
Carlos asintió. Prepararon mochilas, armas improvisadas, agua y los últimos condones que quedaban. La misión les costaría un día o dos.

Salieron al amanecer. Se abrieron paso atropellando y esquivando zombies. La ciudad estaba bloqueada por todos lados: autos quemados, escombros, barricadas derrumbadas. Tuvieron que abandonar el vehículo e ir a pie entre edificios, recogiendo lo que encontraban a su paso: vendas, una linterna, algo de comida enlatada. No lograron llegar al hospital ese mismo día.
Descansen en un edificio de oficinas, turnándose para dormir.

Al día siguiente los zombies los rodearon. La horda apareció de golpe desde dos calles. Sofía gritó:
—¡Sigue! ¡Nos vemos en el hospital!

Se separaron. Carlos fue el primero en llegar. Corrió directo al área de obstetricia, revisando cajones y estanterías rotas. Por fin, en un refrigerador de emergencia todavía con algo de frío, encontró cinco ampolletas de oxitocina. Las guardó con cuidado en el bolsillo interior de la mochila.

Entonces escuchó los disparos. Salía a buscarla. Sofía venía corriendo, perseguida por un grupo. Carlos abrió fuego con la pistola que llevaba, derribó a tres. Uno alcanzó a morderla en el hombro antes de que él le hundiera el cuchillo en el cráneo.

Ambos corrieron hacia el hospital. En el forcejeo Carlos perdió la mochila; se le resbaló de la espalda y quedó atrás, irrecuperable.
Lograron entrar por una puerta lateral y bloquearla con un escritorio pesado. El eco de los gruñidos quedó afuera.

Sofía se apoyó contra la pared, respirando agitaba. La sangre le manchaba la camiseta en el hombro.
—Chico… me mordieron. Tienes que hacérmelo.
Carlos revolvió los bolsillos con desesperación. Buscó el condón.
—Mierda. No está. Debió caerse con la mochila. —Le temblaba la voz—. Lo peor es que la encontré, Sofía. Encontré la oxitocina. Podría dártela para curarte.

Revisaron el hospital a toda prisa: consultorios, almacenes, carros de enfermería. Nada. Ni un solo condón.
Sofía se dejó caer en una camilla.
—Diablos, chico. Estoy frita.
—No. Sofía, no encontré ninguno. No puedo perderte. No solo ha sido sexo para mí. Me gustas.
Ella soltó una risa cansada, dolorida.
—Gracias, chico. Me halaga que te fijes en una vieja como yo. A decir verdad… varias veces te he buscado solo por el placer de hacerlo. Me has hecho sentir viva de nuevo.

—Lo haré sin condón. No me importa lo que me cueste la vida si puedo salvarte.
—No digas eso. No lo permitiría. No puedo salvarme a costa de tu vida. No pasa nada. No se puede hacer nada.
Se quedaron en silencio. El reloj mental corría.
Carlos levantó la vista de pronto.
—No hay tiempo. Solo se me ocurre algo. Si es la oxitocina la que retrasa la infección… entonces no es el sexo en sí. Es el placer. Si te doy suficiente placer de otra forma, tal vez funcione.
Se arrodilló frente a ella. Le bajó los pantalones y la ropa interior con cuidado. Sofía no se resistió. Tenía el coño ya húmedo por la adrenalina y el comienzo del calor de la infección. Carlos le abrió los muslos y hundió la cara entre ellos. Lamió de abajo arriba con la lengua plana, saboreándola.

Después se concentró en el clítoris: lo chupó, lo rozó con los dientes suavemente, lo golpeó con la punta de la lengua en círculos rápidos. Dos dedos entraron dentro de ella, curvándose hacia adelante, buscando el punto que la hacía arquearse. Sofía jadeó, las manos en el cabello de Carlos, empujándolo más contra su coño. Él no se detuvo. La comió con hambre, succionando, metiendo la lengua lo más hondo posible, follándola con los dedos al mismo tiempo. El sonido húmedo llenaba el pasillo del hospital. Ella se corrió una primera vez, las piernas temblando, el coño apretándole los dedos. Carlos siguió, sin darle respiro, hasta que un segundo orgasmo la sacudió más fuerte.
No parecía suficiente. Habían dejado pasar demasiado tiempo. El brillo febril en los ojos de Sofía no desaparecía.
Carlos se levantó. La respiración le temblaba.
—Voy a arriesgarme.

La volteó con cuidado sobre la camilla, de rodillas. Le separó las nalgas. El gran trasero de Sofía quedó expuesto. Él escupió sobre su dedo y lo hizo circular alrededor del agujero apretado, empujando poco a poco hasta que el dedo desapareció dentro. Sofía gimió, parte de dolor, parte de necesidad. Carlos añadió saliva, trabajó el músculo hasta que cedió lo suficiente. Después alineó la polla —sin protección— y empujó.
Entró despacio. El culo de Sofía lo apretó con una fuerza casi dolorosa. Ella soltó un gemido largo, los nudillos blancos agarrando la camilla. Carlos avanzó centímetro a centímetro hasta que estuvo completamente dentro. Se quedó quieto un momento, dejándola acostumbrarse, y después empezó a moverse. Embistió con cuidado al principio, después con más fuerza cuando ella empujó hacia atrás buscándolo. Las manos le sujetaban las caderas anchas.

El sonido de la piel contra piel era seco y obsceno. Sofía gemía sin control, mezclando maldiciones y ruegos. Carlos inclinó el cuerpo sobre el de ella, una mano rodeándole la cintura para frotar su clítoris al mismo tiempo que la follaba por detrás.

El placer la atravesó de nuevo. Se corrió con el culo apretándole la verga en espasmos rítmicos. Carlos no aguantó mucho más. Se corrió dentro de ella, profundo, llenándola mientras gruñía contra su espalda.
Se quedaron inmóviles, jadeando. El hospital olía a polvo, a sangre y a sexo. Afuera, lejos, los zombies seguían gruñendo. Dentro, Sofía respiraba todavía como humana. Por ahora.

No había preámbulos largos. A veces lo encontraba todavía con la ropa de trabajo y le bajaba los pantalones contra la pared. Otras se quitaba ella misma la ropa, se subía a la cama y le abría las piernas. El gran trasero de Sofía se convertía en el centro de casi cada encuentro: a Carlos le gustaba tomarla de rodillas, las manos clavadas en esas caderas anchas, embistiéndola con fuerza mientras ella gemía contra la almohada.
Otras veces ella se montaba, rebotando con ganas, las tetas pequeñas sacudiéndose, el cabello con canas cayéndole sobre la cara. Usaban siempre condón. Sofía se lo recordaba cada vez, incluso cuando el calor de la infección la hacía más urgente y menos paciente. A veces se corrían juntos; otras ella llegaba primero y lo obligaba a seguir hasta que él terminaba.

Después se vestían en silencio, se daban un apretón de manos o un beso breve en la mejilla, y cada uno volvía a sus tareas.

Las búsquedas de oxitocina seguían siendo inútiles. Recorrieron clínicas, farmacias y un hospital regional medio derrumbado. Nada. Solo condones, vendas, algo de comida y la certeza de que el tiempo seguía corriendo.

Un día, al regresar de una de esas salidas, Carlos entró a la habitación que compartía con su madre. La puerta no estaba del todo cerrada. Escuchó primero los gemidos. Después vio.
Camila estaba a cuatro patas sobre la cama, completamente desnuda. Dante la penetraba desde atrás con embestidas firmes y profundas.
Una mano le sujetaba la cadera; la otra le apretaba un pecho, aplastándolo mientras la embestía. El cuerpo voluptuoso de Camila se movía al ritmo: las tetas pesadas colgando y balanceándose, el culo redondo chocando una y otra vez contra la pelvis de Dante. Ella gemía sin contenerse, la cara medio hundida en la almohada, empujando hacia atrás para recibirlo más hondo. La piel de ambos brillaba de sudor. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo llenaba la habitación.

Carlos se quedó quieto en el umbral varios segundos. Vio cómo Dante la volteaba, la ponía de espaldas, le abría las piernas y volvía a entrar. Camila enganchó los tobillos en la espalda de él y lo atrajo más cerca, gimiendo su nombre. No parecía forzada. Al contrario: buscaba cada embestida, las uñas clavadas en los hombros de Dante.
Carlos cerró la puerta con cuidado y se fue.

Encontró a Sofía en su habitación, revisando un mapa.
—Sofía… acabo de encontrar a Dante con mi madre. ¿Tú lo sabías?
Ella levantó la vista, sin sorpresa.
—Lo sabía. ¿O qué pensabas? Dime: ¿tu madre ha mostrado síntomas de la infección últimamente?
—No. Yo pensé que con lo de la última vez…
Sofía lo miró con calma.
—Dímelo. No tengas pena. No te juzgaré. ¿Tuviste sexo con tu madre?
Carlos tragó saliva. Bajó la mirada.
—No… no. Solo sexo oral.
—¿Eso hace cuánto fue?
—Como tres semanas.
Sofía se quedó pensativa unos segundos, cruzada de brazos.
—Bueno… eso es sorprendente. Tal vez el hecho de ser madre e hijo lo hace más excitante.
—¿A qué te refieres?
—Me sorprende que resistiera tanto. Hace dos semanas tu madre vino a pedirme consejo. Le expliqué lo mismo que a ti. Me sorprende que con solo sexo oral aguantara una semana entera.
Te pido que no juzgues a tu madre… o ¿prefieres que la infección avance?

Carlos pensó en encarar a su madre. La imagen de Camila con Dante todavía le quemaba detrás de los ojos. Pero entendió que era una situación de vida o muerte. No podía juzgarla. No cuando el precio de no hacerlo era perderla.
Sofía extendió un mapa sobre la mesa.
—Mejor mira lo que encontré. Aquí hay una ciudad más grande, como a medio día de camino.
Tal vez ahí encontremos algo. Está lejos y será difícil, pero vale la pena intentarlo.
Carlos asintió. Prepararon mochilas, armas improvisadas, agua y los últimos condones que quedaban. La misión les costaría un día o dos.

Salieron al amanecer. Se abrieron paso atropellando y esquivando zombies. La ciudad estaba bloqueada por todos lados: autos quemados, escombros, barricadas derrumbadas. Tuvieron que abandonar el vehículo e ir a pie entre edificios, recogiendo lo que encontraban a su paso: vendas, una linterna, algo de comida enlatada. No lograron llegar al hospital ese mismo día.
Descansen en un edificio de oficinas, turnándose para dormir.

Al día siguiente los zombies los rodearon. La horda apareció de golpe desde dos calles. Sofía gritó:
—¡Sigue! ¡Nos vemos en el hospital!

Se separaron. Carlos fue el primero en llegar. Corrió directo al área de obstetricia, revisando cajones y estanterías rotas. Por fin, en un refrigerador de emergencia todavía con algo de frío, encontró cinco ampolletas de oxitocina. Las guardó con cuidado en el bolsillo interior de la mochila.

Entonces escuchó los disparos. Salía a buscarla. Sofía venía corriendo, perseguida por un grupo. Carlos abrió fuego con la pistola que llevaba, derribó a tres. Uno alcanzó a morderla en el hombro antes de que él le hundiera el cuchillo en el cráneo.

Ambos corrieron hacia el hospital. En el forcejeo Carlos perdió la mochila; se le resbaló de la espalda y quedó atrás, irrecuperable.
Lograron entrar por una puerta lateral y bloquearla con un escritorio pesado. El eco de los gruñidos quedó afuera.

Sofía se apoyó contra la pared, respirando agitaba. La sangre le manchaba la camiseta en el hombro.
—Chico… me mordieron. Tienes que hacérmelo.
Carlos revolvió los bolsillos con desesperación. Buscó el condón.
—Mierda. No está. Debió caerse con la mochila. —Le temblaba la voz—. Lo peor es que la encontré, Sofía. Encontré la oxitocina. Podría dártela para curarte.

Revisaron el hospital a toda prisa: consultorios, almacenes, carros de enfermería. Nada. Ni un solo condón.
Sofía se dejó caer en una camilla.
—Diablos, chico. Estoy frita.
—No. Sofía, no encontré ninguno. No puedo perderte. No solo ha sido sexo para mí. Me gustas.
Ella soltó una risa cansada, dolorida.
—Gracias, chico. Me halaga que te fijes en una vieja como yo. A decir verdad… varias veces te he buscado solo por el placer de hacerlo. Me has hecho sentir viva de nuevo.

—Lo haré sin condón. No me importa lo que me cueste la vida si puedo salvarte.
—No digas eso. No lo permitiría. No puedo salvarme a costa de tu vida. No pasa nada. No se puede hacer nada.
Se quedaron en silencio. El reloj mental corría.
Carlos levantó la vista de pronto.
—No hay tiempo. Solo se me ocurre algo. Si es la oxitocina la que retrasa la infección… entonces no es el sexo en sí. Es el placer. Si te doy suficiente placer de otra forma, tal vez funcione.
Se arrodilló frente a ella. Le bajó los pantalones y la ropa interior con cuidado. Sofía no se resistió. Tenía el coño ya húmedo por la adrenalina y el comienzo del calor de la infección. Carlos le abrió los muslos y hundió la cara entre ellos. Lamió de abajo arriba con la lengua plana, saboreándola.

Después se concentró en el clítoris: lo chupó, lo rozó con los dientes suavemente, lo golpeó con la punta de la lengua en círculos rápidos. Dos dedos entraron dentro de ella, curvándose hacia adelante, buscando el punto que la hacía arquearse. Sofía jadeó, las manos en el cabello de Carlos, empujándolo más contra su coño. Él no se detuvo. La comió con hambre, succionando, metiendo la lengua lo más hondo posible, follándola con los dedos al mismo tiempo. El sonido húmedo llenaba el pasillo del hospital. Ella se corrió una primera vez, las piernas temblando, el coño apretándole los dedos. Carlos siguió, sin darle respiro, hasta que un segundo orgasmo la sacudió más fuerte.
No parecía suficiente. Habían dejado pasar demasiado tiempo. El brillo febril en los ojos de Sofía no desaparecía.
Carlos se levantó. La respiración le temblaba.
—Voy a arriesgarme.

La volteó con cuidado sobre la camilla, de rodillas. Le separó las nalgas. El gran trasero de Sofía quedó expuesto. Él escupió sobre su dedo y lo hizo circular alrededor del agujero apretado, empujando poco a poco hasta que el dedo desapareció dentro. Sofía gimió, parte de dolor, parte de necesidad. Carlos añadió saliva, trabajó el músculo hasta que cedió lo suficiente. Después alineó la polla —sin protección— y empujó.
Entró despacio. El culo de Sofía lo apretó con una fuerza casi dolorosa. Ella soltó un gemido largo, los nudillos blancos agarrando la camilla. Carlos avanzó centímetro a centímetro hasta que estuvo completamente dentro. Se quedó quieto un momento, dejándola acostumbrarse, y después empezó a moverse. Embistió con cuidado al principio, después con más fuerza cuando ella empujó hacia atrás buscándolo. Las manos le sujetaban las caderas anchas.

El sonido de la piel contra piel era seco y obsceno. Sofía gemía sin control, mezclando maldiciones y ruegos. Carlos inclinó el cuerpo sobre el de ella, una mano rodeándole la cintura para frotar su clítoris al mismo tiempo que la follaba por detrás.

El placer la atravesó de nuevo. Se corrió con el culo apretándole la verga en espasmos rítmicos. Carlos no aguantó mucho más. Se corrió dentro de ella, profundo, llenándola mientras gruñía contra su espalda.
Se quedaron inmóviles, jadeando. El hospital olía a polvo, a sangre y a sexo. Afuera, lejos, los zombies seguían gruñendo. Dentro, Sofía respiraba todavía como humana. Por ahora.
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