¿Sabes en qué se nota? En los pequeños detalles que pasan desapercibidos durante la convivencia. Sin ser conscientes, en el matrimonio instauramos hábitos que repetimos como un mantra. Realizamos prácticas que, con el tiempo, se convierten en normas. Y nos tomamos libertades cuando el vínculo se vuelve rutina. Justo lo que delató a mi esposa.
En nuestra casa no había pestillos. Los retiramos por miedo a que el niño se quedara encerrado en el baño. Jamás volvieron a su sitio, ni siquiera ahora, cuando el chico vive en el campus universitario. Es listo. Bueno, tiene memoria; en eso se parece a su madre. Y sobre la intimidad en el matrimonio, después de diecinueve años ya no existía pudor ni vergüenza entre nosotros.
El día de autos, un servidor orinaba sentado, por resultarme más cómodo mientras roleaba con el móvil. Entonces mi esposa pasó a mi lado, abrió el grifo de la ducha y se quitó el albornoz delante de mí. Su sexo quedó a la altura de mis ojos durante unos segundos. Luego desapareció tras la mampara.
Algo me dijo, no lo recuerdo. Permanecí inmóvil, contemplando las impresiones del azulejo. En ellos siempre encuentro patrones con caras. Me levanté despacio y fui a la cocina, al patio de luces; en ese momento, el lugar más alejado de mi mujer.
Se había depilado las piernas. No de la rodilla para abajo, sino la parte que cubre la falda. Recortado y perfilado el vello púbico. No era verano. No había boda ni evento social destacado. No teníamos planeada ninguna escapada de fin de semana. No existía razón aparente para que mi esposa saneara sus genitales.
Aturdido, estuve ausente durante gran parte de la mañana. Ella me preguntó por mi silencio y actitud errática. Me justifiqué con un malestar en la garganta. Necesitaba salir y pensar. Recuerdo que bajé a por el pan, compré algo en la tienda que no precisábamos y traté de evitar a los conocidos que me abordaban por la calle.
Demasiado ruido de fondo; precisaba pensar con claridad. Me refugié en el trastero. Me senté en mi butaca favorita, arrinconada porque su color no armonizaba con el zen suit del salón. Cerré los ojos y, por fin, a solas, pude pensar…
¿Quién sería el afortunado? Porque existía alguien; el misterio era descubrir quién y desde cuándo. No me refería al sexo, eso carecía de importancia. Sino al nacimiento de la necesidad imperiosa de ser infiel.
Debía seguir las pistas. Medio año atrás se obsesionó con la báscula. No fue un capricho: dieta estricta, malhumor y esa mirada de reojo al espejo mientras se medía los muslos con los dedos. Yo, entonces, admiraba su determinación. Ahora comprendía la motivación extra: no era salud, era prisa por utilizar los vestidos que llevaban meses colgados en el armario, esperando su nueva silueta. Irónicamente, en el trastero tenía los pies apoyados en una caja de cartón que decía "Ropa Vieja". Me vi reflejado.
Más pistas… No del trabajo; llevaba años en la misma empresa y siempre iba de mala gana. ¿Él o ella? Aposté por hombre. Mi esposa era heterosexual de libro. Nuestro hijo nunca había traído una chica a casa y ella estaba muy preocupada. No era gay, sino feo, el pobre.
¿Cuándo fue la última vez que se maquilló? La cena anual del club de lectura… Pero llevaba años apuntada, mucho antes de su repentino asco hacia la comida. Debía ser uno de los nuevos. ¿El profesor? Creo que lo cambiaron este año, me dijo. ¿Tendría razón en eso de que no la escucho cuando me habla? Quizás me dejaba por eso… Porque, ¿me iba a dejar, o solo era una aventura? En casa mantenía un comportamiento correcto. ¿Sería que todavía no había alcanzado su objetivo? Recordaba que, de joven, se arreglaba todos los días. De novios, al mes me recibía en pijama y con la cara lavada. Ella continuaba maquillándose para ir al club de lectura; eso significaba que no había consumado.
Mi deducción debería tranquilizarme, pero algo se había roto en mi interior. La confianza.
Perdí la noción del tiempo y recibí su mensaje:
—¿Dónde estás?
—Voy ahora. Me atrapó el palizas de Julio.
Otra pista… No hubo contestación. Antes solía haber un "suerte", "jajaja", "¿te mando refuerzos?" o un simple icono de ánimo. Ahora, silencio administrativo.
Me pregunté qué debía hacer. ¿Montarle una escena, pedirle explicaciones, exigir el divorcio? No era el camino. Un grito mal dado, una mala contestación o un rifirrafe, y me arriesgaba a una denuncia. Me quedaría en la calle y, encima, parte de mi sueldo se destinaría a seguir pagando recibos. Así, ella y el desconocido podrían retozar en mi ex hogar con los gastos pagados.
Pero esa no era la pregunta…
¿Realmente me importaba que se fuera? No… Respondí demasiado rápido.
Regresé a su lado. La comida estaba casi lista. La contemplé, de espaldas, mientras aliñaba la ensalada… ¿Cómo se me pudo pasar? Era meritoria su bajada de peso. Estaba muy guapa. Siete kilos menos, un récord. De nuevo tenía curvas. Y los pechos apuntaban hacia el cielo. Una pequeña mentirijilla: colocaba los pezones hacia arriba. Cuando se quitaba el sujetador, la gravedad no perdonaba. Y, de repente, me ahogó una ola de celos al sentir que no formaba parte de su esfuerzo.
En la mesa, mucho mirar el teléfono y poca charla, como de costumbre:
—¿Qué te contó Julio? —me hablaba muy pendiente de las redes sociales. Nunca le habían interesado. Otra pista que había ignorado por completo.
—Lo de siempre, fútbol. No te he dicho que estás muy guapa últimamente —conseguí robar su atención por un segundo. En todo este tiempo no la había apoyado ni felicitado. Quizás mi dejadez le dio motivos…
¿Estaba luchando por su amor? No, tanteaba el terreno:
—Muchas gracias. Tú también, nos ha venido bien a los dos dejar de comer tanto azúcar.
Mentira, yo seguía igual. Volvió su atención al dichoso teléfono. ¿Se mandarían mensajes, o todavía no? ¿Mirarle el móvil? Me incitó mi angelito bueno. No, era más divertido así, apostilló el angelito malo. Al terminar, recogió los platos y bajó a tomar el café con la Charo, apodo que venía de Rosario; un dato curioso que no venía al caso, pero con los nervios mis pensamientos se extraviaban…
¿Qué podía hacer? No se me ocurría nada. Solo seguirla. Espiarla. Conocer a mi enemigo. Salí tras ella. Me senté en la barra del bar, al fondo, lejos de la entrada, frente a la puerta del local social del ayuntamiento. Allí estaban, un grupito de tres mujeres hablando con un señor alto, bien parecido en la distancia. Sí, él más que yo, y en todo. De repente, dos mujeres abandonaron a la pareja con cierta complicidad. Mi esposa hablaba y hablaba, indicando su nerviosismo. Confirmado, aún no había habido coito. Ambos estaban en los preliminares, tanteando quién daba el primer paso. Era bonito verlo, si no se tratara de mi esposa. La consumación no iba a tardar en suceder. Se despidieron con dos besos en la mejilla y un abrazo eterno…
De adolescente aprendí una verdad sobre las mujeres: si al segundo mes de conocerla no te habías acostado con ella, es que no le gustabas. Entre ellos habían pasado algo más de seis meses; normal, eran mayores y con cargas sociales. Pero iba a pasar, no había duda. Y muy pronto.
Ella llegó antes a casa. Mensaje de rigor: "¿Dónde estás?" Con Julio, sin más diálogo. Pobre Julio, cubría todas mis culpas. Le caía mal y jamás le iba a interrogar. Yo daba vueltas erráticas con el coche mientras me volvía a preguntar: "¿Qué hago?". En la radio sonaba Cadillac Solitario, de Loquillo. Como en la canción, yo también me sentía solo. De repente, crucé por delante del puticlub del barrio. Fuera, una chica ofrecía sus servicios. Me vino una concatenación de ideas absurdas que me llevaron a una solución, aun más absurda: unirme a la fiesta y compartir a mi mujer.
Por eso ahora estamos tú y yo aquí, en esta habitación, mientras tu esposo y mi esposa se creen libres al otro lado de esa puerta:
—No entiendo nada. ¿Por qué me cuentas todo esto?
Doy un sorbo a la bebida de cortesía del motel. El hielo ya se ha derretido. Ella espera, pero yo necesito tiempo.
—Déjame continuar. Creo que al final lo entenderás todo.
Mi esposa no reprochó mi tardanza al llegar a casa. Para nada:
—Estás muy blanco, parece que has visto un fantasma.
—He estado charlando con un amigo de Julio. Bastante extraño. Vengo un poco impresionado. Nos contó que su mujer y él son swingeres, o singerses, algo así.
—¡Swingers! —se apresuró a corregirme, con demasiada atención puesta en mi relato.
—Pues eso: el amigo y su mujer están de vacaciones. Les gusta eso de compartirse y, al parecer, por aquí hay un club donde se intercambian parejas.
Había buscado todo en Internet cinco minutos antes. No me hizo falta sacar más el tema. Mi esposa se encargó del resto. Se cambiaron las tornas: ella insistía, yo dudaba. Mi papel era dejarme convencer sin que se notara. A la semana, su red de chismes le proporcionó toda la información que necesitaba. Incluso llamó a la anfitriona del club. "Tentaciones", así se llamaba. Poco original, para mi gusto. "Segunda mano" le hubiera puesto yo. Sea como fuere, a las dos semanas cruzábamos la puerta del local.
Allí hay dos tipos de clientes: hombres solos y parejas. Mujeres solas no vi ninguna. También hay dos zonas diferenciadas: la común, básicamente un pub con música y barra, donde puede ir todo el mundo; y la vip, de acceso exclusivo a parejas, diseñada para saciar un amplio abanico de perversiones. Luego están las reglas, basadas en el respeto y bla, bla, bla, que intentan poner un orden a la bacanal.
La primera vez, mi mujer no hizo nada. La segunda, conocimos a un matrimonio muy majo. El marido y mi esposa se besaron y magrearon. Era mi primera vez de mirón. A la esposa contraria no acabé de convencerla y se fue a escoger un solitario del pub. Como solitario, si te escogía una pareja podías cruzar la frontera vip. No me importó. Ahora, con la experiencia, es un gesto muy feo.
No me importó. Solo observaba a mi matrimonio de diecinueve años, con el vestido en la cintura y sin sujetador, con una boca ajena mordisqueándole el pezón derecho. Es curioso cómo, en momentos de tensión, se quedan grabados detalles insignificantes.
Ella me invitaba a participar. No. Solo miraba. Dolía. Y quizás eso evitó que la situación fuera a más. Aunque le di permiso para hacer lo que quisiera, se sintió tensa, forzada. Preocupada por si había sido demasiado rápido en mi entrenamiento como cornudo. De camino a casa, solo quería congraciarse conmigo. Hacerme sentir bien, decirme que era muy feliz por el paso que estábamos dando juntos. Hasta que la confianza la traicionó:
—Este tío me puso muy cachonda. ¿Paramos y me echas un polvazo de los tuyos, campeón?
Me agarró el paquete y me lo sacudió como hacía media hora a otro hombre. Me pareció tan vulgar… Y ahí mismo algo se rompió en mi interior. Para siempre. Era oficial: mi matrimonio se había terminado.
Ese fue nuestro último polvo como pareja. A veces se la meto o me la chupa cuando estamos en plan orgía. E, increíblemente, ahora es mejor la convivencia. Básicamente hemos dejado de ser matrimonio para convertirnos en compañeros de piso. Y no me ha ido mal, la verdad.
Ella insistió en que hiciera dieta e ir juntos al gimnasio. Obedecí sin mucho afán. Nunca he sido obeso, y en semanas comenzaban a verse las mejoras. Mi primera experiencia sexual fue, como no, con la pareja más veterana del local. Más mayores que nosotros, pero encantadores. Sin expectativas y sin presiones. A mi esposa no le gustaba el señor, pero precisaba darme el empujón definitivo para liberarse. La señora parecía muy interesante.
Compartimos el jacuzzi. Ahí empezó el magreo. Hay normas en esto del prestar a la pareja: el uso de preservativos es obligatorio y una higiene personal impecable es fundamental. Quizás por eso la mayoría de los intercambios se realizan en piscinas o jacuzzis. Las parejas hablan, a solas, antes de la acción para decidir qué está permitido: solo mirar, masajes, sexo oral, penetración, etc. Los cuatro consensuamos mi primer completo. Otra primera vez para mí. El cuarto o quinto de mi esposa. Y sobre todo, el mantra: "Se busca el placer sexual, no crear vínculos románticos con los demás…"- En mi caso, sesgo muy difícil de no cruzar.
La señora se había puesto a cuatro patas, apoyando los brazos en el borde del jacuzzi, ofreciendo su generosa grupa. Entré en ella. Sexo con otra mujer, delante de mi mujer. Surrealista. No miento: estaba muy excitado. Y muy duro, aunque fuera una mujer mayor. En el swinger se respetan la edad, los fetiches, el físico y la voluntad de todos. Dices "No" y todo se detiene. Allí nadie dijo no.
Me centraba en dar placer a una desconocida. Sin cariño, sin amor. Penetración pura y dura. Al instante, mi mujer adoptó la misma postura al lado de la señora, y el marido hizo lo que pudo con ella. Prometo que me había olvidado de ellos; ni siquiera miré a mi esposa una vez. No me interesan los penes y a ella la tenía muy vista. Me concentraba en seguir el ritmo de mis embestidas al compás de los gemidos de mi yegua. Le agarré el pelo canoso como crin, abundante y sedoso, y galopé con alegría en mi primera vez en el swinger.
La señora era encantadora y agradecida. Se corrió y nos detuvimos. Mi mujer buscó una excusa y escapó. Yo me quedé en el jacuzzi, charlando. Ellos habían intimado con casi todas las parejas swingers de la zona. Me hablaron de sus hijos, de cómo les ayudaban económicamente; por eso no podían comprarse una caravana y jubilarse viajando por el norte de Europa, donde el swinger es más tolerante con la edad.
Entonces, sin que yo percibiera el gesto, la señora y yo nos quedamos solos. Volvimos a jugar. Esta vez me llevó a un reservado. Allí hicimos trampa:
—Antes fingí el orgasmo para quedarme a solas contigo. ¿Te importa?
Lo deseaba. Follamos frente a frente, como dos amantes que por fin se encuentran. Me encantó tumbarme sobre ella, mordisquear sus pezones de madre, saborear el interior de sus muslos. Perdí la noción del tiempo. Hubo pasión, besos, caricias, posturas distintas. Hasta el anal, el segundo culo de mi vida. Me juró que solo se lo había dado a su esposo, y que jamás contara esto. Mientras, una manada de condones deformados pastaba sobre la pradera de la cama.
Esta vez no fingió. Alcanzó el orgasmo varias veces. Y yo, por fin, me corrí libre, dentro, ya no quedaban preservativos, con todas mis fuerzas. También me pidió guardar el secreto. Abrazado a ella, sentí una liberación incomprensible, el calor de una madre aliviadora. Como si las tensiones, las penas, las vergüenzas y el sentimiento de culpa fueran absorbidos por el campo gravitatorio de su coño, que se aferraba a mi pene succionando con fuerza, exprimiendo hasta la última gota de mi semen. Quizás su última eyaculación interna, ahogando hasta la última pizca de mi angustia.
—Mi marido es un gran hombre —me dijo, y así entablamos una intimidad que aún perdura—. Padre excelente, marido cumplidor. Me quiere hasta el extremo. Solo tiene una pequeña particularidad… Le encanta verme con otros hombres. Dice: "Eres tan perfecta que sería un delito no compartirte". Al principio asusta. Y te consuela saber que, al menos, no le gustan los niños ni la tortura. Con la maleta en la puerta, recapacitas: "Su pecado me favorece más a mí que a él". Ahora esto me gusta. Lo busco. Lo disfruto. Él respeta mis gustos, mis tiempos, mis silencios. A veces me permite disfrutar a solas con alguien especial. Pero todo se acaba. Somos mayores; su fuelle ya no responde ni con química. Y a mis caderas les cuesta aguantar el envite de un semental. Dentro de nada tendremos que dejarlo. Fue bonito, y tuvo sus momentos. No todo fue alegría… Tú no eres de este mundo, se nota. Por mi experiencia, en estos juegos siempre uno cede. Te acabarás adaptando a él, como yo. Pero la verdad es que no perteneces a este club.
La añoro. No por el sexo, sino por las conversaciones. Ahora casi no pisamos el club; a mi pareja le interesan otros juegos, otras parejas. Como vosotros. No quiero mentirte: me lo paso bien. Jamás imaginé una vida sexual tan plena. Además, ella, la hetero-radical preocupada porque su hijo sea gay, ha empezado a comer coños. No te imaginas cómo atrae a otras parejas.
He llegado a mi propia conclusión. Te metes en esto cuando la relación ha muerto, pero en vez de divorciarte y ser un solitario más, usas a tu pareja como la llave que abre la puerta de la zona vip. Como en un trueque, la intercambias para alquilar un chocho nuevo. Como el coche: recién comprado lo aspiras todos los días. A los diecinueve años lo dejas tirado en cualquier cuneta.
Pero de todas las pollas, chochos y culos que se han revolcado en nuestro colchón, es la primera vez que me es infiel. Y siento que todo el camino que hemos recorrido hasta ahora era solo para llegar a este instante, a su verdadero interés: tu marido, de quien está completamente enamorada.
Creo que te debo una disculpa. Mi huida hacia delante te ha salpicado. Mi miedo a no perder mis inversiones te han arrastrado hasta aquí. Por eso estamos sentados en este hotel, mientras ellos copulan enamorados en la habitación de al lado. Te pido perdón por hacerte víctima de este triángulo bizarro...
—En el fondo no me sorprende —su voz sonó extrañamente calmada, desprovista de emoción—. De hecho, venía con mucha rabia, dispuesta a montar una escena. Hasta traía un discurso preparado. También contacté con un buen abogado.
Con el mismo aplomo, se levantó de la butaca y se acercó a mí. FIN DEL PRIMER CAPITULO
Fin del primer capitulo, capitulo 2 aqui en la red social del autor original todos los creditos reservados https://x.com/leonelly777/status/2086916664256278908
En nuestra casa no había pestillos. Los retiramos por miedo a que el niño se quedara encerrado en el baño. Jamás volvieron a su sitio, ni siquiera ahora, cuando el chico vive en el campus universitario. Es listo. Bueno, tiene memoria; en eso se parece a su madre. Y sobre la intimidad en el matrimonio, después de diecinueve años ya no existía pudor ni vergüenza entre nosotros.
El día de autos, un servidor orinaba sentado, por resultarme más cómodo mientras roleaba con el móvil. Entonces mi esposa pasó a mi lado, abrió el grifo de la ducha y se quitó el albornoz delante de mí. Su sexo quedó a la altura de mis ojos durante unos segundos. Luego desapareció tras la mampara.
Algo me dijo, no lo recuerdo. Permanecí inmóvil, contemplando las impresiones del azulejo. En ellos siempre encuentro patrones con caras. Me levanté despacio y fui a la cocina, al patio de luces; en ese momento, el lugar más alejado de mi mujer.
Se había depilado las piernas. No de la rodilla para abajo, sino la parte que cubre la falda. Recortado y perfilado el vello púbico. No era verano. No había boda ni evento social destacado. No teníamos planeada ninguna escapada de fin de semana. No existía razón aparente para que mi esposa saneara sus genitales.
Aturdido, estuve ausente durante gran parte de la mañana. Ella me preguntó por mi silencio y actitud errática. Me justifiqué con un malestar en la garganta. Necesitaba salir y pensar. Recuerdo que bajé a por el pan, compré algo en la tienda que no precisábamos y traté de evitar a los conocidos que me abordaban por la calle.
Demasiado ruido de fondo; precisaba pensar con claridad. Me refugié en el trastero. Me senté en mi butaca favorita, arrinconada porque su color no armonizaba con el zen suit del salón. Cerré los ojos y, por fin, a solas, pude pensar…
¿Quién sería el afortunado? Porque existía alguien; el misterio era descubrir quién y desde cuándo. No me refería al sexo, eso carecía de importancia. Sino al nacimiento de la necesidad imperiosa de ser infiel.
Debía seguir las pistas. Medio año atrás se obsesionó con la báscula. No fue un capricho: dieta estricta, malhumor y esa mirada de reojo al espejo mientras se medía los muslos con los dedos. Yo, entonces, admiraba su determinación. Ahora comprendía la motivación extra: no era salud, era prisa por utilizar los vestidos que llevaban meses colgados en el armario, esperando su nueva silueta. Irónicamente, en el trastero tenía los pies apoyados en una caja de cartón que decía "Ropa Vieja". Me vi reflejado.
Más pistas… No del trabajo; llevaba años en la misma empresa y siempre iba de mala gana. ¿Él o ella? Aposté por hombre. Mi esposa era heterosexual de libro. Nuestro hijo nunca había traído una chica a casa y ella estaba muy preocupada. No era gay, sino feo, el pobre.
¿Cuándo fue la última vez que se maquilló? La cena anual del club de lectura… Pero llevaba años apuntada, mucho antes de su repentino asco hacia la comida. Debía ser uno de los nuevos. ¿El profesor? Creo que lo cambiaron este año, me dijo. ¿Tendría razón en eso de que no la escucho cuando me habla? Quizás me dejaba por eso… Porque, ¿me iba a dejar, o solo era una aventura? En casa mantenía un comportamiento correcto. ¿Sería que todavía no había alcanzado su objetivo? Recordaba que, de joven, se arreglaba todos los días. De novios, al mes me recibía en pijama y con la cara lavada. Ella continuaba maquillándose para ir al club de lectura; eso significaba que no había consumado.
Mi deducción debería tranquilizarme, pero algo se había roto en mi interior. La confianza.
Perdí la noción del tiempo y recibí su mensaje:
—¿Dónde estás?
—Voy ahora. Me atrapó el palizas de Julio.
Otra pista… No hubo contestación. Antes solía haber un "suerte", "jajaja", "¿te mando refuerzos?" o un simple icono de ánimo. Ahora, silencio administrativo.
Me pregunté qué debía hacer. ¿Montarle una escena, pedirle explicaciones, exigir el divorcio? No era el camino. Un grito mal dado, una mala contestación o un rifirrafe, y me arriesgaba a una denuncia. Me quedaría en la calle y, encima, parte de mi sueldo se destinaría a seguir pagando recibos. Así, ella y el desconocido podrían retozar en mi ex hogar con los gastos pagados.
Pero esa no era la pregunta…
¿Realmente me importaba que se fuera? No… Respondí demasiado rápido.
Regresé a su lado. La comida estaba casi lista. La contemplé, de espaldas, mientras aliñaba la ensalada… ¿Cómo se me pudo pasar? Era meritoria su bajada de peso. Estaba muy guapa. Siete kilos menos, un récord. De nuevo tenía curvas. Y los pechos apuntaban hacia el cielo. Una pequeña mentirijilla: colocaba los pezones hacia arriba. Cuando se quitaba el sujetador, la gravedad no perdonaba. Y, de repente, me ahogó una ola de celos al sentir que no formaba parte de su esfuerzo.
En la mesa, mucho mirar el teléfono y poca charla, como de costumbre:
—¿Qué te contó Julio? —me hablaba muy pendiente de las redes sociales. Nunca le habían interesado. Otra pista que había ignorado por completo.
—Lo de siempre, fútbol. No te he dicho que estás muy guapa últimamente —conseguí robar su atención por un segundo. En todo este tiempo no la había apoyado ni felicitado. Quizás mi dejadez le dio motivos…
¿Estaba luchando por su amor? No, tanteaba el terreno:
—Muchas gracias. Tú también, nos ha venido bien a los dos dejar de comer tanto azúcar.
Mentira, yo seguía igual. Volvió su atención al dichoso teléfono. ¿Se mandarían mensajes, o todavía no? ¿Mirarle el móvil? Me incitó mi angelito bueno. No, era más divertido así, apostilló el angelito malo. Al terminar, recogió los platos y bajó a tomar el café con la Charo, apodo que venía de Rosario; un dato curioso que no venía al caso, pero con los nervios mis pensamientos se extraviaban…
¿Qué podía hacer? No se me ocurría nada. Solo seguirla. Espiarla. Conocer a mi enemigo. Salí tras ella. Me senté en la barra del bar, al fondo, lejos de la entrada, frente a la puerta del local social del ayuntamiento. Allí estaban, un grupito de tres mujeres hablando con un señor alto, bien parecido en la distancia. Sí, él más que yo, y en todo. De repente, dos mujeres abandonaron a la pareja con cierta complicidad. Mi esposa hablaba y hablaba, indicando su nerviosismo. Confirmado, aún no había habido coito. Ambos estaban en los preliminares, tanteando quién daba el primer paso. Era bonito verlo, si no se tratara de mi esposa. La consumación no iba a tardar en suceder. Se despidieron con dos besos en la mejilla y un abrazo eterno…
De adolescente aprendí una verdad sobre las mujeres: si al segundo mes de conocerla no te habías acostado con ella, es que no le gustabas. Entre ellos habían pasado algo más de seis meses; normal, eran mayores y con cargas sociales. Pero iba a pasar, no había duda. Y muy pronto.
Ella llegó antes a casa. Mensaje de rigor: "¿Dónde estás?" Con Julio, sin más diálogo. Pobre Julio, cubría todas mis culpas. Le caía mal y jamás le iba a interrogar. Yo daba vueltas erráticas con el coche mientras me volvía a preguntar: "¿Qué hago?". En la radio sonaba Cadillac Solitario, de Loquillo. Como en la canción, yo también me sentía solo. De repente, crucé por delante del puticlub del barrio. Fuera, una chica ofrecía sus servicios. Me vino una concatenación de ideas absurdas que me llevaron a una solución, aun más absurda: unirme a la fiesta y compartir a mi mujer.
Por eso ahora estamos tú y yo aquí, en esta habitación, mientras tu esposo y mi esposa se creen libres al otro lado de esa puerta:
—No entiendo nada. ¿Por qué me cuentas todo esto?
Doy un sorbo a la bebida de cortesía del motel. El hielo ya se ha derretido. Ella espera, pero yo necesito tiempo.
—Déjame continuar. Creo que al final lo entenderás todo.
Mi esposa no reprochó mi tardanza al llegar a casa. Para nada:
—Estás muy blanco, parece que has visto un fantasma.
—He estado charlando con un amigo de Julio. Bastante extraño. Vengo un poco impresionado. Nos contó que su mujer y él son swingeres, o singerses, algo así.
—¡Swingers! —se apresuró a corregirme, con demasiada atención puesta en mi relato.
—Pues eso: el amigo y su mujer están de vacaciones. Les gusta eso de compartirse y, al parecer, por aquí hay un club donde se intercambian parejas.
Había buscado todo en Internet cinco minutos antes. No me hizo falta sacar más el tema. Mi esposa se encargó del resto. Se cambiaron las tornas: ella insistía, yo dudaba. Mi papel era dejarme convencer sin que se notara. A la semana, su red de chismes le proporcionó toda la información que necesitaba. Incluso llamó a la anfitriona del club. "Tentaciones", así se llamaba. Poco original, para mi gusto. "Segunda mano" le hubiera puesto yo. Sea como fuere, a las dos semanas cruzábamos la puerta del local.
Allí hay dos tipos de clientes: hombres solos y parejas. Mujeres solas no vi ninguna. También hay dos zonas diferenciadas: la común, básicamente un pub con música y barra, donde puede ir todo el mundo; y la vip, de acceso exclusivo a parejas, diseñada para saciar un amplio abanico de perversiones. Luego están las reglas, basadas en el respeto y bla, bla, bla, que intentan poner un orden a la bacanal.
La primera vez, mi mujer no hizo nada. La segunda, conocimos a un matrimonio muy majo. El marido y mi esposa se besaron y magrearon. Era mi primera vez de mirón. A la esposa contraria no acabé de convencerla y se fue a escoger un solitario del pub. Como solitario, si te escogía una pareja podías cruzar la frontera vip. No me importó. Ahora, con la experiencia, es un gesto muy feo.
No me importó. Solo observaba a mi matrimonio de diecinueve años, con el vestido en la cintura y sin sujetador, con una boca ajena mordisqueándole el pezón derecho. Es curioso cómo, en momentos de tensión, se quedan grabados detalles insignificantes.
Ella me invitaba a participar. No. Solo miraba. Dolía. Y quizás eso evitó que la situación fuera a más. Aunque le di permiso para hacer lo que quisiera, se sintió tensa, forzada. Preocupada por si había sido demasiado rápido en mi entrenamiento como cornudo. De camino a casa, solo quería congraciarse conmigo. Hacerme sentir bien, decirme que era muy feliz por el paso que estábamos dando juntos. Hasta que la confianza la traicionó:
—Este tío me puso muy cachonda. ¿Paramos y me echas un polvazo de los tuyos, campeón?
Me agarró el paquete y me lo sacudió como hacía media hora a otro hombre. Me pareció tan vulgar… Y ahí mismo algo se rompió en mi interior. Para siempre. Era oficial: mi matrimonio se había terminado.
Ese fue nuestro último polvo como pareja. A veces se la meto o me la chupa cuando estamos en plan orgía. E, increíblemente, ahora es mejor la convivencia. Básicamente hemos dejado de ser matrimonio para convertirnos en compañeros de piso. Y no me ha ido mal, la verdad.
Ella insistió en que hiciera dieta e ir juntos al gimnasio. Obedecí sin mucho afán. Nunca he sido obeso, y en semanas comenzaban a verse las mejoras. Mi primera experiencia sexual fue, como no, con la pareja más veterana del local. Más mayores que nosotros, pero encantadores. Sin expectativas y sin presiones. A mi esposa no le gustaba el señor, pero precisaba darme el empujón definitivo para liberarse. La señora parecía muy interesante.
Compartimos el jacuzzi. Ahí empezó el magreo. Hay normas en esto del prestar a la pareja: el uso de preservativos es obligatorio y una higiene personal impecable es fundamental. Quizás por eso la mayoría de los intercambios se realizan en piscinas o jacuzzis. Las parejas hablan, a solas, antes de la acción para decidir qué está permitido: solo mirar, masajes, sexo oral, penetración, etc. Los cuatro consensuamos mi primer completo. Otra primera vez para mí. El cuarto o quinto de mi esposa. Y sobre todo, el mantra: "Se busca el placer sexual, no crear vínculos románticos con los demás…"- En mi caso, sesgo muy difícil de no cruzar.
La señora se había puesto a cuatro patas, apoyando los brazos en el borde del jacuzzi, ofreciendo su generosa grupa. Entré en ella. Sexo con otra mujer, delante de mi mujer. Surrealista. No miento: estaba muy excitado. Y muy duro, aunque fuera una mujer mayor. En el swinger se respetan la edad, los fetiches, el físico y la voluntad de todos. Dices "No" y todo se detiene. Allí nadie dijo no.
Me centraba en dar placer a una desconocida. Sin cariño, sin amor. Penetración pura y dura. Al instante, mi mujer adoptó la misma postura al lado de la señora, y el marido hizo lo que pudo con ella. Prometo que me había olvidado de ellos; ni siquiera miré a mi esposa una vez. No me interesan los penes y a ella la tenía muy vista. Me concentraba en seguir el ritmo de mis embestidas al compás de los gemidos de mi yegua. Le agarré el pelo canoso como crin, abundante y sedoso, y galopé con alegría en mi primera vez en el swinger.
La señora era encantadora y agradecida. Se corrió y nos detuvimos. Mi mujer buscó una excusa y escapó. Yo me quedé en el jacuzzi, charlando. Ellos habían intimado con casi todas las parejas swingers de la zona. Me hablaron de sus hijos, de cómo les ayudaban económicamente; por eso no podían comprarse una caravana y jubilarse viajando por el norte de Europa, donde el swinger es más tolerante con la edad.
Entonces, sin que yo percibiera el gesto, la señora y yo nos quedamos solos. Volvimos a jugar. Esta vez me llevó a un reservado. Allí hicimos trampa:
—Antes fingí el orgasmo para quedarme a solas contigo. ¿Te importa?
Lo deseaba. Follamos frente a frente, como dos amantes que por fin se encuentran. Me encantó tumbarme sobre ella, mordisquear sus pezones de madre, saborear el interior de sus muslos. Perdí la noción del tiempo. Hubo pasión, besos, caricias, posturas distintas. Hasta el anal, el segundo culo de mi vida. Me juró que solo se lo había dado a su esposo, y que jamás contara esto. Mientras, una manada de condones deformados pastaba sobre la pradera de la cama.
Esta vez no fingió. Alcanzó el orgasmo varias veces. Y yo, por fin, me corrí libre, dentro, ya no quedaban preservativos, con todas mis fuerzas. También me pidió guardar el secreto. Abrazado a ella, sentí una liberación incomprensible, el calor de una madre aliviadora. Como si las tensiones, las penas, las vergüenzas y el sentimiento de culpa fueran absorbidos por el campo gravitatorio de su coño, que se aferraba a mi pene succionando con fuerza, exprimiendo hasta la última gota de mi semen. Quizás su última eyaculación interna, ahogando hasta la última pizca de mi angustia.
—Mi marido es un gran hombre —me dijo, y así entablamos una intimidad que aún perdura—. Padre excelente, marido cumplidor. Me quiere hasta el extremo. Solo tiene una pequeña particularidad… Le encanta verme con otros hombres. Dice: "Eres tan perfecta que sería un delito no compartirte". Al principio asusta. Y te consuela saber que, al menos, no le gustan los niños ni la tortura. Con la maleta en la puerta, recapacitas: "Su pecado me favorece más a mí que a él". Ahora esto me gusta. Lo busco. Lo disfruto. Él respeta mis gustos, mis tiempos, mis silencios. A veces me permite disfrutar a solas con alguien especial. Pero todo se acaba. Somos mayores; su fuelle ya no responde ni con química. Y a mis caderas les cuesta aguantar el envite de un semental. Dentro de nada tendremos que dejarlo. Fue bonito, y tuvo sus momentos. No todo fue alegría… Tú no eres de este mundo, se nota. Por mi experiencia, en estos juegos siempre uno cede. Te acabarás adaptando a él, como yo. Pero la verdad es que no perteneces a este club.
La añoro. No por el sexo, sino por las conversaciones. Ahora casi no pisamos el club; a mi pareja le interesan otros juegos, otras parejas. Como vosotros. No quiero mentirte: me lo paso bien. Jamás imaginé una vida sexual tan plena. Además, ella, la hetero-radical preocupada porque su hijo sea gay, ha empezado a comer coños. No te imaginas cómo atrae a otras parejas.
He llegado a mi propia conclusión. Te metes en esto cuando la relación ha muerto, pero en vez de divorciarte y ser un solitario más, usas a tu pareja como la llave que abre la puerta de la zona vip. Como en un trueque, la intercambias para alquilar un chocho nuevo. Como el coche: recién comprado lo aspiras todos los días. A los diecinueve años lo dejas tirado en cualquier cuneta.
Pero de todas las pollas, chochos y culos que se han revolcado en nuestro colchón, es la primera vez que me es infiel. Y siento que todo el camino que hemos recorrido hasta ahora era solo para llegar a este instante, a su verdadero interés: tu marido, de quien está completamente enamorada.
Creo que te debo una disculpa. Mi huida hacia delante te ha salpicado. Mi miedo a no perder mis inversiones te han arrastrado hasta aquí. Por eso estamos sentados en este hotel, mientras ellos copulan enamorados en la habitación de al lado. Te pido perdón por hacerte víctima de este triángulo bizarro...
—En el fondo no me sorprende —su voz sonó extrañamente calmada, desprovista de emoción—. De hecho, venía con mucha rabia, dispuesta a montar una escena. Hasta traía un discurso preparado. También contacté con un buen abogado.
Con el mismo aplomo, se levantó de la butaca y se acercó a mí. FIN DEL PRIMER CAPITULO
Fin del primer capitulo, capitulo 2 aqui en la red social del autor original todos los creditos reservados https://x.com/leonelly777/status/2086916664256278908
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