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El pacto 14

Habían pasado dos semanas desde la noche en que Esteban cruzó el umbral de mi casa, y el aire en el apartamento se sentía denso, cargado de una complicidad invisible que yo alimentaba con cada mentira. Mi rutina era impecable: salía cada tarde hacia el gimnasio, manteniendo la fachada del novio enfocado en su salud y su trabajo, cuando en realidad cada minuto de ese tiempo lo dedicaba a reunirme con Paola en la penumbra de algún bar para pulir la estrategia. Laura se sentía la reina del mundo; caminaba por la casa con una seguridad depredadora, convencida de que su inteligencia la hacía la mente maestra de este juego y que yo no era más que un novio noble y ciego al que podía manipular a su antojo con una sonrisa y un beso.
El pacto 14

Esa noche, la tensión en la habitación se volvió sofocante. La vida sexual entre nosotros se había convertido en pura depravación controlada donde yo utilizaba mi propio cuerpo como el escenario de la traición. La tomé por la cintura y la tiré sobre el colchón sin delicadeza. Laura gimió al sentir la brusquedad, pero en sus ojos no había molestia, sino un hambre desatada.
Le levanté las piernas, tomándola por los muslos con fuerza, y la penetré de un solo golpe, buscando ese sonido húmedo y estridente de nuestras carnes chocando: ¡Plap, plap, plap!. El colchón crujía rítmicamente bajo el impacto. Laura arqueó la espalda de inmediato, clavándome las uñas en la espalda mientras soltaba gemidos agudos y descontrolados:
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LAURA:¡SÍ, MI AMOR, ASÍ!... ¡AHHH!... ¡MÁS FUERTE!... ¡DAME DURA, DANI!
Yo la embestía con una saña calculada, sintiendo la opresión de sus paredes contra mi verga. Quería exprimirle cada gota de morbo antes de que ocurriera la tragedia. Me incliné sobre ella, ahogando sus gemidos con mi boca, y luego la tomé del mentón con firmeza, obligándola a mirarme a los ojos a través de la penumbra de la alcoba.
Daniel:Dime de quién es este cuerpo, Laura... —le susurré al oído, acelerando las embestidas mientras sentía cómo el sudor de ambos nos pegaba las pieles—. Dime de quién es esta perra que se me desarma en las manos.
Laura:¡Es tuya!... ¡Ahhh, sí, mi amor! ¡Toda tuya, solo tuya! —gritó ella, fuera de sí, con la mirada perdida por el éxtasis mientras su vagina se contraía convulsivamente alrededor de mi miembro.
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Aceleré el ritmo hasta el límite, sintiendo que la excitación me quemaba por dentro. Con un último empuje violento, me vine profundamente dentro de ella, llenándola con torrentes de leche caliente mientras ella se retorcía en un orgasmo largo y sofocante. Me quedé sobre su cuerpo, sintiendo los latidos acelerados de su pecho contra el mío. Laura me abrazó del cuello, pegando sus labios a mi oreja con un suspiro lleno de placer:
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Laura :Te amo, mi amor... eres el único hombre que me hace sentir así —me dijo en un murmullo romántico y falso.
Escucharla jurarme amor eterno justo cuando la acababa de rellenar por dentro me provocó un escalofrío de morbo puro. Sabía que sus palabras eran un cascarón vacío y que su mente estaba a punto de romper ese juramento.
El verdadero orgasmo, sin embargo, no fue el físico. Al día siguiente, mientras intentaba trabajar, mi teléfono vibró. Era Paola reenviándome la conversación que sostuvo con Laura esa misma mañana

Laura:Pao, no sabes lo que pasó anoche. Dani me dio como un animal, me llenó todita... pero no te imaginas lo que me pasó por la cabeza. Cerré los ojos y imaginé que el que me estaba embistiendo así de salvaje era Esteban... sentía su verga en mi lugar y me vine tan duro que quedé temblando. Me siento re perra pero me encantó.
Leí eso y sentí un choque eléctrico que me puso la verga de piedra instantáneamente. La mujer que me juraba amor mientras sentía mi leche dentro de ella estaba usando mi cuerpo como un triste sustituto para fantasear con mi mejor amigo.
Esa tarde me reuní con Paola en nuestro bar habitual. Ella leyó la pantalla mientras soltaba una risita maliciosa y se tomaba una cerveza:
Paola:Mírela, mi Dani... —susurró Paola inclinándose hacia mí con malicia—. Su mujercita jurándole amor mientras se viene pensando en la verga de Esteban. Es una perra profesional y usted la tiene en el punto exacto.
Daniel :Me encanta ver cómo cree que me está viendo la cara —contesté con la voz ronca por el morbo—. Diga qué sigue.
Paola:Yo ya le sembré la veneno por chat —sentenció Paola rozando su rodilla con la mía debajo de la mes—. Le dije que si de verdad le tiene ganas a Esteban, tiene que armar una noche de tragos en el apartamento. Le dije que usted es un pan de Dios, un novio noble que ni sospecha nada, y que aproveche esa inocencia para traer a su presa a la casa. Tú solo tienes que hacer tu papel de bobito.
El plan se ejecutó a la perfección. Cuando llegué a casa, Laura me recibió con un abrazo cariñoso y una propuesta con carita de inocencia:
Laura :Amor, ¿por qué no invitamos a un par de amigos y a Esteban para tomar algo y jugar un rato? Sería divertido romper la rutina —me dijo, acariciándome la mejilla.
Daniel:Claro que sí, mi vida. Me parece una súper idea, invitemos a los muchachos —le respondí, actuando como el novio complaciente y noble.
La jugada maestra la ejecuté horas antes de la cita. Le envié un mensaje fingiendo molestia: "Cariño, qué cagada, los otros dos amigos me quedaron mal por trabajo. Pero igual recibamos a Esteban para no dejarlo plantado, ¿te parece?". Laura me respondió con un emoji de corazón. En su mente, su propia audacia y la suerte le habían servido en bandeja de plata a su presa.
Cuando Esteban llegó, la atmósfera en la sala se volvió insoportable. Laura lo recibió vestida con un top diminuto sin brasier que dejaba traslucir la forma de sus pezones erectos y un short tan corto que cada paso que daba enseñaba la curva inferior de sus nalgas. Esteban estaba incómodo, tratando de mantener la mirada arriba, pero la tensión sexual era tan espesa que casi se podía cortar.
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Daniel:Amor, voy al balcón a contestar una llamada larga de trabajo que me entró de la oficina —dije, dándoles la excusa perfecta para quedarse a solas.
Me alejé y me paré en la penumbra del balcón, sacando el celular para abrir la aplicación de la cámara espía que apuntaba directo al sofá. Lo que vi en la pantalla me cortó la respiración.
Laura no perdió ni un segundo. Con el pretexto de mostrarle un video gracioso en su teléfono, se acercó a Esteban y, sin ningún tipo de vergüenza, se le sentó directamente sobre las piernas.
A través de la pantalla vi la cara de pánico y placer de Esteban. Laura no se movió de inmediato; comenzó a restregarle suavemente las nalgas contra el pantalón mientras le susurraba algo muy cerca de la oreja. El efecto fue instantáneo: vi cómo en la entrepierna de Esteban se marcaba un bulto rígido y brutal. Mi mejor amigo estaba completamente paralizado, atrapado entre la culpa por traicionarme y la excitación animal de sentir las nalgas de mi novia sobre su miembro duro.
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Escuché el movimiento de las sillas y cerré la aplicación. Cuando regresé a la sala, Esteban se estaba levantando a toda prisa, sudando, nervioso y tratando de disimular la enorme erección en su pantalón.
Esteban :Hermano... qué pena, me acabo de acordar que tengo que madrugar mañana. Me voy ya, gracias por todo —dijo Esteban sin poderme mirar a los ojos, saliendo casi corriendo del apartamento.
Me quedé solo con Laura en la sala. Ella se giró hacia mí con la sonrisa más angelical del mundo, la misma sonrisa con la que me decía que era el único hombre de su vida.
Laura:¡Ay, tan raro Esteban que se fue tan rápido! Pero qué buena noche, ¿cierto mi amor? —dijo acercándose a abrazarme.
La tomé por la cintura, sintiendo el olor de su piel y sabiendo que las nalgas que acababan de restregarse contra mi mejor amigo estaban de nuevo entre mis manos. La barrera física se había roto por completo; mi mujer acababa de dar el primer toque y Esteban ya estaba condenado.

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