Comenzaré por presentarme. Me llamo Pablo, tengo 58 años razonablemente bien llevados y soy propietario de una pequeña pero muy rentable asesoría financiera especializada en inversiones inmobiliarias en la zona sur de Madrid. Mi empresa trabaja habitualmente con una Notaría situada en el barrio de Orcasitas, a la que yo me desplazo con cierta frecuencia, pues tengo la costumbre de acompañar personalmente a mis clientes para la firma de los contratos por operaciones en las que hemos intervenido.
El día que comienza este relato, cuyo contenido es tan real como el lector quiera suponer, había huelga de taxis en Madrid y yo tenía una cita concertada en la Notaría, por lo que decidí tomar el autobús.
Cuando subí al autobús ya tenía ganas de orinar, que se habían convertido en necesidad cuando baje en Orcasitas. Pensé en aguantar hasta llegar a la Notaría, que apenas estaba a unos 400 metros de distancia, pero no consideré adecuado llegar a la reunión y solicitar antes de nada entrar al aseo, así que preferí entrar en un bar que estaba justo enfrente de la parada del autobús y orinar allí.
Y ahí estaba ella, detrás de la barra, con su pelo moreno recogido en una coleta y vistiendo una camisa negra con los tres botones superiores desabrochados, mostrando un generoso escote solo hasta donde está permitido en un local público, pero insinuando mucho más de lo que enseñaba.
Calculo que debía tener unos 45 años, y esa proporción perfecta que se da cuando las mujeres piensan que les sobra algún kilo y los hombres encontramos curvas seductoras pidiendo ser acariciadas.
Creo que me pilló mirándole las tetas cuando me preguntó, esbozando una muy agradable sonrisa, –¿Qué te pongo, guapo?
Pedí una copa de verdejo y me dirigí al servicio sin dejar de pensar por el camino en esas magníficas tetas que ya estaba imaginando al descubierto.
Regresé a la barra, di un par de tragos de mi copa de vino, pagué y me marché. Antes de salir, escuché a otro cliente llamar Esperanza a la camarera.
Apenas había transcurrido una semana cuando otro asunto me llevó de nuevo a la Notaría de Orcasitas. A pesar de que la huelga de taxis ya había finalizado, volví a tomar el mismo autobús que me había llevado unos días antes al bar donde trabajaba Esperanza, y de nuevo entré al bar. La encontré sonriéndome y con una copa de vino en la mano.
–Verdejo, ¿verdad?
–Vaya, veo que te acuerdas, – respondí sorprendido.
–Nunca olvido a los clientes que me miran las tetas como tú lo hiciste, – respondió sin dejar de mirarme con la sonrisa más seductora que jamás me han dirigido.
De mí puede decirse cualquier cosa excepto que soy vergonzoso, pero en ese momento me sentí tan pillado que, con la cara roja como un tomate, estuve a punto de darme la vuelta y salir del bar.
En mi rescate, Esperanza, mientras se desternillaba de risa, me dijo – Bobo, no pasa nada. Además, me gusta que los chicos guapos me miren las tetas. Para eso llevo este escote.
La libertad de horarios y obligaciones de mi trabajo me permitía no necesitar excusas para escaparme de la oficina, así que, como puede suponerse, mis visitas al bar de Esperanza se hicieron más frecuentes, e incluso surgió un cierto juego de seducción entre ambos. ¡Dios, cómo me gustaba esa mujer!
Después de varias semanas en las que debí ausentarme de Madrid por motivos de trabajo, la mañana en que regresé nuevamente al bar lo encontré vacío a mi llegada, sin ningún cliente ni nadie detrás de la barra. Cuando me dirigía al servicio me crucé con Esperanza, que salía del almacén. Me sonrió con la misma naturalidad de siempre y me dio un beso de bienvenida, pero no fue el beso esperado para saludar a un cliente, sino un breve pico en el que nuestras bocas se juntaron durante dos segundos y su lengua rozó mis labios.
Después, continuó caminando hacia la barra como si no hubiera ocurrido nada, mientras me iba diciendo: – ¡Cuánto tiempo has estado sin venir por aquí! Ya pensaba que te habías olvidado de mí…
Aquel breve beso y el roce con su cuerpo que lo acompañó endurecieron mi polla lo suficiente para que me resultara complicado orinar. Mientras intentaba empujarla hacia abajo, sin conseguir que saliera el chorro, por primera vez comencé a pensar que tenía que follarme a Esperanza.
Sin embargo, lo que ocurrió al volver a la barra desbarató bruscamente los planes que ya estaba empezando a maquinar. Mientras me servía mi habitual copa de verdejo, Esperanza me preguntó: –Pablo, tú trabajas en una Notaría, ¿verdad? Es que mi marido tiene problemas con una herencia que ha recibido de sus tíos del pueblo, y tal vez podrías ayudarlo a solucionarlo.
¡Vaya! Así que Esperanza estaba casada. Sin prestar demasiada atención a lo que acababa de decirme, sentí como mi calentón se enfriaba de golpe, pues en aquella época mis principios todavía me impedían desear a la mujer de otro hombre.
Cuando conseguí reaccionar, y mientras procuraba que no resultase evidente mi decepción, le expliqué que tenía una buena relación con una Notaría próxima a la que acudía frecuentemente y, aunque yo no trabajaba allí, podría conseguirle una cita a su marido y pedirles que pusieran especial interés en ayudarlo.
En mi siguiente visita al bar, Esperanza me saludó muy efusivamente, abrazándose a mí y dándome un beso en los labios más prolongado que el breve picó anterior. Me contó que estaba muy contenta, porque el notario había sido muy amable con su marido y su herencia se había resuelto con mucha rapidez y facilidad. Me dijo también que, como agradecimiento, su marido y ella querían invitarme a cenar en su casa.
Aunque yo intenté rechazar la invitación, argumentando que no era necesario y que no tenía que agradecerme nada, me insistió tanto que tuve que aceptar. Me dio la dirección de su casa y me dijo que me esperaban ese próximo sábado, pues el bar cerraba los fines de semana.
Llegué a casa de Esperanza puntualmente, a la hora exacta que me había indicado, con dos botellas de vino y un ramo de flores para ella. Me abrió la puerta ella misma; estaba preciosa, con un vestido negro ceñido que, aunque bajaba por debajo de sus rodillas, tenía una apertura lateral que enseñaba generosamente el muslo izquierdo y un escote aún más provocador que los que solía lucir en el bar. Me recibió con un pico inocente (al menos, así me lo pareció a mí) y me acompañó al salón. Allí me presentó a su marido, un hombre algo mayor que ella, con una poblada barba y, en general, de rasgos atractivos.
Abel, que así se llamaba, me saludó con un fuerte y cordial apretón de manos, exclamando con una naturalidad asombrosa: –¡Hombre, por fin conozco al señor del verdejo a quien tanto le gusta mirarle las tetas a mi mujer!
Supongo que mi gesto de vergüenza debió resultar tan patético que ambos estallaron en una sonora carcajada, mientras Abel me explicaba que yo no era el único cliente que le miraba las tetas a Esperanza, y que incluso a él le gustaba ver cómo la miraban otros hombres, siempre que no se propasaran.
Resultó que Abel era tan agradable como su mujer, con una conversación interesante y entretenida, y enseguida simpatizamos mutuamente. Antes de comenzar la cena, mientras tomábamos una cerveza, ya me había contado que se hizo bombero (esa era su profesión) porque siempre había querido ayudar a otras personas, que él también había conocido a Esperanza en el bar donde trabajaba y que les gustaba ir de vacaciones a un camping nudista en Murcia.
Habían preparado una cena fría, con varios platos para compartir sencillos pero muy ricos, que fueron cayendo uno tras otro junto con las dos botellas de vino que yo había llevado, mientras charlábamos animosamente de trivialidades.
Después de la cena, Abel sirvió unos gintonics y, debido al alcohol acumulado y a la confianza que se había generado entre nosotros, la conversación derivó inevitablemente a cuestiones sexuales. Con el segundo gintonic ya estábamos preguntándonos cuáles eran nuestras fantasías sexuales.
Le tocó comenzar a Esperanza, que, para mi sorpresa, nos contó que lo que a ella más le excitaba era imaginarse desnuda en la cama con otra mujer, hundir la cabeza entre sus piernas y comerle el coño hasta hacerla correrse en su boca.
–Pues nosotros también nos apuntamos – gritamos los dos hombres a la vez, sin intentar disimular la excitación que nos producía imaginar a Esperanza desnuda y teniendo sexo con otra mujer.
Fin del primer capitulo, capitulo 2 aqui en la red social del autor original todos los creditos reservados https://x.com/leonelly777/status/2086916664256278908
El día que comienza este relato, cuyo contenido es tan real como el lector quiera suponer, había huelga de taxis en Madrid y yo tenía una cita concertada en la Notaría, por lo que decidí tomar el autobús.
Cuando subí al autobús ya tenía ganas de orinar, que se habían convertido en necesidad cuando baje en Orcasitas. Pensé en aguantar hasta llegar a la Notaría, que apenas estaba a unos 400 metros de distancia, pero no consideré adecuado llegar a la reunión y solicitar antes de nada entrar al aseo, así que preferí entrar en un bar que estaba justo enfrente de la parada del autobús y orinar allí.
Y ahí estaba ella, detrás de la barra, con su pelo moreno recogido en una coleta y vistiendo una camisa negra con los tres botones superiores desabrochados, mostrando un generoso escote solo hasta donde está permitido en un local público, pero insinuando mucho más de lo que enseñaba.
Calculo que debía tener unos 45 años, y esa proporción perfecta que se da cuando las mujeres piensan que les sobra algún kilo y los hombres encontramos curvas seductoras pidiendo ser acariciadas.
Creo que me pilló mirándole las tetas cuando me preguntó, esbozando una muy agradable sonrisa, –¿Qué te pongo, guapo?
Pedí una copa de verdejo y me dirigí al servicio sin dejar de pensar por el camino en esas magníficas tetas que ya estaba imaginando al descubierto.
Regresé a la barra, di un par de tragos de mi copa de vino, pagué y me marché. Antes de salir, escuché a otro cliente llamar Esperanza a la camarera.
Apenas había transcurrido una semana cuando otro asunto me llevó de nuevo a la Notaría de Orcasitas. A pesar de que la huelga de taxis ya había finalizado, volví a tomar el mismo autobús que me había llevado unos días antes al bar donde trabajaba Esperanza, y de nuevo entré al bar. La encontré sonriéndome y con una copa de vino en la mano.
–Verdejo, ¿verdad?
–Vaya, veo que te acuerdas, – respondí sorprendido.
–Nunca olvido a los clientes que me miran las tetas como tú lo hiciste, – respondió sin dejar de mirarme con la sonrisa más seductora que jamás me han dirigido.
De mí puede decirse cualquier cosa excepto que soy vergonzoso, pero en ese momento me sentí tan pillado que, con la cara roja como un tomate, estuve a punto de darme la vuelta y salir del bar.
En mi rescate, Esperanza, mientras se desternillaba de risa, me dijo – Bobo, no pasa nada. Además, me gusta que los chicos guapos me miren las tetas. Para eso llevo este escote.
La libertad de horarios y obligaciones de mi trabajo me permitía no necesitar excusas para escaparme de la oficina, así que, como puede suponerse, mis visitas al bar de Esperanza se hicieron más frecuentes, e incluso surgió un cierto juego de seducción entre ambos. ¡Dios, cómo me gustaba esa mujer!
Después de varias semanas en las que debí ausentarme de Madrid por motivos de trabajo, la mañana en que regresé nuevamente al bar lo encontré vacío a mi llegada, sin ningún cliente ni nadie detrás de la barra. Cuando me dirigía al servicio me crucé con Esperanza, que salía del almacén. Me sonrió con la misma naturalidad de siempre y me dio un beso de bienvenida, pero no fue el beso esperado para saludar a un cliente, sino un breve pico en el que nuestras bocas se juntaron durante dos segundos y su lengua rozó mis labios.
Después, continuó caminando hacia la barra como si no hubiera ocurrido nada, mientras me iba diciendo: – ¡Cuánto tiempo has estado sin venir por aquí! Ya pensaba que te habías olvidado de mí…
Aquel breve beso y el roce con su cuerpo que lo acompañó endurecieron mi polla lo suficiente para que me resultara complicado orinar. Mientras intentaba empujarla hacia abajo, sin conseguir que saliera el chorro, por primera vez comencé a pensar que tenía que follarme a Esperanza.
Sin embargo, lo que ocurrió al volver a la barra desbarató bruscamente los planes que ya estaba empezando a maquinar. Mientras me servía mi habitual copa de verdejo, Esperanza me preguntó: –Pablo, tú trabajas en una Notaría, ¿verdad? Es que mi marido tiene problemas con una herencia que ha recibido de sus tíos del pueblo, y tal vez podrías ayudarlo a solucionarlo.
¡Vaya! Así que Esperanza estaba casada. Sin prestar demasiada atención a lo que acababa de decirme, sentí como mi calentón se enfriaba de golpe, pues en aquella época mis principios todavía me impedían desear a la mujer de otro hombre.
Cuando conseguí reaccionar, y mientras procuraba que no resultase evidente mi decepción, le expliqué que tenía una buena relación con una Notaría próxima a la que acudía frecuentemente y, aunque yo no trabajaba allí, podría conseguirle una cita a su marido y pedirles que pusieran especial interés en ayudarlo.
En mi siguiente visita al bar, Esperanza me saludó muy efusivamente, abrazándose a mí y dándome un beso en los labios más prolongado que el breve picó anterior. Me contó que estaba muy contenta, porque el notario había sido muy amable con su marido y su herencia se había resuelto con mucha rapidez y facilidad. Me dijo también que, como agradecimiento, su marido y ella querían invitarme a cenar en su casa.
Aunque yo intenté rechazar la invitación, argumentando que no era necesario y que no tenía que agradecerme nada, me insistió tanto que tuve que aceptar. Me dio la dirección de su casa y me dijo que me esperaban ese próximo sábado, pues el bar cerraba los fines de semana.
Llegué a casa de Esperanza puntualmente, a la hora exacta que me había indicado, con dos botellas de vino y un ramo de flores para ella. Me abrió la puerta ella misma; estaba preciosa, con un vestido negro ceñido que, aunque bajaba por debajo de sus rodillas, tenía una apertura lateral que enseñaba generosamente el muslo izquierdo y un escote aún más provocador que los que solía lucir en el bar. Me recibió con un pico inocente (al menos, así me lo pareció a mí) y me acompañó al salón. Allí me presentó a su marido, un hombre algo mayor que ella, con una poblada barba y, en general, de rasgos atractivos.
Abel, que así se llamaba, me saludó con un fuerte y cordial apretón de manos, exclamando con una naturalidad asombrosa: –¡Hombre, por fin conozco al señor del verdejo a quien tanto le gusta mirarle las tetas a mi mujer!
Supongo que mi gesto de vergüenza debió resultar tan patético que ambos estallaron en una sonora carcajada, mientras Abel me explicaba que yo no era el único cliente que le miraba las tetas a Esperanza, y que incluso a él le gustaba ver cómo la miraban otros hombres, siempre que no se propasaran.
Resultó que Abel era tan agradable como su mujer, con una conversación interesante y entretenida, y enseguida simpatizamos mutuamente. Antes de comenzar la cena, mientras tomábamos una cerveza, ya me había contado que se hizo bombero (esa era su profesión) porque siempre había querido ayudar a otras personas, que él también había conocido a Esperanza en el bar donde trabajaba y que les gustaba ir de vacaciones a un camping nudista en Murcia.
Habían preparado una cena fría, con varios platos para compartir sencillos pero muy ricos, que fueron cayendo uno tras otro junto con las dos botellas de vino que yo había llevado, mientras charlábamos animosamente de trivialidades.
Después de la cena, Abel sirvió unos gintonics y, debido al alcohol acumulado y a la confianza que se había generado entre nosotros, la conversación derivó inevitablemente a cuestiones sexuales. Con el segundo gintonic ya estábamos preguntándonos cuáles eran nuestras fantasías sexuales.
Le tocó comenzar a Esperanza, que, para mi sorpresa, nos contó que lo que a ella más le excitaba era imaginarse desnuda en la cama con otra mujer, hundir la cabeza entre sus piernas y comerle el coño hasta hacerla correrse en su boca.
–Pues nosotros también nos apuntamos – gritamos los dos hombres a la vez, sin intentar disimular la excitación que nos producía imaginar a Esperanza desnuda y teniendo sexo con otra mujer.
Fin del primer capitulo, capitulo 2 aqui en la red social del autor original todos los creditos reservados https://x.com/leonelly777/status/2086916664256278908
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