El avión había aterrizado en Menorca hacía apenas una hora, pero el sol ya se encargaba de recordarles que estaban en el Mediterráneo. Marc condujo la furgoneta alquilada por las estrechas carreteras que serpenteaban entre campos de piedra seca y viñedos, con los dos niños dormidos en los asientos traseros y el aire del mar entrando por las ventanillas abiertas.
—Es precioso —dijo Alba desde el asiento del copiloto, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la ventanilla—. Nunca había estado en Menorca.
—Espera a ver la casa —respondió Laura desde atrás, con un tono de satisfacción—. Llevábamos meses mirando opciones y esta fue la que más nos gustó. Tiene piscina, jardín, y está completamente aislada. Justo lo que necesitábamos.
Marc asintió sin decir nada. Su mujer había organizado todo el viaje, como siempre. Él solo se había limitado a pagar y a decir "sí, cariño, lo que tú quieras". Pero cuando la furgoneta se detuvo frente a la finca, incluso él tuvo que admitir que Laura había acertado.
La casa era de piedra blanca, con ventanas de madera oscura y una terraza cubierta de buganvillas que caían como una cascada de flores violetas. La piscina brillaba al sol, rodeada de hierba bien cuidada y unas cuantas palmeras que se mecían con la brisa. Al fondo, el campo se perdía en un horizonte de olivos y almendros. No se veía ninguna otra casa. Solo ellos. Y el silencio.
—¡Es enorme! —exclamó Alba, saltando de la furgoneta antes de que Marc hubiera apagado el motor—. ¡Y tiene piscina!
Los niños se despertaron con el ruido y empezaron a gritar de emoción. Marc los ayudó a bajar mientras Laura abría la puerta de la casa. El interior era amplio y luminoso, con paredes blancas, techos de madera y muebles rústicos. Olía a lavanda y a madera vieja, y había una chimenea de piedra que nunca usarían en pleno julio.
—Hay tres habitaciones —dijo Laura, repartiendo las llaves—. La nuestra es la del fondo, la de los niños la de al lado, y Alba, tú tienes la de la derecha. Es pequeña pero tiene vistas al jardín.
—Perfecto —respondió Alba, dejando su mochila en el suelo—. Es mucho mejor que mi piso compartido en Barcelona, os lo aseguro.
Marc la observó mientras se estiraba, alzando los brazos por encima de la cabeza en un gesto que parecía tan natural como intencionado. Llevaba unos pantalones cortos de lino y una camiseta blanca que se le subió un par de centímetros, dejando ver un triángulo de vientre liso y bronceado. Apartó la mirada demasiado rápido, sintiéndose ridículo.
—Bueno —dijo Laura, rompiendo el momento—. ¿Qué tal si vamos a comprar algo para comer? Marc, tú te quedas con los niños y Alba, ¿te vienes conmigo? Así conoces el pueblo.
—Claro —respondió Alba con una sonrisa—. Me encantará.
Marc se quedó en la casa con los niños, que ya estaban correteando por el jardín. Los dejó jugar mientras él se sentaba en la terraza, con un vaso de agua en la mano, disfrutando del silencio. No duraba mucho, nunca, pero aquel lugar tenía algo especial. Una paz que no había sentido en años.
Y entonces, Laura y Alba volvieron.
—¡Todo listo! —anunció Laura desde la entrada, cargada con bolsas de tela—. Hemos comprado suficiente para tres días. Marc, ¿puedes ayudarme a guardar las cosas?
El se levantó, tomó una de las bolsas y entró en la cocina. Alba pasó a su lado, rozándole apenas el brazo con una disculpa que sonó más coqueta que sincera.
—Perdona, no te había visto.
—No pasa nada —respondió él, sintiendo un leve cosquilleo en el punto de contacto.
Guardaron la compra entre los tres, y Laura se puso a preparar algo rápido para comer. Marc salió al jardín para ver a los niños, que ya se habían quitado la ropa y estaban a punto de lanzarse a la piscina.
—¡Papá! —gritó el pequeño—. ¡Ven a ver cómo salto!
Se acercó a la piscina y se quedó de pie junto al borde, con las manos en los bolsillos. El agua era de un azul turquesa tan transparente que podía ver el fondo de baldosas blancas. Los niños chapoteaban y reían, y por un momento, todo era perfecto.
Entonces Alba salió de la casa.
Llevaba un bikini de tres triángulos, tan pequeño que parecía más un atrevido juego de telas que una prenda de baño. El top apenas cubría sus pechos, dos triángulos de tela negra unidos por finas cintas que se perdían en su espalda, dejando los costados completamente al descubierto. La parte de abajo era igual de mínima: un triángulo invertido que cubría justo lo necesario, con cintas que se anudaban en sus caderas y que parecían a punto de soltarse con cualquier movimiento. Su piel, con ese ligero tono dorado mediterráneo, brillaba bajo el sol, y el agua que aún resbalaba por sus piernas hacía que todo su cuerpo pareciera una promesa.
Marc sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Ella no pareció notarlo, o quizá sí, quizá notó su mirada y decidió ignorarla con una naturalidad que solo podía ser ensayada. Se acercó al borde de la piscina y se dejó caer con un salto limpio, sin salpicar apenas. El agua la envolvió, y cuando salió a la superficie, su pelo rubio con reflejos dorados se pegó a su cara como una máscara líquida.
—¡Alba, Alba! —gritaron los niños—. ¡Ven a jugar con nosotros!
—¡Voy! —respondió ella, y empezó a saltar en el agua, moviendo los brazos y las piernas con una energía contagiosa.
Marc no podía apartar la mirada. Cada vez que Alba saltaba, sus pechos se movían bajo el minúsculo triángulo de tela, buscando una libertad que la tela apenas contenía. Sus pezones, duros por el agua fría, se marcaban contra el tejido como dos pequeños botones, y el movimiento constante hacía que el top se desplazara ligeramente, dejando ver la curva inferior de sus senos, el inicio de la areola, apenas un susurro de carne que desaparecía tan rápido como aparecía.
—¡Papá, la pelota! —gritó el pequeño.
La pelota había caído a los pies de Marc. La recogió, pero antes de que pudiera lanzarla, Alba salió del agua con una lentitud que no tenía nada de casual. El agua resbaló por sus piernas, por la curva de sus caderas, por su vientre, y cada gota que caía dejaba un rastro sobre su piel dorada como una caricia líquida. Se incorporó, arqueando ligeramente la espalda, y sus pechos se movieron bajo el diminuto triángulo de tela negra, buscando una libertad que la tela apenas concedía. El bikini, empapado, se había vuelto translúcido, dejando ver la sombra de sus pezones, la forma exacta de sus senos, la suavidad de la curva inferior.
Caminó hacia él con paso lento, casi felino. Sus caderas se balanceaban con una cadencia natural que no necesitaba ser ensayada. El agua goteaba por sus muslos, y el bikini se pegaba a su piel como una segunda membrana, marcando cada pliegue, cada curva. Cada paso era una promesa silenciosa, un movimiento que no pedía permiso pero que concedía todo.
Llegó hasta él y se detuvo a escasos centímetros. La distancia era mínima. Marc podía oler el cloro y el perfume de su piel, podía ver cómo el agua se deslizaba por el valle entre sus pechos, cómo la tela mojada se adhería a sus caderas, cómo la sombra del triángulo inferior se oscurecía justo donde el vello púbico se adivinaba apenas. Sus pezones, duros por el frío del agua o por la excitación, se marcaban bajo la tela como dos pequeños botones que reclamaban atención.
—¿Me das la pelota? —preguntó, y su voz era tan natural que casi parecía inocente.
Pero no lo era.
Alzó los brazos para recibir la pelota, y el movimiento hizo que su top se desplazara un par de centímetros. Marc vio el borde inferior de su pecho derecho, la sombra de la areola, el inicio de la curva que se perdía bajo la tela. Fue apenas un segundo, un destello, pero suficiente para que su cuerpo respondiera con un latido que no podía controlar.
Le tendió la pelota, y sus dedos se rozaron. El contacto fue breve, pero electricidad pura. La piel de ella era suave, caliente a pesar del agua fría, y el roce dejó un rastro de fuego en los dedos de él.
—Gracias —dijo ella, y sonrió con esa sonrisa suya, la que mezclaba la dulzura con un toque de picardía—. ¿Te ha gustado el baño?
Marc sintió que la sangre se le agolpaba en la cara y en la entrepierna al mismo tiempo. No supo si había sido una pregunta inocente o una provocación. Pero cuando ella se giró para volver a la piscina, cuando su culo redondo y firme se movió frente a él con cada paso, supo que no era inocencia.
Y no pudo apartar la mirada.
—¿Cómo están los niños? —preguntó Laura desde la cocina, sin levantar la vista de la ensalada que estaba preparando.
—Genial —respondió él, y su voz sonó más ronca de lo que pretendía—. Están encantados. Alba es un acierto. Se lo están pasando muy bien.
—Ya te lo dije. Es una chica estupenda. Y los niños la adoran.
Marc asintió y se sirvió un vaso de agua, bebiendo a sorbos lentos mientras intentaba calmarse. Pero la imagen de Alba saltando en la piscina seguía allí, grabada en su retina. Los pechos moviéndose bajo la tela, el culo redondo balanceándose al alejarse, la sonrisa pícara cuando le había pedido la pelota.
—Laura —dijo, y su voz sonaba más controlada ahora—. ¿Qué te parece si esta tarde damos un paseo por Ciutadella? Así los niños conocen el pueblo y nosotros también.
—Me parece genial. ¿Alba, te apetece venir con nosotros?
Ella había entrado justo en ese momento, con una toalla alrededor de los hombros y el bikini aún puesto. El agua goteaba por sus piernas, formando pequeños charcos en el suelo de baldosa.
—Claro —respondió, con su sonrisa más abierta—. Me encantaría.
La tarde en Ciutadella fue un paseo lento y tranquilo. Los niños se habían dormido en el coche, y Marc los llevó en brazos mientras Laura y Alba caminaban delante, charlando animadamente. El pueblo era un laberinto de calles empedradas y casas blancas con puertas de colores, y el olor a mar se mezclaba con el de los bares y las tiendas de artesanía.
Laura se detuvo en una tienda de zapatos de piel, y Marc se quedó fuera con Alba, apoyado contra una pared de piedra.
—Es un pueblo bonito —dijo ella, mirando el mar al fondo de la calle.
—Sí —respondió él, y se dio cuenta de que no había estado mirando el mar.
Alba llevaba un vestido ligero de tela blanca que se movía con la brisa, dejando ver el contorno de sus piernas, la curva de sus caderas. No llevaba sujetador, y cuando la brisa le pegaba la tela al cuerpo, se marcaban sus pezones como pequeños botones bajo el algodón.
—¿Y qué haces cuando no estás de niñera? —preguntó él, intentando sonar normal.
—Estudio. ADE en la UB. Me queda un año. Y luego, ya veremos. —Se encogió de hombros—. Supongo que haré lo que todo el mundo: buscar trabajo, sobrevivir, intentar ser feliz.
—¿Y lo eres? ¿Feliz?
Ella lo miró con una sonrisa que no era del todo ingenua.
—Soy joven, Marc. La vida hay que vivirla. Experimentar. No tengo prisa por saber qué voy a ser cuando sea mayor.
Hay una pausa. Ella inclina la cabeza, y el flequillo curtain bangs le cae ligeramente sobre un ojo.
—Además —añade, bajando la voz—, hay experiencias que merecen la pena, aunque no sean para siempre.
La frase queda suspendida en el aire, y Marc siente que el suelo se vuelve un poco menos firme.
—Alba, yo...
No terminó la frase. Laura salió de la tienda con una bolsa en la mano y una sonrisa de satisfacción.
—He encontrado unos zapatos preciosos. ¿Qué os parece si vamos a tomar algo antes de volver?
El resto de la tarde transcurrió con normalidad. Cervezas frías en una terraza con vistas al puerto, los niños despiertos y correteando entre las mesas, Laura riéndose con Alba como si fueran amigas de toda la vida. Marc las observaba, sintiéndose un extraño en su propia familia.
Pero sus ojos no dejaban de volver a Alba. A la forma en que se mojaba los labios al beber. Al modo en que su vestido se subía cuando se sentaba. A la sonrisa cómplice que le dedicaba cuando nadie miraba.
Cuando volvieron a la finca, ya anochecía. Los niños estaban agotados y se durmieron en la cama antes de que Laura terminara de leerles el cuento. Marc y Laura se sentaron en la terraza, con dos copas de vino, viendo cómo las estrellas empezaban a asomarse.
—Ha sido un buen día —dijo Laura, apoyando la cabeza en su hombro.
—Sí —respondió él, y en su cabeza solo estaba Alba.
—Alba es encantadora. Estoy muy contenta de haberla traído.
—Yo también —dijo Marc, y no sabía si era verdad o una mentira.
Laura se inclinó para besarlo, un beso suave, casi distraído, y él respondió por inercia. Sus manos encontraron su cintura, sus dedos se deslizaron por su espalda, y mientras la besaba, cerró los ojos.
Y vio a Alba.
Vio sus pechos moviéndose bajo el bikini. Vio su culo redondo balanceándose al alejarse. Vio su sonrisa pícara cuando le había pedido la pelota.
Cuando Laura se apartó para ir a la cama, Marc se quedó unos segundos más en la terraza, mirando la noche y sintiendo cómo el deseo se retorcía en su vientre como un animal que acababa de despertar.
Sabía que aquello no podía terminar bien. Sabía que Laura confiaba en él, que Alba era una niña de veinte años, que tenía dos hijos y una vida que construir.
Pero el cuerpo no entiende de razones. Y aquella noche, mientras Laura dormía a su lado, él no podía dejar de pensar en la chica que dormía en la habitación de al lado. En su piel dorada, en sus labios carnosos, en la promesa de algo que sabía que no debía desear.
Y en la oscuridad, justo antes de dormirse, sintió que algo se había roto dentro de él.
Algo que no sabía si podría recomponer.Fin del primer capitulo, capitulo 2 aqui en la red social del autor original todos los creditos reservados https://x.com/leonelly777/status/2086916664256278908
—Es precioso —dijo Alba desde el asiento del copiloto, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la ventanilla—. Nunca había estado en Menorca.
—Espera a ver la casa —respondió Laura desde atrás, con un tono de satisfacción—. Llevábamos meses mirando opciones y esta fue la que más nos gustó. Tiene piscina, jardín, y está completamente aislada. Justo lo que necesitábamos.
Marc asintió sin decir nada. Su mujer había organizado todo el viaje, como siempre. Él solo se había limitado a pagar y a decir "sí, cariño, lo que tú quieras". Pero cuando la furgoneta se detuvo frente a la finca, incluso él tuvo que admitir que Laura había acertado.
La casa era de piedra blanca, con ventanas de madera oscura y una terraza cubierta de buganvillas que caían como una cascada de flores violetas. La piscina brillaba al sol, rodeada de hierba bien cuidada y unas cuantas palmeras que se mecían con la brisa. Al fondo, el campo se perdía en un horizonte de olivos y almendros. No se veía ninguna otra casa. Solo ellos. Y el silencio.
—¡Es enorme! —exclamó Alba, saltando de la furgoneta antes de que Marc hubiera apagado el motor—. ¡Y tiene piscina!
Los niños se despertaron con el ruido y empezaron a gritar de emoción. Marc los ayudó a bajar mientras Laura abría la puerta de la casa. El interior era amplio y luminoso, con paredes blancas, techos de madera y muebles rústicos. Olía a lavanda y a madera vieja, y había una chimenea de piedra que nunca usarían en pleno julio.
—Hay tres habitaciones —dijo Laura, repartiendo las llaves—. La nuestra es la del fondo, la de los niños la de al lado, y Alba, tú tienes la de la derecha. Es pequeña pero tiene vistas al jardín.
—Perfecto —respondió Alba, dejando su mochila en el suelo—. Es mucho mejor que mi piso compartido en Barcelona, os lo aseguro.
Marc la observó mientras se estiraba, alzando los brazos por encima de la cabeza en un gesto que parecía tan natural como intencionado. Llevaba unos pantalones cortos de lino y una camiseta blanca que se le subió un par de centímetros, dejando ver un triángulo de vientre liso y bronceado. Apartó la mirada demasiado rápido, sintiéndose ridículo.
—Bueno —dijo Laura, rompiendo el momento—. ¿Qué tal si vamos a comprar algo para comer? Marc, tú te quedas con los niños y Alba, ¿te vienes conmigo? Así conoces el pueblo.
—Claro —respondió Alba con una sonrisa—. Me encantará.
Marc se quedó en la casa con los niños, que ya estaban correteando por el jardín. Los dejó jugar mientras él se sentaba en la terraza, con un vaso de agua en la mano, disfrutando del silencio. No duraba mucho, nunca, pero aquel lugar tenía algo especial. Una paz que no había sentido en años.
Y entonces, Laura y Alba volvieron.
—¡Todo listo! —anunció Laura desde la entrada, cargada con bolsas de tela—. Hemos comprado suficiente para tres días. Marc, ¿puedes ayudarme a guardar las cosas?
El se levantó, tomó una de las bolsas y entró en la cocina. Alba pasó a su lado, rozándole apenas el brazo con una disculpa que sonó más coqueta que sincera.
—Perdona, no te había visto.
—No pasa nada —respondió él, sintiendo un leve cosquilleo en el punto de contacto.
Guardaron la compra entre los tres, y Laura se puso a preparar algo rápido para comer. Marc salió al jardín para ver a los niños, que ya se habían quitado la ropa y estaban a punto de lanzarse a la piscina.
—¡Papá! —gritó el pequeño—. ¡Ven a ver cómo salto!
Se acercó a la piscina y se quedó de pie junto al borde, con las manos en los bolsillos. El agua era de un azul turquesa tan transparente que podía ver el fondo de baldosas blancas. Los niños chapoteaban y reían, y por un momento, todo era perfecto.
Entonces Alba salió de la casa.
Llevaba un bikini de tres triángulos, tan pequeño que parecía más un atrevido juego de telas que una prenda de baño. El top apenas cubría sus pechos, dos triángulos de tela negra unidos por finas cintas que se perdían en su espalda, dejando los costados completamente al descubierto. La parte de abajo era igual de mínima: un triángulo invertido que cubría justo lo necesario, con cintas que se anudaban en sus caderas y que parecían a punto de soltarse con cualquier movimiento. Su piel, con ese ligero tono dorado mediterráneo, brillaba bajo el sol, y el agua que aún resbalaba por sus piernas hacía que todo su cuerpo pareciera una promesa.
Marc sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Ella no pareció notarlo, o quizá sí, quizá notó su mirada y decidió ignorarla con una naturalidad que solo podía ser ensayada. Se acercó al borde de la piscina y se dejó caer con un salto limpio, sin salpicar apenas. El agua la envolvió, y cuando salió a la superficie, su pelo rubio con reflejos dorados se pegó a su cara como una máscara líquida.
—¡Alba, Alba! —gritaron los niños—. ¡Ven a jugar con nosotros!
—¡Voy! —respondió ella, y empezó a saltar en el agua, moviendo los brazos y las piernas con una energía contagiosa.
Marc no podía apartar la mirada. Cada vez que Alba saltaba, sus pechos se movían bajo el minúsculo triángulo de tela, buscando una libertad que la tela apenas contenía. Sus pezones, duros por el agua fría, se marcaban contra el tejido como dos pequeños botones, y el movimiento constante hacía que el top se desplazara ligeramente, dejando ver la curva inferior de sus senos, el inicio de la areola, apenas un susurro de carne que desaparecía tan rápido como aparecía.
—¡Papá, la pelota! —gritó el pequeño.
La pelota había caído a los pies de Marc. La recogió, pero antes de que pudiera lanzarla, Alba salió del agua con una lentitud que no tenía nada de casual. El agua resbaló por sus piernas, por la curva de sus caderas, por su vientre, y cada gota que caía dejaba un rastro sobre su piel dorada como una caricia líquida. Se incorporó, arqueando ligeramente la espalda, y sus pechos se movieron bajo el diminuto triángulo de tela negra, buscando una libertad que la tela apenas concedía. El bikini, empapado, se había vuelto translúcido, dejando ver la sombra de sus pezones, la forma exacta de sus senos, la suavidad de la curva inferior.
Caminó hacia él con paso lento, casi felino. Sus caderas se balanceaban con una cadencia natural que no necesitaba ser ensayada. El agua goteaba por sus muslos, y el bikini se pegaba a su piel como una segunda membrana, marcando cada pliegue, cada curva. Cada paso era una promesa silenciosa, un movimiento que no pedía permiso pero que concedía todo.
Llegó hasta él y se detuvo a escasos centímetros. La distancia era mínima. Marc podía oler el cloro y el perfume de su piel, podía ver cómo el agua se deslizaba por el valle entre sus pechos, cómo la tela mojada se adhería a sus caderas, cómo la sombra del triángulo inferior se oscurecía justo donde el vello púbico se adivinaba apenas. Sus pezones, duros por el frío del agua o por la excitación, se marcaban bajo la tela como dos pequeños botones que reclamaban atención.
—¿Me das la pelota? —preguntó, y su voz era tan natural que casi parecía inocente.
Pero no lo era.
Alzó los brazos para recibir la pelota, y el movimiento hizo que su top se desplazara un par de centímetros. Marc vio el borde inferior de su pecho derecho, la sombra de la areola, el inicio de la curva que se perdía bajo la tela. Fue apenas un segundo, un destello, pero suficiente para que su cuerpo respondiera con un latido que no podía controlar.
Le tendió la pelota, y sus dedos se rozaron. El contacto fue breve, pero electricidad pura. La piel de ella era suave, caliente a pesar del agua fría, y el roce dejó un rastro de fuego en los dedos de él.
—Gracias —dijo ella, y sonrió con esa sonrisa suya, la que mezclaba la dulzura con un toque de picardía—. ¿Te ha gustado el baño?
Marc sintió que la sangre se le agolpaba en la cara y en la entrepierna al mismo tiempo. No supo si había sido una pregunta inocente o una provocación. Pero cuando ella se giró para volver a la piscina, cuando su culo redondo y firme se movió frente a él con cada paso, supo que no era inocencia.
Y no pudo apartar la mirada.
—¿Cómo están los niños? —preguntó Laura desde la cocina, sin levantar la vista de la ensalada que estaba preparando.
—Genial —respondió él, y su voz sonó más ronca de lo que pretendía—. Están encantados. Alba es un acierto. Se lo están pasando muy bien.
—Ya te lo dije. Es una chica estupenda. Y los niños la adoran.
Marc asintió y se sirvió un vaso de agua, bebiendo a sorbos lentos mientras intentaba calmarse. Pero la imagen de Alba saltando en la piscina seguía allí, grabada en su retina. Los pechos moviéndose bajo la tela, el culo redondo balanceándose al alejarse, la sonrisa pícara cuando le había pedido la pelota.
—Laura —dijo, y su voz sonaba más controlada ahora—. ¿Qué te parece si esta tarde damos un paseo por Ciutadella? Así los niños conocen el pueblo y nosotros también.
—Me parece genial. ¿Alba, te apetece venir con nosotros?
Ella había entrado justo en ese momento, con una toalla alrededor de los hombros y el bikini aún puesto. El agua goteaba por sus piernas, formando pequeños charcos en el suelo de baldosa.
—Claro —respondió, con su sonrisa más abierta—. Me encantaría.
La tarde en Ciutadella fue un paseo lento y tranquilo. Los niños se habían dormido en el coche, y Marc los llevó en brazos mientras Laura y Alba caminaban delante, charlando animadamente. El pueblo era un laberinto de calles empedradas y casas blancas con puertas de colores, y el olor a mar se mezclaba con el de los bares y las tiendas de artesanía.
Laura se detuvo en una tienda de zapatos de piel, y Marc se quedó fuera con Alba, apoyado contra una pared de piedra.
—Es un pueblo bonito —dijo ella, mirando el mar al fondo de la calle.
—Sí —respondió él, y se dio cuenta de que no había estado mirando el mar.
Alba llevaba un vestido ligero de tela blanca que se movía con la brisa, dejando ver el contorno de sus piernas, la curva de sus caderas. No llevaba sujetador, y cuando la brisa le pegaba la tela al cuerpo, se marcaban sus pezones como pequeños botones bajo el algodón.
—¿Y qué haces cuando no estás de niñera? —preguntó él, intentando sonar normal.
—Estudio. ADE en la UB. Me queda un año. Y luego, ya veremos. —Se encogió de hombros—. Supongo que haré lo que todo el mundo: buscar trabajo, sobrevivir, intentar ser feliz.
—¿Y lo eres? ¿Feliz?
Ella lo miró con una sonrisa que no era del todo ingenua.
—Soy joven, Marc. La vida hay que vivirla. Experimentar. No tengo prisa por saber qué voy a ser cuando sea mayor.
Hay una pausa. Ella inclina la cabeza, y el flequillo curtain bangs le cae ligeramente sobre un ojo.
—Además —añade, bajando la voz—, hay experiencias que merecen la pena, aunque no sean para siempre.
La frase queda suspendida en el aire, y Marc siente que el suelo se vuelve un poco menos firme.
—Alba, yo...
No terminó la frase. Laura salió de la tienda con una bolsa en la mano y una sonrisa de satisfacción.
—He encontrado unos zapatos preciosos. ¿Qué os parece si vamos a tomar algo antes de volver?
El resto de la tarde transcurrió con normalidad. Cervezas frías en una terraza con vistas al puerto, los niños despiertos y correteando entre las mesas, Laura riéndose con Alba como si fueran amigas de toda la vida. Marc las observaba, sintiéndose un extraño en su propia familia.
Pero sus ojos no dejaban de volver a Alba. A la forma en que se mojaba los labios al beber. Al modo en que su vestido se subía cuando se sentaba. A la sonrisa cómplice que le dedicaba cuando nadie miraba.
Cuando volvieron a la finca, ya anochecía. Los niños estaban agotados y se durmieron en la cama antes de que Laura terminara de leerles el cuento. Marc y Laura se sentaron en la terraza, con dos copas de vino, viendo cómo las estrellas empezaban a asomarse.
—Ha sido un buen día —dijo Laura, apoyando la cabeza en su hombro.
—Sí —respondió él, y en su cabeza solo estaba Alba.
—Alba es encantadora. Estoy muy contenta de haberla traído.
—Yo también —dijo Marc, y no sabía si era verdad o una mentira.
Laura se inclinó para besarlo, un beso suave, casi distraído, y él respondió por inercia. Sus manos encontraron su cintura, sus dedos se deslizaron por su espalda, y mientras la besaba, cerró los ojos.
Y vio a Alba.
Vio sus pechos moviéndose bajo el bikini. Vio su culo redondo balanceándose al alejarse. Vio su sonrisa pícara cuando le había pedido la pelota.
Cuando Laura se apartó para ir a la cama, Marc se quedó unos segundos más en la terraza, mirando la noche y sintiendo cómo el deseo se retorcía en su vientre como un animal que acababa de despertar.
Sabía que aquello no podía terminar bien. Sabía que Laura confiaba en él, que Alba era una niña de veinte años, que tenía dos hijos y una vida que construir.
Pero el cuerpo no entiende de razones. Y aquella noche, mientras Laura dormía a su lado, él no podía dejar de pensar en la chica que dormía en la habitación de al lado. En su piel dorada, en sus labios carnosos, en la promesa de algo que sabía que no debía desear.
Y en la oscuridad, justo antes de dormirse, sintió que algo se había roto dentro de él.
Algo que no sabía si podría recomponer.Fin del primer capitulo, capitulo 2 aqui en la red social del autor original todos los creditos reservados https://x.com/leonelly777/status/2086916664256278908
0 comentarios - Me folle a la niñera de 20 años en Menorca