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Blanca Trola y los 7 vergudos | Cap 3.

Capítulo 3: Misifú — El Gato Hambriento
Blanca yacía sobre la mesa todavía temblando, su cuerpo desnudo brillando con el sudor del orgasmo reciente. Entre sus piernas, un charco blanquecino crecía lentamente, el semen de Gruñón escurriéndose de su conchita abierta, goteando sobre la madera oscura.
Misifú se arrodilló al borde de la mesa, sus ojos verdes fijos en aquel espectáculo. Era el más delgado de los hermanos, pero sus manos eran largas y ágiles, y su lengua... su lengua era legendaria incluso entre los enanos, que habían escuchado rumores de su habilidad para hacer gemir a cualquier mina hasta la locura.
—Espera —dijo Gruñón, todavía recuperando el aliento, su pija aún semi-erecta brillando con los jugos de Blanca—. ¿De verdad vas a...
—Cállate —susurró Misifú, sin apartar la vista de la entrepierna de Blanca—. He esperado meses por esto. No me arruines el momento.
Blanca se apoyó sobre los codos, observando fascinada cómo Misifú se acercaba. Su barba rubia rozaba el interior de sus muslos, su aliento cálido acariciando su piel sensible.
—Limpia bien, gatito —susurró ella con voz ronca—. Quiero sentir tu lengua en cada rincón de mi conchita.
Misifú no necesitó más invitación.
Su lengua salió con una lentitud torturante, rozando primero el interior de sus muslos, saboreando la mezcla de semen y los jugos de Blanca que manchaban su piel. Era cálida, húmeda, y se movía con una precisión que hizo jadear a Blanca inmediatamente.
—La concha de tu madre... —suspiró ella, dejando caer la cabeza hacia atrás, sus manos buscando algo a qué aferrarse.
Misifú encontró su objetivo. Su lengua se deslizó entre los labios vaginales de Blanca, aún sensibles por la brutal cogida de Gruñón, y comenzó a lamer con movimientos largos y pausados, recogiendo el semen que salía de ella, tragándolo con deleite, volviendo a entrar por más.
—Dios, sí... ¡más profundo! —gritó Blanca, sus caderas moviéndose instintivamente hacia arriba, buscando más contacto.
Misifú obedeció. Introdujo su lengua lo más profundo que pudo, cogiéndola con aquel músculo ágil, girándolo, haciendo que Blanca sintiera cada centímetro de su interior siendo explorado. El semen de Gruñón mezclado con sus propios jugos creaba un sabor salado-dulce que Misifú saboreaba con gemidos de placer propios.
—Sabés... sabés increíble —murmuró Misifú contra su piel, su barba raspando su clítoris con cada movimiento—. Quiero más. Dame más de tu conchita.
Blanca estaba en el borde otra vez. La lengua de Misifú era diferente a cualquier cosa que hubiera sentido. No era solo la habilidad, era la dedicación con la que lamía cada pliegue, cada recoveco, cómo encontraba exactamente los puntos que la hacían temblar y los atacaba sin piedad.
Misifú subió un poco, sus labios encontrando su clítoris hinchado. Lo succionó suavemente primero, luego con más fuerza, alternando succiones con movimientos circulares de su lengua, creando un ritmo que hacía que Blanca se retorciera sobre la mesa.
—¡Ahí, ahí, no pares! —suplicó ella, sus manos agarrando la cabeza de Misifú, presionándolo contra ella—. ¡Me vine, me vine!
Misifú aceleró. Su lengua se movía como un vibrador humano, rápido, implacable, atacando su clítoris mientras dos de sus dedos entraban en su conchita, buscando ese punto...
Blanca explotó.
Su segundo orgasmo de la noche fue más intenso que el primero. Sus piernas se cerraron alrededor de la cabeza de Misifú, su cuerpo se arqueó en un puente imposible, y un grito gutural salió de su garganta mientras chorros de líquido claro salpicaban la cara de Misifú, su boca, su barba.
—¡La puta madre que te parió! —repetía Blanca, convulsionando, su visión borrosa por la intensidad.
Misifú no se apartó. Siguió lamiendo, ahora más suave, trayéndola de vuelta desde el borde del abismo, recogiendo cada gota de su squirt con gemidos de satisfacción. Cuando finalmente se separó, su rostro brillaba con los jugos de Blanca, sus ojos vidriosos de lujuria.
—Dulce —dijo simplemente, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Como la miel.
Blanca jadeaba, incapaz de hablar, su cuerpo todavía temblando con espasmos residuales. Pero cuando vio a Misifú desabrocharse los pantalones, revelando una pija larga y curvada hacia arriba, gruesa y con la punta goteando presemen, sonrió.
—Tu turno —susurró ella, abriendo las piernas de nuevo, su conchita todavía palpitante y ahora completamente limpia—. Cógeme, gatito. Quiero sentirte adentro.
Misifú se posicionó entre sus piernas, pero en lugar de penetrarla inmediatamente, frotó su pija contra sus pliegues, mojándola con sus jugos, haciendo que Blanca gemía de frustración y necesidad.
—Por favor... —suplicó ella—. No me hagas esperar, dame esa pija.
Misifú sonrió, una sonrisa traviesa, y finalmente empujó.
Blanca gimió cuando aquella curva perfecta entró en ella, tocando lugares que Gruñón no había alcanzado, frotando su pared frontal de una manera que la volvía loca. Misifú no era tan grueso como su hermano, pero su forma y su ángulo... era como si hubiera sido diseñado específicamente para volverla loca.
—Así... justo así... —jadeó Blanca, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura—. Cógeme, Misifú. Cógeme como solo vos sabés.
Misifú comenzó a moverse con un ritmo hipnótico, sus caderas girando con cada embestida, golpeando ese punto mágico una y otra vez. Blanca sintió que otro orgasmo se construía rápidamente, imposiblemente pronto, imposiblemente intenso.
Los otros cinco enanos observaban en silencio, pijas en mano, viendo cómo su hermano hacía gemir a la princesa como si estuviera poseída. Estornudo ya no podía contenerse, y con un gemido ahogado, descargó su semen sobre el suelo de piedra, incapaz de esperar más.
—Vente conmigo —susurró Misifú al oído de Blanca, su ritmo acelerándose—. Vente en mi pija, princesa. Quiero sentir cómo me apretás con tu conchita.
Blanca no pudo resistir. Con un grito que debió haber despertado a todo el bosque, se vino por tercera vez, su conchita contrayéndose violentamente alrededor de Misifú, masajeando su pija en espasmos incontrolables.
Misifú rugió y se hundió hasta el fondo, liberando su propia leche caliente dentro de ella, mezclándose con el semen de Gruñón, llenándola hasta rebosar otra vez.
Cuando se separaron, ambos jadeando, el líquido blanco escurriéndose de ella una vez más, Blanca miró a los cinco enanos restantes con una sonrisa satisfecha pero insaciable.
—Cinco más —dijo, pasando un dedo por su entrada chorreante y llevándoselo a los labios—. ¿Quién sigue?
Tímido dio un paso adelante, su rostro sonrojado pero su erección hablando por él.
—Yo... yo quiero que estés arriba —dijo con voz temblorosa—. Quiero... quiero ver tus tetas rebotar sobre mí.
Blanca sonrió. Le gustaba donde iba esto.
—Montar a caballo —dijo, bajando de la mesa, sus piernas tambaleándose ligeramente—. Mi posición favorita.

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