Había pasado una semana desde el encuentro con Camilo, y la casa se sentía extrañamente tranquila, como el ojo de un huracán. Laura se había convertido en la encarnación de la perfección; estaba más entregada, más cariñosa y más complaciente que nunca. Me trataba con una devoción que me erizaba la piel, pero yo ya no era el mismo hombre. Había aprendido a leer las grietas en su máscara, y en lugar de asustarme, esas grietas se habían convertido en mi nuevo motor de excitación.

Esa noche, la tensión acumulada estalló en la cama. La poseí con una furia que no pretendía ser romántica; era una invasión. Todavía impulsado por el morbo de saber que la habían llenado por detrás el domingo anterior, la volteé en cuatro sobre la orilla del colchón. Ella, lejos de frenarme, soltó un gemido ahogado y me pidió la profanación sin rodeos.

Laura :Dámelo por el culo, mi amor... dámelo por ahí que me encanta sentirte bien adentro —suplicando, apretando las sábanas con impaciencia.
Acomodé su cintura y la penetré analmente con saña, buscando reclamar un territorio que yo sabía que ya había sido profanado. El sonido de nuestras carnes chocando era violento y rítmico: ¡Plap, plap, plap!. Laura gritaba de placer, enterrando la cara en la almohada.
—¡Ahhh!... ¡Sllurp!... ¡Mmmph!... ¡Sí, así, métemelo todo! —dijo Laura gimiendo sin control.

Pero mientras la embestía por el culo, mi mente empezó a jugar su propio juego. Quería ver hasta dónde llegaba su capacidad de engaño. Quería escuchar la mentira mientras sentía su estrechez contra la mía. La tomé con fuerza por las caderas, clavando mis dedos en su piel, y le susurré al oído con la voz rota por el deseo.
—¿De quién es este cuerpo, Laura? ¿De quién es este culito que me tiene tan loco? —dijo Daniel preguntándole, obligándola a voltear la cara.
Ella jadeaba, con los ojos empañados por un placer que se mezclaba con una devoción fingida que me resultaba asquerosa y hermosa a la vez. Me miró con una ternura que habría engañado a cualquier otro hombre en el mundo.
—Tuyo, mi amor... solo tuyo —dijo Laura con la voz quebrándose en un gemido mientras mi verga entraba y salía de su culo—. Tú eres el único hombre de mi vida, el amor de mi vida... ¡Ahhh!... ¡Sí!... ¡Dame más fuerte!... ¡Lléname las entrañas!

Escucharla jurarme fidelidad mientras su culo apretaba mi verga con esa ferocidad me provocó un choque eléctrico en el cerebro. Era una excitación enfermiza, un placer oscuro nacido de saber que cada palabra era una traición. Me volví loco en ese instante; apreté sus nalgas y me vine profundamente dentro de su culo, rugiendo de un placer que era mitad éxtasis y mitad desprecio por la mentira que acababa de consumir.
Dos días después, la calma se rompió con la llegada de Esteban. Él es mi mejor amigo de toda la vida, un tipo leal y honesto, y tenerlo en mi sala mientras yo guardaba este secreto era como caminar sobre cristales rotos.
Laura los atendió con una naturalidad que me puso los nervios de punta. Llevaba un short muy corto y un top ajustado que dejaba ver cada curva de su cuerpo cuando se inclinaba para servir las cervezas. Ya no era la novia tímida;
se movía con una sensualidad relajada, casi depredadora. Noté cómo Esteban la miraba un segundo de más, cómo su mirada se detenía en sus piernas antes de volver rápidamente a mis ojos. Laura notó la tensión también; cruzamos risas piconas y hubo un silencio cargado de electricidad en la sala cada vez que ella pasaba cerca de él. Yo apretaba mi botella de cerveza con tanta fuerza que sentía que iba a estallar, atrapado entre la rabia de ver a mi amigo desearla y el morbo de ver cómo ella lo provocaba.
Cuando Esteban se fue, el silencio en el apartamento se volvió denso. No podía sacarme la imagen de las miradas entre ellos de la cabeza. Le escribí a Paola; necesitaba saber si mi paranoia tenía fundamento.
—Pao, necesito que le saques la verdad. Esteban se fue y siento que el aire en la casa se quedó pegado a él. Indáguele —dijo Daniel por mensaje.
No tardó en responder. Paola es una experta en desarmar defensas. Minutos después, mi teléfono vibró con las capturas de pantalla de la conversación que Paola estaba teniendo con Laura en ese mismo instante. Mi sangre se congeló mientras leía las palabras de mi mujer:
"Pao, la vida sexual con Dani está increíble, me tiene loca... pero no me había fijado bien en Esteban, el amigo de Dani. Hoy que vino a la casa lo vi tan bien puesto que me dejó chorreando. A ese man le tengo unas ganas brutales."
Sentí un vacío en el estómago que se transformó instantáneamente en una erección dolorosa. Pero lo peor venía después. Laura remató la conversación con una frase que me hizo perder el sentido de la realidad:
"Mi corazón le pertenece a Dani, y mi cuerpo al que se me atraviese."
La misma mujer que me había jurado amor eterno en la cama mientras yo la poseía por el culo, ahora estaba planeando cómo profanar a mi mejor amigo. La traición ya no era un accidente; era un hambre insaciable.
En lugar de estallar, mi mente se volvió maquiavélica. Si Laura quería jugar con fuego, yo iba a construirle el infierno. Empecé a planear con Paola. Ella se encargaría de la parte psicológica: le enseñaría a Laura cómo tantear el terreno con Esteban por Instagram, cómo lanzarle anzuelos sutiles para que él cayera sin sospechar que yo era el director de la obra.
Por mi parte, creé la coartada perfecta. Le dije a Laura que me había inscrito al gimnasio cuatro tardes a la semana al salir del trabajo. Le di la libertad que su instinto le pedía, dándole las ventanas de tiempo necesarias para que sus encuentros fueran posibles.
Pero mi entrenamiento no era en el gimnasio.
Esa noche, me cité con Paola en un bar discreto. Necesitábamos revisar los chats, planear los movimientos y coordinar el caos. Estábamos sentados en una mesa apartada, rodeados de luz tenue y el sonido de la música de fondo, analizando cada palabra de Laura y cada reacción de Esteban. La tensión entre nosotros dos era una cuerda tensada al máximo; verla planear la ruina de mi propia vida me hacía desearla con una intensidad terrorífica.
Paola se inclinó hacia adelante, mirándome fijamente a los ojos mientras le daba un sorbo lento a su cerveza. Sus ojos brillaban con una malicia que me desarmaba.
—Oiga Dani... —dijo Paola en un susurro sugerente, dejando que el silencio se extendiera entre nosotros—. Usted armándole todo el show a Laurita para que se coma al mejor amigo... ¿y usted para cuándo? A usted también le toca divertirse.
Me quedé sin palabras, sintiendo cómo la provocación de Paola encendía una chispa nueva en mi interior. El plan estaba en marcha, pero el juego se estaba volviendo mucho más personal de lo que jamás imaginé.

Esa noche, la tensión acumulada estalló en la cama. La poseí con una furia que no pretendía ser romántica; era una invasión. Todavía impulsado por el morbo de saber que la habían llenado por detrás el domingo anterior, la volteé en cuatro sobre la orilla del colchón. Ella, lejos de frenarme, soltó un gemido ahogado y me pidió la profanación sin rodeos.

Laura :Dámelo por el culo, mi amor... dámelo por ahí que me encanta sentirte bien adentro —suplicando, apretando las sábanas con impaciencia.
Acomodé su cintura y la penetré analmente con saña, buscando reclamar un territorio que yo sabía que ya había sido profanado. El sonido de nuestras carnes chocando era violento y rítmico: ¡Plap, plap, plap!. Laura gritaba de placer, enterrando la cara en la almohada.
—¡Ahhh!... ¡Sllurp!... ¡Mmmph!... ¡Sí, así, métemelo todo! —dijo Laura gimiendo sin control.

Pero mientras la embestía por el culo, mi mente empezó a jugar su propio juego. Quería ver hasta dónde llegaba su capacidad de engaño. Quería escuchar la mentira mientras sentía su estrechez contra la mía. La tomé con fuerza por las caderas, clavando mis dedos en su piel, y le susurré al oído con la voz rota por el deseo.
—¿De quién es este cuerpo, Laura? ¿De quién es este culito que me tiene tan loco? —dijo Daniel preguntándole, obligándola a voltear la cara.
Ella jadeaba, con los ojos empañados por un placer que se mezclaba con una devoción fingida que me resultaba asquerosa y hermosa a la vez. Me miró con una ternura que habría engañado a cualquier otro hombre en el mundo.
—Tuyo, mi amor... solo tuyo —dijo Laura con la voz quebrándose en un gemido mientras mi verga entraba y salía de su culo—. Tú eres el único hombre de mi vida, el amor de mi vida... ¡Ahhh!... ¡Sí!... ¡Dame más fuerte!... ¡Lléname las entrañas!

Escucharla jurarme fidelidad mientras su culo apretaba mi verga con esa ferocidad me provocó un choque eléctrico en el cerebro. Era una excitación enfermiza, un placer oscuro nacido de saber que cada palabra era una traición. Me volví loco en ese instante; apreté sus nalgas y me vine profundamente dentro de su culo, rugiendo de un placer que era mitad éxtasis y mitad desprecio por la mentira que acababa de consumir.
Dos días después, la calma se rompió con la llegada de Esteban. Él es mi mejor amigo de toda la vida, un tipo leal y honesto, y tenerlo en mi sala mientras yo guardaba este secreto era como caminar sobre cristales rotos.
Laura los atendió con una naturalidad que me puso los nervios de punta. Llevaba un short muy corto y un top ajustado que dejaba ver cada curva de su cuerpo cuando se inclinaba para servir las cervezas. Ya no era la novia tímida;
se movía con una sensualidad relajada, casi depredadora. Noté cómo Esteban la miraba un segundo de más, cómo su mirada se detenía en sus piernas antes de volver rápidamente a mis ojos. Laura notó la tensión también; cruzamos risas piconas y hubo un silencio cargado de electricidad en la sala cada vez que ella pasaba cerca de él. Yo apretaba mi botella de cerveza con tanta fuerza que sentía que iba a estallar, atrapado entre la rabia de ver a mi amigo desearla y el morbo de ver cómo ella lo provocaba.
Cuando Esteban se fue, el silencio en el apartamento se volvió denso. No podía sacarme la imagen de las miradas entre ellos de la cabeza. Le escribí a Paola; necesitaba saber si mi paranoia tenía fundamento.
—Pao, necesito que le saques la verdad. Esteban se fue y siento que el aire en la casa se quedó pegado a él. Indáguele —dijo Daniel por mensaje.
No tardó en responder. Paola es una experta en desarmar defensas. Minutos después, mi teléfono vibró con las capturas de pantalla de la conversación que Paola estaba teniendo con Laura en ese mismo instante. Mi sangre se congeló mientras leía las palabras de mi mujer:
"Pao, la vida sexual con Dani está increíble, me tiene loca... pero no me había fijado bien en Esteban, el amigo de Dani. Hoy que vino a la casa lo vi tan bien puesto que me dejó chorreando. A ese man le tengo unas ganas brutales."
Sentí un vacío en el estómago que se transformó instantáneamente en una erección dolorosa. Pero lo peor venía después. Laura remató la conversación con una frase que me hizo perder el sentido de la realidad:
"Mi corazón le pertenece a Dani, y mi cuerpo al que se me atraviese."
La misma mujer que me había jurado amor eterno en la cama mientras yo la poseía por el culo, ahora estaba planeando cómo profanar a mi mejor amigo. La traición ya no era un accidente; era un hambre insaciable.
En lugar de estallar, mi mente se volvió maquiavélica. Si Laura quería jugar con fuego, yo iba a construirle el infierno. Empecé a planear con Paola. Ella se encargaría de la parte psicológica: le enseñaría a Laura cómo tantear el terreno con Esteban por Instagram, cómo lanzarle anzuelos sutiles para que él cayera sin sospechar que yo era el director de la obra.
Por mi parte, creé la coartada perfecta. Le dije a Laura que me había inscrito al gimnasio cuatro tardes a la semana al salir del trabajo. Le di la libertad que su instinto le pedía, dándole las ventanas de tiempo necesarias para que sus encuentros fueran posibles.
Pero mi entrenamiento no era en el gimnasio.
Esa noche, me cité con Paola en un bar discreto. Necesitábamos revisar los chats, planear los movimientos y coordinar el caos. Estábamos sentados en una mesa apartada, rodeados de luz tenue y el sonido de la música de fondo, analizando cada palabra de Laura y cada reacción de Esteban. La tensión entre nosotros dos era una cuerda tensada al máximo; verla planear la ruina de mi propia vida me hacía desearla con una intensidad terrorífica.
Paola se inclinó hacia adelante, mirándome fijamente a los ojos mientras le daba un sorbo lento a su cerveza. Sus ojos brillaban con una malicia que me desarmaba.
—Oiga Dani... —dijo Paola en un susurro sugerente, dejando que el silencio se extendiera entre nosotros—. Usted armándole todo el show a Laurita para que se coma al mejor amigo... ¿y usted para cuándo? A usted también le toca divertirse.
Me quedé sin palabras, sintiendo cómo la provocación de Paola encendía una chispa nueva en mi interior. El plan estaba en marcha, pero el juego se estaba volviendo mucho más personal de lo que jamás imaginé.
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