You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

La casa donde todo se vale capítulo 2

Hoal! gracias por haber leido el primer capítulo. si no lo han visto, aqui les dejo el anterior

https://www.poringa.net/posts/relatos/6416689/La-casa-donde-todo-vale-capitulo-1.html



Capítulo 2

Tras ese encuentro bochornoso, Carlos ya no podía ver a su hija de la misma forma. Durante el resto de la semana, trató de evitar el contacto con ella. Se limitaba a hablarle cuando ella pedía su atención, le mostraba pequeñas sonrisas juguetonas y le palmeaba la cabeza. Se negaba a aceptar que la había visto coger y que, por encima de todo, le había gustado.
¿Y cómo no? ¿Qué hombre se resistiría a ver a su pequeña siendo brutalmente follada por un hombre como Edgar? Toda la semana, Carlos se la pasó haciéndose pajas, recreando en su mente cada imagen de ese delicioso recuerdo. Por suerte, Esther tampoco mencionó nada. Se mantuvo como si todo hubiese sido un delicioso sueño, pero en sus ojos se le notaba la culpa mezclada con el deseo de haber sido objeto de observación.
Una tarde, cuando Carlos comenzaba a aceptar que no tenía nada de malo excitarse con ver a su hija cogiendo, la dama de la lujuria se hizo presente otra vez. Era sábado. Él había organizado una pequeña fiesta de piscina para sus vecinos. Chicos de la edad de Esther se divertían dándose clavados desde la orilla. Su cuñada había llevado bocadillos y su hermano Alfonso había comprado pizzas para todos. El agua estaba llena de personas en trajes de baño, semidesnudas. Era difícil apartar la vista de ellas.
Carlos sumergió la cabeza para enfriarse. Alfonso se acercó a él, nadando.
—¿Y tu esposa?
—Adentro, cambiándose para nadar.
—¿Crees que se ponga un bikini sexy?
—Estás hablando de mi esposa, cállate.
—Perdón —se burló su hermano.
Antes de casarse con Melisa, Carlos y él habían competido por el amor de la mujer. Ella había elegido a Carlos por ser mejor amante y, sinceramente, más atractivo. A Alfonso no le había quedado más remedio que aceptar esa realidad; y desde entonces, aunque ya estaba casado, le gustaba mirar a su cuñada.
En cuanto madre e hija salieron de la casa, Carlos posó su mirada en ellas. Ambas llevaban puestas camisas de algodón blanco que les caían hasta media pierna. Caminaron descalzas sobre la terraza de piedra caliente hacia el borde de la piscina. Melisa se puso los lentes de sol, respiró profundo para tomar aire fresco, y se quitó la camisa con un tirón. Dejó caer la prenda sobre la orilla. Debajo, su cuerpo quedó envuelto apenas en un bikini negro diminuto. Una pieza de tela que se hundía profundamente entre sus nalgas y cubría apenas la raja por delante. Esther la imitó al instante, sacándose la camisa y arrojándola sobre el césped. Su bikini negro era igual que el de su mamá. Dos triángulos de tela húmeda que se le adherían a la piel cubriéndole al concha y las tetas.
Pero la cosa no acabo ahí. Melisa le echó un vistazo a los invitados y contó en que la mayoría eran mujeres y niños, así que estaba bien enseñar un poco más de piel. Alejandra y Sofía estaban en las mismas. Y ella no iba a ser menos. Se llevó las manos a la espalda y desabrochó el brasier del bikini. Las dos tuyas cayeron a los lados de su torso. Sus tetas, grandes y pesadas quedaron al descubierto, perfectas y curvadas por su propio peso voluminoso. Sus pezones eran de un suave tono oscuro y grandes, endurecidos bajo el sol.
Algunos chicos volvieron su atención hacia la mujer. Alfonso lanzó un silbido que Carlos contestó con un pequeño golpe en su estómago.
—¿Segura de que quieres ir con el pecho desnudo?
—¡Déjala ser! —gritó Alejandra—. Tiene con qué enseñar.
—Sí, no seas machista —comentó Sofía.
Carlos se sonrojó y trató de ignorar a sus vecinas.
Esther hizo lo mismo que su mamá. Se desprendió del bikini y sus pechos pequeños y firmes quedaron al sol. Sus tetas eran como conos puntiagudos, con pezones diminutos que se alzaron rápidamente por los nervios. La diferencia entre ambas era abrumadora. Melisa exhibía unas tetas grandes que se sacudían al mínimo movimiento, mientras que los de Esther eran montículos tensos, cuyas puntitas dulces parecían de goma.
Ambas sonrieron y se quedaron en el borde, moviéndose ligeramente mientras charlaban con las vecinas. Carlos no dejó de mirarlas ni un segundo. Alejandra hizo una broma sobre el bonito cuerpo de Esther, y la chica al reír, hizo que sus pechos se movieran con firmeza.
Entonces, tomándose de la mano, se echaron en un clavado perfecto. Sus cuerpos de la cintura para abajo cortaron el aire al estrellarse contra el agua. Melisa se quedó adentro por unos segundos. Esther salió al instante, con el pelo húmedo pegado a sus mejillas. El agua escurría en hilos sobre sus tetas. Carlos no dejó de mirarla y los recuerdos de aquella noche cuando la vio follada por Edgar, regresaron a su mente.
La chica se dio cuenta de la mirada de su papá. Se acercó flotando hacia él.
—¿Estás bien? El agua está fría ¿no?
—Un poco, cariño.
Melisa dejó a su hija con su papá y se fue a platicar con sus amigas. Carlos casi le rogó que no la dejara a solas con Esther, porque no iba a poder controlar sus pensamientos.
—Sobre lo que pasó la vez anterior… ¿le dijiste a mamá que me viste con Edgar?
—Claro que no.
—Pudiste haber tocado la puerta —sonrió Esther. Se acercó más, de modo que sus tetitas quedaron completamente presionadas contra el pecho desnudo de Carlos. Los pezones duros se le clavaron en la piel—. Pensé que te molestarías conmigo.
—Entiendo que estabas con Edgar. Traté de disimular lo mejor que pude.
—Él ni siquiera se enteró de que tenía público —la risa de Esther era delicada, casi infantil. A Carlos le enorgullecía el tener una hija preciosa, y aunque su instinto como padre le decía que estaba mal, su parte masculina y viril reconocía que era una delicia en la cama.
—Y mejor. Se le hubiera ido la erección.
—Él siempre se pone bien duro cuando está conmigo. Y gracias por no decir nada y por aceptarlo. Significa mucho para mí.
—De nada, princesa.
Esther lo abrazó sin que él pudiera decir nada. Los pechos de la joven se restregaron contra el suyo con movimientos inocentes mientras frotaba su mejilla contra la áspera barba de su papá. La piel mojada de su abdomen y muslos hizo que la polla de Carlos despertara bajo el agua. La punta estiró sus shorts y presionó contra la entrepierna de su hija. Ella, sin darle importancia, siguió abrazándolo sin dejar de moverse ni de sonreír con esa inocencia que la caracterizaba. Pero Esther sentía perfectamente esa dureza propia de su papá. Y estaba orgullosa de producirle esa reacción.
—Bueno, me voy con mamá a chismear con las vecinas.
Se dio la media vuelta. Carlos la vio nada. Admiró su espalda desnuda. El cabello cayéndole por encima de los hombros y se preguntó cuánto tiempo tardaría en sucumbir a la tentación y echarse encima de su hija. Algo le decía que a Esther no le molestaría tanto. Vamos, la joven era ardiente y estaba en la plenitud de su exploración sexual. Cogía tanto como él y Melisa. Puede que todavía más. Nunca se debía menospreciar el poder de la juventud.

•••••

El evento de la piscina no fue más que un desencadenante. En las siguientes semanas, y con cada visita de Edgar a la casa, la polla de Carlos ya no podía estarse quieta. Escuchar los gemidos de su hija, o al menos saber que estaba siendo cogida por ese hombre varios años mayor que ella, le causaba un morbo tremendo que no podía esconder. Hasta Melisa se había dado cuenta de eso, y aunque le gustaba saber que su esposo tenía el libido hasta las nubes, comenzó a preocuparse.
—Debería decirle que baje un poquito el volumen. Se oye por toda la casa.
Carlos apartó la vista de su desayuno y miró a su mujer. Melisa vestía una camisa medio transparente. Sus tetas se movían libres debajo de la tela.
—No, déjalo. Ya me acostumbré.
—Sí, pero seguro que te gusta escucharla. Eres un pervertido. Se trata de tu hijita.
Se hubiese ofendido por el comentario, de no ser porque su esposa lo soltó con una sonrisa traviesa. Ella lo conocía perfectamente. Sabía de sus mañas. De su gusto por las jovencitas. Y en vez de sentirse celosa, una gran parte de ella se excitaba imaginando a su marido rodeado de un harem de inocentes para complacerlo.
—¿Qué te digo? Uno no es de piedra. ¿Y qué me dices de ti? ¿No te excita escucharla?
—Uhm… admito que es divertido. Me pregunto quién cogerá mejor: ella o yo. ¿Qué opinas?
—Tienes más experiencia.
Melisa volvió a sonreír y apoyó la mejilla en la mano.
—Gracias. Y eso es porque aprendí del mejor. Hemos follado tanto, que de no ser porque estoy operada, ya tuviéramos como diez hijos más.
—Hijas, si se puede.
—Claro, claro. Papá pervertido —se inclinó para darle un beso en los labios, y siguieron pegados con sus bocas hasta que un jadeo de Esther les llamó la atención. En vez de escandalizarse, se miraron con complicidad y siguieron desayunando mientras disfrutaban del regalo que su hija les estaba dando.
Pero Esther tampoco era un pan de Dios. La chica sabía lo que estaba haciendo. O al menos, tenía nociones de lo mucho que calentaba a sus papás con sus aventuras eróticas en el cuarto. El haber comenzado su vida sexual le inundó la cabeza de fantasías y deseos que no eran muy comunes. Después de todo, ¿cuántas chicas se morirían de vergüenza al ser oídas por sus papás? La mayoría, por seguro.
Esther no era así. Le daba ese morbo que no podía controlar. Y había visto a sus padres coger una y otra vez. El sexo en casa jamás había sido tabú. Ellos no se escondían. Dejaban la puerta abierta, confiados en que ella tendría el respeto de tocar antes de entrar, o que sería discreta. ¿Para qué esconder el sexo? Eso sólo lo haría un tabú.
Por la tarde, salió del cuarto sedienta. Follar con Edgar le causaba un cansancio como si corriera un maratón. Los chicos de su edad no tendría la condición que tenía él, que le llevaba poco más de diez años de diferencia. Esther se sentía tan cuidada y protegida por un hombre de verdad, que era incapaz de soltarlo una vez que él le abría las piernas y se abalanzaba sobre su frágil cuerpo. Mamá tenía razón: los mayores eran mejores amantes.
Salió del cuarto en busca de agua fresca, y fue cuando vio que su madre estaba arrodillada en el suelo frente al sofá, completamente desnuda, con las tetas grandes balanceándose hacia adelante y la cabeza abierta alrededor de la verga de su esposo. Carlos, sentado en el sofá, tenía las piernas separadas y el pantalón bajado hasta los tobillos. La cabeza de Melisa subía y bajaba lentamente, tragándose la polla hasta la base. La saliva brotaba y escurría por el eje grueso y cubierto de venas.
Esther se ruborizó. Pudo haberse dado la vuelta y dejar a sus papás terminar. Sin embargo, tomó otra decisión. Caminó hacia la cocina, con sus pantys negras y ajustadas a las caderas. No llevaba camiseta encima. Sus pechos, pequeños y puntiagudos mostraban marcas de chupetones así como en su cuello. A Edgar le fascinaban las tetas pequeñas y se daba el gusto con ella cada vez que podía.
Llenó un vaso de agua. Le dio un sorbo. Tomó una profunda bocanada de aire y entró al salón. Se sentó en el sofá, a la izquierda de Carlos, con las piernas cruzadas y el agua en el regazo.
Su papá se puso tenso. Melisa sonrió sin dejar de comerle la polla. Que su hija la viera sólo aumentaba su morbo. Sujetó a su marido de las rodillas y mamó con la misma suavidad que antes. Ninguno de los dos tuvo el valor de detenerse o de decirle a Esther que les diera privacidad. Como la mayoría de los hombres, Carlos era incapaz de reaccionar con una boca en la verga.
—Me fue mal en el examen de matemáticas —dijo Esther, girando el vaso entre sus dedos.
Carlos miró a su hija con una mano posada en la cabeza de su esposa. Guiaba los movimientos de su vaivén. Trató de mantener la serenidad y la erección. Admiró los pechos de su hija. Las piernas fuertemente cruzadas. La panty negra, apretándose contra su pequeña almeja.
—¿Qué… te salió mal?
—Seguro no sabe sumar —la boca de Melisa soltó la polla con un sonido húmedo y bajó para lamer los huevos. Tomó primero una bola y la rodeó con la lengua. Carlos jadeó de placer.
—Lo del Teorema de Pitágoras. Entiendo la fórmula, pero los problemas que pone el maestro son difíciles de entender.
Esther miró cómo la saliva de su mamá empapaba los testículos de su papá. Melisa chupó otra bola, luego lamió la base del eje con la punta extendida, y volvió a meterse la polla completa hasta la garganta. Tras hacerlo, le dedicó a su hija un guiño, como si le diera permiso de seguir mirando. Esther notó humedad entre sus muslos.
—Eso pasa porque no pones atención —dijo su madre. Agarró la base de la polla con la mano derecha y lo masturbó lentamente, con la saliva como lubricante. Mientras hablaba, madre e hija no dejaron de verse—. Te dije que no te límites a memorizar fórmulas, tienes que saber leer el contexto de lo que te pide el problema.
—Sí… entiendo —Esther estaba abstraída en la polla de su papá.
Melisa siguió mamando, ahora agarrándose las tetas con la mano que tenía libre. Pellizcó sus pezones y tiró de ellos para excitarlos.
—Estudia más… —dijo Carlos con una voz poco audible al tiempo que Melisa aumentaba la velocidad y movía su cabeza en un vaivén rápido. La polla entraba y salía con chasquidos constantes de humedad.
Esther sonrió. Si papá estaba normal, ella tendría que hacer como que nada pasaba. El sexo estaba permitido. Era algo muy natural. No tendría sentido hacer un escándalo. Se recostó en el sofá y cruzó las piernas de otra forma. Las puntas de sus pequeñas tetas se alzaban contentas cubiertas de chupetones. En ese punto, no le hubiese importado que su papá le pellizcara una.
—Sí, supongo que es verdad. Tal vez me faltan asesorías.
Melisa bajó otra vez a los huevos y trató de meterse ambos a la boca. Comprimió su cara contra el escroto de Carlos. Después volvió la atención al miembro y lamió la punta girando la lengua alrededor del glande rosa. Carlos embistió la boca de su mujer con la cadera e hizo que la polla le llegara hasta el fondo. Melisa retuvo la respiración y su garganta se abrió para darle cabida al órgano. Al sacarla, volvió su atención hacia los testículos.
—¿No la lastimas así? —preguntó Esther, notando que su mamá tenía pequeñas lágrimas en los ojos.
—No, le gusta. Además, no deberías estar mirando a tus papás haciendo esto.
—Tampoco me han dicho que me vaya.
Padre e hija sonrieron. Nadie tenía que mentirse. La tensión se respiraba en el aire. sin embargo, no estaban listos para abandonar sus posiciones.
Melisa aceleró el ritmo de sus chupadas. La mano derecha frotaba el eje mientras la boca succionaba la punta con fuerza. Sus labios estaban bien cerrados alrededor del glande y sus mejillas se hundían. Carlos agarró la cabeza de su mujer con ambas manos y empujó hacia abajo para embestirla con la cadera por segunda vez. Esther rio y le dio otro traguito a su vaso de agua. Melisa jadeó con la boca llena. Los huevos del hombre se tensaron en su saco. Empujó una última vez y los huevos se contrajeron, expulsando chorros de leche espesa y caliente directamente en la boca de su esposa. Melisa mantuvo la verga entre los labios, tragando mientras el semen blanco le escurría por las comisuras.
Esther observó todo de cerca con una amplia sonrisa. Su mamá le dedicó una expresión divertida, con rastros de leche en los labios.
—Ya, princesa. Ve a dormir.
—Sí, nos vemos, papá —se acercó a Carlos y le dio un beso en los labios. Incluso se permitió un poco de lengua. Él saboreó de su saliva. Después, hizo algo todavía más caliente, y es que le dio a su mamá el mismo beso, pero la boca de Melisa tenía semen. A Esther no pareció importarle y probó, aunque sea un poquito, de la leche de su papá. Las últimas gotas apenas.
Se levantó del sofá, con la pequeña panty metida entre sus nalgas, y subió al cuarto para volver a follar con Edgar.
Carlos y Melisa la miraron irse. Arquearon las cejas y comprendieron que acababan de comprobar algo: su familia estaba a punto de experimentar una de las épocas más deliciosas en lo que a sexo se refería.


Si les ha gustado, espero me devuelvan algun comentario sobre lo que quisieran ver o qué les parece la historia, saludos!

1 comentarios - La casa donde todo se vale capítulo 2