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La casa donde todo vale capítulo 1

Hola, les dejo este delicioso relato que escribo en mis tiempos libres. Para aquellos que les gusta el incesto, espero que les agrade y me dejen sus ricos comentarios sobre lo que les ha parecido.

Breve sinopsis: Carlos tiene la vida que siempre soñó. Su esposa, Melisa, es una diosa en la cama y su preciosa hija le resulta tentadora en más de un sentido. Ahora que Esther tiene novio, sus continuas cogidas en casa hacen que Carlos se pregunte hasta qué punto podría disfrutar de las bendiciones que lo rodean.

Capítulo 1


Carlos no podía pedir mucho de la vida. Ya tenía lo suficiente. Una casa grande. Un Honda del año estacionado en la cochera. Una piscina en un amplio jardín con un asador de carne y un trabajo como coordinador de proyectos en una empresa de construcción. Había dado un salto muy grande en la vida si lo comparaba con aquellos años en los que no tenía ni para comprarse una dona.
Los domingos eran sagrados. Adoraba levantarse por las mañanas. El aroma del café recién hecho. El cantar de las aves en el árbol que proyectaba sus sombra en el costado de la casa y la luz del sol de las ocho de la mañana que se filtraba por entre las cortinas blancas y las ventanas abiertas.
Se relajó y se sobó la entrepierna. Estaba sin camisa y en calzoncillos. Exhibía una complexión trabajada, pero nada del otro mundo. Estiró las piernas y le dio una mirada de lujuria a su esposa.
—¿Ya está lista la comida, amor?
Melisa lo miró por encima del hombro. La mujer tenía treinta y tantos años. El cabello ondulado. Serenos ojos azules. Pechos grandes y una piel cremosa. Como cada domingo, vestía una sencilla blusa de tirantes y una tanga roja que se hundía entre sus generosas nalgas.
—Espera un poco, rayos. Siempre te estás muriendo de hambre.
Carlos rio por el comentario. Intentaba cuidar su figura en el gimnasio. Para su mala —o buena suerte—, su mujer era una maravillosa cocinera.
Admiró su culo cuando, de un momento a otro, su hija salió del cuarto. Esther vestía una camisa de hombre a media pierna y, a juzgar por cómo estiraba con los dedos la tela al caminar, Carlos dedujo que no llevaba calzones. Eso también le gustaba. Contempló el tejido fino de la tela que se adhería a los pezones de los pequeños senos de su hija. Marcaban la tela como finos montes dulces y suaves. Sus muslos asomaban por debajo de la camisa y, mientras caminaba, el ondular de la tela alcanzaba apenas para cubrirle la raja y el culo. Carlos quería verle el coño o el ano, cualquiera que fuera posible.
Desde luego, se juzgaba por tener esa clase de deseo. ¿Quién podría culparlo? Había tenido con Melisa una hija igual de hermosa. Raro sería que no sintiera algo al ver a esa pequeña chica caminar por la casa en bragas.
Volvió la vista a su esposa. Mientras caminaba por la cocina, las nalgas expuestas de Melisa se movían con gracia. La tanga se hundía entre su culo, raspando aquel precioso agujero escondido que él amaba tanto penetrar. Cada vez que su mujer se inclinaba para sacar algo de los estantes de abajo, ella le dejaba mirar el trasero e incluso se atrevía a enseñar un poco de la jugosa raja que tenía escondida.
Por desgracia, no eran sólo ellos tres. La puerta del cuarto de Esther se abrió y de ahí salió un muchacho algunos años mayor que su hija. Era un tipo atractivo. Incluso Carlos se daba cuenta de eso: hombros marcados, brazos fibrosos, mandíbula derecha y un abdomen más trabajado que el suyo. Sentir algo de envidia no era extraño. Apenas llevaba un mes conociendo de la existencia del novio de su hija.
Edgar saludó de beso a la esposa de Carlos y le echó una mirada al culo. El otro hombre frunció el ceño, pero no dijo nada. Sí, le excitaba sólo un poco que otro sujeto se deleitara con el culo de Melisa. Podía ver. No tocar.
—¿A dónde saliste, amor? Todavía no terminamos.
—Tengo hambre —Melisa lo abrazó. La altura de la chica apenas le llegaba al pecho de él. Esther tenía una estatura normal. Edgar era el gigante.
—El desayuno no está listo. Yo les hablaré. Vuelvan a dormir.
—Entonces ahorita nos vemos.
Edgar hizo un movimiento medido. Tomó a Esther por la cintura, la inclinó hacia adelante y la cargó sobre su hombro derecho como si la chica no fuera más que un saco de papas. Su camisa de los Minions se elevó por completo debido a la postura y quedó alrededor de su torso. Así, su culo se expuso ante el aire de la sala. Las nalgas se abrieron ligeramente por el movimiento. Ella pataleó y dejó entre ver un poco de la hendidura de su apretada almeja. Carlos vio, por un instante, el apretado ano de su pequeña. La raja que dividía sus labios vaginales, tan tiernos y… bueno, no vírgenes.
Su polla se movió, endureciéndose para levantarse. La punta presionó contra la tela del algodón y formó una protuberancia. Edgar levantó la mano derecha y le pegó una fuerte nalgada a Esther. La carne de los glúteos de la niña se estremeció, rebotó y se puso roja. Luego caminó por el pasillo, llevándosela por encima del hombro. El trasero de Esther apuntaba directamente hacia la sala, visible para sus padres.
—¡Nooo! ¡Bájame! ¡Ya no quiero coger! ¡Bueno, sí…!
Movió las piernas en el aire y su trasero rebotaba feliz.
En cuanto la pareja entró al cuarto, Melisa dejó la cuchara sobre la estufa y sonrió mostrando los dientes. Se apoyó en el marco de la cocina y cruzó los brazos bajo sus generosos pechos.
—Parece que se divierten. Me gusta tener a Edgar aquí.
—No lo sé. No me acostumbro a que ese tipejo se folle a nuestra hija.
Carlos bajó el elástico del calzoncillo. Sacó su polla erecta y cerró el puño sobre el grueso eje. Movió la mano de arriba hacia abajo. Abarcó desde el glande hasta la punta del pene. Dejó que la piel se deslizara sobre la carne endurecida. Los huevos colgantes salieron parcialmente por la abertura de su ropa interior.
—¿Y ahora te la vas a jalar?
—De repente me puse caliente.
—Cualquiera se excitaría al verle el culo a su hija.
—Ven acá ¿sí?
Melisa caminó hacia él con una sonrisa coqueta. Se agachó entre las piernas abiertas de su esposo, abrió la boca y se metió la verga entre los labios. Succionó con fuerza, bajando el cuello una y otra vez hasta que el glande tocó el fondo de su garganta. La saliva brotó abundante y cubrió el órgano con una capa espesa. Carlos seguía moviendo la mano sobre su miembro, embistiendo la boca de Melisa con lentos menos de sus caderas. Ella lamió el glande y chupó los jugos que salados que brotaban del minúsculo agujero del pito. Eran salados y casi un afrodisiaco para una mujer caliente como ella. Metió la lengua en ese orificio, causándole a su esposo una mezcla de dolor y placer. Sus manos se agarraron a los fuertes muslos de su marido. Sus tetas se balanceaban libres sin sujetador, apenas escondidas por la blusa de tirantes.
Carlos embistió una vez más, metiendo la polla hasta el fondo de la garganta de su esposa. Melisa la detuvo entre sus labios y succionó hasta que sus mejillas se hundieron. Mientras la mano de Carlos no parase, ella seguiría mamando verga hasta que ya no pudiera más. De un momento a otro, el semen caliente salió de aquel mástil, depositándose en la garganta de Melisa. Ella bebió, tragando todo de un solo sorbo.
Tras la eyaculación, se quedó ahí, feliz mientras lamía la polla para limpiar el semen escurrido. Fue en ese momento cuando Esther asomó la cabeza y vio a su mamá arrodillada. La pija de Carlos no estaba a la vista. Había perdido el tamaño y se escondía dentro de sus calzoncillos. La chica no dijo nada, y con una mirada de naturalidad, preguntó si el desayuno ya estaba listo.
—Falta un poco —aseguró su mamá.
Esther iba a salir, cuando una mano tiró de ella y la volvió a meter al cuarto.
Carlos frunció el ceño. Él se había corrido con la mamada de su esposa, pero al parecer, la erección de Edgar duraba más.
—Bueno —Melisa le dio unos golpecitos en las rodillas—. Mejor me apuro. Ve a bañarte, mi amor.
El hombre asintió. Le dejó a su mujer un beso y se fue en dirección al baño. Aunque estaba satisfecho, todavía tenía fuerzas para hacerse una paja y pensar en cómo su hija estaría ahora en su habitación, seguramente a cuatro patas, gimiendo de placer.
Turbio. Sucio. Incestuoso; y verdaderamente delicioso.


A Carlos le gustaba hacer ejercicio por las mañanas. Lo mantenía cuerdo y en forma. Desde hacía años mantenía la misma rutina de siempre: salir a las seis de la mañana, regresar una hora después, ducharse e irse a trabajar. Aprovechaba la soledad de la casa para sumirse en sus pensamientos y organizar los deberes del día.
Sin embargo, ese lunes de septiembre, sólo corrió por media hora. Una pequeña lesión en la rodilla lo hizo parar. Volvió a casa con la idea de hacer algunos estiramientos, comer algo y reportarse enfermo al trabajo.
En cuanto Carlos entró, no fue recibido por silencio, sino por gemidos que provenían de una boca llena de placer. Sintió un escalofrío. No se trataba de su esposa, ya que ella estaba dando clases. Era de su hija, y seguramente, del idiota de su novio.
Se aproximó con cautela al cuarto. La puerta de Esther estaba medio abierta. Él la empujó un poco y se asomó. Lo que vio, hizo que su dolor de rodilla se fuera de inmediato.
Edgar estaba arrodillado entre las piernas abiertas de Esther. La chica yacía sobre la cama, con la espalda apoyada en el colchón y los muslos separados de par en par. La falda de su uniforme y sus pequeñas bragas negras estaban echadas en el piso. No llevaba otra prenda encima. Sus senos, pequeños y respingones, apuntaban al techo. Su rostro de ángel se descomponía en una mezcla de placer y dolor. Ofrecía su raja completamente desnuda. Edgar tenía la cara hundida en la concha de la niña. Su lengua se movía en círculos rápidos sobre la protuberancia del centro, separando los delgados labios de la almejita con los dedos. Metía la lengua profundamente dentro de la abertura y recogía los jugos que brotaban abundantes de su interior. Asomó la cara para mirar a Esther y Carlos vio que la barbilla del hombre estaba empapada de un riquísimo líquido de mujer.
Con las manos, Edgar agarraba las caderas de su novia, manteniendo su culo fijo en lo que lamía la carne húmeda. Chupaba los labios menores y succionaba con fuerza, para después meter dos dedos y penetrar. La lengua golpeaba el clítoris desde arriba. Los jugos transparentes se derramaban por fuera, rozando la piel de las nalgas de Esther y depositándose en un pequeño charquito sobre la sábana.
Esther tenía las manos sobre sus tetas pequeñas y puntiagudas. Pellizcaba sus pezones rosados entre los dedos índice y pulgar. Estiraba las puntas hacia arriba, retorciéndolas hasta deformar sus pechos. Los pezones, extremadamente sensibles, vibraban con cada tirón y ella misma se masajeaba, haciendo que sus tetas bailaran en círculos.
Usó una mano para bajarla a su raja. Separó sus labios vaginales con los dedos y dejó ver la carne rosada e hinchada. Edgar lamió por unos segundos más. Después subió con la lengua hasta llegar a los dulces pechos de la chica y los envolvió con la boca.
—Tengo… que ir a clases. ¡Ay! ¡Ya es tarde… mmm!
Carlos miró la hora. Era cierto, así que intervino. Entró. Al inicio quiso ponerse duro con la pareja y moler a Edgar a golpes. Para su mala fortuna, entró cuando Esther estaba teniendo un orgasmo.
La chica vio claramente a su papá, pero no pudo detenerse. En vez de eso, le soltó una tímida sonrisa, como una niña descubierta haciendo una travesura. Edgar no se había fijado, ya que seguía con la cara hundida entre las piernas de Esther. Carlos supo que ya no tenía razones para enfadarse. Estaba excitado y se le ocurrió que podría unirse a la fiesta.
Desde luego, eso sería impensable. En vez de eso, apartó la mirada y se dirigió al cesto de la ropa sucia. Esther cerró los ojos y apretó una almohada contra su pecho. Sabía que su papá estaba ahí. No era la primera vez que él o su mamá la descubrían en una situación comprometedora. Apenas la semana pasada, Melisa la halló masturbándose en la ducha, y un mes atrás, su papá entró cuando ella le practicaba una mamada a Edgar.
Esta vez era ligeramente distinto, porque su postura con los muslos abiertos y la cabeza de Edgar entre sus piernas, la dejaba totalmente expuesta a él. Y siendo Carlos un hombre, la experiencia se volvía turbia e interesante.
Su papá recogió una blusa del suelo. Después unos pantalones. Hizo como si no le importaran los gemidos de su hija. Según su esposa, interrumpirla en pleno orgasmo podría ocasionarle traumas corporales. Él no estaba seguro de eso. Trató de portarse a la altura.
Sin embargo, le fue imposible no mirar otra vez por encima del hombro de Edgar. Él no había detenido su lengua. Seguía con la cara metida entre las piernas de Esther, lamiendo la raja de arriba hacia abajo. Su lengua penetraba en la abertura al tiempo que los dedos entraban y salían para causar un chasquido de carne húmeda.
—¡Qué delicia! —Dijo el hombre. Su boca estaba llena de hilos de su propia saliva y de los jugos de la niña.
Esther seguía con la almohada contra sus tetas y los ojos cerrados para ignorar en la medida de lo posible la presencia de su papá. Edgar tampoco se había dado cuenta de que no estaban solos y de que alguien lo miraba a sus espaldas.
—Sigue… —rogó Esther.
Él lo hizo.
Edgar se agachó. Tomó unos calzones del piso y los metió al cesto. Su hija abrió los ojos y lo miró directamente con una sonrisa nerviosa. Él le hizo un shhh con los dedos para que no dijera nada. Ella asintió y por reflejo, quiso cerrar las piernas. Edgar no se lo permitió y empujó sus muslos para mantenerlos abiertos.
Los ojos de Carlos se fijaron en la almejita de su hija, en la lengua de Edgar moviéndose entre los pliegues, en los jugos brillantes que escurrían hacia el ano. La polla dentro de sus pantalones se endureció, formando un montículo sobre la tela. Se ajustó la verga con la mano libre y la presionó como si quisiera esconder su erección de la cara de Esther. Fue difícil. Los pequeños pechos de la chica se balanceaban con cada embestida de la cabeza y la lengua de Edgar. La erección del pobre hombre creció. Era la primera vez que contemplaba un espectáculo tan delicioso y se preguntó cuántos hombres soñarían con este momento.
Sacudió la cabeza. Murmuró algo para sí mismo y se dio la vuelta. Caminó con el cesto en los brazos y la erección visible moviéndose contra la tela de sus pantalones para correr. Salió del cuarto sin cerrar la puerta por completo. Heterogéneas, con la cara enrojecida y las piernitas bien abiertas, volvió la atención a su novio y presionó la cabeza para pegarlo más a su concha.
Tenía examen de matemáticas, pero estaba segura de que esas ecuaciones y el Teorema de Pitágoras podían esperar.

1 comentarios - La casa donde todo vale capítulo 1

vampirodemor0n
Ups con el relato que me encotre .
Bien esta muy bueno y descriptivo.
Espero la segunda parte .
Van +10 lo dejo en favy siguiendo para no perderme la segunda parte .

Abrazo vampiro .