

Maritza subió las escaleras con las piernas aún temblorosas. En su habitación se quitó el vestido negro de un tirón y lo dejó caer al suelo. Del cajón sacó la lencería roja que Guillermo le había “sugerido” semanas atrás: un corpiño de encaje que apenas contenía sus pechos, tanga de hilo que se le perdía entre los glúteos y un par de medias de red hasta el muslo sujetas con ligas. Se miró en el espejo. Se veía exactamente como él quería: una puta cara, el semen todavía seco en la mejilla y el cuello brillándole bajo la luz. No se lo limpió.
Se dirigió al cuarto de Guillermo, entró, él ya estaba tumbado en la cama, desnudo de cintura para abajo, la verga dura otra vez contra el estómago. La miró de arriba abajo y sonrió.
—Date la vuelta. Baila.
—No… no me humilles así —susurró ella, la voz rota.
—Baila. Ahora.
Ella cerró los ojos un segundo, respiró hondo y empezó a moverse. Primero solo las caderas, torpe, avergonzada. Él se agarró la verga y empezó a masturbarse despacio, mirándola sin pestañear. Maritza giró, arqueó la espalda, se pasó las manos por los pechos y bajó hasta tocarse entre las piernas por encima de la tanga. El movimiento se volvió más fluido a medida que el odio y la humillación se mezclaban con algo que no quería nombrar. Bailó para él durante varios minutos, el cuerpo sudando ligeramente, las medias rozando una contra la otra.
—Basta. Ponte en cuatro y camina hacia mí.
Ella obedeció. Se arrodilló en la alfombra y avanzó a gatas hasta el borde de la cama. Guillermo se incorporó un poco.
—Ábrela. Chúpamela otra vez.
—Guillermo… por favor… ¿no podemos llegar a otro acuerdo? Te juro que no saldré más, que haré lo que quieras, pero no esto…
—El trato sigue. Ábrela.
Maritza abrió la boca. Él le agarró el pelo y la bajó sobre su verga. Ella chupó con la misma técnica de antes: lengua plana por debajo, succión fuerte, bajando hasta casi la base, lamiendo los huevos cuando él se lo pedía. El sonido húmedo llenaba la habitación. Cuando Guillermo sintió que estaba cerca, la apartó de un tirón.
—Quédate en cuatro. No te muevas.
Ella se quedó en posición, la espalda arqueada, el culo en alto. Él se levantó, se colocó detrás de ella y le corrió la tanga hacia un lado, dejando al descubierto su coño ya húmedo a pesar de todo. Rozó la punta gruesa de su verga arriba y abajo de los labios, empujando apenas, sin entrar.
—No… por favor no lo hagas… —rogó ella, la voz temblando.
—El trato, mamá. Tú cumples… o papá se entera de todo.
Maritza guardó silencio. Solo se oyó su respiración agitada. Guillermo empujó de una sola embestida y se hundió completo dentro de ella. Ella soltó un gemido largo, ronco, mezcla de dolor y una excitación que odiaba sentir. Estaba apretada, caliente, y él se quedó quieto un segundo disfrutando de cómo su coño se contraía alrededor de su verga.
Empezó a follarla en cuatro. Agarró sus caderas con fuerza y embistió con ritmo constante, profundo, sacando casi todo y volviendo a entrar hasta el fondo. El sonido de piel contra piel resonaba. Maritza gemía contra la sábana, los dedos agarrando la tela, el cuerpo sacudiéndose con cada embestida. Él le dio una nalgada fuerte y siguió, más rápido, hasta que el sudor le brillaba en la espalda.
Sin sacar la verga, la hizo girar y la puso de lado. Levantó una de sus piernas y siguió follándola así, entrando todavía más profundo. Le agarró un pecho por encima del corpiño, apretando el pezón entre los dedos. Maritza arqueó el cuello y soltó otro gemido ahogado.
Después la puso de rodillas otra vez, pero esta vez de frente a él. Él se sentó en el borde de la cama y la hizo montarlo a la inversa: ella de espaldas, bajando lentamente sobre su verga hasta sentarse completa. La agarró de las caderas y la movió arriba y abajo, obligándola a rebotar. Desde esa posición podía ver su culo abrirse y cerrarse alrededor de su polla. Le dio varias nalgadas más y le ordenó que se tocara el clítoris mientras cabalgaba. Ella lo hizo, los dedos temblando, y empezó a gemir más alto a pesar suyo.
La siguiente posición fue ella encima, de frente. Maritza se sentó a horcajadas, las manos en el pecho de él, y empezó a subir y bajar. Guillermo le sujetó las nalgas y la embistió desde abajo al mismo tiempo, haciendo que ella gritara. Le bajó el corpiño, sacó los pechos y se los chupó mientras la follaba, mordisqueando los pezones. Ella tenía la cara roja, el pelo pegado a la frente, y todavía el semen seco de antes manchándole la mejilla.
Después la volteó otra vez y la puso en misionero. Abrió sus piernas de par en par, se colocó entre ellas y entró de un solo empujón. Empezó a follarla con embestidas largas y profundas, mirándola a los ojos. Maritza tenía la mirada vidriosa, los labios entreabiertos, y cada vez que él tocaba fondo soltaba un gemido que ya no distinguía entre dolor y placer. Él le agarró las muñecas y se las sujetó por encima de la cabeza, acelerando el ritmo.
—Por favor… no te corras dentro… por favor, Guillermo… sácala…
Él no contestó. Solo embistió más fuerte, más rápido, hasta que su cuerpo se tensó. Con un gruñido profundo se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de ella, chorros calientes y espesos llenándola. Maritza sintió cada pulso, cada chorro, y soltó un gemido largo de derrota mientras él seguía empujando, vaciándose completamente en su coño.
Cuando terminó, se quedó encima de ella unos segundos, todavía dentro, respirando agitado. Después se sacó despacio. El semen le brotó entre los labios y le corrió por el culo hasta la sábana. Maritza se quedó tendida, las piernas abiertas, la lencería roja hecha un desastre, el pecho subiendo y bajando con respiraciones irregulares. No dijo nada. Solo cerró los ojos.
Guillermo se recostó a su lado, todavía con la verga semi dura y brillante de sus jugos mezclados.
—Buen trabajo, mamá —murmuró—. Esto apenas empieza.



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0 comentarios - Chantajee a mi madre para que se acostara conmigo. Parte #4