Carla y Diego se conocían desde los 12 años. Vecinos del mismo edificio, compañeros de colegio, testigos de todas las etapas del otro: primeros amores, rupturas, bodas, hijos. Él se casó con Laura a los 26; ella con Pablo a los 28. Siempre fueron "solo amigos". Nunca una mirada rara, nunca un comentario subido de tono. O eso creían los dos.
Un viernes por la tarde, Laura se fue de fin de semana con sus amigas a un spa en las montañas —"necesito desconectar de los niños y del trabajo", dijo—. Pablo, el marido de Carla, tuvo que viajar de emergencia por trabajo a otra ciudad y se llevó a los hijos con sus suegros para que no se quedaran solos. Carla se quedó en casa, aburrida y un poco sola. Diego le escribió por WhatsApp: “¿Qué haces? Laura se fue y estoy solo con una cerveza fría y un partido aburrido. Ven a casa, como en los viejos tiempos. Trae vino si quieres”.
Ella dudó un segundo, pero contestó: “Dale, voy en 20 minutos”.
Llegó con jeans ajustados (los que marcaban su culo redondo y que Diego siempre había bromeado diciendo “un día vas a romper pantalones con eso”), una camiseta holgada y una botella de Malbec. Él abrió la puerta en pantalón de chándal y camiseta vieja, barba de tres días, sonrisa de siempre. Pusieron el partido de fondo, pero apenas lo vieron. Hablaron de todo: del estrés del trabajo, de cómo los hijos crecían rápido, de lo que extrañaban de cuando eran jóvenes y no tenían hipoteca ni responsabilidades.
Las copas se fueron sucediendo. El vino bajó rápido. Rieron hasta que les dolió la panza recordando anécdotas del colegio. En algún momento, sentados en el sofá, ella apoyó la cabeza en su hombro. Él pasó el brazo por detrás, como siempre. Pero esta vez su mano se quedó en la cintura de Carla, rozando suave la piel bajo la camiseta. Ella no se movió. Solo respiró más profundo.
“¿Sabes qué es lo más loco de todo esto?” murmuró él, voz ronca por el alcohol y algo más. “Que en 20 años nunca te miré como te estoy mirando ahora”.
Carla levantó la cara. Sus ojos se encontraron. Ninguno dijo nada. Solo se quedaron ahí, a centímetros. Fue ella quien cerró la distancia primero: un beso tímido, labios cerrados, como probando si era real. Él respondió suave, pero cuando ella abrió la boca y su lengua rozó la de él, algo se rompió.
El beso se volvió urgente. Lenguas enredadas, manos que ya no sabían dónde poner. Él le subió la camiseta, descubriendo un sostén negro de encaje que nunca le había visto. “Joder, Carla… ¿desde cuándo usas esto?”, gruñó contra su cuello mientras lamía la piel salada. Ella gimió bajito, arqueando la espalda cuando él bajó la copa del sostén y atrapó un pezón con la boca. Lo succionó fuerte, dientes rozando, lengua girando. Sus pechos eran llenos, suaves, con pezones oscuros que se endurecieron al instante.
Carla le quitó la camiseta con manos temblorosas. Tocó su pecho, el vello que siempre había bromeado que “parecía de oso”. Bajó la mano por su abdomen hasta el bulto evidente en el pantalón. Lo apretó despacio. “Estás durísimo…”, susurró, sorprendida y excitada.
Diego la levantó del sofá y la llevó al dormitorio —la cama matrimonial que compartía con Laura—. La tiró suave sobre las sábanas. Carla se quitó los jeans sola, quedando en bragas y sostén. Él se bajó el pantalón y los bóxers de un tirón. Su polla saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Ella se mordió el labio al verla. “Siempre pensé que eras grande… pero joder”.
Se subió encima de ella, besándola profundo mientras le quitaba las bragas. Sus dedos encontraron su coño empapado, labios hinchados, clítoris duro. Metió dos dedos despacio, curvándolos hacia arriba. Carla jadeó contra su boca. “Diego… no pares…”.
Él bajó la cabeza entre sus piernas. Olía a ella: almizcle caliente, dulce. Lamió despacio desde abajo hasta arriba, lengua plana recorriendo todo el largo. Cuando llegó al clítoris lo succionó suave, luego más fuerte, mientras sus dedos seguían bombeando dentro. Carla agarró las sábanas, caderas levantándose. “Me voy a correr… oh Dios…”. Se corrió temblando, chorros pequeños mojando la boca de él, que no dejó de lamer hasta que ella lo empujó por hipersensibilidad.
Diego se colocó entre sus muslos abiertos. Frotó la cabeza de su polla contra su entrada, empapándola más. “¿Estás segura?”, preguntó con voz ronca, mirándola a los ojos.
“Sí… f0llame, por favor… pero despacio al principio”.
Entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño lo apretaba. Los dos jadearon al unísono cuando estuvo completamente dentro. “Estás tan apretada… joder, Carla…”.
Empezó a moverse: embestidas lentas, profundas, saliendo casi por completo y volviendo a entrar hasta el fondo. Cada thrust hacía que sus t3tas rebotaran. Él las agarró con ambas manos, amasándolas mientras la f0llaba más rápido. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con gemidos y respiraciones agitadas.
“Te sientes tan bien… nunca pensé que te iba a f0llar…”, gruñó él, acelerando. Carla clavó las uñas en su espalda. “Más fuerte… quiero sentirte todo…”.
Diego la giró de lado, levantó una de sus piernas y entró de nuevo desde atrás, en cucharita. La p3netraba profundo, golpeando ese punto que la hacía gemir alto. Su mano bajó al cl1toris, frotándolo en círculos rápidos. “Córrete conmigo… quiero sentir cómo me aprietas cuando me corro dentro”.
Carla explotó otra vez, coño convulsionando alrededor de su polla, ordeñándolo. Eso lo llevó al límite. Con un gruñido profundo se hundió hasta el fondo y eyaculó: chorros calientes y espesos llenándola, goteando por sus muslos cuando empezó a salir despacio.
Se quedaron abrazados, sudados, respirando agitados. Ninguno dijo nada por varios minutos.
“¿Y ahora qué?”, susurró ella finalmente, con voz pequeña.
Diego le besó la nuca. “Ahora… seguimos siendo amigos. Pero con un secreto que nos va a quemar por dentro. Y si quieres… lo repetimos la próxima vez que estemos solos”.
Carla sonrió en la oscuridad, todavía sintiendo su s3men dentro.
Y supo que no sería la última vez.
Que tal les parece? Saludos no olviden comentar me gusta leer sus comentarios.
Un viernes por la tarde, Laura se fue de fin de semana con sus amigas a un spa en las montañas —"necesito desconectar de los niños y del trabajo", dijo—. Pablo, el marido de Carla, tuvo que viajar de emergencia por trabajo a otra ciudad y se llevó a los hijos con sus suegros para que no se quedaran solos. Carla se quedó en casa, aburrida y un poco sola. Diego le escribió por WhatsApp: “¿Qué haces? Laura se fue y estoy solo con una cerveza fría y un partido aburrido. Ven a casa, como en los viejos tiempos. Trae vino si quieres”.
Ella dudó un segundo, pero contestó: “Dale, voy en 20 minutos”.
Llegó con jeans ajustados (los que marcaban su culo redondo y que Diego siempre había bromeado diciendo “un día vas a romper pantalones con eso”), una camiseta holgada y una botella de Malbec. Él abrió la puerta en pantalón de chándal y camiseta vieja, barba de tres días, sonrisa de siempre. Pusieron el partido de fondo, pero apenas lo vieron. Hablaron de todo: del estrés del trabajo, de cómo los hijos crecían rápido, de lo que extrañaban de cuando eran jóvenes y no tenían hipoteca ni responsabilidades.
Las copas se fueron sucediendo. El vino bajó rápido. Rieron hasta que les dolió la panza recordando anécdotas del colegio. En algún momento, sentados en el sofá, ella apoyó la cabeza en su hombro. Él pasó el brazo por detrás, como siempre. Pero esta vez su mano se quedó en la cintura de Carla, rozando suave la piel bajo la camiseta. Ella no se movió. Solo respiró más profundo.
“¿Sabes qué es lo más loco de todo esto?” murmuró él, voz ronca por el alcohol y algo más. “Que en 20 años nunca te miré como te estoy mirando ahora”.
Carla levantó la cara. Sus ojos se encontraron. Ninguno dijo nada. Solo se quedaron ahí, a centímetros. Fue ella quien cerró la distancia primero: un beso tímido, labios cerrados, como probando si era real. Él respondió suave, pero cuando ella abrió la boca y su lengua rozó la de él, algo se rompió.
El beso se volvió urgente. Lenguas enredadas, manos que ya no sabían dónde poner. Él le subió la camiseta, descubriendo un sostén negro de encaje que nunca le había visto. “Joder, Carla… ¿desde cuándo usas esto?”, gruñó contra su cuello mientras lamía la piel salada. Ella gimió bajito, arqueando la espalda cuando él bajó la copa del sostén y atrapó un pezón con la boca. Lo succionó fuerte, dientes rozando, lengua girando. Sus pechos eran llenos, suaves, con pezones oscuros que se endurecieron al instante.
Carla le quitó la camiseta con manos temblorosas. Tocó su pecho, el vello que siempre había bromeado que “parecía de oso”. Bajó la mano por su abdomen hasta el bulto evidente en el pantalón. Lo apretó despacio. “Estás durísimo…”, susurró, sorprendida y excitada.
Diego la levantó del sofá y la llevó al dormitorio —la cama matrimonial que compartía con Laura—. La tiró suave sobre las sábanas. Carla se quitó los jeans sola, quedando en bragas y sostén. Él se bajó el pantalón y los bóxers de un tirón. Su polla saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Ella se mordió el labio al verla. “Siempre pensé que eras grande… pero joder”.
Se subió encima de ella, besándola profundo mientras le quitaba las bragas. Sus dedos encontraron su coño empapado, labios hinchados, clítoris duro. Metió dos dedos despacio, curvándolos hacia arriba. Carla jadeó contra su boca. “Diego… no pares…”.
Él bajó la cabeza entre sus piernas. Olía a ella: almizcle caliente, dulce. Lamió despacio desde abajo hasta arriba, lengua plana recorriendo todo el largo. Cuando llegó al clítoris lo succionó suave, luego más fuerte, mientras sus dedos seguían bombeando dentro. Carla agarró las sábanas, caderas levantándose. “Me voy a correr… oh Dios…”. Se corrió temblando, chorros pequeños mojando la boca de él, que no dejó de lamer hasta que ella lo empujó por hipersensibilidad.
Diego se colocó entre sus muslos abiertos. Frotó la cabeza de su polla contra su entrada, empapándola más. “¿Estás segura?”, preguntó con voz ronca, mirándola a los ojos.
“Sí… f0llame, por favor… pero despacio al principio”.
Entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño lo apretaba. Los dos jadearon al unísono cuando estuvo completamente dentro. “Estás tan apretada… joder, Carla…”.
Empezó a moverse: embestidas lentas, profundas, saliendo casi por completo y volviendo a entrar hasta el fondo. Cada thrust hacía que sus t3tas rebotaran. Él las agarró con ambas manos, amasándolas mientras la f0llaba más rápido. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con gemidos y respiraciones agitadas.
“Te sientes tan bien… nunca pensé que te iba a f0llar…”, gruñó él, acelerando. Carla clavó las uñas en su espalda. “Más fuerte… quiero sentirte todo…”.
Diego la giró de lado, levantó una de sus piernas y entró de nuevo desde atrás, en cucharita. La p3netraba profundo, golpeando ese punto que la hacía gemir alto. Su mano bajó al cl1toris, frotándolo en círculos rápidos. “Córrete conmigo… quiero sentir cómo me aprietas cuando me corro dentro”.
Carla explotó otra vez, coño convulsionando alrededor de su polla, ordeñándolo. Eso lo llevó al límite. Con un gruñido profundo se hundió hasta el fondo y eyaculó: chorros calientes y espesos llenándola, goteando por sus muslos cuando empezó a salir despacio.
Se quedaron abrazados, sudados, respirando agitados. Ninguno dijo nada por varios minutos.
“¿Y ahora qué?”, susurró ella finalmente, con voz pequeña.
Diego le besó la nuca. “Ahora… seguimos siendo amigos. Pero con un secreto que nos va a quemar por dentro. Y si quieres… lo repetimos la próxima vez que estemos solos”.
Carla sonrió en la oscuridad, todavía sintiendo su s3men dentro.
Y supo que no sería la última vez.
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