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Cornudo, pero feliz

Cornudo, pero feliz


El reloj de la sala marcaba las nueve y media cuando Laura se detuvo frente al espejo del pasillo. Se ajustó el vestido negro ceñido que apenas le cubría los muslos, el escote profundo que dejaba a la vista la curva superior de sus pechos y el delicado collar de plata que su marido le había regalado el año anterior. Detrás de ella, Daniel observaba en silencio, sentado en el borde del sofá, con las manos apoyadas sobre las rodillas y la respiración ya algo alterada.

—¿Estás seguro? —preguntó ella sin girarse del todo, mirándolo a través del reflejo.

Daniel asintió. La voz le salió más baja de lo que pretendía.

—Sí. Quiero verlo. Quiero… que lo hagas.

Laura sonrió con esa mezcla de ternura y picardía que siempre lo desarmaba. Se acercó, se inclinó y le dio un beso suave en los labios.

—Entonces no te muevas de ahí. Y no te toques hasta que yo te lo diga.

La puerta sonó tres veces. Daniel se tensó. Laura abrió.

Marcos entró con la seguridad de quien sabe exactamente el terreno que pisa. Alto, hombros anchos, camisa oscura arremangada hasta los codos y una sonrisa fácil. Saludó a Laura con un beso en la mejilla que se demoró un segundo de más y luego miró a Daniel con una inclinación de cabeza casi cortés.

—Buenas noches.

Daniel respondió con un gesto apenas perceptible. El pecho le ardía.

Laura no perdió tiempo. Tomó a Marcos de la mano y lo guió hacia el sofá grande, el que estaba frente al sillón donde su marido seguía sentado. Se sentó a su lado, cruzó una pierna sobre la otra y dejó que el vestido se subiera lo suficiente para mostrar el borde de las medias.

—Daniel quiere mirar —dijo ella con naturalidad, como si hablara del tiempo—. Quiere ver cómo me follas.

Marcos levantó una ceja, divertido, y miró al marido.

—¿Es eso cierto?

Daniel tragó saliva.

—Sí.

—Entonces siéntate bien y no interrumpas.

Marcos no esperó más. Pasó un brazo por detrás de Laura, la atrajo hacia sí y la besó. No fue un beso tímido. Fue profundo, posesivo, con la mano en la nuca de ella y la otra deslizándose por su cintura hasta posarse en la curva de su cadera. Laura respondió con un gemido bajo que Daniel sintió como un golpe en el estómago. El sonido de sus bocas, el roce de las lenguas, la forma en que ella se arqueaba hacia el cuerpo más grande… todo le llegaba con una claridad dolorosa.

Cuando se separaron, un hilo de saliva unió sus labios por un instante. Laura respiraba agitada. Marcos bajó la mirada hacia el escote y, sin pedir permiso, deslizó una mano dentro del vestido. Los dedos se cerraron sobre un pecho. Laura soltó un suspiro y cerró los ojos.

—Siempre tan sensibles —murmuró Marcos, apretando el pezón entre el índice y el pulgar.

Daniel observaba, paralizado, cómo los dedos ajenos amasaban la carne que él conocía tan bien. Cómo Laura se mordía el labio inferior. Cómo su pecho subía y bajaba más rápido.

Marcos la hizo ponerse de rodillas entre sus piernas. Laura obedeció sin dudar. Con dedos hábiles desabrochó el cinturón del otro hombre, bajó la cremallera y sacó una polla gruesa, ya semierecta. La rodeó con ambas manos y la miró un segundo antes de acercar la boca. La lengua salió primero, lenta, dibujando un círculo alrededor de la cabeza. Luego abrió los labios y se la llevó dentro.

El sonido húmedo llenó la habitación. Daniel sintió que la sangre le bajaba de golpe. Su propia erección presionaba contra el pantalón, dolorosa, pero no se atrevió a tocarla. Solo miraba. Miraba cómo los labios de su esposa se estiraban alrededor de ese grosor, cómo las mejillas se hundían cuando succionaba, cómo una mano subía y bajaba por la base mientras la otra se apoyaba en el muslo de Marcos.

Marcos le sujetó el pelo con firmeza, sin brusquedad pero sin permitirle control.

—Más profundo —ordenó en voz baja.

Laura bajó la cabeza hasta que la punta tocó el fondo de su garganta. Un leve sonido de atragantamiento escapó de ella, pero no se apartó. Marcos gruñó y empujó un poco más. Saliva le corría por la comisura de los labios y caía sobre el vestido negro.

Daniel no podía apartar la vista. Cada vez que Laura levantaba la mirada hacia Marcos con los ojos húmedos y la boca llena, algo se retorcía dentro de él. Vergüenza. Celos. Y un deseo oscuro que le quemaba las entrañas.

Cuando Marcos decidió que había tenido suficiente, tiró suavemente del pelo de Laura y la hizo ponerse de pie. La giró de espaldas a él, levantó el vestido hasta la cintura y le bajó las bragas negras de encaje hasta las rodillas. Laura se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el respaldo del sofá, ofreciéndose.

Marcos le dio una palmada en un glúteo, firme, y luego separó las nalgas con ambas manos. Miró un segundo el coño ya brillante de Laura y después alzó la vista hacia Daniel.

—Mira bien cómo se la voy a meter a tu mujer.

Empujó. La cabeza gruesa se abrió paso entre los labios hinchados. Laura soltó un gemido largo, casi un quejido, mientras el resto del miembro desaparecía dentro de ella centímetro a centímetro. Marcos no se detuvo hasta que estuvo completamente enterrado. Se quedó quieto un momento, disfrutando de la presión, y luego empezó a moverse.

Las embestidas fueron profundas desde el principio. El sonido de la piel chocando contra la piel se mezclaba con los gemidos cada vez más altos de Laura. Marcos la sujetaba de las caderas con fuerza, marcando el ritmo, y cada vez que empujaba hasta el fondo, Laura soltaba un “ah” entrecortado.

—Más fuerte… por favor —pidió ella.

Marcos obedeció. Las embestidas se volvieron más rápidas, más brutales. El vestido de Laura se había subido completamente y colgaba alrededor de su cintura. Los pechos le rebotaban con cada movimiento. Daniel podía verlo todo: cómo la polla gruesa entraba y salía brillante de fluidos, cómo el coño de su esposa se aferraba a ella, cómo a veces un hilo de lubricante le resbalaba por el muslo interno.

Laura giró la cabeza hacia su marido. Los ojos vidriosos, la boca entreabierta, el maquillaje ligeramente corrido.

—Me está follando tan rico… —susurró—. Se siente tan grande dentro de mí…

Daniel solo pudo asentir, incapaz de hablar. La humillación y la excitación se enredaban hasta volverse indistinguibles.

Marcos la levantó del sofá y la llevó hasta la mesa del comedor. La sentó en el borde, le abrió las piernas y volvió a entrar de un solo empujón. Ahora Daniel tenía una vista perfecta. Podía ver el vientre de Laura contraerse, los pezones duros, la expresión de puro placer en su cara cada vez que Marcos le daba en el punto exacto.

—Mírale la cara a tu marido mientras te corro dentro —dijo Marcos, acelerando.

Laura obedeció. Sus ojos se clavaron en los de Daniel mientras el otro hombre la embestía sin piedad. El orgasmo la alcanzó de golpe. El cuerpo se le tensó, las piernas le temblaron y un gemido agudo se le escapó de la garganta. Marcos no se detuvo. Siguió follándola a través de las contracciones hasta que él mismo gruñó y se clavó hasta el fondo, derramándose dentro de ella con embestidas cortas y profundas.

Cuando por fin se separó, un hilo espeso de semen le resbaló a Laura por el coño y cayó sobre la mesa. Marcos se apartó un paso, respirando pesado, y miró a Daniel.

—Ven.

Daniel se levantó como en trance. Se acercó. Marcos le hizo arrodillarse frente a Laura, todavía sentada en la mesa con las piernas abiertas y el semen ajeno escapándosele.

—Límpiala.

Laura le acarició el pelo con ternura mientras su marido acercaba la boca. El sabor era salado, amargo, íntimo. La lengua de Daniel recorrió los pliegues hinchados, recogiendo todo lo que podía, mientras Laura suspiraba y le susurraba lo buen chico que era, lo mucho que le excitaba verlo así.

Cuando terminó, Laura lo tomó del mentón y lo besó, compartiendo el sabor. Luego lo miró a los ojos.

—Ahora te toca a ti. Pero solo con la boca. Esta noche mi coño es de él.

Marcos se había sentado de nuevo en el sofá, ya semierecto otra vez. Laura se arrodilló entre sus piernas y empezó a chupársela con lentitud, saboreando la mezcla de ambos. Daniel se quedó arrodillado junto a ella, observando de cerca cómo los labios de su esposa volvían a estirarse alrededor de esa polla, cómo a veces se detenía solo para mostrar la lengua y lamer el semen que aún quedaba en la base.

La noche no terminó ahí.

Marcos se la folló una segunda vez, esta vez en el sillón, con Laura a horcajadas sobre él, rebotando con las manos apoyadas en su pecho. Daniel tuvo que sostenerle las piernas abiertas mientras el otro hombre la embestía desde abajo. Más tarde, en el dormitorio, Marcos la puso de cuatro en la cama matrimonial y se la tomó por detrás mientras Daniel, sentado en la silla del escritorio, se masturbaba por fin bajo las órdenes de su esposa.

—Más lento —le decía Laura entre gemidos—. No te corras todavía. Quiero que veas cómo me llena otra vez.

Cuando Marcos se corrió por segunda vez dentro de ella, Laura se dejó caer de lado, jadeando, con el semen espeso resbalándole por el muslo. Extendió una mano hacia su marido.

—Ven aquí. Acuéstate conmigo.

Daniel se deslizó en la cama. Laura lo abrazó por detrás mientras Marcos se vestía con calma al otro lado de la habitación. El olor a sexo era espeso en el aire. El cuerpo de Laura aún temblaba de vez en cuando con pequeñas contracciones residuales.

Antes de irse, Marcos se inclinó y le dio un beso en la frente a Laura.

—La próxima semana, mismo día —dijo simplemente. Luego miró a Daniel—. Cuídala.

Cuando la puerta se cerró, el silencio se instaló en el piso. Laura se giró hacia su marido, le acarició la cara y le sonrió con los ojos todavía brillantes.

—¿Estás bien?

Daniel asintió. La voz le salió ronca.

—Sí. Más que bien.

Ella lo besó con lentitud, saboreando todavía el regusto de la noche, y le susurró contra los labios:

—Entonces duerme. Mañana te contaré todo lo que sentí mientras él me follaba… y tú solo podías mirar.

Daniel cerró los ojos. El calor de Laura contra su cuerpo, el recuerdo de cada gemido, de cada embestida, de cada gota de semen ajeno… todo se mezclaba en una sensación densa, oscura y profundamente adictiva.

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