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El Doctor es nuestro Donante 3

El Doctor es nuestro Donante 3
Capítulo 3
El precio de la concepción


Los primeros días de la espera fueron los más fáciles. Laura andaba por la casa con esa misma luz en los ojos que yo ya conocía bien, tarareando canciones mientras cocinaba, deteniéndose de vez en cuando frente al espejo del pasillo para mirarse de perfil, como si el cuerpo pudiera avisarle antes de tiempo. Se pasaba las noches leyendo en el celular listas de síntomas tempranos de embarazo, y por las mañanas me despertaba preguntándome cosas como si sentía los pechos más sensibles, si el olor del café le parecía distinto, si tenía más sueño de lo normal. Yo la miraba hacer todo eso y trataba de contagiarme de su optimismo, aunque cargaba conmigo la imagen de esa tarde en el consultorio, que no terminaba de irse del todo.

Para la segunda semana, el ánimo empezó a cambiar. Laura se levantaba temprano solo para pararse frente al espejo del baño, esperando algún indicio: náuseas que no llegaban, un mareo pasajero que ella misma se encargaba de descartar después diciendo que seguro había sido por no desayunar bien, un cansancio que quizás era solo cansancio y no lo que ella quería que fuera. Se palpaba el vientre con más ansiedad que ilusión, revisaba su cuerpo buscando señales que no llegaban, y una tarde la encontré sentada en el borde de la cama, con la mirada perdida, después de haber ido al baño por quinta vez ese día solo para revisar si había manchado.

—Nada —dijo, sin que se lo preguntara—. Ni náuseas, ni mareos, nada. Leí que a algunas mujeres les pasa desde la primera semana. A mí no me está pasando nada. ¿Y si no funcionó otra vez?

Me senté a su lado y le tomé la mano.

—Cada cuerpo es distinto, Laura. Hay mujeres que no sienten nada hasta el segundo mes, y aun así están embarazadas. La última palabra la tiene la prueba, no lo que sientas o no sientas. El cuerpo no siempre avisa, tú lo sabes. Faltan unos días todavía. No te adelantes.

Ella asintió, apoyando la cabeza en mi hombro, y aunque no dijo nada más, sentí que necesitaba escuchar exactamente eso, aunque yo mismo no estuviera tan seguro de creérmelo.

Los días que quedaban pasaron lentos, cargados de un silencio distinto al de las primeras semanas, uno donde ya no hablábamos tanto del tema, como si nombrarlo pudiera gafarlo. Cuando por fin llegó la fecha, volvimos al consultorio ya entrada la noche, como la vez anterior. Laura se había puesto un vestido sencillo, de un verde oscuro, que le llegaba un poco arriba de la rodilla, con una chaqueta liviana encima por el fresco de la noche, y unas sandalias bajas que había elegido, dijo, "porque son más fáciles de quitar". La recepcionista no estaba, las luces del pasillo estaban más bajas, y el doctor Hugo nos recibió con la misma calma profesional de siempre, aunque esa calma, a esas alturas, ya no lograba tranquilizarme del todo.

Hizo la prueba. Esperamos en silencio los minutos que parecieron horas. Y cuando por fin habló, no hizo falta que dijera la palabra completa —bastó con ver cómo bajaba un poco los hombros.

—Negativo —dijo, con esa mezcla de profesionalismo y lástima que ya empezaba a resultarme familiar—. Lo siento mucho.

Laura cerró los ojos un momento. No lloró, pero vi el esfuerzo que le costó no hacerlo.

El doctor dejó pasar unos segundos antes de continuar.

—No pierdan la esperanza todavía. Puede ser que el cuerpo, al recibir la muestra, no haya estado en las condiciones óptimas para que los espermatozoides completen el recorrido. La temperatura de la muestra es solo una parte de la ecuación. El ambiente que la recibe importa igual, o más.

—¿A qué se refiere? —pregunté, con una desconfianza que ya no me molestaba en disimular.

El doctor se acomodó en su silla, buscando las palabras con ese cuidado que usaba siempre que estaba a punto de proponer algo que sabía que nos incomodaría.


—El cuerpo femenino, en un encuentro natural, genera sus propios fluidos, cambios de temperatura, de pH, que ayudan a que los espermatozoides sobrevivan el trayecto y logren llegar a destino. Cuando el procedimiento es tan clínico, tan directo, perdemos parte de esas condiciones naturales que el cuerpo necesita. Lo ideal sería recrear, en la medida de lo posible, un ambiente más parecido al de una relación normal. Con estimulación previa. Para que el cuerpo de Laura esté preparado de verdad para recibir la muestra, no solo en lo físico, sino en la respuesta natural que solo se da cuando hay una excitación real de por medio.

El consultorio se quedó en silencio. Laura me miró de reojo, y yo sentí que algo se me tensaba en el pecho, un nudo que ya conocía de las veces anteriores pero que esta vez llegaba con más fuerza, porque sabía, sin que nadie lo dijera todavía, hacia dónde apuntaba exactamente esa explicación.

—¿Está diciendo que hay que... prepararla? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Exacto —dijo el doctor, sin apartar la mirada—. Un masaje, estimulación suave, nada más que eso al principio. Solo para generar una respuesta natural del cuerpo antes de aplicar la muestra. Es lo mismo que ocurre en cualquier encuentro íntimo, solo que aquí lo hacemos con un propósito médico claro.

Miré a Laura. Ella tenía la vista fija en el piso, procesando, y por un momento pensé que se iba a negar, que esta vez sí íbamos a decir que no. Pero después de unos segundos levantó la cabeza y me buscó con los ojos, como preguntándome en silencio si estaba dispuesto a seguir.

No lo estaba. La idea de ver otra vez las manos de ese hombre sobre ella me revolvía el estómago. Al mismo tiempo, no podía imaginarme volviendo a casa esa noche con las manos vacías otra vez, sabiendo que existía algo más que podíamos intentar. Recordé el patio, las plantas que ella había sembrado, la forma en que se miraba el vientre por las mañanas. Si decía que no ahora, ¿cuánto tiempo más íbamos a seguir intentándolo sin resultados?

Laura me miró con más insistencia, esperando.

—Está bien —dijo ella en voz baja, casi para los dos—. Si… si es lo que hace falta.

Su aceptación me empujó.

—Está bien —repetí yo, con la voz más baja de lo que hubiera querido—. Hagámoslo.

El doctor asintió, se puso de pie y empezó a preparar la camilla con una manta limpia, moviéndose con la misma calma de siempre, como si lo que estaba a punto de pasar fuera un paso más del protocolo y no lo que en realidad era. Encendió una pequeña lámpara de luz cálida en la esquina del consultorio y apagó la principal, dejando el ambiente en una penumbra que no esperaba encontrar en un lugar como ese. La luz blanca y fría desapareció. Ahora solo quedaba ese resplandor suave, casi doméstico, que hacía que el consultorio se sintiera menos clínico y más íntimo. Noté el cambio de inmediato. Ya no era solo un procedimiento. El ambiente mismo estaba diciendo otra cosa, y eso me generó una incomodidad extra que no supe dónde colocar.

—Laura, ven, recuéstate aquí. Vamos a empezar despacio.

Laura se acercó a la camilla. Se quitó la chaqueta y me la entregó, y yo la sostuve entre las manos sin saber muy bien qué hacer con ellas. Se bajó el cierre lateral del vestido y lo deslizó por los hombros, dejándolo caer hasta la cintura antes de terminar de sacárselo por completo, quedando solo en ropa interior, igual que la vez anterior. Se recostó en la camilla, y el doctor le indicó con un gesto que se relajara, que respirara profundo.

Sentí que el corazón me latía más rápido de lo normal, una mezcla que ya empezaba a reconocer: rabia, vergüenza, y algo más que todavía no quería nombrar.

El doctor se puso un poco de aceite tibio en las manos y las frotó entre sí para calentarlo. Después las acercó al cuerpo de Laura, empezando por los hombros. Los movimientos eran lentos, calculados, casi demasiado cuidadosos. Deslizó las palmas hacia abajo por los brazos, volvió a subir, y después bajó otra vez, esta vez por los costados, rozando apenas la tela del sujetador. Laura cerró los ojos. Al principio su respiración se notaba contenida, tensa. Poco a poco, sin embargo, empezó a cambiar: se hacía más profunda, más irregular.

El doctor seguía mirándola mientras trabajaba, con una atención que se sentía distinta a la de un procedimiento médico cualquiera. Cada segundo que pasaba yo sentía crecer esa rabia sorda en el pecho, viéndolo tocarla, deslizar las manos más abajo, más cerca de donde no deberían estar, mientras Laura, con los ojos cerrados, dejaba que su cuerpo respondiera sin poder evitarlo del todo.

—Laura —dijo el doctor con tono calmado—, quítate también la ropa interior. El aceite mancha y necesitamos trabajar sin nada que estorbe.

Laura me miró un segundo. Había vergüenza en sus ojos, esa misma que yo ya conocía de la vez anterior, pero más profunda. Se incorporó un poco sobre la camilla. Primero llevó las manos a la espalda y desabrochó el sujetador. Se lo quitó despacio, cruzando los brazos un instante por instinto antes de dejarlo a un lado. Sus pechos quedaron al aire, los pezones ya un poco contraídos por el fresco de la habitación. Después enganchó los dedos en los costados de las bragas y las bajó por las caderas, por los muslos, hasta sacárselas del todo. Las dejó caer al suelo. Quedó completamente desnuda bajo la luz cálida de la lámpara.
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El doctor se puso más aceite en las manos, las frotó entre sí y volvió a ella.

Empezó otra vez por los hombros, pero esta vez no se detuvo ahí. Deslizó las palmas por los brazos, bajó por los costados y subió hasta cubrirle los pechos. Las manos grandes y cálidas rodearon cada uno, presionando con suavidad, deslizando los pulgares sobre los pezones en círculos lentos. Laura soltó un suspiro corto. El doctor siguió, bajando por el vientre, extendiendo el aceite sobre la piel lisa, presionando con las yemas justo encima del pubis, y después bajó hacia los muslos. Los masajeó por fuera y por dentro, subiendo cada vez un poco más, abriendo espacio entre las piernas sin pedir permiso.

—Eso es —murmuró él, casi para sí—. Así. Tu cuerpo está entrando en calor. Estamos generando las condiciones perfectas.

La respiración de Laura se había vuelto más agitada. El pecho le subía y bajaba con más fuerza. Yo apreté los puños sobre las rodillas, sintiendo cómo la rabia y algo más oscuro se me mezclaban en el pecho. Ver esas manos ajenas recorriéndola, viendo cómo ella respondía, me hacía sentir pequeño e inútil al mismo tiempo.

El doctor, como si fuera lo más natural del mundo, le flexionó las rodillas y abrió sus piernas con decisión. La vagina de Laura quedó completamente expuesta bajo la luz cálida: lisa, ya un poco rosada, con los labios ligeramente entreabiertos.

Sin avisar, apoyó el pulgar derecho sobre su clítoris y empezó a frotarlo en círculos firmes y lentos. Con la mano izquierda presionó la pelvis, sujetándola. Laura dio un respingo y soltó un gemido bajo. Por instinto, o como defensa, agarró la muñeca del doctor que le sujetaba la cadera y se aferró con fuerza, los nudillos blancos, mientras el pulgar seguía trabajando su clítoris con precisión.

Los gemidos se hicieron más frecuentes, pequeños, contenidos. Entonces el doctor deslizó el dedo medio y el anular dentro de ella. Los metió y los sacó un par de veces, lentos al principio. Laura se estremeció y gimió más fuerte, apretando todavía más la mano que la sujetaba.

—Mmm… tenemos un problema aquí —dijo el doctor, sin dejar de mover los dedos—. No hay suficiente humedad. Voy a intentar una técnica más intensa.

Con el brazo izquierdo tomó ambas piernas de Laura y las empujó hacia su pecho, doblándola casi por la mitad. La posición dejó la vagina más cerrada, más apretada. Volvió a introducir los dedos y esta vez el ritmo cambió. Se oía el sonido húmedo, suave al principio, después más claro, más presente. Laura intentaba controlar los quejidos, mordiéndose el labio, pero la intensidad subía y al final soltó un gemido largo, más alto, que llenó el consultorio.

El doctor sacó los dedos. Brillaban bajo la luz.

—Esto está mucho mejor.

—¿Ya está lista? —pregunté, con la voz más áspera de lo que pretendía. Necesitaba que terminara. Cada gemido de ella me atravesaba.

—Necesitamos más —respondió él con calma—. Para estar seguros de tener mayores posibilidades de éxito.

Bajó una de las piernas de Laura y dejó la otra levantada, sujetándola con la mano izquierda. Con la derecha volvió a penetrarla con los dedos, esta vez más rápido. El sonido húmedo se volvió constante, rítmico. Los gemidos de Laura ya no eran contenidos. Su cuerpo se estremecía a cada embestida de los dedos. De pronto apretó las piernas de golpe y soltó un grito ahogado:

—¡Haaaay… no!

—Relájate, Laura —dijo el doctor, sin detenerse del todo—. No debes contenerte. Esa sensación que sientes es natural.

—No es… —jadeó ella—. Necesito ir al baño.

—Paremos un momento —dije yo, incorporándome un poco en la silla. La rabia me quemaba la garganta. No podía seguir mirando cómo mi esposa se deshacía bajo las manos de otro hombre.

El doctor me miró con esa misma calma de siempre.

—No. Estamos a punto de lograrlo. Esa sensación de querer orinar es un orgasmo muy húmedo. Es exactamente lo que buscamos. Cuando regrese la sensación, no te contraigas ni te contengas. Simplemente deja que salga.

Laura, con los ojos húmedos y la respiración entrecortada, movió la cabeza afirmando.

El doctor volvió a introducir los dedos y esta vez no tuvo piedad. Los movió a gran velocidad. El ruido húmedo llenó la habitación, potente, obsceno. Laura gritó, un sonido agudo y roto de placer puro. Su espalda se arqueó. El doctor no se detuvo; aumentó todavía más la intensidad hasta que un pequeño chorro salió de ella, salpicando ligeramente la camilla y los dedos del hombre.

En ese mismo instante, mientras la vagina de Laura seguía palpitando y mojada, mientras ella todavía gemía sin control, el doctor tomó la jeringa que ya tenía preparada a un lado y la introdujo de un movimiento preciso.

—Perfecto. Así. Exactamente así.

Empujó el émbolo hasta la última gota. Después retiró la jeringa con cuidado y dejó las piernas de Laura todavía elevadas.

—No te levantes todavía. Quédate así un rato. Es mejor para que los espermatozoides puedan avanzar.

Laura quedó tendida, agitándose, con el pecho sudado y una expresión que mezclaba el cansancio con una calma placentera que yo no había visto nunca en su cara después de estar conmigo.

El doctor se limpió las manos y se acercó a donde yo seguía sentado. Habló en voz baja, casi confidencial:

—Esta vez sí. Estoy seguro de que con esto lo conseguimos.

Yo asentí en silencio. La ira me llenaba el pecho hasta casi no poder respirar, pero ya había terminado. Ya no había nada más que soportar esa noche. Me limité a mirar a Laura, todavía abierta y temblando sobre la camilla, y a tragar todo lo que sentía: la impotencia, los celos, la rabia de haber visto cómo los dedos de otro hombre la llevaban exactamente ado
nde yo nunca había logrado llevarla con tanta facilidad.

Y me obligué a quedarme quieto, esperando a que el tiempo pasara.

Nota del autor:Espero que hayas disfrutado de este relato. Si no quieres esperar a la siguiente entrega para saber qué pasa, capítulos adelantados y la versión narrada en audio ya están disponibles en Patreon.

Escucha el audio y lee por adelantado aquí: [FUEGOENLAPIEL]

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