El calor de Córdoba en enero no perdona. El aire pesaba, cargado de una humedad que pegaba la camisa a mi espalda y hacía que mis rulos se encresparan aún más, convirtiéndose en una masa indomable sobre mi frente. Caminaba por las calles del centro, sintiendo el roce de mis muslos gordos, ese deslizamiento constante y sudoroso que siempre me había hecho sentir fuera de lugar. Siempre fui el chico sumiso, el que bajaba la mirada, el que aceptaba las migajas de atención. Por eso, cuando conocí a Julián, no vi una señal de peligro, sino una promesa de pertenencia.
Julián no era como los demás. Tenía una voz que parecía vibrar en la base de mi cráneo y unos ojos que no miraban, sino que diseccionaban. Me llevó a su estudio, un lugar oscuro, impregnado de olor a sándalo y cuero viejo. Allí, entre sombras y el tic-tac rítmico de un reloj de pared, empezó el proceso.
Mírame a los ojos, Edu, me ordenó.
Hice lo que siempre hacía: obedecer. Me hundí en el sillón de terciopelo rojo, sintiendo cómo mi peso deformaba el asiento. Julián comenzó a hablar, su voz descendiendo a una frecuencia hipnótica, un murmullo constante que borraba los bordes de mi realidad. Me habló de mi inutilidad, de mi deseo intrínseco de ser usado, de cómo mi cuerpo gordo y blando estaba hecho únicamente para el placer de otros.
Tu voluntad es un hilo delgado que voy a cortar, susurró, acercando su rostro al mío. Ahora, cada palabra mía es una ley grabada en tu carne. Ya no eres Edu. Eres mi esclavo. Mi juguete. Mi agujero.
Sentí un chasquido mental, como si una puerta se cerrara violentamente en mi cerebro. El miedo desapareció, reemplazado por un vacío blanco y cálido. Una sumisión absoluta que me recorría la espina dorsal, dejándome laxo, vulnerable. Mi mente se convirtió en un lienzo en blanco donde solo existía la voz de Julián.
Levántate, esclavo, ordenó.
Me puse de pie con un movimiento mecánico. Mis ojos estaban vidriosos, mi respiración era lenta. Ya no pensaba en la vergüenza o en el qué dirán. Solo existía el deseo ferviente de complacerlo.
Vamos a dar un paseo por la ciudad, dijo con una sonrisa cruel. Quiero que el mundo vea lo que eres.
Caminamos hacia la zona peatonal, donde la multitud se agolpaba bajo los toldos de los locales. Yo lo seguía a un paso, con la cabeza gacha, sintiendo la electricidad de la anticipación. Julián se detuvo abruptamente en medio de la plaza, donde cientos de personas transitaban. El ruido del tráfico y los gritos de los vendedores ambulantes creaban una cacofonía que, para mí, era solo ruido de fondo.
Desnúdate, Edu. Ahora mismo.
El comando golpeó mi mente como un látigo. Sin dudarlo, mis manos subieron a los botones de mi camisa. La abrí con torpeza, dejando que la tela cayera al suelo gris. Mis pectorales caídos y mi vientre prominente quedaron expuestos al sol abrasador y a las miradas curiosas. Sentí el aire frío golpear mi piel sudorosa. A continuación, desabroché el cinturón y dejé que el pantalón y la ropa interior resbalaran hasta mis tobillos.
Quedé allí, totalmente desnudo, un hombre gordo y morocho, expuesto en el corazón de Córdoba. Mis genitales colgaban laxos, mi culo ancho y pálido vibraba con cada pequeño temblor de mis piernas. La gente empezó a detenerse. Escuché risas, murmullos, algunos gritos de asombro. Vi teléfonos celulares levantándose para registrar mi humillación. Pero yo no sentía vergüenza; sentía una excitación animal, una corriente de placer que nacía en mi próstata y subía hasta mi garganta.
Míralos, Edu. Míralos mientras saben que eres una perra, dijo Julián, acariciando mi mejilla con una frialdad aterradora.
¿Soy una perra, amo?, respondí con la voz quebrada, los ojos perdidos en el vacío.
Así es, mi gordo sumiso. Ahora, arrodíllate.
Mis rodillas golpearon el cemento áspero. El dolor del impacto fue un estímulo más. Julián se desabrochó el pantalón y liberó su miembro, una verga dura y vena que palpitó frente a mis ojos. El olor a sexo y piel caliente me inundó las fosas nasales.
Limpia mi polla, esclavo. Quiero que cada centímetro de tu boca se llene de mí.
Me abalancé sobre él con desesperación. Abrí la boca y envolví la cabeza de su miembro, sintiendo el sabor salado y metálico. Empecé a succionar con fuerza, haciendo que mis mejillas se hundieran. El sonido era húmedo, un chasquido constante de saliva y carne. Shlick, shlick, shlick. Metí la lengua profundamente, rodeando el frenillo, mientras mis manos gordas apretaban sus muslos.
Julián soltó un gruñido y me agarró del cabello rulo, tirando hacia atrás para obligarme a mirar a la multitud mientras me follaba la boca. Mis ojos se encontraron con los de un grupo de hombres que observaban con lujuria. Algunos se masturbaban abiertamente.
Miren este cerdo, gritó Julián a los espectadores. ¿Quién más quiere usar este agujero?
La respuesta fue inmediata. Como si el control mental de Julián se hubiera extendido al ambiente, varios hombres se acercaron, impulsados por un instinto primitivo. El primero fue un tipo robusto, de brazos tatuados y mirada depredadora.
Déjame entrar, dijo el hombre, sin pedir permiso.
Julián me giró con brusquedad, obligándome a poner las manos sobre un banco de cemento, arqueando mi espalda y elevando mi trasero gordo hacia el cielo. El aire golpeó mi ano, que ya palpitaba de anticipación. El hombre tatuado no perdió tiempo; escupió en su palma y lubricó mi orificio con un movimiento rápido y tosco.
Grité cuando sentí la punta de su verga presionar mi esfínter. No fue un grito de dolor, sino de entrega total. Con un empujón violento, se hundió en mí hasta la raíz.
¡Ahhh! ¡Lléname, por favor, lléname!, aullé, sintiendo cómo mis paredes internas se estiraban al límite.
El hombre empezó a embestirme con una furia ciega. Cada golpe hacía que mi panza rebotara contra el cemento, que mis mejillas temblaran y que el sonido de sus testículos chocando contra mi culo resonara en la plaza. Squelch, squelch, squelch. Era un sonido obsceno, la música de mi degradación.
Sigue así, perra, me gritó al oído mientras me arañaba los hombros.
Pronto, otros hombres se unieron. Ya no era solo uno. Mientras el primer hombre me follaba por detrás, otro se posicionó frente a mí, obligándome a succionarlo mientras el ritmo anal se volvía más frenético. Un tercero comenzó a lamer mis pezones, mordiéndolos con fuerza, provocando que yo arqueara la espalda en un espasmo de placer y dolor.
Se convirtió en una orgía pública, un caos de carne, sudor y fluidos. Era un gangbang descontrolado. Sentía vergas entrando y saliendo de mi boca, de mi culo, rozando mis muslos. El olor a semen y sudor era asfixiante, una fragancia oscura que me nublaba el juicio. Mis rulos estaban empapados, pegados a mi frente por el esfuerzo y la excitación.
¡Más! ¡Quiero más!, gritaba yo, mientras sentía cómo mi próstata era golpeada repetidamente, enviando descargas eléctricas por todo mi cuerpo.
Julián observaba la escena con una calma sádica, dirigiendo el tráfico de cuerpos.
Ahora, todos juntos, ordenó Julián. No quiero que quede un solo espacio vacío en este cerdo.
El ritmo aumentó. Los hombres se turnaban, se amontonaban, empujando mi cuerpo gordo de un lado a otro. Sentía la fricción abrasadora, la humedad espesa de la saliva y el pre-cum que lubricaba cada entrada. Mi mente estaba completamente fragmentada; ya no sabía dónde terminaba mi piel y dónde empezaba la de los demás. Solo era un recipiente, un objeto diseñado para ser llenado.
Entonces llegó el momento final. El amo dio la señal.
¡Descarguen en él! ¡Hagan que se ahogue en leche!
El clímax fue una explosión colectiva. El hombre que estaba dentro de mi culo soltó un gemido gutural y comenzó a eyacular con una fuerza violenta. Sentí el chorro caliente disparándose contra mi pared rectal, llenando mi interior con pulsaciones rítmicas de semen espeso. Casi al mismo tiempo, el hombre que estaba en mi boca descargó su carga, inundando mi garganta, obligándome a tragar una y otra vez para no asfixiarme.
Pero no terminó ahí. Los demás, los que habían estado esperando su turno o simplemente observando, comenzaron a eyacular sobre mí. Chorros blancos y viscosos aterrizaron en mi pecho, en mi vientre, sobre mis ojos y en mis rulos. Me convertí en una fuente de semen humana. El líquido cálido se deslizaba por los pliegues de mi grasa, pegajoso y brillante bajo el sol de Córdoba.
Me quedé allí, jadeando, cubierto de una capa blanca y espesa, con la mirada perdida y la boca abierta, goteando leche ajena. Era la imagen total de la derrota y el placer.
La burbuja de éxtasis se rompió con el sonido de sirenas. Las patrullas de la policía llegaron rápidamente, alertadas por la multitud y los videos que ya circulaban por las redes sociales. Los hombres se dispersaron rápidamente, desapareciendo entre los callejones, dejando que Julián se alejara con una sonrisa victoriosa, desapareciendo en la multitud sin dejar rastro.
Yo me quedé allí, desnudo y cubierto de fluidos, mirando fijamente al cielo.
¡Manos donde pueda verlas! ¡No se mueva!, gritó un oficial mientras me esposaba bruscamente detrás de la espalda.
El metal frío de las esposas cortó mi circulación, pero el control mental seguía activo. No sentía miedo, solo una curiosa expectación. Me llevaron a la patrulla, donde el asiento de cuero quemaba mi piel desnuda. El oficial que conducía me miraba por el espejo retrovisor con una mezcla de asco y deseo.
Mírate, pedazo de basura, dijo el policía con una voz ronca. ¿Qué carajo pensabas que pasaría haciendo esto en la plaza?
No pude responder. Solo emití un gemido sumiso, frotando mi trasero contra el asiento.
Llegamos a la comisaría. El proceso fue rápido y humillante. Me llevaron a un calabozo oscuro, una celda pequeña con paredes de concreto descascarado y un olor penetrante a orina y encierro. Me arrojaron al suelo, donde el frío del piso contrastaba con el calor residual de mi cuerpo.
Me quedé allí, encogido, esperando. Sabía que el juego no había terminado.
Unos minutos después, la pesada puerta de hierro se abrió con un chirrido estridente. Entraron tres policías. No traían papeles ni formularios. Sus miradas eran oscuras, cargadas de una agresividad que me hizo temblar de anticipación.
Así que este es el cerdo que causó el escándalo en el centro, dijo el oficial más alto, un hombre de hombros anchos y cuello grueso.
Se acercó a mí y, sin decir palabra, me agarró del cabello, levantándome del suelo con una fuerza bruta. Me estampó contra la pared de concreto, haciendo que mis mejillas chocaran contra la piedra fría.
Aquí no hay cámaras, Edu, susurró el policía, su aliento oliendo a tabaco y café. Aquí las reglas las ponemos nosotros.
Sentí cómo desabrochaba su cinturón con un movimiento seco. El sonido del cuero golpeando el metal fue como una campana de inicio. Me obligó a poner las manos contra la pared, abriendo mis piernas gordas para exponer mi culo, que aún estaba lubricado con el semen de la plaza.
Este agujero parece que ya ha trabajado bastante hoy, comentó el segundo policía, acercándose para apretar mis glúteos con fuerza, hundiéndolos en sus palmas. Pero creo que todavía tiene espacio para nosotros.
El primer oficial no esperó. Sin preámbulos, empujó su verga dura y gruesa dentro de mí. El impacto fue tan violento que solté un grito que resonó en todo el calabozo. Era una penetración agresiva, sin rastro de ternura, diseñada para dominar y someter.
¡Ahhh! ¡Sí! ¡Fóllenme, oficiales! ¡Hagan que olvide quién soy!, grité, entregándome al dolor y al placer.
El ritmo era brutal. El policía me golpeaba el culo con la palma de la mano mientras embestía, creando un sonido sordo y rítmico. Slap, squelch, slap. Mis rulos se agitaban violentamente mientras mi cabeza chocaba contra la pared.
El segundo policía se posicionó frente a mí. Me agarró la mandíbula con una mano, abriéndome la boca a la fuerza, y hundió su miembro en mi garganta. Me asfixiaba, obligándome a emitir sonidos guturales, mientras sentía la presión de dos vergas reclamando mi cuerpo simultáneamente.
El tercer oficial se quedó observando, masturbándose con frenesí.
Miren cómo se sacude este gordo, se burló, antes de unirse a la acción.
Se turnaron con una eficiencia cruel. Me giraron, me pusieron en cuatro, me obligaron a lamer sus botas mientras me penetraban. El calabozo se llenó de los sonidos de la lujuria más cruda: el jadeo pesado de los hombres, el roce de la piel sudorosa y los gemidos desesperados de un hombre que ya no tenía voluntad propia.
Sentía cómo mi interior se volvía una masa sensible y caliente. Cada embestida me hundía más en la oscuridad del control mental. Ya no había Edu, ya no había Córdoba, ya no había ley. Solo existía el acto de ser usado, de ser el objeto sobre el cual descargaban su virilidad y su poder.
Finalmente, el clímax llegó nuevamente. El oficial que me follaba por detrás empezó a temblar, sus músculos tensándose al máximo.
¡Voy a llenarte este culo asqueroso!, rugió.
Sentí la descarga masiva de semen inundando mi recto, una marea caliente que parecía llegar hasta mi ombligo. Casi al mismo tiempo, el que estaba en mi boca eyaculó, llenándome la garganta de una sustancia espesa y amarga que tragué por instinto. El tercer policía terminó de eyacular sobre mi pecho, dejando un rastro blanco que se mezclaba con el sudor y el polvo del calabozo.
Me soltaron bruscamente. Caí al suelo, un montón de carne blanca y morada, temblando incontrolablemente. Las esposas seguían apretando mis muñecas, marcando mi piel.
Limpia el suelo con tu lengua cuando salgamos, esclavo, dijo el oficial más alto mientras se ajustaba la ropa.
La puerta de hierro se cerró con un golpe seco, dejándome en la penumbra. Me quedé allí, acostado en el frío concreto, sintiendo cómo el semen goteaba lentamente de mis orificios. No había tristeza, no había arrepentimiento. Solo una paz absoluta y aterradora.
Cerré los ojos y, en el silencio del calabozo, pude escuchar la voz de Julián resonando en mi mente, recordándome que ahora, y para siempre, yo pertenecía al placer de otros. Mi voluntad se había evaporado, dejando en su lugar un hambre insaciable de sumisión. Era, finalmente, el esclavo que siempre había estado destinado a ser.
Julián no era como los demás. Tenía una voz que parecía vibrar en la base de mi cráneo y unos ojos que no miraban, sino que diseccionaban. Me llevó a su estudio, un lugar oscuro, impregnado de olor a sándalo y cuero viejo. Allí, entre sombras y el tic-tac rítmico de un reloj de pared, empezó el proceso.
Mírame a los ojos, Edu, me ordenó.
Hice lo que siempre hacía: obedecer. Me hundí en el sillón de terciopelo rojo, sintiendo cómo mi peso deformaba el asiento. Julián comenzó a hablar, su voz descendiendo a una frecuencia hipnótica, un murmullo constante que borraba los bordes de mi realidad. Me habló de mi inutilidad, de mi deseo intrínseco de ser usado, de cómo mi cuerpo gordo y blando estaba hecho únicamente para el placer de otros.
Tu voluntad es un hilo delgado que voy a cortar, susurró, acercando su rostro al mío. Ahora, cada palabra mía es una ley grabada en tu carne. Ya no eres Edu. Eres mi esclavo. Mi juguete. Mi agujero.
Sentí un chasquido mental, como si una puerta se cerrara violentamente en mi cerebro. El miedo desapareció, reemplazado por un vacío blanco y cálido. Una sumisión absoluta que me recorría la espina dorsal, dejándome laxo, vulnerable. Mi mente se convirtió en un lienzo en blanco donde solo existía la voz de Julián.
Levántate, esclavo, ordenó.
Me puse de pie con un movimiento mecánico. Mis ojos estaban vidriosos, mi respiración era lenta. Ya no pensaba en la vergüenza o en el qué dirán. Solo existía el deseo ferviente de complacerlo.
Vamos a dar un paseo por la ciudad, dijo con una sonrisa cruel. Quiero que el mundo vea lo que eres.
Caminamos hacia la zona peatonal, donde la multitud se agolpaba bajo los toldos de los locales. Yo lo seguía a un paso, con la cabeza gacha, sintiendo la electricidad de la anticipación. Julián se detuvo abruptamente en medio de la plaza, donde cientos de personas transitaban. El ruido del tráfico y los gritos de los vendedores ambulantes creaban una cacofonía que, para mí, era solo ruido de fondo.
Desnúdate, Edu. Ahora mismo.
El comando golpeó mi mente como un látigo. Sin dudarlo, mis manos subieron a los botones de mi camisa. La abrí con torpeza, dejando que la tela cayera al suelo gris. Mis pectorales caídos y mi vientre prominente quedaron expuestos al sol abrasador y a las miradas curiosas. Sentí el aire frío golpear mi piel sudorosa. A continuación, desabroché el cinturón y dejé que el pantalón y la ropa interior resbalaran hasta mis tobillos.
Quedé allí, totalmente desnudo, un hombre gordo y morocho, expuesto en el corazón de Córdoba. Mis genitales colgaban laxos, mi culo ancho y pálido vibraba con cada pequeño temblor de mis piernas. La gente empezó a detenerse. Escuché risas, murmullos, algunos gritos de asombro. Vi teléfonos celulares levantándose para registrar mi humillación. Pero yo no sentía vergüenza; sentía una excitación animal, una corriente de placer que nacía en mi próstata y subía hasta mi garganta.
Míralos, Edu. Míralos mientras saben que eres una perra, dijo Julián, acariciando mi mejilla con una frialdad aterradora.
¿Soy una perra, amo?, respondí con la voz quebrada, los ojos perdidos en el vacío.
Así es, mi gordo sumiso. Ahora, arrodíllate.
Mis rodillas golpearon el cemento áspero. El dolor del impacto fue un estímulo más. Julián se desabrochó el pantalón y liberó su miembro, una verga dura y vena que palpitó frente a mis ojos. El olor a sexo y piel caliente me inundó las fosas nasales.
Limpia mi polla, esclavo. Quiero que cada centímetro de tu boca se llene de mí.
Me abalancé sobre él con desesperación. Abrí la boca y envolví la cabeza de su miembro, sintiendo el sabor salado y metálico. Empecé a succionar con fuerza, haciendo que mis mejillas se hundieran. El sonido era húmedo, un chasquido constante de saliva y carne. Shlick, shlick, shlick. Metí la lengua profundamente, rodeando el frenillo, mientras mis manos gordas apretaban sus muslos.
Julián soltó un gruñido y me agarró del cabello rulo, tirando hacia atrás para obligarme a mirar a la multitud mientras me follaba la boca. Mis ojos se encontraron con los de un grupo de hombres que observaban con lujuria. Algunos se masturbaban abiertamente.
Miren este cerdo, gritó Julián a los espectadores. ¿Quién más quiere usar este agujero?
La respuesta fue inmediata. Como si el control mental de Julián se hubiera extendido al ambiente, varios hombres se acercaron, impulsados por un instinto primitivo. El primero fue un tipo robusto, de brazos tatuados y mirada depredadora.
Déjame entrar, dijo el hombre, sin pedir permiso.
Julián me giró con brusquedad, obligándome a poner las manos sobre un banco de cemento, arqueando mi espalda y elevando mi trasero gordo hacia el cielo. El aire golpeó mi ano, que ya palpitaba de anticipación. El hombre tatuado no perdió tiempo; escupió en su palma y lubricó mi orificio con un movimiento rápido y tosco.
Grité cuando sentí la punta de su verga presionar mi esfínter. No fue un grito de dolor, sino de entrega total. Con un empujón violento, se hundió en mí hasta la raíz.
¡Ahhh! ¡Lléname, por favor, lléname!, aullé, sintiendo cómo mis paredes internas se estiraban al límite.
El hombre empezó a embestirme con una furia ciega. Cada golpe hacía que mi panza rebotara contra el cemento, que mis mejillas temblaran y que el sonido de sus testículos chocando contra mi culo resonara en la plaza. Squelch, squelch, squelch. Era un sonido obsceno, la música de mi degradación.
Sigue así, perra, me gritó al oído mientras me arañaba los hombros.
Pronto, otros hombres se unieron. Ya no era solo uno. Mientras el primer hombre me follaba por detrás, otro se posicionó frente a mí, obligándome a succionarlo mientras el ritmo anal se volvía más frenético. Un tercero comenzó a lamer mis pezones, mordiéndolos con fuerza, provocando que yo arqueara la espalda en un espasmo de placer y dolor.
Se convirtió en una orgía pública, un caos de carne, sudor y fluidos. Era un gangbang descontrolado. Sentía vergas entrando y saliendo de mi boca, de mi culo, rozando mis muslos. El olor a semen y sudor era asfixiante, una fragancia oscura que me nublaba el juicio. Mis rulos estaban empapados, pegados a mi frente por el esfuerzo y la excitación.
¡Más! ¡Quiero más!, gritaba yo, mientras sentía cómo mi próstata era golpeada repetidamente, enviando descargas eléctricas por todo mi cuerpo.
Julián observaba la escena con una calma sádica, dirigiendo el tráfico de cuerpos.
Ahora, todos juntos, ordenó Julián. No quiero que quede un solo espacio vacío en este cerdo.
El ritmo aumentó. Los hombres se turnaban, se amontonaban, empujando mi cuerpo gordo de un lado a otro. Sentía la fricción abrasadora, la humedad espesa de la saliva y el pre-cum que lubricaba cada entrada. Mi mente estaba completamente fragmentada; ya no sabía dónde terminaba mi piel y dónde empezaba la de los demás. Solo era un recipiente, un objeto diseñado para ser llenado.
Entonces llegó el momento final. El amo dio la señal.
¡Descarguen en él! ¡Hagan que se ahogue en leche!
El clímax fue una explosión colectiva. El hombre que estaba dentro de mi culo soltó un gemido gutural y comenzó a eyacular con una fuerza violenta. Sentí el chorro caliente disparándose contra mi pared rectal, llenando mi interior con pulsaciones rítmicas de semen espeso. Casi al mismo tiempo, el hombre que estaba en mi boca descargó su carga, inundando mi garganta, obligándome a tragar una y otra vez para no asfixiarme.
Pero no terminó ahí. Los demás, los que habían estado esperando su turno o simplemente observando, comenzaron a eyacular sobre mí. Chorros blancos y viscosos aterrizaron en mi pecho, en mi vientre, sobre mis ojos y en mis rulos. Me convertí en una fuente de semen humana. El líquido cálido se deslizaba por los pliegues de mi grasa, pegajoso y brillante bajo el sol de Córdoba.
Me quedé allí, jadeando, cubierto de una capa blanca y espesa, con la mirada perdida y la boca abierta, goteando leche ajena. Era la imagen total de la derrota y el placer.
La burbuja de éxtasis se rompió con el sonido de sirenas. Las patrullas de la policía llegaron rápidamente, alertadas por la multitud y los videos que ya circulaban por las redes sociales. Los hombres se dispersaron rápidamente, desapareciendo entre los callejones, dejando que Julián se alejara con una sonrisa victoriosa, desapareciendo en la multitud sin dejar rastro.
Yo me quedé allí, desnudo y cubierto de fluidos, mirando fijamente al cielo.
¡Manos donde pueda verlas! ¡No se mueva!, gritó un oficial mientras me esposaba bruscamente detrás de la espalda.
El metal frío de las esposas cortó mi circulación, pero el control mental seguía activo. No sentía miedo, solo una curiosa expectación. Me llevaron a la patrulla, donde el asiento de cuero quemaba mi piel desnuda. El oficial que conducía me miraba por el espejo retrovisor con una mezcla de asco y deseo.
Mírate, pedazo de basura, dijo el policía con una voz ronca. ¿Qué carajo pensabas que pasaría haciendo esto en la plaza?
No pude responder. Solo emití un gemido sumiso, frotando mi trasero contra el asiento.
Llegamos a la comisaría. El proceso fue rápido y humillante. Me llevaron a un calabozo oscuro, una celda pequeña con paredes de concreto descascarado y un olor penetrante a orina y encierro. Me arrojaron al suelo, donde el frío del piso contrastaba con el calor residual de mi cuerpo.
Me quedé allí, encogido, esperando. Sabía que el juego no había terminado.
Unos minutos después, la pesada puerta de hierro se abrió con un chirrido estridente. Entraron tres policías. No traían papeles ni formularios. Sus miradas eran oscuras, cargadas de una agresividad que me hizo temblar de anticipación.
Así que este es el cerdo que causó el escándalo en el centro, dijo el oficial más alto, un hombre de hombros anchos y cuello grueso.
Se acercó a mí y, sin decir palabra, me agarró del cabello, levantándome del suelo con una fuerza bruta. Me estampó contra la pared de concreto, haciendo que mis mejillas chocaran contra la piedra fría.
Aquí no hay cámaras, Edu, susurró el policía, su aliento oliendo a tabaco y café. Aquí las reglas las ponemos nosotros.
Sentí cómo desabrochaba su cinturón con un movimiento seco. El sonido del cuero golpeando el metal fue como una campana de inicio. Me obligó a poner las manos contra la pared, abriendo mis piernas gordas para exponer mi culo, que aún estaba lubricado con el semen de la plaza.
Este agujero parece que ya ha trabajado bastante hoy, comentó el segundo policía, acercándose para apretar mis glúteos con fuerza, hundiéndolos en sus palmas. Pero creo que todavía tiene espacio para nosotros.
El primer oficial no esperó. Sin preámbulos, empujó su verga dura y gruesa dentro de mí. El impacto fue tan violento que solté un grito que resonó en todo el calabozo. Era una penetración agresiva, sin rastro de ternura, diseñada para dominar y someter.
¡Ahhh! ¡Sí! ¡Fóllenme, oficiales! ¡Hagan que olvide quién soy!, grité, entregándome al dolor y al placer.
El ritmo era brutal. El policía me golpeaba el culo con la palma de la mano mientras embestía, creando un sonido sordo y rítmico. Slap, squelch, slap. Mis rulos se agitaban violentamente mientras mi cabeza chocaba contra la pared.
El segundo policía se posicionó frente a mí. Me agarró la mandíbula con una mano, abriéndome la boca a la fuerza, y hundió su miembro en mi garganta. Me asfixiaba, obligándome a emitir sonidos guturales, mientras sentía la presión de dos vergas reclamando mi cuerpo simultáneamente.
El tercer oficial se quedó observando, masturbándose con frenesí.
Miren cómo se sacude este gordo, se burló, antes de unirse a la acción.
Se turnaron con una eficiencia cruel. Me giraron, me pusieron en cuatro, me obligaron a lamer sus botas mientras me penetraban. El calabozo se llenó de los sonidos de la lujuria más cruda: el jadeo pesado de los hombres, el roce de la piel sudorosa y los gemidos desesperados de un hombre que ya no tenía voluntad propia.
Sentía cómo mi interior se volvía una masa sensible y caliente. Cada embestida me hundía más en la oscuridad del control mental. Ya no había Edu, ya no había Córdoba, ya no había ley. Solo existía el acto de ser usado, de ser el objeto sobre el cual descargaban su virilidad y su poder.
Finalmente, el clímax llegó nuevamente. El oficial que me follaba por detrás empezó a temblar, sus músculos tensándose al máximo.
¡Voy a llenarte este culo asqueroso!, rugió.
Sentí la descarga masiva de semen inundando mi recto, una marea caliente que parecía llegar hasta mi ombligo. Casi al mismo tiempo, el que estaba en mi boca eyaculó, llenándome la garganta de una sustancia espesa y amarga que tragué por instinto. El tercer policía terminó de eyacular sobre mi pecho, dejando un rastro blanco que se mezclaba con el sudor y el polvo del calabozo.
Me soltaron bruscamente. Caí al suelo, un montón de carne blanca y morada, temblando incontrolablemente. Las esposas seguían apretando mis muñecas, marcando mi piel.
Limpia el suelo con tu lengua cuando salgamos, esclavo, dijo el oficial más alto mientras se ajustaba la ropa.
La puerta de hierro se cerró con un golpe seco, dejándome en la penumbra. Me quedé allí, acostado en el frío concreto, sintiendo cómo el semen goteaba lentamente de mis orificios. No había tristeza, no había arrepentimiento. Solo una paz absoluta y aterradora.
Cerré los ojos y, en el silencio del calabozo, pude escuchar la voz de Julián resonando en mi mente, recordándome que ahora, y para siempre, yo pertenecía al placer de otros. Mi voluntad se había evaporado, dejando en su lugar un hambre insaciable de sumisión. Era, finalmente, el esclavo que siempre había estado destinado a ser.
1 comentarios - Edu es himnotizado y convertido en esclavo