

Maritza estaba frente al espejo del vestidor, terminando de ajustarse el vestido negro corto que le marcaba las curvas. El maquillaje estaba impecable, el perfume caro ya esparcido. Iba a salir. Otra vez. El mismo patrón de siempre: excusas débiles, el auto que esperaba a dos cuadras, la noche larga lejos de casa.
Guillermo apareció en el umbral sin hacer ruido. Cerró la puerta detrás de sí y giró la llave.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó con voz baja, casi calmada.
Ella se sobresaltó. La mirada se le endureció al instante.
—Suéltame el paso. Voy a salir. Tengo planes.
—No. Esta noche no. —Se acercó despacio—. No vas a andar de puta por ahí. Si quieres serlo, lo vas a ser aquí. Conmigo. En tu propia casa.
Maritza dio un paso atrás, la mandíbula tensa.
—No. No voy a hacer esto otra vez. Fue una vez. Ya te di lo que querías. Ahora déjame en paz.
Guillermo sonrió sin humor.
—El trato sigue vigente. Tú cumples lo que yo diga… o papá se entera de todo. Del motel. Del chofer. De cómo volviste oliendo a semen ajeno. ¿Quieres que lo despierte ahora mismo y se lo cuente con lujo de detalle?
El color se le fue de la cara. Respiró hondo, los ojos brillantes de rabia e impotencia. Por un momento pareció que iba a gritar, a pelear. Luego los hombros se le hundieron.
—Eres un hijo de puta… —susurró.
—Lo sé. Pues eres mi madre! Ahora arrodíllate.
Ella dudó varios segundos más, mirándolo con puro odio. Finalmente, con las manos temblando de rabia contenida, se arrodilló frente a él sobre la alfombra del vestidor. Guillermo se bajó el cierre y sacó la verga ya dura. La acercó a la cara de ella.
—Ábrela. Y esta vez no solo la punta. Quiero que me la mames completa. Lengua. Huevos. Todo.
Maritza abrió la boca con visible asco. Él empujó hacia adelante y ella lo recibió, labios apretados alrededor del glande. Empezó a moverse, torpe al principio, solo cumpliendo. Guillermo le agarró el pelo con una mano y la obligó a tomar más.
—Más profundo. Usa la lengua. Chúpame bien.
Ella cerró los ojos un segundo y después obedeció. Sacó la verga casi por completo y pasó la lengua plana por toda la cara inferior, desde la base hasta la punta, lamiendo lento, como si cada centímetro le costara. Después la metió de nuevo, más profunda esta vez, y empezó a succionar con fuerza, las mejillas hundidas. La saliva le corría por la comisura de los labios. Bajó un poco más, sacó la verga de la boca y se inclinó para lamerle los huevos. Los tomó uno por uno con la lengua, los chupó suavemente, sintiendo el peso y el calor mientras él gemía arriba. Después volvió a la verga, la engulló hasta casi la base y empezó a mover la cabeza con ritmo constante, la lengua girando alrededor del glande cada vez que subía.
Guillermo la miraba desde arriba, disfrutando cada gesto de rechazo en su cara.
—Así… más rápido. Chúpame como la puta que eres.
Ella aceleró, los ojos húmedos de humillación, la saliva goteándole por la barbilla hasta el escote del vestido. El sonido húmedo y obsceno llenaba el pequeño vestidor. Cuando sintió que estaba a punto, le agarró la cabeza con las dos manos y empujó hasta el fondo. Se corrió directo en su boca, chorros calientes y densos. Ella se atragantó, pero él la mantuvo ahí hasta que terminó. Después se sacó y le disparó el resto en la cara: sobre los labios, la mejilla, un hilo que le cayó hasta el cuello.
Maritza se quedó arrodillada, respirando agitada, el semen espeso en la boca y esparcido por la cara. Tragó lo que pudo con una mueca de asco puro y se limpió la boca con el dorso de la mano, el gesto lento y cargado de humillación. No levantó la vista.
Guillermo se acomodó el pantalón.
—Sube al cuarto. Quítate ese vestido y ponte algo más de puta para tu hijo. Te veo arriba en cinco minutos. Y no se te ocurra limpiarte la cara todavía.
Ella asintió una sola vez, sin mirarlo. Se levantó con las piernas temblando, recogió el bolso del suelo y salió del vestidor con pasos rápidos, el semen aún brillándole en la mejilla y el cuello, el odio ardiéndole en los ojos.
Guillermo la vio desaparecer por el pasillo. Sonrió para sí mismo, de manera perversa y apagó la luz! Sabía que al fin follaria a la puta de su madre y eso no le causaba ningún remordimiento, al contrario, lo prendía demasiado pues era algo con lo que siempre había soñado!
0 comentarios - Chantajee a mi madre para que se acostara conmigo. Parte #3