Alabanza y Sumisión - Capítulo 9: La Primera Fisura

El lunes amaneció con una luz de hierro. María Elena se despertó con el peso del brazo de Alejandro sobre su cintura, su aliento caliente y regular en la nuca. El olor de él —a cuero, a sexo, a él— impregnaba las sábanas, un recordatorio tangible de que la noche anterior no había sido un sueño. Cada músculo de su cuerpo le gritaba la verdad, una verdad que la llenaba de un pánico exquisito y una emoción avasalladora.
Se movió con cuidado, intentando no despertarlo, pero él apretó su brazo, arrastrándola hacia él.
—¿A dónde crees que vas? —murmuró, su voz ronca por el sueño.
—A la tienda. Es lunes...
—La tienda puede esperar —dijo él, besándole el hombro—. Hoy tenemos cosas más importantes que hacer.
Pero una hora más tarde, María Elena estaba bajando las escaleras, sola. Alejandro se había quedado arriba, duchándose. La tienda olía a rutina, a matices y a polvo, un olor que ahora le resultaba ajeno. Se sentó en el sillón de espera, el lugar de su renacimiento, y sintió el eco de su propia audición.
Cuando Alejandro bajó, ya no era el hombre tierno de la noche anterior. Lleva una camisa negra ajustada que resaltaba su pecho ancho y sus hombros poderosos. Sus ojos oscuros no eran cálidos; eran evaluadores, fríos.
—Dios lo bendiga —saludó ella, su voz más débil de lo que quería.
Él no respondió al saludo. Cerró la puerta con llave y el chasquido metálico resonó en el silencio como una sentencia. Se acercó al mostrador, no a ella, y apoyó las manos en la madera, mirándola desde arriba.
—¿Qué hiciste anoche, María Elena? —preguntó, su voz baja, desprovista de cualquier calidez.
—Yo... no entiendo...
—Sí que entiendes —la interrumpió, su tono cortante como un vidrio roto—. Te entregaste. Te abandonaste. Dejaste que una mujer que no conocías tomara el control. Una mujer salvaje. Una mujer impulsiva. ¿Te gustó?
María Elena sintió un nudo de ansiedad y vergüenza. —Fue... hermoso.
—Hermoso no es la palabra que yo usaría —dijo él, rodeando el mostrador y acercándose a ella—. Fue un buen comienzo. Un primer paso. Pero un comienzo torpe, egoísta. Tú tomaste, tú sentiste, tú gozaste. Pero no me diste nada a cambio.
—Pero... yo te di...
—Me diste tu cuerpo, sí —dijo él, y su mano subió para rodearle el cuello, no con violencia, sino con una posesión que la robó el aliento—. Pero tu cuerpo es solo la cáscara. Lo que yo quiero, María Elena, lo que necesito, es tu sumisión. Total. Incondicional.
La palabra "sumisión" resonó en su cabeza como un campanazo. Era una palabra que conocía bien, una palabra que había definido su vida. Pero en la boca de él, sonaba diferente. No era sumisión a Dios, al deber, al sacrificio. Era sumisión a él. Y la idea le provocó un terror helado y una excitación húmeda al mismo tiempo.
—No... no sé qué significa —logró decir.
—Significa que dejas de pensar —susurró él, su pulgar acariciando la piel sensible de su cuello—. Significa que tu único propósito es complacerme. Significa que tu placer ya no te pertenece. Es un regalo que yo te doy cuando tú te lo has ganado. ¿Entiendes?
María Elena asintió, incapaz de hablar, su cuerpo paralizado entre el miedo y un deseo que no entendía.
—Bien —dijo él, soltándola—. Porque hoy empiezas tu verdadera lección. Y tu primera lección es sobre tu hijo.
Sebastián. El nombre la golpeó como un puñetazo. —¿Qué... qué tiene que ver Sebastián?
—Todo —dijo Alejandro, sentándose en el sillón frente a ella, como un rey en su trono—. Lo viste el otro día. Lo viste en los mensajes. Está aprendiendo. Está descubriendo el placer, el poder. Es un hombre joven, viril, lleno de un deseo que no sabe cómo controlar. Y tú, su madre, lo has mantenido en una jaula de culpa y miedo.
—Yo solo quería protegerlo...
—Lo has castrado emocionalmente —dijo Alejandro, con una brutalidad que la hizo flinchar—. Pero ahora vas a enmendarlo. Vas a ayudar a tu hijo a convertirse en el hombre que debe ser. Vas a ser su guía, su maestra... en todo.
La implicación de sus palabras fue tan monstruosa, tan abominable, que María Elena sintió náuseas. —No. Nunca. Es mi hijo. Es un pecado...
—¿Pecado? —rió Alejandro, una risa baja y sin alegría—. El único pecado es desperdiciar el potencial. El único pecado es negar la verdad de la carne. Tú y él están conectados, María Elena. Lo creaste, lo nutriste con tu propia sangre. No hay vínculo más fuerte, más íntimo. Negarle el placer que solo una madre puede enseñarle... eso sí es el verdadero pecado.
Se levantó y se acercó a la ventana, mirando hacia la calle. —Valentina es un buen comienzo. Le está enseñando lo básico. Pero una novia no puede enseñarle lo que una madre puede. No puede enseñarle la profundidad, la confianza absoluta, la rendición que solo viene del amor maternal.
Se giró hacia ella, y en sus ojos había una convicción que la aterrorizaba. —Esta noche, lo vas a llamar. Lo vas a llamar a tu cuarto. Y vas a hablar con él. No como su madre. Como una mujer. Como su maestra. Le vas a preguntar por su relación con Valentina. Le vas a hacer que te describa todo, cada detalle, sin vergüenza, sin culpa. Y vas a escuchar. Vas a escuchar y vas a aceptar. Vas a legitimar su deseo. ¿Entiendes?
María Elena se quedaba de pie, temblando, con las lágrimas corriendo por su rostro. Sabía que estaba mal, sabía que era una aberración. Pero la voz de Alejandro era una droga, su voluntad una fuerza imparable. Y en lo más profundo de ella, una parte oscura y prohibida susurraba que tenía razón.
—Y mientras escuchas —continuó él, acercándose de nuevo y susurrándole al oído—. Mientras escuchas los detalles de su vida sexual, te vas a tocar. Vas a llevar tu mano a tu entrepiernas y vas a imaginarlo. Vas a sentir lo que él siente. Y ese será tu primer acto de sumisión. Complacerme a través de tu hijo.
María Elena se derrumbó, sollozando en el suelo. Alejandro no la ayudó a levantarse. Simplemente se arrodilló frente a ella, le levantó la barbilla y la obligó a mirarlo.
—No llores. Esto no es un castigo. Es un honor. Es tu propósito. Y esta noche, cuando lo hayas hecho, cuando te hayas entregado a mí a través de él, te esperaré en la cama. Y si has sido una buena chica, te daré tu recompensa.
Se levantó, se arregló la camisa y se fue, dejando la puerta de la tienda abierta. María Elena se quedó allí, en el suelo, temblando, dividida entre el horror de lo que le pedía y el pánico de la idea de decepcionarlo. Sabía que debía decir que no, que debía huir, que debía arrodillarse y pedir perdón a un Dios que ya no le escuchaba. Pero también sabía, con una certeza que la heló hasta los huesos, que esa noche, llamaría a su hijo a su cuarto.
María Elena se quedó allí, en el suelo, temblando, dividida entre el horror de lo que le pedía y el pánico de la idea de decepcionarlo. Sabía que debía decir que no, que debía huir, que debía arrodillarse y pedir perdón a un Dios que ya no le escuchaba. Pero también sabía, con una certeza que la heló hasta los huesos, que esa noche, llamaría a su hijo a su cuarto.
Se levantó lentamente, con el cuerpo dolorido, y se apoyó en el mostrador. Se miró en el espejo pequeño que tenía para los clientes y no se reconoció. Sus ojos estaban vidriosos, sus mejillas enrojecidas, pero debajo de ese velo de pánico y sumisión, había una chispa. Una chispa oscura y excitante de poder.
Abrió la tienda, el día transcurrió en una neblina de clientes y transacciones sin sentido. Cada vez que la campana sonaba, su corazón daba un vuelto, temiendo y esperando ver a Alejandro. Pero no volvió. La dejó sola con sus pensamientos, con sus órdenes resonando en su cabeza como un mantra demoníaco.
Esa noche, la cena fue una tortura. Sebastián sentado frente a ella, riendo con su hermana, completamente inconsciente del abismo que se abría a sus pies. María Elena apenas podía comer, la comida se le atragantaba en la garganta. Cada vez que lo miraba, no veía a su hijo. Veía al instrumento de su sumisión, la llave para complacer a Alejandro.
Después de la cena, se retiró a su cuarto, con el corazón martilleando contra sus costillas. Se duchó, el agua caliente no la limpió, solo sirvió para intensificar la anticipación que la corroía por dentro. Se puso un camisón de seda, uno que no usaba desde hacía años, uno que se sentía demasiado suave, demasiado revelador.
Se sentó en el borde de la cama, las manos temblando en su regazo. Miró el reloj. Las diez. La hora. Se levantó, con las piernas como de gelatina, y salió al pasillo. La puerta de Sebastián estaba cerrada. Llamó suavemente.
—Sebastián. ¿Puedes pasar un momento? Necesito hablar contigo.
Esperó, con la respiración contenida. Oyó el murmullo de una voz, luego pasos. La puerta se abrió.
—Mamá? ¿Todo bien? —preguntó él, con el pelo desordenado y el teléfono en la mano.
—Sí, mi amor. Entra, por favor.
Él entró, confundido. Se sentó en el escritorio, mientras ella se sentaba en la cama, dejando una distancia segura entre ellos.
—Quería hablar de... de Valentina —empezó ella, la voz temblorosa—. Y de ti. De los dos.
Sebastián se puso tenso. —Mamá, si es para regañarme de nuevo...
—No —la interrumpió ella, recordando las palabras de Alejandro—. No es para regañarte. Es para entender. Para escuchar. Te quiero, hijo. Y quiero que seas feliz. Así que... quiero que me lo cuentes todo. Sin miedo. Sin censura.
Sebastián la miró, sorprendido. —¿Todo?
—Todo —confirmó ella, y mientras hablaba, su mano, como si tuviera voluntad propia, se deslizó hacia el dobladillo de su camisón—. Cómo es. Cómo se siente. Qué sientes cuando la besas. Qué sientes cuando... la tocas.
Mientras hablaba, sus dedos rozaban la piel de su muslo. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Se estaba haciendo. Estaba obedeciendo.
Sebastián dudó, pero luego, viendo la sinceridad en los ojos de su madre, empezó a hablar. Al principio con timidez, luego con más confianza. Le describió los labios de Valentina, el sabor de su piel, la forma en que gemía cuando él la tocaba.
María Elena escuchaba, sus ojos cerrados, su mano moviéndose lentamente sobre su piel, subiendo por el interior de su muslo. Se imaginaba a su hijo, a su hijo hombre, con su novia. Sentía el deseo de él, el deseo que ella misma había ayudado a liberar.
—Y... y cuando... —continuó Sebastián, su voz más baja, más rasposa—. Cuando estamos desnudos... es... es como si el mundo desapareciera. Es como si solo existiéramos nosotros dos. Y cuando entro en ella... mamá, es... es como volver a casa.
La frase "volver a casa" golpeó a María Elena como una ola. Su mano encontró el centro de su deseo, el calor húmedo que la esperaba. Se tocó, imaginando la intimidad de su hijo, la conexión que él describía. Y sintió el placer crecer, no un placer limpio y liberador, sino un placer sucio, transgresor, un placer que la humillaba y la exaltaba al mismo tiempo.
—Sigue —susurró ella, su voz apenas un hilo, sus dedos moviéndose con más rapidez—. Sigue, hijo.
Sebastián, ahora completamente perdido en su relato, le describió el clímax, la forma en que los cuerpos de ambos se tensaban, el grito de Valentina, su propio colapso sobre ella.
Y mientras él hablaba, María Elena se hundió en su propio abismo. El orgasmo la golpeó, un espasmo violento y silencioso que la dobló en dos. Se mordió el labio para no gritar, las lágrimas de vergüenza y éxtasis corriendo por su rostro.
Cuando terminó, se quedó allí, jadeando, con la cabeza entre las rodillas. Sebastián, que no se había dado cuenta de nada, se acercó, preocupado.
—Mamá, ¿estás bien? Te pones muy pálida.
Ella levantó la vista, los ojos enrojecidos, y lo sonrió. Una sonrisa débil, rota. —Sí, hijo. Estoy bien. Estoy muy bien. Gracias... gracias por compartir esto conmigo. Ahora... ve a dormir. Es tarde.
Sebastián asintió, todavía confundido, y salió del cuarto. María Elena se quedó allí, en la oscuridad, el sabor del pecado en la boca, el eco del placer en su cuerpo. Se había hecho lo que él le pidió. Se había sumergido en la corrupción por él. Y ahora, esperaba su recompensa.
Se levantó, se quitó el camisón manchado por su transgresión y se acostó en la cama, desnuda. Cerró los ojos, no para dormir, sino para esperar. Esperando los pasos de Alejandro en las escaleras. Esperando su juicio, su recompensa. Esperando a que la corrompiera aún más.
Continuara.....

El lunes amaneció con una luz de hierro. María Elena se despertó con el peso del brazo de Alejandro sobre su cintura, su aliento caliente y regular en la nuca. El olor de él —a cuero, a sexo, a él— impregnaba las sábanas, un recordatorio tangible de que la noche anterior no había sido un sueño. Cada músculo de su cuerpo le gritaba la verdad, una verdad que la llenaba de un pánico exquisito y una emoción avasalladora.
Se movió con cuidado, intentando no despertarlo, pero él apretó su brazo, arrastrándola hacia él.
—¿A dónde crees que vas? —murmuró, su voz ronca por el sueño.
—A la tienda. Es lunes...
—La tienda puede esperar —dijo él, besándole el hombro—. Hoy tenemos cosas más importantes que hacer.
Pero una hora más tarde, María Elena estaba bajando las escaleras, sola. Alejandro se había quedado arriba, duchándose. La tienda olía a rutina, a matices y a polvo, un olor que ahora le resultaba ajeno. Se sentó en el sillón de espera, el lugar de su renacimiento, y sintió el eco de su propia audición.
Cuando Alejandro bajó, ya no era el hombre tierno de la noche anterior. Lleva una camisa negra ajustada que resaltaba su pecho ancho y sus hombros poderosos. Sus ojos oscuros no eran cálidos; eran evaluadores, fríos.
—Dios lo bendiga —saludó ella, su voz más débil de lo que quería.
Él no respondió al saludo. Cerró la puerta con llave y el chasquido metálico resonó en el silencio como una sentencia. Se acercó al mostrador, no a ella, y apoyó las manos en la madera, mirándola desde arriba.
—¿Qué hiciste anoche, María Elena? —preguntó, su voz baja, desprovista de cualquier calidez.
—Yo... no entiendo...
—Sí que entiendes —la interrumpió, su tono cortante como un vidrio roto—. Te entregaste. Te abandonaste. Dejaste que una mujer que no conocías tomara el control. Una mujer salvaje. Una mujer impulsiva. ¿Te gustó?
María Elena sintió un nudo de ansiedad y vergüenza. —Fue... hermoso.
—Hermoso no es la palabra que yo usaría —dijo él, rodeando el mostrador y acercándose a ella—. Fue un buen comienzo. Un primer paso. Pero un comienzo torpe, egoísta. Tú tomaste, tú sentiste, tú gozaste. Pero no me diste nada a cambio.
—Pero... yo te di...
—Me diste tu cuerpo, sí —dijo él, y su mano subió para rodearle el cuello, no con violencia, sino con una posesión que la robó el aliento—. Pero tu cuerpo es solo la cáscara. Lo que yo quiero, María Elena, lo que necesito, es tu sumisión. Total. Incondicional.
La palabra "sumisión" resonó en su cabeza como un campanazo. Era una palabra que conocía bien, una palabra que había definido su vida. Pero en la boca de él, sonaba diferente. No era sumisión a Dios, al deber, al sacrificio. Era sumisión a él. Y la idea le provocó un terror helado y una excitación húmeda al mismo tiempo.
—No... no sé qué significa —logró decir.
—Significa que dejas de pensar —susurró él, su pulgar acariciando la piel sensible de su cuello—. Significa que tu único propósito es complacerme. Significa que tu placer ya no te pertenece. Es un regalo que yo te doy cuando tú te lo has ganado. ¿Entiendes?
María Elena asintió, incapaz de hablar, su cuerpo paralizado entre el miedo y un deseo que no entendía.
—Bien —dijo él, soltándola—. Porque hoy empiezas tu verdadera lección. Y tu primera lección es sobre tu hijo.
Sebastián. El nombre la golpeó como un puñetazo. —¿Qué... qué tiene que ver Sebastián?
—Todo —dijo Alejandro, sentándose en el sillón frente a ella, como un rey en su trono—. Lo viste el otro día. Lo viste en los mensajes. Está aprendiendo. Está descubriendo el placer, el poder. Es un hombre joven, viril, lleno de un deseo que no sabe cómo controlar. Y tú, su madre, lo has mantenido en una jaula de culpa y miedo.
—Yo solo quería protegerlo...
—Lo has castrado emocionalmente —dijo Alejandro, con una brutalidad que la hizo flinchar—. Pero ahora vas a enmendarlo. Vas a ayudar a tu hijo a convertirse en el hombre que debe ser. Vas a ser su guía, su maestra... en todo.
La implicación de sus palabras fue tan monstruosa, tan abominable, que María Elena sintió náuseas. —No. Nunca. Es mi hijo. Es un pecado...
—¿Pecado? —rió Alejandro, una risa baja y sin alegría—. El único pecado es desperdiciar el potencial. El único pecado es negar la verdad de la carne. Tú y él están conectados, María Elena. Lo creaste, lo nutriste con tu propia sangre. No hay vínculo más fuerte, más íntimo. Negarle el placer que solo una madre puede enseñarle... eso sí es el verdadero pecado.
Se levantó y se acercó a la ventana, mirando hacia la calle. —Valentina es un buen comienzo. Le está enseñando lo básico. Pero una novia no puede enseñarle lo que una madre puede. No puede enseñarle la profundidad, la confianza absoluta, la rendición que solo viene del amor maternal.
Se giró hacia ella, y en sus ojos había una convicción que la aterrorizaba. —Esta noche, lo vas a llamar. Lo vas a llamar a tu cuarto. Y vas a hablar con él. No como su madre. Como una mujer. Como su maestra. Le vas a preguntar por su relación con Valentina. Le vas a hacer que te describa todo, cada detalle, sin vergüenza, sin culpa. Y vas a escuchar. Vas a escuchar y vas a aceptar. Vas a legitimar su deseo. ¿Entiendes?
María Elena se quedaba de pie, temblando, con las lágrimas corriendo por su rostro. Sabía que estaba mal, sabía que era una aberración. Pero la voz de Alejandro era una droga, su voluntad una fuerza imparable. Y en lo más profundo de ella, una parte oscura y prohibida susurraba que tenía razón.
—Y mientras escuchas —continuó él, acercándose de nuevo y susurrándole al oído—. Mientras escuchas los detalles de su vida sexual, te vas a tocar. Vas a llevar tu mano a tu entrepiernas y vas a imaginarlo. Vas a sentir lo que él siente. Y ese será tu primer acto de sumisión. Complacerme a través de tu hijo.
María Elena se derrumbó, sollozando en el suelo. Alejandro no la ayudó a levantarse. Simplemente se arrodilló frente a ella, le levantó la barbilla y la obligó a mirarlo.
—No llores. Esto no es un castigo. Es un honor. Es tu propósito. Y esta noche, cuando lo hayas hecho, cuando te hayas entregado a mí a través de él, te esperaré en la cama. Y si has sido una buena chica, te daré tu recompensa.
Se levantó, se arregló la camisa y se fue, dejando la puerta de la tienda abierta. María Elena se quedó allí, en el suelo, temblando, dividida entre el horror de lo que le pedía y el pánico de la idea de decepcionarlo. Sabía que debía decir que no, que debía huir, que debía arrodillarse y pedir perdón a un Dios que ya no le escuchaba. Pero también sabía, con una certeza que la heló hasta los huesos, que esa noche, llamaría a su hijo a su cuarto.
María Elena se quedó allí, en el suelo, temblando, dividida entre el horror de lo que le pedía y el pánico de la idea de decepcionarlo. Sabía que debía decir que no, que debía huir, que debía arrodillarse y pedir perdón a un Dios que ya no le escuchaba. Pero también sabía, con una certeza que la heló hasta los huesos, que esa noche, llamaría a su hijo a su cuarto.
Se levantó lentamente, con el cuerpo dolorido, y se apoyó en el mostrador. Se miró en el espejo pequeño que tenía para los clientes y no se reconoció. Sus ojos estaban vidriosos, sus mejillas enrojecidas, pero debajo de ese velo de pánico y sumisión, había una chispa. Una chispa oscura y excitante de poder.
Abrió la tienda, el día transcurrió en una neblina de clientes y transacciones sin sentido. Cada vez que la campana sonaba, su corazón daba un vuelto, temiendo y esperando ver a Alejandro. Pero no volvió. La dejó sola con sus pensamientos, con sus órdenes resonando en su cabeza como un mantra demoníaco.
Esa noche, la cena fue una tortura. Sebastián sentado frente a ella, riendo con su hermana, completamente inconsciente del abismo que se abría a sus pies. María Elena apenas podía comer, la comida se le atragantaba en la garganta. Cada vez que lo miraba, no veía a su hijo. Veía al instrumento de su sumisión, la llave para complacer a Alejandro.
Después de la cena, se retiró a su cuarto, con el corazón martilleando contra sus costillas. Se duchó, el agua caliente no la limpió, solo sirvió para intensificar la anticipación que la corroía por dentro. Se puso un camisón de seda, uno que no usaba desde hacía años, uno que se sentía demasiado suave, demasiado revelador.
Se sentó en el borde de la cama, las manos temblando en su regazo. Miró el reloj. Las diez. La hora. Se levantó, con las piernas como de gelatina, y salió al pasillo. La puerta de Sebastián estaba cerrada. Llamó suavemente.
—Sebastián. ¿Puedes pasar un momento? Necesito hablar contigo.
Esperó, con la respiración contenida. Oyó el murmullo de una voz, luego pasos. La puerta se abrió.
—Mamá? ¿Todo bien? —preguntó él, con el pelo desordenado y el teléfono en la mano.
—Sí, mi amor. Entra, por favor.
Él entró, confundido. Se sentó en el escritorio, mientras ella se sentaba en la cama, dejando una distancia segura entre ellos.
—Quería hablar de... de Valentina —empezó ella, la voz temblorosa—. Y de ti. De los dos.
Sebastián se puso tenso. —Mamá, si es para regañarme de nuevo...
—No —la interrumpió ella, recordando las palabras de Alejandro—. No es para regañarte. Es para entender. Para escuchar. Te quiero, hijo. Y quiero que seas feliz. Así que... quiero que me lo cuentes todo. Sin miedo. Sin censura.
Sebastián la miró, sorprendido. —¿Todo?
—Todo —confirmó ella, y mientras hablaba, su mano, como si tuviera voluntad propia, se deslizó hacia el dobladillo de su camisón—. Cómo es. Cómo se siente. Qué sientes cuando la besas. Qué sientes cuando... la tocas.
Mientras hablaba, sus dedos rozaban la piel de su muslo. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Se estaba haciendo. Estaba obedeciendo.
Sebastián dudó, pero luego, viendo la sinceridad en los ojos de su madre, empezó a hablar. Al principio con timidez, luego con más confianza. Le describió los labios de Valentina, el sabor de su piel, la forma en que gemía cuando él la tocaba.
María Elena escuchaba, sus ojos cerrados, su mano moviéndose lentamente sobre su piel, subiendo por el interior de su muslo. Se imaginaba a su hijo, a su hijo hombre, con su novia. Sentía el deseo de él, el deseo que ella misma había ayudado a liberar.
—Y... y cuando... —continuó Sebastián, su voz más baja, más rasposa—. Cuando estamos desnudos... es... es como si el mundo desapareciera. Es como si solo existiéramos nosotros dos. Y cuando entro en ella... mamá, es... es como volver a casa.
La frase "volver a casa" golpeó a María Elena como una ola. Su mano encontró el centro de su deseo, el calor húmedo que la esperaba. Se tocó, imaginando la intimidad de su hijo, la conexión que él describía. Y sintió el placer crecer, no un placer limpio y liberador, sino un placer sucio, transgresor, un placer que la humillaba y la exaltaba al mismo tiempo.
—Sigue —susurró ella, su voz apenas un hilo, sus dedos moviéndose con más rapidez—. Sigue, hijo.
Sebastián, ahora completamente perdido en su relato, le describió el clímax, la forma en que los cuerpos de ambos se tensaban, el grito de Valentina, su propio colapso sobre ella.
Y mientras él hablaba, María Elena se hundió en su propio abismo. El orgasmo la golpeó, un espasmo violento y silencioso que la dobló en dos. Se mordió el labio para no gritar, las lágrimas de vergüenza y éxtasis corriendo por su rostro.
Cuando terminó, se quedó allí, jadeando, con la cabeza entre las rodillas. Sebastián, que no se había dado cuenta de nada, se acercó, preocupado.
—Mamá, ¿estás bien? Te pones muy pálida.
Ella levantó la vista, los ojos enrojecidos, y lo sonrió. Una sonrisa débil, rota. —Sí, hijo. Estoy bien. Estoy muy bien. Gracias... gracias por compartir esto conmigo. Ahora... ve a dormir. Es tarde.
Sebastián asintió, todavía confundido, y salió del cuarto. María Elena se quedó allí, en la oscuridad, el sabor del pecado en la boca, el eco del placer en su cuerpo. Se había hecho lo que él le pidió. Se había sumergido en la corrupción por él. Y ahora, esperaba su recompensa.
Se levantó, se quitó el camisón manchado por su transgresión y se acostó en la cama, desnuda. Cerró los ojos, no para dormir, sino para esperar. Esperando los pasos de Alejandro en las escaleras. Esperando su juicio, su recompensa. Esperando a que la corrompiera aún más.
Continuara.....
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