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Krishna y su Padrastro.

Este relato esta inspirado en las fantasias y las experiencias de jovencitaputi (Recuerden que pueden enviarme fotos, videos y experiencias si quieres que contemos tu historia tambien)


Krishna


Krishna acababa de cumplir dieciocho años hacía apenas tres semanas. Dieciocho. La mayoría de edad. La puerta legal a todo lo que había estado deseando en secreto desde los catorce.
Vivía en la misma casa de siempre con su madre y con él: Su padrastro. El había llegado a sus vidas cuando ella tenía catorce, y desde el primer día algo se le había roto adentro. No era cariño de hija. Era una atracción oscura, constante, que le revolvía el estómago y le mojaba la ropa interior cada vez que lo veía sin camisa, cada vez que escuchaba su voz grave, cada vez que percibía el olor a su colonia mezclado con sudor después del trabajo.
Las madrugadas eran lo peor. O lo mejor. Dependía de cómo se mirara. Su madre gemía. La cama crujía. Y él… él gemía bajo, ronco, como un animal. Krishna se quedaba quieta en su cama, con la mano metida entre las piernas, frotándose el clítoris hinchado mientras imaginaba que era ella la que estaba debajo de ese cuerpo pesado, que era ella la que estaba recibiendo esa verga gruesa que una sola vez había visto por accidente.
Había sido un día cualquiera. Él salió de la ducha con la toalla a medias, la puerta del baño no del todo cerrada. Krishna pasó por el pasillo y se quedó congelada. La verga de su padrastro colgaba pesada entre los muslos, medio hinchada todavía por el agua caliente, más gruesa de lo que había visto nunca en los chicos de su edad. Oscura, venosa, con la cabeza ancha. Ella se mordió el labio hasta casi hacerse sangre y se escapó antes de que él la viera. Esa imagen se le quedó grabada a fuego. Desde entonces, cada vez que se follaba a alguien —compañeros del colegio, su novio de turno, amigos de ese novio, el padre de una compañera, incluso su profesor de matemáticas a cambio de un par de puntos que le faltaban para aprobar (Historias que si las piden en comentarios podemos publicarlas) — cerraba los ojos y fingía que era él. Que era esa verga la que le llenaba la boca, la que le abría el coño, la que le golpeaba el fondo del útero.
Esa noche, por una emergencia familiar (la muerte de un tío lejano), su madre había tenido que viajar a otra ciudad. Quedaron solos. Varios días. Varios días sin nadie que pudiera interrumpirlos.
Krishna no esperó ni una hora después de que el taxi se llevara a su madre.
Llamó al vecino. Ese hombre de cuarenta y tantos que llevaba meses tirándole piropos desde el otro lado de la reja, mirándole el culo cuando salía a tirar la basura, ofreciéndole “ayuda” con cualquier cosa. Estaba demasiado cachonda. Llevaba más de una semana sin que nadie la tocara y el simple hecho de saber que su padrastro dormiría bajo el mismo techo la tenía empapada.
El vecino llegó en menos de diez minutos. Krishna lo recibió en short corto y una camiseta sin sostén. Lo empujó hacia la sala, lo sentó en el sofá y se montó a horcajadas sobre él. Lo besó con hambre, con lengua, con saliva. Le mordió el labio inferior. Él le agarró el culo con las dos manos y apretó fuerte. Ella bajó. Se arrodilló entre sus piernas. Le abrió el cinturón, le bajó los pantalones y los boxers de un tirón. La verga del vecino saltó libre, ya dura, no tan gruesa como la de su padrastro, pero suficiente para lo que necesitaba en ese momento.
Krishna se quitó la camiseta. Luego el short. Solo le quedó el hilo negro, tan fino que se perdía entre los labios hinchados. Se arrodilló de nuevo, esta vez de espaldas a la puerta de la sala, con el culo en alto, y se tragó la verga del vecino hasta la base. Hizo garganta profunda. Babeó. El sonido húmedo y obsceno llenó la sala. Subía y bajaba la cabeza con ritmo, dejando que la saliva le escurriera por la barbilla y le cayera en las tetas. El vecino gemía y le agarraba el pelo. Ella estaba tan concentrada en el sabor, en la sensación de la cabeza empujando contra su garganta, que no escuchó el auto de su padrastro llegar.
Él entró en silencio. Había apagado las luces del auto. Pensó que Krishna ya estaría dormida. Caminó despacio hasta la sala… y encendió el interruptor.
La luz cayó como un golpe.
El vecino recostado en el sofá con los pantalones en los tobillos. Y Krishna de rodillas entre sus piernas, completamente desnuda excepto por ese hilo negro. De espaldas a la puerta. El culo en alto. El hilo se perdía entre las nalgas, dejando a la vista el ano y los labios del coño, hinchados, brillantes de saliva y de su propia humedad. El hilo apenas cubría nada. Un par de segundos. Eso fue todo lo que duró la imagen antes de que ambos se dieran cuenta.
El vecino se levantó de un salto, aterrado, balbuceando disculpas, tratando de subirse los pantalones. El padrastro no gritó de inmediato. Solo lo miró con una expresión que no admitía discusión.
—Fuera. Ahora.
El vecino no discutió. Se fue casi corriendo, todavía abrochándose el cinturón. La puerta principal se cerró de un golpe.
Krishna no se movió. Se quedó sentada en el sofá, desnuda, solo con las manos cubriéndose los pechos. No se tapó el coño. No intentó alcanzar la ropa. Simplemente esperó, mirando hacia la puerta por donde había salido el vecino.
Su padrastro regresó. Se detuvo a dos metros de ella. La miró de arriba abajo. La luz de la sala no perdonaba nada: las tetas firmes, los pezones duros, el vientre plano, el hilo negro todavía entre sus labios hinchados.
—¿Qué mierda estabas haciendo? —dijo, la voz baja, controlada, pero con un temblor de rabia debajo—. Ese tipo te dobla la edad. Si quieres coger, que sea con alguien de tu edad. Un chico. No un hombre de cuarenta años.
Krishna levantó la vista. No bajó la mirada. No se avergonzó.
—Me calientan los hombres mayores —contestó con total sinceridad, sin siquiera intentar suavizarlo—. Él no es el primero. Y seguro que no será el último.
Él se quedó en silencio. La miró durante varios segundos que se sintieron eternos. Luego pasó una mano por la cara, como si estuviera intentando no decir algo que no debía.
—Ve a ducharte. Y ponte ropa.
Ella se levantó despacio. Dejó caer las manos. Las tetas quedaron a la vista, los pezones todavía duros por la excitación y el aire fresco de la noche.
—Si quiero andar desnuda en mi casa, lo haré —dijo, la voz baja, retadora—. También es mi casa.
Él dio un paso hacia ella. No la tocó. Pero la cercanía bastó para que ella notara el calor de su cuerpo y el olor familiar a colonia y a hombre.
—Soy un hombre, Krishna. Tenerte desnuda caminando por aquí… puede terminar en un escenario donde los dos lastimemos a tu madre. Y no voy a permitir que eso pase. Ve a tu habitación. Ahora.
Ella lo miró un segundo más. Luego se dio la vuelta y subió las escaleras despacio, sabiendo que él la estaba mirando. Sintiendo su mirada en el culo desnudo, en el hilo negro que se perdía entre las nalgas, en la humedad que todavía le brillaba entre las piernas.
No bajó hasta la hora de la cena.
Cuando apareció en la cocina, traía puesta una camisa de él. Una camisa azul oscuro que él le había regalado hace dos años y que ella solo usaba en ocasiones especiales. Solo dos botones cerrados, justo debajo de los pechos. Nada más. Ni sostén. Ni hilo. Ni nada. La tela le llegaba a mitad del muslo, pero cada vez que se movía se subía lo suficiente para enseñar el inicio de las nalgas.
Se sentaron a la mesa. Él intentó no mirarla. Falló.
Cada vez que ella se inclinaba a servir más arroz o a alcanzar el vaso de agua, la camisa se abría y una teta quedaba a la vista. Cuando se levantaba a recoger un plato, se agachaba de más y él podía ver el culo desnudo, las nalgas firmes, el coño hinchado y todavía brillante entre sus muslos. Krishna lo notó. Notó la forma en que la mandíbula de él se tensaba. Notó la erección que se le marcaba claramente bajo los pantalones deportivos. Sonrió para sí misma y siguió creando situaciones: se estiraba, se agachaba, dejaba que la camisa se abriera un poco más.
Hablaron poco. Comentarios de doble sentido que ninguno de los dos se atrevió a llevar más lejos. Al final de la cena, cuando ella se levantó para irse a su habitación, se acercó a él. Se inclinó como si fuera a darle un beso en la mejilla… y en su lugar rozó los labios muy cerca de los suyos. El brazo de él, al moverse, rozó el pecho de ella a través de la tela fina. Ella se quedó un segundo más de la cuenta y le susurró al oído, tan cerca que él sintió el aliento caliente:
—Descansa… porque en la madrugada tal vez no puedas hacerlo.
Luego subió las escaleras sin mirar atrás.
Él se quedó sentado en la cocina durante mucho rato, con la verga dura y dolorida dentro de los pantalones, repitiéndose que no podía. Que no debía. Que su esposa regresaría en unos días y que si algo pasaba, no habría marcha atrás.
Al final se fue a la cama. Se acostó de lado, de espaldas a la puerta. Tardó en dormirse. La imagen del sofá no se le iba de la cabeza: el culo de Krishna en alto, el hilo negro perdido entre las nalgas, los labios hinchados y brillantes. Cuando por fin cerró los ojos, el cansancio pudo con él.
En la madrugada, medio dormido, sintió el colchón hundirse detrás de él. Alguien se metió bajo las sábanas. Un cuerpo cálido, suave, desnudo. Instintivamente la abrazó por detrás, de cucharita. Empujó la erección —que ya estaba dura otra vez— contra el culo que tenía delante. Se restregó despacio, medio inconsciente, creyendo que era su esposa. El culo se movió contra él. Suave. Invitante. Él apretó más fuerte el brazo alrededor de la cintura y siguió restregándose, disfrutando del calor y de la suavidad.
Luego sintió una mano. Pequeña. Delicada. Bajando por su abdomen. Abriendo el elástico de los boxers. Sacando su verga. Y después… una boca.
Caliente. Húmeda. Experta.
La lengua le dio una larga lamida desde las bolas hasta la cabeza. Luego los labios se cerraron alrededor de la punta y bajaron despacio, tomándolo centímetro a centímetro hasta que la cabeza empujó contra la garganta. Él gimió bajo, todavía sin abrir los ojos, y agarró el pelo de quien lo chupaba. Empujó hacia abajo. Forzó la garganta profunda. Sacó un sonido ahogado, una arcada. Volvió a empujar. Más profundo. Más lento. La saliva le escurrió por las bolas. El sonido húmedo y obsceno llenó la habitación oscura.
Hasta que escuchó la voz.
Baja. Ronca. Llena de deseo.
—Me encanta cómo tu pene llena toda mi garganta…
Krishna.
Él abrió los ojos de golpe. La mano todavía enredada en el pelo de ella. La verga todavía enterrada hasta la base en su boca. La vio a la luz tenue que entraba por la ventana: arrodillada entre sus piernas, completamente desnuda, los labios hinchados y brillantes de saliva, mirándolo con esos ojos oscuros llenos de hambre.
—Krishna… —dijo, la voz ronca, casi un gruñido—. Si tu madre se entera de esto nos mata a los dos.
Ella soltó la verga con un sonido húmedo. Se pasó la lengua por los labios. Sonrió.
—Ella no tiene necesidad de enterarse de lo que pase, pasó o vaya a pasar en esta cama.
Se subió encima de él. Se acomodó a horcajadas. Lo besó. No fue un beso suave. Fue un beso de cuatro años de deseo acumulado: lengua, dientes, saliva, hambre. Mientras lo besaba, bajó una mano entre los dos, agarró la verga gruesa y la guió hasta su entrada. Se frotó la cabeza gruesa entre los labios hinchados, empapándola con su humedad. Luego bajó.
Despacio.
Centímetro a centímetro.
La cabeza ancha abrió sus labios. Ella jadeó contra su boca. Bajó más. El grosor la estiró. La llenó. Cuando por fin lo tuvo completo dentro, se quedó quieta un segundo, temblando, con la frente apoyada contra la de él.
—Llevo años soñando con esto… —susurró—. Con esta verga. Con que fueras tú.
Empezó a moverse.
Primero lento. Levantándose casi hasta sacársela y volviendo a bajar, sintiendo cada vena, cada centímetro. Luego más rápido. El sonido húmedo de su coño tragándoselo llenó la habitación. Las tetas le rebotaban. Él le agarró la cintura con las dos manos, los dedos hundidos en la carne suave, y empezó a empujar hacia arriba cada vez que ella bajaba, golpeándole el fondo.
Krishna gimió. Fuerte. Sin cuidarse. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el pecho de él, y se movió más rápido, más bruto, follándoselo con todo el deseo que había guardado durante cuatro años. El clítoris le rozaba la base de la verga cada vez que bajaba. Estaba tan mojada que se escuchaba el chapoteo. Él la miraba desde abajo: la cara contraída de placer, los labios entreabiertos, las tetas balanceándose, el coño hinchado tragándose su verga una y otra vez.
—Más duro —pidió ella, casi sin aliento—. Fóllame como te follabas a mi mamá por las noches… pero más duro.
Él gruñó. La giró de un movimiento, la puso de espaldas sin sacársela y empezó a embestirla de verdad. Profundo. Fuerte. El sonido de la piel contra la piel resonó en la habitación. Krishna abrió las piernas más, le clavó las uñas en la espalda y gimió contra su oído:
—Así… así… lléname… quiero sentirte días…
Él la folló sin piedad. Le mordió el cuello. Le agarró una teta y le apretó el pezón. Ella se corrió primero, temblando, apretándolo con fuerza, mojándolo todavía más. Él no se detuvo. Siguió embistiéndola a través del orgasmo, más rápido, más profundo, hasta que sintió que se acercaba.
—Adentro… —susurró ella, casi pidiendo—. Córrete adentro. Quiero sentirlo.
Él gruñó su nombre y se vino profundo, empujando hasta el fondo, llenándola con chorros calientes mientras ella se aferraba a él y gemía su nombre una y otra vez.
Cuando por fin se detuvo, se quedó encima de ella, todavía dentro, respirando agitado. Krishna le acarició el pelo húmedo de sudor y le susurró contra el oído, con una sonrisa lenta y satisfecha:
—Esto… solo acaba de empezar.

Krishna y su Padrastro.

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