Los cuatro días a solas se transformaron en una maraton continua de sexo donde la casa entera fue nuestro territorio. El pudor se pudrió por completo desde el primer día. El baño, envuelto en nubes de vapor denso, fue nuestro primer templo. Bajo el chorro ardiente de la ducha, el agua retumbaba contra el piso mientras Camilo me acorralaba contra los azulejos húmedos. Chlap, chlap, chlap, sonaba su piel contra la mía mientras me pegaba a la pared


. Se arrodilló sin dudar sobre las baldosas mojadas, me abrió las piernas de par en par y me hundió la cara en la entrepierna. El sonido húmedo de su lengua devorándome la vagina y luego el culo —un slurp, slurp rítmico y hambriento— me hizo perder el aliento. Yo me agarraba de los tubos de la grifería, soltando gemidos agudos (—¡Ahhh, Camilo, sí, cómeme toda!—) mientras sentía cómo me absorbía con devoción. Instantes después, me arrodillé yo, tomándole su pene con las dos manos para tragármela entera; el chorro de agua nos caía en la cabeza mientras mi garganta se amoldaba a su grosor con chasquidos húmedos (glug, glug) que lo hacían jadear de placer.

Pero la última noche, antes de que mis papás regresaran al día siguiente, el morbo concentrado estalló en su habitación. La puerta estaba atrancada y la luz roja y tenue de la lámpara envolvía la sábana sudada.
Empezamos en el colchón entregándonos a la boca del otro.

Me acomodé sobre su vientre con devoción absoluta, tomándolo por la base y tragándome cada centímetro de su pene. Mis labios hacían un sonido constante de succión (suck, suck, mmmh) mientras él me clavaba las manos en el cabello, dictando el empuje contra mi garganta.



Luego me volteó bruscamente, abrió mis muslos de par en par y me devoró de nuevo. Su lengua hurgaba entre mis labios húmedos y descendía lentamente hacia mi ano, sacándome gemidos desbocados (—¡Ayyy, Dios mío, me vas a volver loca!—), hasta dejarme temblando sobre las sábanas.


Sin darme respiro, me acomodó de espaldas y se posicionó en un misionero feroz, alineándose con mi entrada y hundiéndose de un solo viaje hasta el fondo.
¡PLAK, PLAK, PLAK!

El choque violento de sus caderas contra mis nalgas sonaba durísimo en la habitación, acompañado por el chasquido de nuestros fluidos (schlok, schlok).
Camilo: —¡Mírame, carajo! ¡Mírame cómo te abro toda! —me gruñó con la voz ronca, embistiéndome con una fuerza salvaje que me hacía rebotar en la cama.
En el pico más alto del ritmo, el celular de Camilo comenzó a vibrar y sonar sobre la mesa de noche con un zumbido molesto. La pantalla iluminó la penumbra mostrando en letras grandes el nombre de su novia. Nos congelamos un segundo sin detener el contacto.
Yo: —Camilo... ahhh... es tu novia... te está llamando —le dije con la respiración entrecortada, mirándolo fijamente con una sonrisa maliciosa de pura victoria.
Camilo ni siquiera volteó la cara hacia la pantalla. Con la mirada inyectada en deseo y la garganta soltando jadeos pesados, estiró el brazo a ciegas y le dio un manotazo brutal al teléfono, apagando la pantalla y tirándolo al piso.
Camilo: —¡Que se joda esa perra! A mí la única que me vuelve loco eres tú, mi hermana.
Ese desprecio absoluto por la novia me prendió fuego en las entrañas. Me giró bruscamente de lado para ponernos en posición de cucharita. Desde atrás, me levantó la pierna izquierda bien arriba y me penetró de un solo embate profundo.
¡Fshhh, plak, plak, plak!

El ángulo era perfecto: su miembro me rozaba el punto más sensible por dentro a cada estocada. Mientras una de sus manos me estrujaba un pecho con violencia, la otra bajaba a mi clítoris, sobándome en círculos mientras me embestía a toda velocidad. Mis gemidos ya no eran disimulados; eran gritos ahogados contra la almohada (—¡Síii, métemela toda, no pares, dale más duro!—).
Para rematar el frenesí, me giró de nuevo y pasó a un misionero invertido, inclinando su pecho pesado sobre el mío y clavando sus rodillas en la cama para ganar potencia. Sus embestidas ya no eran ritmo, eran golpes secos y desesperados.
¡PLAK! ¡PLAK! ¡PLAK!

El sonido de la carne chocando, sus gruñidos guturales (—Ufff, estás hirviendo, me voy a venir, me voy a venir ya—) y el rocío de nuestro sudor llenaban el ambiente.
Yo: —¡Lléname toda, Camilo! ¡Venate adentro mío, que sea todo tuyo! —le grité en el oído, apretando mis piernas con fuerza extrema alrededor de su cintura.
Camilo soltó un rugido salvaje que le retumbó en el pecho. Se hundió hasta el tope absoluto, clavando sus dedos en mi cadera, y sentí el momento exacto en que su pene dio tres latidos violentos y empezó a disparar chorros de semen hirviendo en lo más profundo de mi matriz.
¡Mmmgh! ¡Aaargh!

El placer fue tan brutal que mi vagina se contrajo en espasmos violentos, exprimiéndole cada gota de su venida. Los dos quedamos temblando, fusionados en un solo cuerpo, escuchando el eco de nuestros jadeos en la oscuridad.
Nos quedamos inmóviles durante largos minutos, pegados por el sudor y el semen. Camilo me besó el cuello con ternura y posesión, mientras un hilo espeso y caliente de su venida empezaba a escurrirse despacio entre mis piernas sobre la sábana.
Camilo: —Mañana llegan mis papás... pero esto apenas empieza. Ahora eres mía.
Yo sonreí con la cara escondida en su pecho, sabiendo que el morbo y el secreto nos habían encadenado para siempre.


. Se arrodilló sin dudar sobre las baldosas mojadas, me abrió las piernas de par en par y me hundió la cara en la entrepierna. El sonido húmedo de su lengua devorándome la vagina y luego el culo —un slurp, slurp rítmico y hambriento— me hizo perder el aliento. Yo me agarraba de los tubos de la grifería, soltando gemidos agudos (—¡Ahhh, Camilo, sí, cómeme toda!—) mientras sentía cómo me absorbía con devoción. Instantes después, me arrodillé yo, tomándole su pene con las dos manos para tragármela entera; el chorro de agua nos caía en la cabeza mientras mi garganta se amoldaba a su grosor con chasquidos húmedos (glug, glug) que lo hacían jadear de placer.

Pero la última noche, antes de que mis papás regresaran al día siguiente, el morbo concentrado estalló en su habitación. La puerta estaba atrancada y la luz roja y tenue de la lámpara envolvía la sábana sudada.
Empezamos en el colchón entregándonos a la boca del otro.

Me acomodé sobre su vientre con devoción absoluta, tomándolo por la base y tragándome cada centímetro de su pene. Mis labios hacían un sonido constante de succión (suck, suck, mmmh) mientras él me clavaba las manos en el cabello, dictando el empuje contra mi garganta.



Luego me volteó bruscamente, abrió mis muslos de par en par y me devoró de nuevo. Su lengua hurgaba entre mis labios húmedos y descendía lentamente hacia mi ano, sacándome gemidos desbocados (—¡Ayyy, Dios mío, me vas a volver loca!—), hasta dejarme temblando sobre las sábanas.


Sin darme respiro, me acomodó de espaldas y se posicionó en un misionero feroz, alineándose con mi entrada y hundiéndose de un solo viaje hasta el fondo.
¡PLAK, PLAK, PLAK!

El choque violento de sus caderas contra mis nalgas sonaba durísimo en la habitación, acompañado por el chasquido de nuestros fluidos (schlok, schlok).
Camilo: —¡Mírame, carajo! ¡Mírame cómo te abro toda! —me gruñó con la voz ronca, embistiéndome con una fuerza salvaje que me hacía rebotar en la cama.
En el pico más alto del ritmo, el celular de Camilo comenzó a vibrar y sonar sobre la mesa de noche con un zumbido molesto. La pantalla iluminó la penumbra mostrando en letras grandes el nombre de su novia. Nos congelamos un segundo sin detener el contacto.
Yo: —Camilo... ahhh... es tu novia... te está llamando —le dije con la respiración entrecortada, mirándolo fijamente con una sonrisa maliciosa de pura victoria.
Camilo ni siquiera volteó la cara hacia la pantalla. Con la mirada inyectada en deseo y la garganta soltando jadeos pesados, estiró el brazo a ciegas y le dio un manotazo brutal al teléfono, apagando la pantalla y tirándolo al piso.
Camilo: —¡Que se joda esa perra! A mí la única que me vuelve loco eres tú, mi hermana.
Ese desprecio absoluto por la novia me prendió fuego en las entrañas. Me giró bruscamente de lado para ponernos en posición de cucharita. Desde atrás, me levantó la pierna izquierda bien arriba y me penetró de un solo embate profundo.
¡Fshhh, plak, plak, plak!

El ángulo era perfecto: su miembro me rozaba el punto más sensible por dentro a cada estocada. Mientras una de sus manos me estrujaba un pecho con violencia, la otra bajaba a mi clítoris, sobándome en círculos mientras me embestía a toda velocidad. Mis gemidos ya no eran disimulados; eran gritos ahogados contra la almohada (—¡Síii, métemela toda, no pares, dale más duro!—).
Para rematar el frenesí, me giró de nuevo y pasó a un misionero invertido, inclinando su pecho pesado sobre el mío y clavando sus rodillas en la cama para ganar potencia. Sus embestidas ya no eran ritmo, eran golpes secos y desesperados.
¡PLAK! ¡PLAK! ¡PLAK!

El sonido de la carne chocando, sus gruñidos guturales (—Ufff, estás hirviendo, me voy a venir, me voy a venir ya—) y el rocío de nuestro sudor llenaban el ambiente.
Yo: —¡Lléname toda, Camilo! ¡Venate adentro mío, que sea todo tuyo! —le grité en el oído, apretando mis piernas con fuerza extrema alrededor de su cintura.
Camilo soltó un rugido salvaje que le retumbó en el pecho. Se hundió hasta el tope absoluto, clavando sus dedos en mi cadera, y sentí el momento exacto en que su pene dio tres latidos violentos y empezó a disparar chorros de semen hirviendo en lo más profundo de mi matriz.
¡Mmmgh! ¡Aaargh!

El placer fue tan brutal que mi vagina se contrajo en espasmos violentos, exprimiéndole cada gota de su venida. Los dos quedamos temblando, fusionados en un solo cuerpo, escuchando el eco de nuestros jadeos en la oscuridad.
Nos quedamos inmóviles durante largos minutos, pegados por el sudor y el semen. Camilo me besó el cuello con ternura y posesión, mientras un hilo espeso y caliente de su venida empezaba a escurrirse despacio entre mis piernas sobre la sábana.
Camilo: —Mañana llegan mis papás... pero esto apenas empieza. Ahora eres mía.
Yo sonreí con la cara escondida en su pecho, sabiendo que el morbo y el secreto nos habían encadenado para siempre.
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