Este relato me ha quedado bastante largo así que decidí subirlo en dos partes; espero que disfruten esta parte más tranquila y narrativa, la siguiente va a ser un desenfreno sexual. Que disfruten!!
La lluvia no paraba. Llevaba más de una hora cayendo con fuerza contra las ventanas del departamento y el pronóstico decía que iba a seguir hasta la madrugada. Lo que iba a ser una juntada corta de viernes se había convertido en una noche larga.
Estábamos los seis en el living. Yo en el sillón grande, con Ari recostada contra mi pecho. A su izquierda, Sofía y Martín compartían una manta. En el piso, Diego y Nico terminaban de abrir la segunda botella de Fernet.
—Che, Luis… —dijo Nico, ya con la lengua un poco trabada—. Si sigue así el temporal no nos vamos más.
—Quedan ustedes —respondí, dándole un sorbo a mi vaso—. Total, el sillón cama está libre y las colchonetas en el placard.
Ari se rio y se acomodó mejor contra mí. Olía a su perfume dulce mezclado con el alcohol. Llevaba un top negro corto y un jean pitillo que le marcaba el culo de una forma que yo sabía que los demás estaban mirando. No era la primera vez que lo notaba. Diego especialmente le clavaba los ojos cada vez que ella se levantaba a servir más hielo.
La conversación fue derivando, como siempre, hacia temas cada vez más subidos de tono. Bromas, anécdotas de jodas pasadas, quién se había comido a quién en el último año. Sofía, que normalmente era la más tranquila, ya se reía de todo y le daba codazos a Martín.
Fue Diego el que tiró la idea.
—Che, ¿y si jugamos a algo? Pero algo piola, no la misma mierda de siempre.
—¿Qué proponés? —preguntó Ari, girando la cabeza hacia él con esa sonrisa fácil que tenía.
Diego se encogió de hombros.
—Cadena de deseos. Alguien tira un deseo, se lo dice al de al lado, y ese tiene que cumplirlo o subirlo de nivel con otra persona. Si te negás, tomás y el deseo pasa obligatorio al siguiente. Empieza suave… y vemos hasta dónde llega.
Hubo un silencio corto. Sofía miró a Martín. Nico ya estaba sonriendo como idiota. Ari se mordió el labio inferior, pensativa, y después miró hacia arriba, buscándome la cara.
—¿Qué decís? —me preguntó en voz baja.
Sentí un calor raro en el estómago. Parte de mí quería decir que no. Otra parte, más oscura, quería ver hasta dónde era capaz de llegar ella.
—Dale —contesté—. Pero si alguien se incomoda, paramos.
—Obvio —dijo Diego, levantando las manos—. Consentimiento total.
Empezó Sofía, casi como para no ponerse nerviosa. Se inclinó hacia Martín y le susurró algo al oído. Él se rio, la miró un segundo y después se acercó a Nico.
—Que le dé un beso en el cuello a Ari. De esos lentos.
Ari abrió los ojos un poco más de lo normal, pero no se corrió. Nico se levantó del piso, se arrodilló al lado del sillón y, con una sonrisa de lado, le apartó el pelo del hombro. Le plantó los labios justo debajo de la oreja y dejó que la boca se deslizara despacio hacia abajo, hasta casi llegar a la clavícula. Ari cerró los ojos un segundo. Su mano, que estaba sobre mi pierna, se apretó un poco.
Cuando Nico se separó, ella soltó una risa nerviosa.
—Estuvo… intenso para ser el primero.
—Tu turno —le dijo Diego, mirándola fijo.
Ari se quedó callada unos segundos, mirando al grupo. Después se inclinó hacia mí y me susurró al oído, lo suficientemente alto como para que los demás escucharan:
—Que Diego me bese en la boca. Pero de verdad. Con lengua.
El silencio que siguió fue distinto. Más denso. Diego se levantó sin decir nada, se acercó al sillón y se inclinó sobre ella. Ari levantó la cara. El beso no fue corto. Fue profundo, húmedo, y duró lo suficiente como para que yo viera cómo la lengua de Diego entraba en su boca y cómo ella le respondía, aunque al principio hubiera tenido esa pequeña duda en los ojos.
Cuando se separaron, Ari tenía las mejillas coloradas y la respiración un poco agitada. Me miró de reojo, como buscando mi reacción. Yo solo le acaricié el muslo por encima del jean y le di un pequeño apretón.
—Seguimos —dije, con la voz más ronca de lo que esperaba.
Diego se sentó de nuevo, pero esta vez más cerca. Me miró a los ojos un segundo y sonrió, como si ya supiera hacia dónde iba a terminar la noche.
La lluvia seguía golpeando los vidrios. Adentro, el aire se había vuelto más pesado.
Y recién estábamos empezando.
El siguiente deseo fue de Diego.
Se inclinó hacia Sofía y le susurró algo al oído. Ella abrió los ojos, miró a Martín y después soltó una risa corta, nerviosa.
—Que Ari le saque la remera a Nico… y le bese el pecho.
Ari se quedó quieta un segundo. Sentí cómo su espalda se tensaba contra mi pecho.
—Che… —empezó a decir, con esa media sonrisa que ponía cuando no estaba del todo segura—. ¿No estamos yendo un poco rápido?
Diego la miró sin apuro.
—Podés pasar. Tomás y el deseo se vuelve obligatorio para el siguiente.
Ella dudó. Miró hacia mí, buscándome la aprobación o tal vez una excusa para frenar. Yo le acaricié la cintura por debajo del top, despacio, y le hablé bajo, solo para ella:
—Si no querés, paramos. Pero si querés… yo estoy acá.
Ari se mordió el labio. Después soltó el aire y se levantó del sillón.
—Bueno… pero que sea corto.
Nico ya se estaba sacando la remera antes de que ella llegara. Ari se arrodilló frente a él, le pasó las manos por el abdomen y subió hasta el pecho. Le dio un beso cerca del pezón, después otro más lento, dejando que los labios se quedaran un segundo de más. Nico soltó un sonido bajo. Cuando Ari se separó, tenía las mejillas más rojas que antes.
—Listo —dijo, volviendo a sentarse entre mis piernas.
Pero el aire ya había cambiado.
Martín fue el siguiente. Se acercó a Sofía, le susurró, y ella se rio con la cara tapada. Después miró a Ari.
—Que Ari se siente en las piernas de Diego… y que él le pueda tocar las piernas y el culo por encima de la ropa durante un minuto. Sin que ella se corra.
Ari abrió la boca, sorprendida, pero no dijo que no. Se levantó otra vez, caminó hasta donde estaba Diego y se sentó a horcajadas sobre sus muslos, de frente a él. Diego le puso las manos en las caderas de inmediato. Yo lo vi todo desde el sillón: cómo sus dedos apretaban la tela del jean, cómo subían despacio hasta agarrarle el culo con las dos manos y cómo Ari, después de unos segundos de rigidez, dejaba que la moviera un poco sobre él.
El minuto se hizo eterno. Diego no se limitó a tocar. Le hablaba bajo, tan cerca de la boca que casi se rozaban. Ari tenía los ojos entrecerrados. Cuando el tiempo terminó, ella se levantó con las piernas un poco temblorosas y volvió conmigo. Se sentó de lado, escondiendo la cara en mi cuello.
—Está fuerte esto… —susurró.
—Sí —le contesté, pasándole la mano por la espalda—. ¿Querés que paremos?
Ella negó con la cabeza, todavía sin mirarme.
—No… solo… no pensé que me iba a poner así.
El juego siguió. Los deseos se volvieron más directos. Sofía tuvo que besarme en la boca mientras Martín la miraba. Nico le sacó el top a Ari (ella levantó los brazos después de dudar tres segundos) y le chupó un pezón por encima de la bombacha del corpiño. Yo estaba duro como una piedra. Cada vez que alguien tocaba a Ari, sentía una mezcla de rabia y una excitación sucia que me subía por la garganta.
En un momento, Diego tiró el deseo más pesado hasta ahora.
Se inclinó hacia Ari y le habló al oído, pero lo suficientemente alto:
—Que te arrodilles delante de mí y me la chupes por treinta segundos. Con Luis mirándote.
El living se quedó en silencio. Solo se escuchaba la lluvia.
Ari se giró hacia mí. Tenía los labios entreabiertos y los ojos brillantes de alcohol y algo más.
—Luis… —dijo bajito.
Yo le agarré la cara con las dos manos y le hablé claro, sin esconder lo que me estaba pasando:
—Hacelo. Quiero verte.
Ella respiró hondo, se bajó del sillón y se arrodilló entre las piernas de Diego. Él ya se estaba abriendo el pantalón. Sacó una polla gruesa, semidura, y la apoyó contra la boca de Ari. Ella la miró un segundo, después me buscó con los ojos una última vez… y abrió la boca.
La escena me golpeó en el pecho. Mi novia, de rodillas, con los labios estirados alrededor de la verga de mi amigo, subiendo y bajando la cabeza mientras él le agarraba el pelo. El sonido húmedo de la saliva. Los treinta segundos se sintieron como cinco minutos. Cuando Diego la soltó, un hilo de baba le unía la boca a la punta de su pija.
Ari se limpió con el dorso de la mano y volvió conmigo. Se sentó en mi regazo, todavía agitada, y me besó. Su boca sabía a otro hombre.
—Seguimos —susurró contra mis labios.
Yo le apreté el culo con las dos manos y asentí.
La noche todavía no había llegado a lo peor.
O a lo mejor.

La lluvia no paraba. Llevaba más de una hora cayendo con fuerza contra las ventanas del departamento y el pronóstico decía que iba a seguir hasta la madrugada. Lo que iba a ser una juntada corta de viernes se había convertido en una noche larga.
Estábamos los seis en el living. Yo en el sillón grande, con Ari recostada contra mi pecho. A su izquierda, Sofía y Martín compartían una manta. En el piso, Diego y Nico terminaban de abrir la segunda botella de Fernet.
—Che, Luis… —dijo Nico, ya con la lengua un poco trabada—. Si sigue así el temporal no nos vamos más.
—Quedan ustedes —respondí, dándole un sorbo a mi vaso—. Total, el sillón cama está libre y las colchonetas en el placard.
Ari se rio y se acomodó mejor contra mí. Olía a su perfume dulce mezclado con el alcohol. Llevaba un top negro corto y un jean pitillo que le marcaba el culo de una forma que yo sabía que los demás estaban mirando. No era la primera vez que lo notaba. Diego especialmente le clavaba los ojos cada vez que ella se levantaba a servir más hielo.
La conversación fue derivando, como siempre, hacia temas cada vez más subidos de tono. Bromas, anécdotas de jodas pasadas, quién se había comido a quién en el último año. Sofía, que normalmente era la más tranquila, ya se reía de todo y le daba codazos a Martín.
Fue Diego el que tiró la idea.
—Che, ¿y si jugamos a algo? Pero algo piola, no la misma mierda de siempre.
—¿Qué proponés? —preguntó Ari, girando la cabeza hacia él con esa sonrisa fácil que tenía.
Diego se encogió de hombros.
—Cadena de deseos. Alguien tira un deseo, se lo dice al de al lado, y ese tiene que cumplirlo o subirlo de nivel con otra persona. Si te negás, tomás y el deseo pasa obligatorio al siguiente. Empieza suave… y vemos hasta dónde llega.
Hubo un silencio corto. Sofía miró a Martín. Nico ya estaba sonriendo como idiota. Ari se mordió el labio inferior, pensativa, y después miró hacia arriba, buscándome la cara.
—¿Qué decís? —me preguntó en voz baja.
Sentí un calor raro en el estómago. Parte de mí quería decir que no. Otra parte, más oscura, quería ver hasta dónde era capaz de llegar ella.
—Dale —contesté—. Pero si alguien se incomoda, paramos.
—Obvio —dijo Diego, levantando las manos—. Consentimiento total.
Empezó Sofía, casi como para no ponerse nerviosa. Se inclinó hacia Martín y le susurró algo al oído. Él se rio, la miró un segundo y después se acercó a Nico.
—Que le dé un beso en el cuello a Ari. De esos lentos.
Ari abrió los ojos un poco más de lo normal, pero no se corrió. Nico se levantó del piso, se arrodilló al lado del sillón y, con una sonrisa de lado, le apartó el pelo del hombro. Le plantó los labios justo debajo de la oreja y dejó que la boca se deslizara despacio hacia abajo, hasta casi llegar a la clavícula. Ari cerró los ojos un segundo. Su mano, que estaba sobre mi pierna, se apretó un poco.
Cuando Nico se separó, ella soltó una risa nerviosa.
—Estuvo… intenso para ser el primero.
—Tu turno —le dijo Diego, mirándola fijo.
Ari se quedó callada unos segundos, mirando al grupo. Después se inclinó hacia mí y me susurró al oído, lo suficientemente alto como para que los demás escucharan:
—Que Diego me bese en la boca. Pero de verdad. Con lengua.
El silencio que siguió fue distinto. Más denso. Diego se levantó sin decir nada, se acercó al sillón y se inclinó sobre ella. Ari levantó la cara. El beso no fue corto. Fue profundo, húmedo, y duró lo suficiente como para que yo viera cómo la lengua de Diego entraba en su boca y cómo ella le respondía, aunque al principio hubiera tenido esa pequeña duda en los ojos.
Cuando se separaron, Ari tenía las mejillas coloradas y la respiración un poco agitada. Me miró de reojo, como buscando mi reacción. Yo solo le acaricié el muslo por encima del jean y le di un pequeño apretón.
—Seguimos —dije, con la voz más ronca de lo que esperaba.
Diego se sentó de nuevo, pero esta vez más cerca. Me miró a los ojos un segundo y sonrió, como si ya supiera hacia dónde iba a terminar la noche.
La lluvia seguía golpeando los vidrios. Adentro, el aire se había vuelto más pesado.
Y recién estábamos empezando.
El siguiente deseo fue de Diego.
Se inclinó hacia Sofía y le susurró algo al oído. Ella abrió los ojos, miró a Martín y después soltó una risa corta, nerviosa.
—Que Ari le saque la remera a Nico… y le bese el pecho.
Ari se quedó quieta un segundo. Sentí cómo su espalda se tensaba contra mi pecho.
—Che… —empezó a decir, con esa media sonrisa que ponía cuando no estaba del todo segura—. ¿No estamos yendo un poco rápido?
Diego la miró sin apuro.
—Podés pasar. Tomás y el deseo se vuelve obligatorio para el siguiente.
Ella dudó. Miró hacia mí, buscándome la aprobación o tal vez una excusa para frenar. Yo le acaricié la cintura por debajo del top, despacio, y le hablé bajo, solo para ella:
—Si no querés, paramos. Pero si querés… yo estoy acá.
Ari se mordió el labio. Después soltó el aire y se levantó del sillón.
—Bueno… pero que sea corto.
Nico ya se estaba sacando la remera antes de que ella llegara. Ari se arrodilló frente a él, le pasó las manos por el abdomen y subió hasta el pecho. Le dio un beso cerca del pezón, después otro más lento, dejando que los labios se quedaran un segundo de más. Nico soltó un sonido bajo. Cuando Ari se separó, tenía las mejillas más rojas que antes.
—Listo —dijo, volviendo a sentarse entre mis piernas.
Pero el aire ya había cambiado.
Martín fue el siguiente. Se acercó a Sofía, le susurró, y ella se rio con la cara tapada. Después miró a Ari.
—Que Ari se siente en las piernas de Diego… y que él le pueda tocar las piernas y el culo por encima de la ropa durante un minuto. Sin que ella se corra.
Ari abrió la boca, sorprendida, pero no dijo que no. Se levantó otra vez, caminó hasta donde estaba Diego y se sentó a horcajadas sobre sus muslos, de frente a él. Diego le puso las manos en las caderas de inmediato. Yo lo vi todo desde el sillón: cómo sus dedos apretaban la tela del jean, cómo subían despacio hasta agarrarle el culo con las dos manos y cómo Ari, después de unos segundos de rigidez, dejaba que la moviera un poco sobre él.
El minuto se hizo eterno. Diego no se limitó a tocar. Le hablaba bajo, tan cerca de la boca que casi se rozaban. Ari tenía los ojos entrecerrados. Cuando el tiempo terminó, ella se levantó con las piernas un poco temblorosas y volvió conmigo. Se sentó de lado, escondiendo la cara en mi cuello.
—Está fuerte esto… —susurró.
—Sí —le contesté, pasándole la mano por la espalda—. ¿Querés que paremos?
Ella negó con la cabeza, todavía sin mirarme.
—No… solo… no pensé que me iba a poner así.
El juego siguió. Los deseos se volvieron más directos. Sofía tuvo que besarme en la boca mientras Martín la miraba. Nico le sacó el top a Ari (ella levantó los brazos después de dudar tres segundos) y le chupó un pezón por encima de la bombacha del corpiño. Yo estaba duro como una piedra. Cada vez que alguien tocaba a Ari, sentía una mezcla de rabia y una excitación sucia que me subía por la garganta.
En un momento, Diego tiró el deseo más pesado hasta ahora.
Se inclinó hacia Ari y le habló al oído, pero lo suficientemente alto:
—Que te arrodilles delante de mí y me la chupes por treinta segundos. Con Luis mirándote.
El living se quedó en silencio. Solo se escuchaba la lluvia.
Ari se giró hacia mí. Tenía los labios entreabiertos y los ojos brillantes de alcohol y algo más.
—Luis… —dijo bajito.
Yo le agarré la cara con las dos manos y le hablé claro, sin esconder lo que me estaba pasando:
—Hacelo. Quiero verte.
Ella respiró hondo, se bajó del sillón y se arrodilló entre las piernas de Diego. Él ya se estaba abriendo el pantalón. Sacó una polla gruesa, semidura, y la apoyó contra la boca de Ari. Ella la miró un segundo, después me buscó con los ojos una última vez… y abrió la boca.
La escena me golpeó en el pecho. Mi novia, de rodillas, con los labios estirados alrededor de la verga de mi amigo, subiendo y bajando la cabeza mientras él le agarraba el pelo. El sonido húmedo de la saliva. Los treinta segundos se sintieron como cinco minutos. Cuando Diego la soltó, un hilo de baba le unía la boca a la punta de su pija.
Ari se limpió con el dorso de la mano y volvió conmigo. Se sentó en mi regazo, todavía agitada, y me besó. Su boca sabía a otro hombre.
—Seguimos —susurró contra mis labios.
Yo le apreté el culo con las dos manos y asentí.
La noche todavía no había llegado a lo peor.
O a lo mejor.

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