Estaba arrodillada frente a él, y el poder que sentía era casi mejor que cualquier otra cosa. Verlo temblar, ver cómo sus musculos se tensaban cada vez que mi lengua hacía contacto con la punta, eso me excitaba más de lo que quiero admitir.
Empecé despacio, como me gusta. Soplé sobre la piel sensible, vi cómo se estremecía, y sentí un calor entre mis piernas que no podía ignorar. Cuando por fin di ese primer lamido, circular, alrededor de la corona, él soltó un gemido que me hizo sonreír. Me encanta ese sonido. Me encanta saber que soy yo quien lo está volviendo loco.
Lo fui metiendo poco a poco, sintiendo cómo se llenaba mi boca, cómo mi lengua presionaba contra la parte inferior mientras mi paladar acariciaba la punta. Cerré los labios, creando succión, y comencé a mover la cabeza. Arriba y abajo, estableciendo un ritmo que lo tenía agarrando mis hombros, jadeando, perdiendo el control.
Yo estaba mojada. Dios, estaba tan mojada. Cada vez que bajaba y sentía que rozaba mi garganta, yo gemía alrededor de él, y las vibraciones le hacían contraerse más. Mis manos no paraban: una jugaba con sus huevos, sintiendo cómo se tensaban, acariciándolos con la presión justa, y la otra se agarraba de su muslo, clavando las uñas, marcándolo como mío, al menos en ese momento.
El sonido era obsceno, lo sé. Ese ruido húmedo de mi boca trabajando, mezclado con mis propios gemidos de placer. Porque sí, sentía placer. Sentía cómo mi propio cuerpo respondía, cómo mis caderas se movían solas buscando fricción, cómo mis pezones se endurecían bajo la blusa.
Cuando lo sentí a punto, cuando sus piernas temblaron y sus caderas empezaron a empujar instintivamente hacia mi boca, no retrocedí. Lo miré a los ojos con su verga todavía adentro, vi la súplica en su mirada, y asentí. Quería sentirlo. Quería que acabara en mi boca.
Y explotó. Chorro tras chorro, llenándome la boquita de leche, caliente, salada, abundante. Sentí cada pulsación contra mi lengua, cada descarga llenándome más. Seguí succionando suavemente, sacándolo todo, tragando automáticamente, sintiendo cómo me deslizaba por mi garganta.
Cuando terminó, cuando ya no quedaba nada, abrí la boca deliberadamente. Quería que viera. Quería que viera su propia lechita en mi lengua antes de cerrar los labios y tragármela toda. Sonreí viendo cómo se estremecía de nuevo, demasiado sensible, y esa sonrisa mía fue de pura satisfacción.
Me levanté, me arreglé el pelo, sentí el sabor residual de él en mi boca mientras me dirigía a la puerta. Sabía que en casa me esperaba mi esposo, que nunca sabría que acababa de tragarme toda la leche de otro hombre, que mi boca todavía sabía a eso.
Y mientras manejaba de vuelta, sentada en el asiento del coche, no pude evitar sonreír. Porque sabía que lo volvería a hacer. Porque me encantaba cómo me sentía: poderosa, deseada, llena de su lechita.
Empecé despacio, como me gusta. Soplé sobre la piel sensible, vi cómo se estremecía, y sentí un calor entre mis piernas que no podía ignorar. Cuando por fin di ese primer lamido, circular, alrededor de la corona, él soltó un gemido que me hizo sonreír. Me encanta ese sonido. Me encanta saber que soy yo quien lo está volviendo loco.
Lo fui metiendo poco a poco, sintiendo cómo se llenaba mi boca, cómo mi lengua presionaba contra la parte inferior mientras mi paladar acariciaba la punta. Cerré los labios, creando succión, y comencé a mover la cabeza. Arriba y abajo, estableciendo un ritmo que lo tenía agarrando mis hombros, jadeando, perdiendo el control.
Yo estaba mojada. Dios, estaba tan mojada. Cada vez que bajaba y sentía que rozaba mi garganta, yo gemía alrededor de él, y las vibraciones le hacían contraerse más. Mis manos no paraban: una jugaba con sus huevos, sintiendo cómo se tensaban, acariciándolos con la presión justa, y la otra se agarraba de su muslo, clavando las uñas, marcándolo como mío, al menos en ese momento.
El sonido era obsceno, lo sé. Ese ruido húmedo de mi boca trabajando, mezclado con mis propios gemidos de placer. Porque sí, sentía placer. Sentía cómo mi propio cuerpo respondía, cómo mis caderas se movían solas buscando fricción, cómo mis pezones se endurecían bajo la blusa.
Cuando lo sentí a punto, cuando sus piernas temblaron y sus caderas empezaron a empujar instintivamente hacia mi boca, no retrocedí. Lo miré a los ojos con su verga todavía adentro, vi la súplica en su mirada, y asentí. Quería sentirlo. Quería que acabara en mi boca.
Y explotó. Chorro tras chorro, llenándome la boquita de leche, caliente, salada, abundante. Sentí cada pulsación contra mi lengua, cada descarga llenándome más. Seguí succionando suavemente, sacándolo todo, tragando automáticamente, sintiendo cómo me deslizaba por mi garganta.
Cuando terminó, cuando ya no quedaba nada, abrí la boca deliberadamente. Quería que viera. Quería que viera su propia lechita en mi lengua antes de cerrar los labios y tragármela toda. Sonreí viendo cómo se estremecía de nuevo, demasiado sensible, y esa sonrisa mía fue de pura satisfacción.
Me levanté, me arreglé el pelo, sentí el sabor residual de él en mi boca mientras me dirigía a la puerta. Sabía que en casa me esperaba mi esposo, que nunca sabría que acababa de tragarme toda la leche de otro hombre, que mi boca todavía sabía a eso.
Y mientras manejaba de vuelta, sentada en el asiento del coche, no pude evitar sonreír. Porque sabía que lo volvería a hacer. Porque me encantaba cómo me sentía: poderosa, deseada, llena de su lechita.
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