El ambiente de la casa a la mañana siguiente estaba cargado de una tensión tan gruesa que casi se podía cortar con un cuchillo. Eran las siete de la mañana. Gerardo ya estaba listo para irse a la oficina, y Don Gerardo caminaba de un lado a otro por el pasillo, arrastrando las chancletas con una inquietud evidente. El viejo no aguantó más e interceptó a su hijo cerca de la entrada. Yo me quedé entreabriendo la puerta de la cocina, en silencio, escuchándolo todo.
**Don Gerardo**
—Mire, mijo... yo necesito hablar una cosa con usted en serio antes de que se me vaya a trabajar —dijo el viejo carraspeando, queriendo mantener esa fachada de hombre decente y moral de pueblo—. Dígale a su esposa que deje de andar en esas fachas por la casa, que prácticamente anda como Dios la trajo al mundo... Uno es hombre, la carne es débil y uno a esta edad no responde. Después no quiero que haya problemas.
**Claudia**
Escuchar al viejo tratando de salvar su honra me dio una punzada de morbo terrible. Pero la respuesta de mi esposo fue una joya de descaro absoluto. Gerardo soltó una risita burlona, coqueta y sin un solo miligramo de vergüenza, dándole una palmada suave en el hombro a su papá.
**Gerardo (Hijo)**
—Ay, papi, no me sea tan solapado... —le susurró guiñándole un ojo, rozando el límite del cinismo—. Si usted está como un toro y la nuerita le está dando ganas, no se me aguante. Entre nosotros no hay misterios; si la carne es débil, échese ese gustico que para eso es la familia. Disfrute la estancia en la ciudad, viejo pícaro.
**Claudia**
El viejo se quedó helado, con la boca a medio abrir, procesando el descaro sin límites de su propio hijo. Escuchar a Gerardo regalándome así fue como un disparo de adrenalina. Apenas se cerró la puerta principal, el silencio cayó sobre la sala.
**Claudia**
Don Gerardo se fue a la sala y se sentó en el sofá, fingiendo mirar el periódico pero con la pierna temblándole de la calentura. Era mi turno. Con. Una lencería que no dejaba nada a la imaginación — y fui directamente a buscarlo.

**Claudia**
Caminé despacio, marcando bien el contorneo de las caderas. Me le paré justo enfrente, tapándole la luz de la televisión, me deslicé entre sus piernas y me arrodilló en la alfombra, quedando a la altura de su tiro. Don Gerardo soltó el periódico de golpe, con los ojos brotados y la respiración rasposa.
**Claudia**
—¿Qué pasa, suegrito? ¿Tan pensativo? —le dije mirándolo desde abajo con una sonrisa maliciosa, mientras mis manos le desabrochaban lentamente el cordón del pantalón de sudadera.
**Don Gerardo**
—Claudia... usted me va a volver loco en esta casa —murmuró con la voz ahogada.
**Claudia**
—A ver, mi viejo travieso... dígame la verdad —le susurré, metiendo la mano por debajo del resorte para ir bajándole el pantalón junto con el calzoncillo—. ¿Hace cuánto que la suegrita allá en el pueblo no le atiende este asunto? ¿Cuándo fue la última vez que estuvo con una mujer de verdad?
**Don Gerardo**
—Uff, nuerita... esa vieja allá ya ni se deja tocar. Uno aquí aguantando ganas como un perro.
**Claudia**
—Pobrecito mi suegro... tan desatendido —le dije soltando una risita perra mientras le liberaba la carne al aire.
**Claudia**
Al ver lo que salió de ahí, la respiración se me cortó en seco. El impacto fue brutal. La diferencia de tamaño con la de mi esposo era una aberración: mientras Gerardo era de calibre modesto y sin gracia, el viejo cargaba una masa oscura, venosa, gruesa y pesada que se le ponía de piedra en mis manos. Acerqué la cara y sentí de golpe ese olor concentrado a hombre maduro, a testosterona pura; un aroma fuerte que me reventó las ganas.
**Claudia**
No me aguanté. Pegué la boca a sus testículos pesados, absorbiendo su aroma, llenándome los labios de su piel rugosa. Le chupé las pelotas una por una con devoción, sintiendo el peso de su virilidad mientras el viejo temblaba en el sofá. De ahí pasé a lamerle todo el tallo grueso, saboreando cada vena brotada. Me le fui de cabeza sin asco, tragándome esa monstruosidad hasta la garganta para sentir toda esa masa de carne rellenándome la boca.



**Don Gerardo**
—¡Aaaah, hijueputa, nuerita! —gruñó el viejo echando la cabeza hacia atrás, agarrándome duro del cabello.
**Claudia**
*Slurp, slurp, chasq...* El sonido húmedo y suelto de mi saliva ahogándole el miembro retumbó en la sala. Le pasaba la lengua por la cabeza gruesa, bañándosela en baba, saboreando el gusto a hombre maduro. *Gluc, gluc...* Me lo tragaba hasta donde la garganta me lo permitía, sintiendo la dureza salvaje de sus venas contra mi lengua, sacándole gemidos toscos.
**Claudia**
Le saqué el miembro de la boca con un *chasquido* sonoro, dejándole un hilo de saliva brillando sobre la piel, y lo miré con los ojos nublados de excitación.
**Claudia**
—Venga para el cuarto, suegrito... que en la cama de su hijo le voy a quitar ese encierro que trae de la finca.
**Claudia**
Lo llevé de la mano, chorreando morbo por el pasillo. Entrar a la habitación principal con el viejo desbocado me puso el corazón a mil. Nos dejamos caer sobre la cama matrimonial y de entrada me puso en cuatro sobre el colchón. Me agarró duro de las caderas, alzándome el culo, y *Sssshhllp...* me la encajó por detrás de un solo empujón seco.

**Claudia**
El grito se me ahogó en la almohada. En esa pose, la diferencia de grosor me abrió de una forma violenta; sentí cómo mis paredes vaginales se estiraban al límite absoluto, adaptándose a la fuerza a una anchura a la que jamás había estado acostumbrada. *Plac, plac, plac...* El viejo embestía como un animal desde atrás, nalgueándome con la mano abierta mientras los fluidos sonaban pegajosos: *chac, choc, chac...*
**Claudia**
Quería sentirlo de frente, así que me le giré en un movimiento rápido y me le monté encima. Acomodé su monstruosidad en mi entrada y me dejé caer despacio hasta clavármelo entero. Desde arriba, la vista era una locura: ver a mi suegro echado en nuestra cama de lujo, agarrándome las tetas con sus manos toscas de campo, mientras yo marcaba el ritmo. Pero el viejo no se quedó quieto; me agarró con fuerza de la cintura y empezó a soltarme embestidas bestiales desde abajo hacia arriba, impulsándose con rabia, metiéndomela tan profundo que sentía que me tocaba el alma.

**Don Gerardo**
—¡Eso, nuerita!... ¡Sienta cómo la embiste su viejo, carajo! —me gruñó al oído con la voz rota.
**Claudia**
*Plac, plac, plac, plac...* El choque de su pelvis contra mis nalgas retumbaba en todo el cuarto. En mi cabeza los pensamientos eran puramente oscuros y depravados: sentir la diferencia brutal entre el roce suave de mi esposo y esta bestia de hombre que me estaba abriendo como a una yegua; pensar que Gerardo en la oficina se estaría pajeando solo de imaginarse a su propio padre clavado dentro de mi vagina; saber que este viejo estúpido creía que me estaba dominando por puro machismo, cuando en realidad solo era nuestro semental.

**Claudia**
Esas embestidas salvajes desde abajo, sumadas al morbo de la traición y a la dilatación extrema de su carne, me dispararon un orgasmo violento. La vagina se me apretó como un tornillo alrededor de su grosor, contrayéndose en espasmos salvajes.
**Claudia**
—¡Ay, suegro!... ¡Siga, siga meándose en mí, viejo puto!... ¡Métale todo ese garrote! —le grité descarada, fuera de mí, convulsionando encima de él.
**Claudia**
Ver que me venía lo descontroló del todo. Don Gerardo me agarró más duro, y de un giro rápido quedó encima mío y me dio cuatro embestidas finales, secas, brutales, clavándose hasta el tope donde no había más espacio.

**Claudia**
*¡Aaaarrgh!* Soltó un rugido animal y se congeló debajo de mí. Sentí las pulsaciones violentas de su miembro hinchándose aún más en el fondo de mi canal, e inmediatamente los disparos hirvientes de su leche pegándome directo en el cuello uterino. *Uno, dos, tres, cuatro chorros densos y calientes.* La cantidad y la densidad de su venida eran abismales comparadas con las de mi esposo; sentí una ola de calor inundándome por completo, rellenándome hasta el borde.
**Claudia**
Me quedé abrazada a su pecho, apretando la pelvis contra la suya para no dejar salir ni una sola gota, saboreando el temblor de su cuerpo exhausto.

**Claudia**
El silencio volvió a la habitación, roto solo por las respiraciones agitadas. Sentí el peso del suegro debajo de mí, su olor a sudor pegado a mi piel, y la sensación física de estar completamente abierta, satisfecha y desbordada por dentro. Don Gerardo me dio un beso tosco en el cuello, me dio una palmada en la nalga y se levantó despacio hacia el baño con una sonrisa de victoria en la cara.
**Claudia**
Me quedé echada en la cama, flexionando las piernas hacia el pecho para mantener todo ese caldo caliente adentro. Me pasé la mano por el vientre sonriendo, tomé el celular y le mandé el mensaje a mi esposo:
**Claudia**
*"Mi amor... la carne de su papá fue muy débil. Me dejó chorreando y llena de su leche hasta el fondo. El plan fue un éxito perfecto."*
**Don Gerardo**
—Mire, mijo... yo necesito hablar una cosa con usted en serio antes de que se me vaya a trabajar —dijo el viejo carraspeando, queriendo mantener esa fachada de hombre decente y moral de pueblo—. Dígale a su esposa que deje de andar en esas fachas por la casa, que prácticamente anda como Dios la trajo al mundo... Uno es hombre, la carne es débil y uno a esta edad no responde. Después no quiero que haya problemas.
**Claudia**
Escuchar al viejo tratando de salvar su honra me dio una punzada de morbo terrible. Pero la respuesta de mi esposo fue una joya de descaro absoluto. Gerardo soltó una risita burlona, coqueta y sin un solo miligramo de vergüenza, dándole una palmada suave en el hombro a su papá.
**Gerardo (Hijo)**
—Ay, papi, no me sea tan solapado... —le susurró guiñándole un ojo, rozando el límite del cinismo—. Si usted está como un toro y la nuerita le está dando ganas, no se me aguante. Entre nosotros no hay misterios; si la carne es débil, échese ese gustico que para eso es la familia. Disfrute la estancia en la ciudad, viejo pícaro.
**Claudia**
El viejo se quedó helado, con la boca a medio abrir, procesando el descaro sin límites de su propio hijo. Escuchar a Gerardo regalándome así fue como un disparo de adrenalina. Apenas se cerró la puerta principal, el silencio cayó sobre la sala.
**Claudia**
Don Gerardo se fue a la sala y se sentó en el sofá, fingiendo mirar el periódico pero con la pierna temblándole de la calentura. Era mi turno. Con. Una lencería que no dejaba nada a la imaginación — y fui directamente a buscarlo.

**Claudia**
Caminé despacio, marcando bien el contorneo de las caderas. Me le paré justo enfrente, tapándole la luz de la televisión, me deslicé entre sus piernas y me arrodilló en la alfombra, quedando a la altura de su tiro. Don Gerardo soltó el periódico de golpe, con los ojos brotados y la respiración rasposa.
**Claudia**
—¿Qué pasa, suegrito? ¿Tan pensativo? —le dije mirándolo desde abajo con una sonrisa maliciosa, mientras mis manos le desabrochaban lentamente el cordón del pantalón de sudadera.
**Don Gerardo**
—Claudia... usted me va a volver loco en esta casa —murmuró con la voz ahogada.
**Claudia**
—A ver, mi viejo travieso... dígame la verdad —le susurré, metiendo la mano por debajo del resorte para ir bajándole el pantalón junto con el calzoncillo—. ¿Hace cuánto que la suegrita allá en el pueblo no le atiende este asunto? ¿Cuándo fue la última vez que estuvo con una mujer de verdad?
**Don Gerardo**
—Uff, nuerita... esa vieja allá ya ni se deja tocar. Uno aquí aguantando ganas como un perro.
**Claudia**
—Pobrecito mi suegro... tan desatendido —le dije soltando una risita perra mientras le liberaba la carne al aire.
**Claudia**
Al ver lo que salió de ahí, la respiración se me cortó en seco. El impacto fue brutal. La diferencia de tamaño con la de mi esposo era una aberración: mientras Gerardo era de calibre modesto y sin gracia, el viejo cargaba una masa oscura, venosa, gruesa y pesada que se le ponía de piedra en mis manos. Acerqué la cara y sentí de golpe ese olor concentrado a hombre maduro, a testosterona pura; un aroma fuerte que me reventó las ganas.
**Claudia**
No me aguanté. Pegué la boca a sus testículos pesados, absorbiendo su aroma, llenándome los labios de su piel rugosa. Le chupé las pelotas una por una con devoción, sintiendo el peso de su virilidad mientras el viejo temblaba en el sofá. De ahí pasé a lamerle todo el tallo grueso, saboreando cada vena brotada. Me le fui de cabeza sin asco, tragándome esa monstruosidad hasta la garganta para sentir toda esa masa de carne rellenándome la boca.



**Don Gerardo**
—¡Aaaah, hijueputa, nuerita! —gruñó el viejo echando la cabeza hacia atrás, agarrándome duro del cabello.
**Claudia**
*Slurp, slurp, chasq...* El sonido húmedo y suelto de mi saliva ahogándole el miembro retumbó en la sala. Le pasaba la lengua por la cabeza gruesa, bañándosela en baba, saboreando el gusto a hombre maduro. *Gluc, gluc...* Me lo tragaba hasta donde la garganta me lo permitía, sintiendo la dureza salvaje de sus venas contra mi lengua, sacándole gemidos toscos.
**Claudia**
Le saqué el miembro de la boca con un *chasquido* sonoro, dejándole un hilo de saliva brillando sobre la piel, y lo miré con los ojos nublados de excitación.
**Claudia**
—Venga para el cuarto, suegrito... que en la cama de su hijo le voy a quitar ese encierro que trae de la finca.
**Claudia**
Lo llevé de la mano, chorreando morbo por el pasillo. Entrar a la habitación principal con el viejo desbocado me puso el corazón a mil. Nos dejamos caer sobre la cama matrimonial y de entrada me puso en cuatro sobre el colchón. Me agarró duro de las caderas, alzándome el culo, y *Sssshhllp...* me la encajó por detrás de un solo empujón seco.

**Claudia**
El grito se me ahogó en la almohada. En esa pose, la diferencia de grosor me abrió de una forma violenta; sentí cómo mis paredes vaginales se estiraban al límite absoluto, adaptándose a la fuerza a una anchura a la que jamás había estado acostumbrada. *Plac, plac, plac...* El viejo embestía como un animal desde atrás, nalgueándome con la mano abierta mientras los fluidos sonaban pegajosos: *chac, choc, chac...*
**Claudia**
Quería sentirlo de frente, así que me le giré en un movimiento rápido y me le monté encima. Acomodé su monstruosidad en mi entrada y me dejé caer despacio hasta clavármelo entero. Desde arriba, la vista era una locura: ver a mi suegro echado en nuestra cama de lujo, agarrándome las tetas con sus manos toscas de campo, mientras yo marcaba el ritmo. Pero el viejo no se quedó quieto; me agarró con fuerza de la cintura y empezó a soltarme embestidas bestiales desde abajo hacia arriba, impulsándose con rabia, metiéndomela tan profundo que sentía que me tocaba el alma.

**Don Gerardo**
—¡Eso, nuerita!... ¡Sienta cómo la embiste su viejo, carajo! —me gruñó al oído con la voz rota.
**Claudia**
*Plac, plac, plac, plac...* El choque de su pelvis contra mis nalgas retumbaba en todo el cuarto. En mi cabeza los pensamientos eran puramente oscuros y depravados: sentir la diferencia brutal entre el roce suave de mi esposo y esta bestia de hombre que me estaba abriendo como a una yegua; pensar que Gerardo en la oficina se estaría pajeando solo de imaginarse a su propio padre clavado dentro de mi vagina; saber que este viejo estúpido creía que me estaba dominando por puro machismo, cuando en realidad solo era nuestro semental.

**Claudia**
Esas embestidas salvajes desde abajo, sumadas al morbo de la traición y a la dilatación extrema de su carne, me dispararon un orgasmo violento. La vagina se me apretó como un tornillo alrededor de su grosor, contrayéndose en espasmos salvajes.
**Claudia**
—¡Ay, suegro!... ¡Siga, siga meándose en mí, viejo puto!... ¡Métale todo ese garrote! —le grité descarada, fuera de mí, convulsionando encima de él.
**Claudia**
Ver que me venía lo descontroló del todo. Don Gerardo me agarró más duro, y de un giro rápido quedó encima mío y me dio cuatro embestidas finales, secas, brutales, clavándose hasta el tope donde no había más espacio.

**Claudia**
*¡Aaaarrgh!* Soltó un rugido animal y se congeló debajo de mí. Sentí las pulsaciones violentas de su miembro hinchándose aún más en el fondo de mi canal, e inmediatamente los disparos hirvientes de su leche pegándome directo en el cuello uterino. *Uno, dos, tres, cuatro chorros densos y calientes.* La cantidad y la densidad de su venida eran abismales comparadas con las de mi esposo; sentí una ola de calor inundándome por completo, rellenándome hasta el borde.
**Claudia**
Me quedé abrazada a su pecho, apretando la pelvis contra la suya para no dejar salir ni una sola gota, saboreando el temblor de su cuerpo exhausto.

**Claudia**
El silencio volvió a la habitación, roto solo por las respiraciones agitadas. Sentí el peso del suegro debajo de mí, su olor a sudor pegado a mi piel, y la sensación física de estar completamente abierta, satisfecha y desbordada por dentro. Don Gerardo me dio un beso tosco en el cuello, me dio una palmada en la nalga y se levantó despacio hacia el baño con una sonrisa de victoria en la cara.
**Claudia**
Me quedé echada en la cama, flexionando las piernas hacia el pecho para mantener todo ese caldo caliente adentro. Me pasé la mano por el vientre sonriendo, tomé el celular y le mandé el mensaje a mi esposo:
**Claudia**
*"Mi amor... la carne de su papá fue muy débil. Me dejó chorreando y llena de su leche hasta el fondo. El plan fue un éxito perfecto."*
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