You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

historia medieval 2 (la invasión del norte)

Capítulo 2: La invasión del norte

historia medieval 2 (la invasión del norte)

La noche había caído con todo su peso sobre los gélidos páramos del norte. En el castillo de roca y escarcha, el silencio solo era interrumpido por el silbido del viento exterior y las pesadas pisadas de la guardia real, que custodiaba los pasillos con sus imponentes perros gigantes. Sin embargo, ninguna de las bestias ni de los centinelas notó la brisa sutil que se deslizó por las rendijas de los portones principales. Como un fantasma imperceptible, una sombra eludió cada puesto de vigilancia, ascendiendo por las escaleras de caracol hasta los aposentos privados del soberano.

anime

Eithan, gobernador absoluto del norte y supremo general de las facciones aliadas, se encontraba solo en su recámara, repasando algunos mapas estratégicos a la luz parpadeante de las velas. El silencio de su habitación se rompió cuando la puerta se abrió suavemente y una silueta femenina ingresó portando una jarra de vino.
El gobernador, un hombre perspicaz y de instintos sumamente agudizados, clavó sus ojos en ella de inmediato. Su ceño se frunció.
—Nunca te había visto por aquí —sentenció Eithan, cruzando los brazos sobre su ancho pecho.
La mujer, vestida con el uniforme sencillo de las sirvientas de la corte, le dedicó una sonrisa tímida y bajó la mirada con aparente sumisión.
—Soy nueva, gran señor —respondió ella, con una voz suave y melodiosa—. Fui enviada por una de vuestras hermanas para atender sus necesidades personales. Tenía muchísimas ganas de conocerlo en persona. En el castillo no se habla de otra cosa que no sea su grandeza y el impecable trabajo que hace protegiendo este reino.
La sirvienta dio unos pasos más hacia el escritorio, dejando la jarra de lado y mirándolo con ojos cargados de una falsa inocencia que destilaba una sensualidad oculta.
—Simplemente no podía creer que alguien tan magnífico como usted pase las noches en completa soledad, sin la compañía de una linda señorita que lo atienda como se debe... —continuó ella, acercándose lo suficiente para que el calor de su cuerpo se hiciera notar—. Aunque sé perfectamente que mi belleza no está al alcance de vuestra grandeza, por lo menos... permítame saciar sus ansias carnales con una mamadita.
Eithan era un estratega brillante, pero como muchos hombres de poder, sus defensas se desmoronaban ante las insinuaciones directas de una mujer hermosa; o, mejor dicho, le importaba muy poco si era una manipulación con tal de conseguir el placer prometido. Con una sonrisa de suficiencia, el gobernador desató ligeramente los cordones de su bata de seda.
El tejido se abrió, dejando al descubierto una verga descomunal y completamente erecta que rebotó con fuerza en varias direcciones debido a la repentina liberación.
Asaias, oculta bajo la piel de la sirvienta, se sorprendió genuinamente ante el tamaño de aquella anatomía. Incapaz de contener su excitación y felicidad, soltó una carcajada de asombro puro y estiró su mano hábil para envolver el miembro, que se sentía tibio y palpitante al tacto.
—No puedo creer que sea tan grande... —pensó en voz alta, acariciando la base con deleite—. Imaginaba en mis sueños más húmedos cómo sería contemplar tu virilidad, pero jamás habría adivinado que mis expectativas serían superadas de esta manera, oh gran gobernador.
Eithan soltó un gruñido de satisfacción, disfrutando del tacto de los dedos de la mujer.
—Pocas han tenido ese privilegio, querida —respondió él, tomándola suavemente de la barbilla—. Tienes una cara preciosa, y ahora mismo necesito ver cómo esa expresión de admiración cambia cuando tenga mi pene metido en tu boca.
Sin esperar más, ella comenzó a depositar pequeños y húmedos besos a lo largo del miembro, saboreando cada probada como si fuera un manjar. Acto seguido, abrió los labios y lo introdujo por completo en su cavidad, iniciando una felación intensa, húmeda y rítmica, entregándose al acto con la maestría y el descaro de una profesional, devorándolo de forma tan deliciosa que hizo que el general arqueara la espalda.
El placer fue tan inmediato que Eithan no tardó en jadear con fuerza, viniéndose rápidamente. Sin perder el ritmo del encuentro, la tomó en brazos y la llevó directamente hacia la enorme cama del dormitorio.
Asaias se posicionó sobre él con total agilidad. Sentándose a horcajadas, le presionó el coño directamente contra la nariz para embriagarlo con su aroma femenino, mientras mantenía sus manos firmes sujetando la gorda polla del gobernador, dándole profundas tragadas que hacían vibrar su garganta. Eithan, completamente dominado por la lujuria, no se aguantó y comenzó a lamer la vagina con desespero, encontrando el flujo como algo sumamente refrescante. El encuentro escaló rápidamente; se entrelazaron en diferentes y exigentes poses sobre las sábanas, embistiéndose con salvajismo hasta que ambos estallaron en un orgasmo al unísono, terminando completamente deslechados y exhaustos.
Minutos después, tumbados entre el sudor y los fluidos, Asaias —aún bajo la apariencia de la sirvienta— rompió el silencio, acariciando el pecho del general.
—El mundo sería muchísimo más glorioso si tú fueras quien lo gobernara —comentó ella como al descuido—. La grandeza del norte debería extenderse por cada rincón de la tierra.
Eithan, que recuperaba la lucidez poco a poco, frunció el ceño ante la extrañeza de esas palabras provenientes de una simple criada. Se incorporó levemente apoyando el codo.
—Entiendo tu devoción, muchacha, pero casi parece que estás sugiriendo una invasión total del mundo conocido. Eso no valdría la pena. Una campaña de esa magnitud costaría miles de vidas. Habría demasiadas personas caídas, demasiada sangre.
—Entiendo... —respondió ella, dibujando una sonrisa enigmática—. Pero, ¿cómo reaccionarías si te diera la opción de que nadie tuviera que morir? Imagina que los derrotados no caigan ante la espada, sino que sean prisioneros de sus propios impulsos, vueltos locos de puro deseo sexual y vendidos posteriormente como esclavos.
Eithan soltó una risa seca, mirándola con incredulidad.
—No sabía que los sirvientes ahora practicaran la magia, aunque dudo que exista un conjuro semejante. De todas formas, una guerra así, tan perversa y de tintes tan sexuales... solo beneficiaría a las criaturas de la oscuridad. Ellas serían las únicas en sacar provecho de tanto sexo.
—A todo el mundo le gusta el sexo, Eithan —replicó ella, cambiando sutilmente el tono de su voz.
El gobernador se levantó un poco más de la cama, sintiendo una repentina punzada de desconfianza.
—Me llamas por mi nombre de pila... No quisiera sonar paranoico, nena, pero tu nueva actitud me está asustando un poco. Déjame aclararte algo: haber tenido sexo conmigo no es la gran cosa. No es como si nos fuéramos a casar por esto.
La mujer soltó una carcajada limpia y despectiva, sentándose en la cama sin ningún pudor.
—Claro que no es la gran cosa. Eres simplemente uno más que disfruta de tener sexo en cantidades industriales. Eres una puta, Eithan.
—¿Una puta? —el rostro del general se endureció—. Ahora mismo estás sobrepasando la línea, maldita sea.
—Por favor... —se burló ella—. Todo el mundo sabe que te acuestas con lo que sea que se mueva. Ya va siendo hora de que seas sincero contigo mismo; el mundo entero ya conoce tus vicios.
Eithan la evaluó con la mirada, atando cabos rápidamente mientras recordaba la inusual entrada y la destreza de la mujer.
—Algo me dice que tú no eres una sirvienta cualquiera... —los ojos del general se abrieron de par en par al comprender—. Asaias... Eres tú, maldita perra.
En ese mismo instante, la ilusión de la criada se desvaneció en el aire como una densa neblina oscura. En su lugar, sentada con total elegancia y desnuda sobre las sábanas, apareció la forma real de la diosa del inframundo, con su piel perfecta y su mirada cargada de una divinidad maliciosa.
—Me atrapaste —dijo Asaias, guiñándole un ojo con diversión.
—Maldita sea... —refunfuñó Eithan, pasándose una mano por el rostro—. Otra vez tú. ¿Por qué tienes tanta obsesión con tener sexo conmigo? ¿Acaso crees que soy tu juguete privado, o es que realmente te gusto?
—Tampoco es como si fueras un desafío imposible, querido —respondió la diosa, estirando las piernas sobre el colchón—. Antes solíamos hacer estas cosas. Teníamos sexo y tú me ayudabas con algunos favores a cambio. Después de todo, eres el gobernante más listo y poderoso gracias a las lecciones que yo misma te di.
—Esas deudas del pasado ya fueron saldadas —cortó Eithan con firmeza—. Así que, ¿qué es lo que quieres ahora? Aunque supongo que no podría negarle nada a una diosa.
—Eres muy inteligente —admitió Asaias, acercándose a él—. Tuvimos sexo porque me place, no por un favor en particular. Yo solo te incito a hacer algo que tú ya sabes perfectamente que puedes y quieres hacer. Tu único dilema es que no quieres mancharte las manos de sangre, y ahí es donde entro yo, Eithan. Eres justo lo que este mundo necesita, y yo me aseguraré de que nadie muera en el proceso. Las consecuencias serán netamente psicológicas: un viaje de placer eterno para tus enemigos.
Eithan la miró fijamente, tratando de descifrar las intenciones de la deidad.
—¿Y por qué harías esto? ¿Qué ganas tú con todo esto? ¿Riquezas? ¿Sexo? Ya tienes de sobra de ambas cosas y podrías engañar a cualquier hombre del mundo para fornicar cuando quisieras.
Asaias suavizó su mirada dominante, adoptando una expresión de inusual calidez.
—Es evidente que podría hacerlo, pero no lo hago por mí. Me acerco a ti porque... en realidad te aprecio. Creo sinceramente que tú eres el único capaz de unificar el mundo entero y llenarlo de la verdadera grandeza del norte.
—El mundo ya está unificado bajo la alianza —replicó el general—. Y la emperatriz Etalia es una amiga leal que no hace mal su trabajo.
—¿No lo hace mal? —Asaias soltó un bufido de desdén—. Tiene a medio mundo viviendo como mojigatos. Mi pueblo en el oeste está desesperado; están al límite y en cualquier momento comenzarán a invadir los pueblos por su cuenta para follar a las mujeres sin ningún control.
—Entonces deténlos tú, es tu gente —sentenció Eithan.
—Yo no tengo esa clase de poder absoluto sobre ellos, y lo sabes perfectamente —explicó la diosa, adoptando un tono más serio—. Fue gracias a tu antepasado que todo mejoró en su momento. Yo comencé aquella antigua guerra, pero me arrepentí a mitad del camino y luché codo a codo con tu tatarabuelo para acabar con la masacre. Ahora te pido que me ayudes a evitar que el caos se repita. Ayúdame a cubrir la tierra con el orden de tu reino. Añade a eso el plus de que soy la diosa del placer: las bajas se reducirán a cero y el mundo solo se poblará de putitas y putitos entregados al gozo. ¿Qué me dices?
Eithan se quedó en silencio unos instantes, sopesando los beneficios del trato. Una sonrisa ambiciosa comenzó a dibujarse en su rostro.
—Bueno... visto de esa forma, no suena nada mal en realidad. Es verdad que si hay algo en lo que eres experta, es en evitar muertes innecesarias. Si bien sigo sin entender del todo tus intenciones ocultas, me aprovecharé de tu oferta. Pero te advierto una cosa, diosa: si llega el momento en que decidas traicionarme, las cartas estarán a mi favor... y tu culito redondo y perfecto será mío para siempre.
Asaias soltó una risa melodiosa, tomándose el comentario con total ligereza.
—Me hablas como si fuera una puta más de tu colección, pero al menos aceptaste mi oferta. Descuida, pequeño gobernador, mis intenciones se mantendrán nobles contigo. Siempre estaré aquí para darte ánimos... justo como ahora.
La diosa bajó la mirada hacia la entrepierna de Eithan, donde la mención del poder y la cercanía de la deidad habían provocado una nueva y descomunal erección. Sin mediar palabra, se inclinó sobre él, volviendo a sellar sus labios en un beso apasionado mientras reanudaban su noche de desenfreno.
Mientras tanto, en la penumbra del pasillo exterior, la puerta de la recámara permanecía apenas entreabierta. Espiando a través de la rendija se encontraba Sara, una de las hermanas del gobernador. Observaba la escena erótica y la transformación de la deidad con una expresión intrigante, segura y calculadora en el rostro.
—Interesante... —susurró Sara para sí misma en la oscuridad, dibujando una sonrisa astuta antes de retirarse en silencio por el corredor.
hentai

ficcion

softporn

historia medieval 2 (la invasión del norte)

anime

hentai

ficcion

softporn

historia medieval 2 (la invasión del norte)

0 comentarios - historia medieval 2 (la invasión del norte)