Secreto Dulce
Lucía era una mujer de 38 años, casada desde hacía quince con el mismo hombre. No era mala, solo… un poco ingenua. Se creía más astuta de lo que realmente era. Cuando descubrió que su marido la había engañado varias veces —incluso con una de sus propias amigas—, sintió una rabia que no sabía cómo manejar.
En vez de confrontarlo, decidió “devolvérsela” a su manera, aunque en el fondo no terminaba de entender del todo lo que estaba haciendo.
Empezó saliendo con un compañero de trabajo. La primera vez que se acostó con él, dejó que le acabara adentro sin protección. Sintió la corrida caliente llenándola y pensó: “Esto es lo que se merece”. No pensó demasiado en las consecuencias. Solo sintió una excitación rara, medio vengativa, medio culpable.
Esa misma noche llegó a casa. Su marido estaba en el sofá mirando televisión. Lucía, todavía con la concha llena y sensible, se acercó, se bajó los pantalones y se sentó en su cara con suavidad.
— Chupame un poquito… — le pidió casi en un susurro.
El marido, sorprendido, empezó a lamer. No se dio cuenta de nada. Para él solo era su mujer, un poco más mojada de lo normal. Lucía cerró los ojos y disfrutó en silencio, sintiendo cómo le limpiaba todo sin sospechar.
Desde ese día se volvió una rutina secreta. Lucía salía, se dejaba coger por otros hombres, dejaba que le acabaran adentro, y después volvía a casa para que su marido le limpiara todo con la lengua. Ella nunca le decía la verdad. Solo se sentaba encima de él, le acariciaba el pelo con ternura y le pedía bajito:
— Chupame… hoy estuve pensando en vos todo el día.
El marido nunca se enteró. Creía que su mujer simplemente tenía más ganas de que le comiera la concha. Lucía, mientras tanto, se sentía viva. Se convencía a sí misma de que era justicia, de que se lo merecía. A veces se sentía un poco tonta, como si estuviera jugando a algo que no terminaba de controlar, pero no podía parar.
Una noche, después de que un tipo la hubiera llenado especialmente fuerte, llegó a casa, se sacó la tanga empapada y se la puso suavemente en la boca al marido mientras se sentaba en su cara.
— Chupá todo, amor… — susurró con voz inocente.
Mientras él lamía obediente, sin sospechar nada, Lucía se tocaba despacio, con los ojos cerrados, sintiendo una mezcla extraña de placer, culpa y excitación.
Nunca le contó la verdad. Y nunca dejó de hacerlo.
Lucía era una mujer de 38 años, casada desde hacía quince con el mismo hombre. No era mala, solo… un poco ingenua. Se creía más astuta de lo que realmente era. Cuando descubrió que su marido la había engañado varias veces —incluso con una de sus propias amigas—, sintió una rabia que no sabía cómo manejar.
En vez de confrontarlo, decidió “devolvérsela” a su manera, aunque en el fondo no terminaba de entender del todo lo que estaba haciendo.
Empezó saliendo con un compañero de trabajo. La primera vez que se acostó con él, dejó que le acabara adentro sin protección. Sintió la corrida caliente llenándola y pensó: “Esto es lo que se merece”. No pensó demasiado en las consecuencias. Solo sintió una excitación rara, medio vengativa, medio culpable.
Esa misma noche llegó a casa. Su marido estaba en el sofá mirando televisión. Lucía, todavía con la concha llena y sensible, se acercó, se bajó los pantalones y se sentó en su cara con suavidad.
— Chupame un poquito… — le pidió casi en un susurro.
El marido, sorprendido, empezó a lamer. No se dio cuenta de nada. Para él solo era su mujer, un poco más mojada de lo normal. Lucía cerró los ojos y disfrutó en silencio, sintiendo cómo le limpiaba todo sin sospechar.
Desde ese día se volvió una rutina secreta. Lucía salía, se dejaba coger por otros hombres, dejaba que le acabaran adentro, y después volvía a casa para que su marido le limpiara todo con la lengua. Ella nunca le decía la verdad. Solo se sentaba encima de él, le acariciaba el pelo con ternura y le pedía bajito:
— Chupame… hoy estuve pensando en vos todo el día.
El marido nunca se enteró. Creía que su mujer simplemente tenía más ganas de que le comiera la concha. Lucía, mientras tanto, se sentía viva. Se convencía a sí misma de que era justicia, de que se lo merecía. A veces se sentía un poco tonta, como si estuviera jugando a algo que no terminaba de controlar, pero no podía parar.
Una noche, después de que un tipo la hubiera llenado especialmente fuerte, llegó a casa, se sacó la tanga empapada y se la puso suavemente en la boca al marido mientras se sentaba en su cara.
— Chupá todo, amor… — susurró con voz inocente.
Mientras él lamía obediente, sin sospechar nada, Lucía se tocaba despacio, con los ojos cerrados, sintiendo una mezcla extraña de placer, culpa y excitación.
Nunca le contó la verdad. Y nunca dejó de hacerlo.
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